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TRATAR UNA ADICCIÓN

In document El Cerebro Obeso (página 193-200)

REPROGRAMANDO EL CEREBRO

10. Muévase y haga ejercicio

3.2 TRATAR UNA ADICCIÓN

Es posible que la idea de considerar la existencia de la “adicción a la comida” haya sido algo novedoso para usted. Ciertamente, no es un punto de vista muy habitual, ya que el principio básico para justificar el sobrepeso, extendido y repetido hasta la saciedad, es el desequilibrio entre la ingesta de calorías y su “quemado” posterior. Un esquema muy alejado de esta posible adicción a los alimentos.

Pero lo cierto es que no es una idea nueva, ni mucho menos. En torno a 1940 y 1950, surgió una potente corriente en estados Unidos entre los profesionales de la psiquiatría, queriendo convencer a la sociedad de que la obesidad tenía sus orígenes en una adicción igual a la del alcohol o las drogas. Y que, por lo tanto, su tratamiento podía enfocarse de la misma forma.

Fueron unos años interesantes para los investigadores de la historia de la obesidad, que finalizó bastante abruptamente al imponerse sin paliativos el modelo que se ha mantenido imperante hasta la actualidad, el mencionado desequilibrio energético por comer demasiado y moverse poco. Pero cabe destacar que aquella primera aproximación a la teoría de la adicción alimentaria, desde el punto de vista del rigor y de los resultados clínicos, fue un verdadero desastre. En primer lugar, en aquella época el estigma que soportaban las personas que sufrían adicción a sustancias era brutal, siendo en su mayoría considerados vagos, mentirosos, delincuentes y mala gente en general. Eran tiempos en los que se cuidaba bastante menos el respeto por los más desfavorecidos, lo que agravaba notablemente la situación. Así que aquella nueva propuesta de calificación de las personas con sobrepeso como “adictos” sobre todo sirvió para una cosa: aumentar sus posibilidades de sufrir más desprecio social. Porque, en lo que respecta a sus probabilidades de mejora, en realidad fueron mínimas.

Podría decirse los métodos que la psiquiatría de entonces aplicaba para el tratamiento de las adicciones eran pura pseudociencia. Si también en la actualidad, como veremos más adelante, uno de los grandes

problemas de esta especialidad psiquiátrica es la necesidad de mayor respaldo científico a la hora de desarrollar tratamientos eficaces, puede imaginar cuál podía ser la situación hace más de cincuenta años. Campaban a sus anchas versiones radicales y absurdas de los planteamientos freudianos y con frecuencia se utilizaban prácticas y terapias basadas en teorías sin ningún tipo de fundamento, que con supuestas justificaciones psicoanalíticas acababan culpando al paciente (o a sus familiares) de todo, haciéndole el único responsable de su problema.

Para colmo, algunas empresas farmacéuticas sin escrúpulos se apuntaron al carro y aprovecharon para intentar vender sus antidepresivos y medicamentos más “duros” a los pobres sufridores con sobrepeso, prometiendo mejorar su estado mental y, como consecuencia, aliviando su exceso de grasa corporal.

Lo menos malo con lo que un paciente se podría encontrar era con dinámicas de tratamiento basadas en terapia de grupo, que incorporaban enfoques psicoanalíticos y que fueron promovidos sobre todo desde el sector público. Una práctica que, por cierto, aunque en inicio parecía prometedora, finalmente se mostró claramente ineficaz a largo plazo. Haciendo balance final, podría decirse que fue peor el remedio que la enfermedad.

Volviendo a nuestros tiempos y antes de continuar, quiero dejar claro que lo primero y prioritario es seguir investigando para saber si la posible adicción a la comida se confirma como un modelo válido para explicar una parte de la epidemia de la obesidad. Por el momento no existe consenso al respecto, así que habrá que esperar. Pero si finalmente los expertos coinciden en que es una hipótesis que puede ser útil para diseñar estrategias eficaces, es probable que haya que modificar la mayor parte de los enfoques de intervención abordados hasta la fecha. Y posteriormente habría que desarrollar nuevas terapias que establezcan cómo llevar a la práctica clínica todas esas nuevas ideas.

No sé cuándo llegará ese momento, si es que llega, pero hasta entonces podemos hacer un ejercicio de especulación sobre lo que podría ocurrir en ese caso. Por ejemplo, podemos buscar paralelismos con los tratamientos actuales para superar las adicciones a sustancias, aquellos que se hayan basado en pruebas científicas lo más sólidas posibles. Cómo se tratan las adicciones

Les adelanto que tenemos que hacer este ejercicio de comparación con mucha precaución. Lamentablemente, el tratamiento de las adicciones lleva años de retraso investigador comparado con otras disciplinas médicas. Hasta épocas bastante recientes, en la práctica clínica de esta área ha abundado la falta de rigor y la pseudociencia. Un informe elaborado en 2012 por The Center on Addiction and Substance Abuse at Columbia University concluyó que “la gran mayoría de las personas

que necesitan un tratamiento para la adicción no reciben nada que se aproxime a unos cuidados basados en evidencias”. Una conclusión

especialmente preocupante para países como Estados Unidos, donde hay una gran incidencia de adicción al alcohol y a los fármacos. Y unos cuantos miles de centros de tratamiento repartidos por todo el país, la mayor parte de ellos privados y con políticas de funcionamiento prácticamente sin control.

Para que se haga una idea de a lo que se refiere este informe, esta sería, a grandes rasgos, la estructura típica de un tratamiento de este tipo, tal y como se ha estado haciendo hasta fechas muy recientes (y se sigue practicando todavía en bastantes centros):

a) Suelen ser tratamientos de aproximadamente un mes de duración b) Normalmente se recomienda un enfoque residencial, es decir, internando al afectado en el centro mientras dura el tratamiento, aunque en algunos casos también podría ser ambulatorio.

c) La abstinencia no es opcional, está absolutamente prohibido el consumo de cualquier sustancia, que se asegura mediante controles objetivos (análisis de orina, sangre…).

d) Se utiliza la terapia de grupo como el método terapéutico fundamental, complementado con otros métodos, en función de cada caso. Se incluyen charlas y sesiones educativas.

e) Parte del personal que actúa como consejero son personas que fueron adictas y que se rehabilitaron.

f) En muchos centros el proceso de rehabilitación se enmarca en un contexto de espiritualidad. Para que entienda a lo que me refiero, en gran parte de los centros norteamericanos (sobre todo los especializados en alcoholismo) siguen desde hace muchos años el método de “Los

doce pasos”, que son los siguientes:

1. Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, y que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables.

2. Llegamos a creer que un poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio.

3. Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos.

4. Sin temor, hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos.

5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos, y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos.

6. Estuvimos enteramente dispuestos a dejar que Dios nos liberase de todos estos defectos de carácter.

7. Humildemente le pedimos que nos liberase de nuestros defectos.

8. Hicimos una lista de todas las personas a quienes hemos ofendido y estuvimos dispuestos a reparar el daño que les causamos.

9. Reparamos directamente a cuantos nos fue posible, excepto cuando el hacerlo implicaba perjuicio para ellos o para otros. 10. Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando

nos equivocábamos lo admitíamos inmediatamente.

11. Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro contacto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, pidiéndole solamente conocer su voluntad para con nosotros, y nos diese la fortaleza para cumplirla.

12. Habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a los alcohólicos y de practicar estos principios en todos nuestros asuntos.

Creo que estos “doce pasos” son suficientemente autoexplicativos para entender por qué hace falta seguir trabajando en una aproximación científica al tratamiento de las adicciones. Esperemos que así sea, aunque si realiza una búsqueda por internet, puede que su optimismo no sea excesivo. Comprobará que hay centros privados que ofrecen tratamientos que incluyen musicoterapia, acupuntura, hipnoterapia o reiki.

Que conste que las posibilidades de mejora no son algo exclusivo de las empresas privadas. Incluso desde las administraciones públicas y los gobiernos, los escasos recursos que se han dedicado a este problema se han dado “entre bastidores”, mediante programas alejados de la visión de la mayoría de los ciudadanos y de inferior categoría en muchos aspectos. A pesar de que en algunos casos el gasto sanitario que generan es muy importante, como en el caso del tabaco, que aumenta exponencialmente los casos de enfermedades respiratorias y cáncer, así como la mortalidad. La razón es bastante evidente: nos guste o no reconocerlo, sigue existiendo un evidente estigma social hacia la adicción y, especialmente, hacia los adictos. Que también se solapa claramente con el estigma hacia la obesidad y los obesos.

Es difícil evaluarlo. Parece que no son absolutamente necesarios ya que se calcula que entre el 20 y el 80% de las personas que han sufrido algún tipo de adicción la han superado sin recurrir a ellos (esta horquilla tan amplia se debe a que los resultados son muy diferentes dependiendo del tipo de sustancia y del grado de adicción). También se sabe que una gran proporción de pacientes tiene recaídas, viéndose obligados a someterse al tratamiento una y otra vez. Por cierto, tradicionalmente estas repeticiones no suelen abordarse con tratamientos diferentes al primero.

De cualquier forma, no hace falta ser un experto para sorprenderse ante algunas de las características de estos planteamientos. La falta de estudios bien diseñados que comprueben la eficacia de cada una de las terapias, la utilización de personal sin formación específica ni sanitaria, la espiritualidad como eje primordial… Afortunadamente, desde hace unos años hay una importante corriente de expertos y científicos de esta disciplina esforzándose por practicar la medicina basada en la evidencia, que ha empezado a trabajar con nuevos y prometedores enfoques. En primer lugar, han reconocido (y difundido) que gran parte de los principios y dogmas que se llevaban décadas practicando no estaban soportados por pruebas. Y para dar solución a esta alarmante situación, en la actualidad están liderando interesantes investigaciones para ir construyendo una rama sanitaria rigurosa y que disponga de una lista de terapias de eficacia demostrada.

Aunque estos esforzados profesionales reconocen que queda camino por recorrer, ya se pueden encontrar en la literatura científica nuevos planteamientos. Y en los centros más rigurosos nuevas propuestas de tratamiento, que incluyen cambios y novedades como los siguientes: 1. Duración del tratamiento variable y adaptado a cada caso (normalmente más largo que el mes que anteriormente se consideraba un estándar).

2. Priorización del tratamiento ambulatorio, dejando el residencial solo para los casos más graves o problemáticos.

3. Fase de “desintoxicación” más flexible, adaptada al grado de adicción del afectado. Evaluar la gravedad y posibles efectos del síndrome de abstinencia, más relevancia a la posibilidad de utilizar medicamentos y sustancias sustitutivas, posibilidad de consumo moderado y controlado de otras sustancias que no presenten síntomas de adicción, etc.

4. Priorización de la terapia individual y personalizada sobre la “terapia de grupo” tradicional (aunque es útil utilizar una dinámica agrupada para ofrecer dicha terapia individual). Tener especial cuidado en la configuración de los grupos, sin mezclar pacientes con grados de adicción muy diferentes.

5. Evitar cualquier tipo de actividad que pretenda responsabilizar al enfermo de su problema y decirle de forma simplificada cómo tiene que solucionarlo, como por ejemplo las charlas informativas-educativas. Se han mostrado inútiles e incluso contraproducentes.

6. Únicamente personal sanitario profesional y especializado, con la formación y competencias específicas necesarias.

7. Utilizar otros métodos terapéuticos que, además de ayudarle y motivarle para mantener la abstinencia, le apoyen en la resolución de cuestiones emocionales y otros problemas psicosociales que se hayan creado en torno a su adicción: trastornos familiares, necesidades laborales y económicas, hábitos y relaciones poco recomendables… Para que pueda hacerse una idea de en qué enfoques se está trabajando, esta es una pequeña muestra de las terapias y herramientas que se han mostrado más eficaces para este apoyo psicológico, basándose en estudios e investigaciones científicas:

Terapia cognitivo-conductual

Este tipo de terapia psicológica permite a los afectados relacionar sus pensamientos y emociones y el consumo de la sustancia. Además, enseña a modificar los pensamientos y las reacciones ante las “señales” que empujan a su consumo.

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