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6. MARCO TEORICO

6.1.6. TRAUMATIZACION EXTREMA EN CHILE

Para dimensionar el trauma psicosocial que significó el Golpe Militar de 1973 en Chile y el establecimiento de una dictadura durante 16 años, resulta útil atender a los datos estadísticos. Así, de acuerdo al Informe Verdad y Reconciliación, entre 1973 y 1990 hubo en nuestro país 3065 personas muertas o desaparecidas y más 28459 personas que sufrieron prisión política y tortura. A ellos hay que sumar un número significativo de personas que salieron al exilio, fueron exonerados de sus trabajos, relegados a zonas alejadas dentro del país o fueron perseguidos y amedrentados (Comisión Nacional Sobre Prisión Política y Tortura, 2011). El trauma no sólo afectó a estas personas sino que a sus hijos y nietos, por lo que aún, a cuarenta años del Golpe, encontramos víctimas de la primera, segunda y tercera generación. Ello, sin considerar que es posible asumir que toda la sociedad chilena ha sido afectada por un trauma que no ha sido suficientemente reconocido ni menos reparado y que, por lo mismo, reafirma su condición de trauma.

El Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos (ILAS), toma el concepto de traumatización extrema de Bruno Bettelheim y asume que sus consultantes viven este tipo de trauma. Así Margarita Díaz (1994) señala: “caracterizamos a nuestros pacientes como traumatizados extremos haciendo referencia a una vivencia traumática que no ha sido posible integrar; que desborda la estructura psíquica del sujeto y que es producto de la violencia institucionalizada y legitimada por parte del Estado como forma privilegiada de ejercicio del poder” (p.4).

La misma autora utiliza el concepto de secuencias traumáticas de Keilson y señala que en los pacientes que se reciben en ILAS, el trauma no se constituye a partir de un hecho puntual o vivencia traumática aislada, sino que por la suma de una serie de secuencias traumáticas.

Díaz (1994) describe tres secuencias traumáticas en las víctimas de la dictadura militar chilena:

a) Primera secuencia traumática: se da desde el Golpe hasta la situación

represiva específica, es decir la detención, desaparición, ejecución, etc. de uno de los miembros de la familia. Se caracteriza por el clima de inseguridad generalizada. Las personas pasan a ser vistas como sospechosas. Para los niños muchas veces implica cambios desde el primer día: dejar la casa, presenciar allanamientos, separarse temporal o definitivamente de alguno de sus seres significativos, etc.

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b) Segunda secuencia traumática: se despliega desde la situación represiva

hasta el fin de la dictadura: Aquí el temor, la angustia y la inseguridad se agudizan, pues la familia ya ha experimentado el horror de la represión. Ello lleva muchas veces a que algunos de sus miembros se dediquen más activamente a la denuncia de los atropellos y a la resistencia al régimen dictatorial, a veces desde la clandestinidad. Los niños suelen vivir pérdidas y separaciones respecto de sus seres más significativos. Tanto ellos como los adultos se sienten más claramente en el grupo de los marginados y perseguidos.

c) Tercera secuencia traumática: desde el fin de la dictadura hasta la

actualidad: Si bien cesa la represión, el trauma continúa, a veces más fuertemente que en las etapas anteriores, por la ausencia de reparación por parte de la sociedad y el Estado y por continuación del aislamiento social (Díaz, 1994).

Díaz señala que estas secuencias deben ser consideradas como un marco global de referencia en el que se insertan las vivencias traumáticas específicas de cada uno de los afectados. De hecho en muchos casos las secuencias traumáticas se sobreponen, por ejemplo, la primera y la segunda, ya que muchos padres fueron detenidos, ejecutados o desaparecidos inmediatamente después del Golpe (Díaz, 1994).

Por otra parte, a la hora de investigar los efectos de la represión ejercida por la dictadura militar chilena sobre los opositores a ella, se ha distinguido entre la experiencia de los afectados directos, quienes eran buscados por los organismos de seguridad para ser amedrentados, apresados, torturados, expulsados del país, ejecutados o hechos desaparecer, y sus descendientes, quienes inevitablemente han cargado con el peso y el dolor de lo padecido por los primeros. De este modo se puede distinguir a una primera generación, constituida por quienes eran el objetivo de los aparatos represivos, una segunda conformada por sus hijos y una tercera, por sus nietos.

Con respecto a la segunda generación de víctimas, Díaz (1994) señala que hablar de los hijos de los adultos directamente afectados por la represión como pertenecientes a una “segunda generación” no es del todo acertado, pues ellos también enfrentaron un traumático atropello a sus derechos. Específicamente les tocó vivir experiencias como tener a sus padres detenidos, viajar al exilio, enfrentar la pérdida de sus familiares cuando éstos fueron ejecutados o hechos desaparecer, etc. Sin embargo, los miembros de la segunda generación, tienden a no considerarse como los principales afectados por la represión sino que más bien asumen que sus padres han sido las víctimas principales. Ello usualmente los lleva a no querer preocuparlos, buscando más bien reparar el daño que éstos han

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sufrido. Coherentemente, en el trabajo terapéutico muchos de estos jóvenes muestran un falso self (Díaz, 1994).

Por otra parte, la transmisión transgeneracional del trauma, lleva a que los miembros de la segunda generación vivan un dilema muy difícil de resolver, pues sí se permiten una buena inserción en la sociedad pueden vivirla como una deslealtad difícil de soportar hacia sus padres, y si permanecen en la marginalidad, pueden sentir que no logran satisfacer el deseo paterno de haber liberado a sus hijos del daño (Díaz, 1994, Gómez, 2008).

En cuanto a los efectos de las violaciones a los derechos humanos, Fáundez (2012) -luego de revisar investigaciones de miembros de ILAS- señala que quienes vivieron represión durante la dictadura, manifestaron inmediatamente después reacciones depresivas; reacciones agresivas; trastornos del sueño; estados psicóticos transitorios; reacciones angustiosas asociadas a dificultades de concentración, confusión y culpa; procesos de duelo alterados y manifestaciones somáticas asociadas a la tortura y al estrés prolongado. Afirma a su vez que, a largo plazo, las víctimas han presentado estructuras individuales y familiares crónicamente depresivas, en las que la interacción se ha caracterizado por el silencio y la negación.

Además de lo anterior, en los afectados directos por la dictadura, se ha apreciado una alta frecuencia de variadas alteraciones psicosomáticas. El médico Fernando Vio (1994) señala que si bien las víctimas de la violencia política sufrían de las mismas enfermedades que el resto de la población, la duración e intensidad de sus cuadros era mayor.

Uno de los atropellos que más se ha estudiado es la tortura. Esta constituiría una experiencia límite que amenaza la integridad física y psíquica en quien la padece En cuanto a sus consecuencias, la tortura dejaría muchas veces efectos físicos y siempre efectos psicológicos. (Castillo y Gómez, 1989, Boulanger, 2009;). Además, a nivel familiar, se ha observado que tiende a haber secreto hacia los hijos y en general sobre la prisión y tortura de los padres (Fáundez, 2012).

Otra situación que marcó la vida de muchos miembros de la primera y segunda generación, fue el exilio, el que puede ser considerado como una pérdida y un evento traumático en sí mismo, lo mismo que el retorno. (Castillo y Gómez, 1989, Rebolledo, 2004).

El exilio implicó para la primera generación un desarraigo de su medio familiar y sociocultural, debiendo adaptarse a otra cultura, generar nuevas redes, partir usualmente “de cero” en el ámbito laboral y muchas veces aprender un nuevo idioma. En cambio, los miembros de la segunda generación usualmente llegaron

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pequeños o nacieron en el país de exilio, por lo que usualmente mostraron menos dificultades para integrarse al país de acogida. Sólo en pocos casos, la segunda generación llegó siendo adolescente o adulta al nuevo país (Norambuena, 2008). Por otra parte, el retorno fue difícil y traumático para todos los miembros de la familia. Así Rebolledo (2004) señala que si bien quienes vuelven tras el exilio han acariciado largamente el proyecto de regresar, se encuentran con un país que les es ajeno, pues no es el mismo que dejaron, observando además que los amigos y familiares que se quedaron tienen una vida, que sea la que sea, ya está consolidada. Además, una vez en Chile, el regreso se transforma en una meta cumplida, surgiendo la pregunta “¿y ahora qué?”. Los retornados sólo logran avanzar en la medida en que logran encontrar un trabajo y recomponer antiguas relaciones sociales o generar otras nuevas. Pero este proceso no es fácil, en particular todo lo relativo a la reinserción laboral y social. Al retornar muchas veces tienen que vivir de allegados, y enfrentar dificultades para encontrar trabajo por el estigma de exiliado y por carecer de experiencia laboral en Chile.

Un fenómeno interesante de considerar son las diferencias entre la primera y la segunda generación, con respecto al retorno. Por una parte, muchos de los miembros de la primera generación, experimentaron más difícil retornar que salir al exilio, porque se salió de modo no deseado a un lugar nuevo, pero se volvió voluntariamente a un lugar conocido, pero que terminó resultando desconocido y poco acogedor (Rebolledo, 2004). Por otro lado, para muchos jóvenes, el retorno fue complejo porque al volver se sintieron exiliados de la patria que los acogió y a la que consideran como propia, siendo importante recordar que un porcentaje no menor nació en el exilio. Tienen la sensación de no ser ni de aquí ni de allá. Muchos de estos jóvenes presentaron problemas en su reinserción al país, mostrando síntomas como angustia, inestabilidad emocional, estados depresivos, desasosiego dificultades en las relaciones interpersonales, incertidumbre, soledad (Castillo y Gómez, 1989; Díaz, 2013).

6.2. ESPACIO TERAPÉUTICO DESDE LA MIRADA RELACIONAL/