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A través de la historia, los humanos nos hemos con vencido de que somos lo más importante que hay sobre la tie-

rra, son nuestros intereses y los de nuestra especie los únicos que son tenidos en cuenta al momento de relacionarnos, con los demás humanos, los animales y la naturaleza. Siempre, sin importar la situación en la que nos encontremos, nuestra priori- dad es la protección de nuestros intereses.

Michel Serres, autor y i lósofo francés, nos explica, en su libro El contrato natural, cómo nuestra sociedad está basada en

un contrato social, que incluye únicamente al ser humano, ex- cluyendo a todas las demás especies y a la naturaleza en gene- ral. Serres ai rma que el hombre los excluye de lo que él llama su guarida (Serres, 1991, p.61), es decir, su hogar, que en la ac- tualidad abarca toda área habitable de nuestro planeta, del cual nos hemos apropiado, cambiándolo a nuestro antojo y destru- yéndolo sin detenernos a pensar en las consecuencias que esto tiene, tanto para nosotros, como para el resto de los animales o para la tierra misma. Todo esto hace que sea viable para Se- rres compararnos con parásitos, devoradores y seres abusivos (Serres, 1991, p.66), que destruyen su entorno sin darse cuenta que esto, en el futuro, signii cará su propia destrucción.

Superioridad del hombre

Aunque el autor se reiere siempre a la relación entre el hombre y la naturaleza, probablemente sería acertado direc- cionar sus airmaciones hacia la relación entre el hombre y las demás especies que han sido excluidas de todos sus contratos y se han convertido en cosas de las que podemos apropiarnos y sacar provecho a nuestro antojo. Serres nos dice que al mo- mento de la declaración de los derechos humanos, se acierta al incluir a todos los humanos, pero se falla al excluir a todo lo demás (Serres, 1991, p.67). Es decir, otorgamos derechos a cada ser que pertenezca a nuestra especie, pero excluimos a cualquiera que sea diferente.

Según este ilósofo francés, lo que debemos hacer es re- tornar a la naturaleza, lo que para él signiica agregar a ese con- trato exclusivamente social, el establecimiento de un contrato natural, de simbiosis y reciprocidad, cambiando el dominio y la posesión por la contemplación y el respeto (Serres, 1991, p.69). Así podemos entonces decir que lo más sensato sería consi- derarnos como parte del mundo, y no sus propietarios, debe- ríamos respetarlo y cuidarlo, así como debemos cuidarnos los unos a los otros. Para Serres los humanos nos regimos por la ley de ‘amaos los unos a los otros’, otra ley excluyente, que habla a los hombres de los hombres, como si las demás criaturas o este mundo no existieran (Serres, 1991, p.85).

Uno de los principales factores que llevan al hombre a considerarse superior es esa idea que tenemos que los anima- les son algo lejano, diferentes y que de ninguna manera tie- nen algo que ver con nosotros. Entender a los humanos como animales debe ser el primer paso para dejar a un lado esta prepotencia y superioridad que nos caracteriza. Es interesante entonces que demos un vistazo al libro El mono desnudo, de

Desmond Morris. En este el autor nos habla del hombre desde una nueva perspectiva; plantea al hombre como el animal, no como ese ser superior a los animales que creemos ser. Morris asegura que “a pesar de su gran erudición, el Homo Sapiens sigue siendo un mono desnudo” (Morris, 1928, min. 15).

No es de extrañar que esta forma de hablar indisponga a los miembros de la especie humana, que, debido a diferentes directrices, todas antropocentristas, se hayan creído aquello que nos airma como la punta de la cadena alimenticia, como una especie superior a todas las demás. Con respecto a esto, Morris airma que “hay personas que preieren no ver su propio animal” (Morris, 1928, p.18) y que, por lo tanto, pueden considerar que es degradante hablar de nuestra especie de esta forma. Ante personas que sienten que se les está desprestigiando al compa- rarlas con los otros animales, podemos entender la magnitud de la idea arraigada de que, como humanos, somos superiores.

Sin embargo, entender que a pesar de todos nuestros grandes logros seguimos perteneciendo al mundo de los anima- les es el primer paso hacia un mejor entendimiento de nosotros mismos y de las otras especies, para poder dejar a un lado esta discriminación moral que afecta cada día a tantos seres. En El mono desnudo, Morris hace un muy completo análisis de nuestra evolución, de diferentes aspectos isiológicos que han caracteri- zado a cada especie en nuestro camino evolutivo haciendo com- paraciones con otros animales. Después de este detallado estu- dio, el autor concluye que “seguimos siendo, a pesar de nuestros grandes adelantos tecnológicos, un simple fenómeno biológico. Por muy grandiosas que sean nuestras ideas y por muy orgullosos que nos sintamos de ellas, seguimos siendo humildes animales, sometidos a todas las leyes básicas de comportamiento animal.

“De todos los animales de la creación, el hombre es el único que bebe sin tener sed, come sin tener hambre y habla sin tener nada que decir”

Mucho antes de que nuestra población alcance los niveles que se dejan apuntados, habremos quebrantado un número tan gran- de de las normas que rigen nuestra naturaleza biológica, que nos habremos derrumbado como especie dominante” (Morris, 1928, p.278). Sabiendo que esta supuesta superioridad sobre los demás animales es nuestra principal excusa para cosiicarlos y asumiendo que, como airma el autor, llegaremos al extremo de derrumbarnos como especie dominante, tendríamos que replan- tearnos la forma en que tratamos a los demás animales.

Otro punto importante a tener en cuenta es que los hu- manos siempre nos hemos considerado menos salvajes que los animales. “Raramente nos detenemos a pensar que el animal que mata con menos razón es el animal humano. Consideramos sal- vajes a los leones y a los lobos porque matan, pero tienen que matar o morirse de hambre. Los humanos matan a otros animales por deporte, para satisfacer su curiosidad, para embellecer sus cuerpos y para dar gusto a sus paladares” (Singer, 1999, p.271). A pesar de esto, utilizamos como excusa nuestros instintos y nues- tra naturaleza salvaje, es decir que adaptamos nuestras excusas - inconsistentes y contradictorias- para esto. Es evidente que es- tamos dispuestos a escudarnos detrás de cualquier cosa, incluso detrás de un argumento que implica considerar a los animales como inspiración moral y guía (Singer, 1999, p.273) con tal de defender nuestra manera de actuar y nuestras preferencias ali- menticias, de vestimenta, entretenimiento, y muchas otras que signiican el atropello de los intereses de los demás animales.

Una de las principales causas del especismo es la ignoran- cia. J.M. Coetzee nos habla sobre esto en su libro Las vidas de los animales. En este texto el autor utiliza un personaje icticio

humanos ante los demás animales, y la forma en que nos man- tenemos en la ignorancia por nuestra voluntad. Este personaje es una famosa escritora de libros de icción, que ya ha alcanza- do una edad en la que no importa qué tanto impacto puedan tener sus palabras y que sabe que no puede quedarse cruzada de brazos. Esta señora, de nombre Elizabeth genera una gran polémica al realizar charlas y debates sobre los animales y los derechos que, según ella, ellos también deberían tener. Para comenzar, habla de la ilosofía y los animales, y hace un paralelo entre el Holocausto del Tercer Reich y las situaciones que viven en la actualidad los animales no humanos. Airma que “a diario se produce un nuevo holocausto, a pesar de lo cual nuestra moral sigue intacta” (Coetzee, 2003, p.44). Al igual que en esos tiempos, los humanos ahora optamos por una ignorancia volun- taria, nos damos el lujo de no saber lo que sucede por nuestro propio bien (Coetzee, 2003, p.21). Aunque no veamos estos lugares de horror, están ahí, escondidos al público que se niega a vislumbrar la verdad para proteger su conciencia.

No es este documento el único que nos habla sobre este tema. En Earthlings (Terrícolas) se asegura que la ignorancia, que ha prevalecido tanto tiempo, “es la primera línea de de- fensa del especismo” y puede ser superada por quien tenga tiempo y determinación de encontrar la verdad (Monson, 2005, min 1:16:26). Esta ignorancia es responsable en gran medida de las actitudes que tenemos hacia los animales no humanos, pero debemos saber que la culpable de esta ignorancia, no es la incapacidad, sino la poca voluntad que tenemos de conocer esta verdad por miedo a la afección de nuestra conciencia. Así lo airma también Singer, cuando dice que la única razón por la cual la ignorancia ha durado tanto se debe tan solo a que la gente no quiere enterarse de la verdad (Singer, 1999, p.265).

Aunque esto es un común denominador en las socieda- des actuales, es claro también que hay algo que está cambian- do, cada vez son más aquellos que están en busca de la verdad, y cada día hay más personas que además de buscarla, ayudan a difundirla. Con suerte, esta cantidad seguirá aumentando hasta que la ignorancia deje de ser una excusa.

Después de la ignorancia

, encontramos que un segun- do factor importante para excluir a los animales de nuestra con- sideración, consiste en el señalamiento de las diferencias que hemos interpuesto entre seres humanos y las demás especies animales. En este tema existe una gran variedad de opiniones que ai rman que esto o aquello es lo que nos diferencia de los animales y que se utilizan como base para continuar ignorando su sufrimiento, instrumentalización y sacrii cio.

Una de estas diferencias, en la que varios autores con- cuerdan, es el lenguaje. Se dice que el hecho de que los ani- males no estructuren relaciones por medio del lenguaje es una justii cación para dejarlos por fuera de la esfera de lo moral. Singer argumenta “que muchas especies de animales utilizan el lenguaje, simplemente que no se trata de nuestro lenguaje” (Singer, 1995, p.141). Agamben también nos habla sobre este tema. Contrario a Singer, este autor sí ai rma que el lenguaje es lo que diferencia al hombre del animal, pero le quita peso como argumento a favor de la discriminación moral, cuando ai rma que “este no es un dato natural innato en la estructu- ra psicofísica del hombre, sino una producción histórica que, como tal, no puede ser propiamente asignada al animal ni

2.2 Diferencias semejanzas

e n t re h u m a n o s y a n i m a l e s

al hombre” (Agamben, 2007, p.73). El lenguaje es algo que aprendemos, así como aprendemos a caminar, a conocer y a relacionarnos, si esto no se nos enseñara seríamos incapaces de realizarlo, porque, como airma Linneo, la naturaleza arroja al hombre desnudo sobre la desnuda tierra (Agamben, 2007, p.57), igual que al resto de los animales.

Otra justiicación para excluir a las demás especies de nuestra consideración moral es la ‘ausencia de una conciencia de sí’; sin embargo, hay diferentes autores que airman que en la actualidad existen pruebas sólidas obtenidas de diferentes tipos de experimentos, de que algunos animales son, de he- cho, conscientes de sí mismos. Por lo tanto, “el hecho de que un ser no utilice el lenguaje […] no es razón para ignorar su sufrimiento” (Singer, 1995, p.91), tampoco lo es la ausencia de una conciencia propia, “recuérdese que existen humanos dis- capacitados intelectualmente que tienen menos derecho a que se les considere conscientes de sí mismos o autónomos que muchos animales no humanos” (Singer, 1995, p.94). A pesar de que no podemos ignorar las muchas diferencias que hay en- tre los animales y nosotros, utilizar las anteriormente señaladas para discriminar moralmente a los demás animales, instrumen- talizándolos y matándolos sin distinción, no es la mejor forma de tomar tan importantes decisiones.

Todos los animales tenemos organismos diseñados para mantenernos con vida, organismos que nos ayudan a mover- nos, respirar, sentir. Ese vivir que nos diferencia de lo inani- mado. Para empezar, pensaremos en la isiología de nuestros variados organismos que, en esencia, funcionan de la misma manera, principalmente en lo que se reiere a la sensación de dolor y al sufrimiento. Llevándolo al caso más complejo, pode-

“El problema es que los humanos hemos victimizado los animales a tal grado que ni siquiera son considerados víctimas. No son considerados en absoluto. Son nada; no cuentan; no importan. Son productos como televisores y celulares. En realidad hemos convertido a los animales en objetos inanimados – sándwiches y zapatos” Gary Yourofsky

mos compararnos con nuestros parientes más cercanos, los pri- mates. Linneo, fundador de la taxonomía moderna, en su libro

Menniskans Cousiner (Primos de hombre), explica cuán arduo es identiicar, desde el punto de vista de las ciencias de la natu- raleza, la diferencia especíica entre los monos antropomorfos y el hombre (Citado por Agamben, 2007, pág. 54). Este autor asegura que, como naturalista, no logró hallar otro carácter que nos distinga de los simios, más allá del hecho de que estos últimos tienen un espacio vacío entre los caninos y los otros dientes (Agamben, 2007, p.54).

Desde el punto de vista isiológico es indiscutible el pa- recido que tenemos con nuestros parientes simios, “a juzgar por los dientes, las manos, los ojos y otros varios rasgos ana- tómicos, es [el hombre] evidentemente una clase de primate, aunque una sumamente rara” (Morris, 1928, p.25). Es claro que somos una especie que se separó de sus parientes para crear una especie exclusiva, pero es de gran importancia que com- prendamos que no somos los únicos; en otras especies se han encontrado también aquellas que se han separado drástica- mente que de sus parientes por diferentes razones evolutivas.

Por otro lado están otro tipo de similitudes que tienen que ver más con lo que sentimos, es decir, con la vida animal, que con el funcionamiento mecánico de nuestro organismo, o sea la vida orgánica. Otros animales

…no tienen todos los deseos que tenemos los humanos; seguro que no comprenden todo lo que comprendemos los humanos. No obstante, nosotros y ellos sí compartimos algunos deseos y comprende- mos algunas de las mismas cosas. Por ejemplo, los

deseos de comida, agua, cobijo y compañía, libertad de movimiento y ausencia de dolor. Estos deseos son compartidos por los animales humanos y no humanos (Monson, 2005, min 5:00).

Cualquiera que haya compartido con un animal no huma- no ha sido testigo de esto. Está claro que los animales sienten hambre y sed, también que se comportan de maneras extrañas cuando se sienten encerrados o solos, y que se asustan o huyen de aquello que pueda llegar a causarles algún tipo de dolor.

En este tema de similitudes, Serres va un poco más allá, asegurando que tenemos que entender, no sólo a los demás animales, sino también a la naturaleza como un igual, no como una propiedad ni algo inferior, sino como algo con lo que debemos entablar una relación de dar y recibir en medidas iguales. El autor, con la intención de señalar esta igualdad, nos habla de las sombras que producen todos los cuerpos en relación al sol, nos dice que las sombras de todas las cosas, respecto a su tamaño, siempre equivalen a lo mismo (Serres, 1991, p.98). Serres airma que “el mundo escribe sobre sí mis- mo la similitud como justicia natural, ¿Cómo pretender enton- ces la superioridad?” (Serres, 1991, p.98).

Todo esto quiere decir que al momento de tomar de- cisiones éticas debemos tener en cuenta cosas que van más allá de esa ‘vida orgánica’. En primer lugar, debemos conside- rar lo que Bichat llama acertadamente, la vida animal, lo que nos facilitará separar ciertos animales de otros al momento de defender sus derechos. Sin embargo, debería ser siempre la capacidad de sufrir la que sirva como punto de partida. Si tenemos la intención de proyectar nuestros derechos funda-

mentales hacia otras especies, el factor más importante debe ser la capacidad de sentir dolor, aunque la manifestación de este sufrimiento diiera de la nuestra.

Bentham hace la pregunta clave que nos puede iluminar sobre la trama ignorancia-especismo “no es ¿pueden razo- nar? Ni tampoco ¿pueden hablar? Sino: ¿pueden sentir el su- frimiento?” (Citado por Singer, 1995, p.71). Si un ser sufre, no hay ningún tipo de justiicación moral para rechazar que ese sufrimiento sea tenido en cuenta. Es la capacidad de sufrir o de disfrutar las cosas un requisito previo para tener intereses de cualquier tipo (Singer, 1995, p.72), que, según el ‘principio de igualdad de intereses’ (que desarrollaremos más adelante) debemos tener en consideración.

Comprender el especismo es el primer paso hacia una evolución de nuestra forma de ver, entender y tratar a los ani- males. Sin embargo, mientras continuemos escudando com- portamientos detrás de estas excusas construidas para proteger nuestras conciencias, conseguir esta evolución será imposible. El especismo, tan arraigado en nuestra sociedad, no será fácil de superar, mucho menos si continuamos indiferentes y apá- ticos. Mientras continuemos negándonos a hacer la conexión entre los animales y lo que obtenemos de ellos (pensar en la comida no como un pedazo de carne sino como el pez, pollo, cerdo o vaca, o en la ropa no como un pedazo de tela sino como la piel de otro ser) no será posible superar el especismo.

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La empatía es la fuerza fundamental

que puede