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Tres Marías y una Susana

In document De la Guerra Fría al calor del hogar (página 92-98)

Mi casa es un matriarcado poblado de mujeres que se han mantenido en pie y resistiendo a cuanta ad- versidad nos ha tocado. Tres Marías y una Susana han hecho de la casa un lugar para ser habitado, para ver crecer a sus familias siempre tomadas de la mano y compartiendo un solo camino.

Mi abuelo decidió que todas su hijas se llamarían María y en orden de nacimiento así las nombró: María Amparo, María Fabiola y María Consuelo, pero cuando llegó la hija menor de la familia mi abuela se negó a tener otra María. Fue así como la niña de la casa fue registrada como Nancy Susana. Mi tía Amparo es la más entregada a su casa. Todos pensaron en sus años de juventud que mi tía se iba a quedar para vestir santos, pues aunque no le fal- taron nunca pretendientes, (hubo uno que incluso le regaló unas medias de fútbol, que nunca se puso por cierto) ella prefería estar en la casa acompañan- do a mi abuelita. Pocos vieron venir la llegada de Marcos y pocos imaginaron que tan buena mujer fuera a sufrir tanto por haberse enamorado. Marcos era un buen hombre y nadie puede negar que quiso a mi tía, que fue su compañía y que nos brindó la mano siempre que pudo, pero el alcohol le impedía ver con claridad y cuando ya no hubo marcha atrás,

su único vicio se lo llevó. Marcos murió joven a cau- sa de cirrosis y siempre contó con mi tía hasta el último momento. Mi tía Amparo es mi tía favorita, la amo muchísimo. Ella se soportó siempre mis lar- gas conversaciones y cotorreos en los buses y en las salas de espera de los centros de salud, en la casa de doña Luisa (su suegra) cuando escogíamos granos, en la cocina mientras me preparaba el almuerzo y aun hoy cuando la cojo desprevenida. Con mi tía aprendí a contar historias, que no hay regalo más bonito que el tiempo que damos a otros y que nada enseña tanto como el ejemplo.

Mi tía Fabiola es de todas la más fuerte, siempre hizo las cosas a su manera y fiel a sus creencias, se casó con Japo, cumplidos sus 29 años y formo su fa- milia. Por algún tiempo vivieron en el apartamento de atrás de la casa de la abuela, hasta que compraron un apartamento en Soacha. Todos recordamos la relación de la tía Fabiola como la más estable y la más feliz, pues Japo fue siempre un hombre muy atento y cariñoso con todos que junto con mi tía nos recibieron siempre en su hogar. Pero cuando menos se esperaba, Japo se fue y dejó a mi tía con cua- tro adolescentes y una casa que sostener. Ninguno dudo nunca de mi tía, todos sabíamos que iba a salir adelante por su cuenta y así es hasta el día de hoy. Mi tía Fabiola es la fotógrafa empírica de la familia y

gracias a ella pude compilar días y días de recuerdos en los que se registraban todas las formas y colores que tuvo la casa y cómo todos la habitamos alguna vez. Por mucho tiempo le tuve un poco de miedo a mi tía, pero aun así me quedaba en su casa todas las vacaciones, porque sus hijos Johan, Kate, Brayan y Angie son algunos de mis primos favoritos. El tiem- po convirtió mi miedo en admiración y respeto a sus esfuerzos y la mujer extraordinaria que es. Consuelo es mi mamá y es, de todas las Marías, la encargada de mantener a la familia unida. Mi mami es la hija del medio y aunque no fue la más prob- lemática de todas, les dio mucho trabajo a mis abue- los. Fue enamoradiza y tuvo muchos novios, pero el amor de toda su vida ha sido mi papá. Se conoció con él a los 22 años y a los 23 quedó embarazada. Mi papá se fue para Alemania así que el embara- zo y el primer año de mi hermana mi mama lo vivió con mis abuelos, que se encargaban de las dos porque a ella le faltaba experticia. Al regreso de mi papá las cosas parecían mejorar pero, lejos de eso, su relación se hacía cada vez más complicada y más toxica, así que pasados 4 años decidieron tenerme a mí para dar un nuevo aire a la relación, cosa que fue una mala idea, y ya cuando yo tenía dos años, casi tres, se separaron. La presencia de mi papá fue intermitente y mi mamá se las arregló siempre para que no nos faltara nada, para darnos un techo en

donde dormir y un plato de comida que en 25 años de mi vida y 29 que tiene mi hermana nunca ha fal- tado en nuestra mesa.

Mi mami ama mucho a su familia y fiel a ello nos ha enseñado a nosotras a amarla también, a ser in- condicionales, a brindarnos siempre la mano y a no perder la bonita costumbre de reuniremos. Es la en- cargada de fiestas, cumpleaños y reuniones famili- ares de cualquier índole. Cuando falte mi abuelita, la puedo ver convocando a sus hermanos y tratan- do de que sigamos estando juntos, de que sigamos siendo una familia.

Mi tía Nancy fue una de las más difíciles, tal vez por ser la menor. Tuvo su primer hijo antes de cumplir los dieciocho, cosa que golpeo fuerte a mi abuelo, porque era ‘su niña’. Se casó con William, su primer y eterno novio (el esposo más fiel que haya conoci- do), mientras tenía en su vientre a mi primo Geova- ny. Al poco tiempo quedó embarazada de nuevo y llegó Yuri a completar la familia, desde entonces mi tía y William fueron una especie moderada de Bon- nie y Clyde. Siempre felices y dicharacheros, con el guaro en la mano y juntando el dinero para la vaca del trago. Mi tía fue la más alcahueta de todas y por eso la más querida por muchos de mis primos. Nan- cy Susana fue la María más María de todas y nos dejó antes de lo que hubiéramos deseado.

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