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tripulaciones de las escuadras argentinas en las guerras de independencia y del Brasil,

1814-1830

Julio m. luqui-lagleyze

resumen

El artículo intenta un estudio de las clases y la marinería en las primeras es- cuadras argentinas al mando del almirante Guillermo Brown entre 1814 y 1830, con referencia al reclutamiento de los marineros y en especial a la determinación del ori- gen nacional o geográfico de sus miembros a fin de mostrar la importancia que tuvo el aporte extranjero para la formación de esas escuadras.

PalabrasClaVe

Historia naval – inmigración – marinería – Guerra de la Independencia – vida a bordo.

abstraCt

The article is a study focused on the rank and file of the crews of the first argen- tine naval squadrons from 1814 to 1830. Special interest is pointed into the recruting of the sailors, and the dterminantion of the national or geographical origins of the crews, in order to demonstrates the importance of the foreign support in the formation of the early Argentinean Navy.

KeyWords

Naval history – inmigration – crews – War of Independence – life onboard.

introduCCión

El presente es un avance de investigación de la parte referida a las clases y la marinería en un trabajo de largo aliento dedicado a las escuadras del

almirante Guillermo Brown en sus aspectos internos, organizativos navales, buques, tácticas de combate, armamento, sanidad y vida a bordo. Lo que hoy presentamos está dedicado al reclutamiento, el origen nacional o regional y las funciones de las tripulaciones de las escuadras desde las de la campaña naval

de 1814 hasta el final de la guerra con el Brasil, entendiendo que el término

“tripulación” designa a todos los hombres de mar que tripulaban –pero no

comandaban– un buque de guerra: oficiales de mar, artilleros de preferencia,

marineros, soldados de guarnición y grumetes.

Las fuentes para el estudio de la marinería y la tropa de marina de las escuadras argentinas, de ésta y todas las épocas, son numerosas pero suma- mente dispares en sus contenidos y a veces escasas en los datos o información que brindan. Por lo tanto, el estudio sociológico del componente humano de

las escuadras se hace dificultoso –aunque no imposible– y quizás por ello

interesante.

En el momento estudiado, primer tercio del siglo XIX, el cuerpo docu- mental básico está conformado por las listas de revista elaboradas para la Comisaría de Marina por las autoridades de los buques y para el abono de los haberes de las tripulaciones. De estos documentos obtenemos: los datos generales del buque, los nombres, ubicación y especialidad de los marineros, o el arma si se trata de tropa (infantería y artillería de línea y/o de marina), las altas y bajas de marineros, las novedades de reclutamiento y las pérdidas por deserción, muerte en combate o enfermedades, etc. Las listas de revista nos brindan la estructura orgánica íntegra de un buque, y sumadas nos dan la de una escuadra. Los documentos que complementan a estas listas son las

filiaciones, levantadas al momento del reclutamiento, en la forma de papeletas

o como libro de registro.

Para el estudio de los oficiales de mar, los sargentos y los cabos de infan-

tería de marina, las fuentes son las mismas señaladas. Lamentablemente, en la época de nuestra Guerra de Independencia, y hasta después de la del Brasil,

se hicieron muy pocas fojas de servicios –ni de oficiales de mar, ni tan siquiera de los oficiales de línea–, por lo que los datos, aunque muy ricos, nunca son

tantos como en una foja personal.

Para el presente estudio hemos relevado y seleccionado, para la campaña de 1814, los papeles que fueron del armador de la escuadra, el comerciante de origen norteamericano Guillermo Pío White, los cuales se hallan depositados en el Archivo General de la Nación Argentina, Sala VII-Colección Carranza,

y de los que hay copias fotográficas en el archivo del Departamento de Estu-

dios Históricos Navales. En tanto que para los 15 años siguientes a la caída de Montevideo, esto es la época de las campañas corsarias de la Guerra de la Independencia y de la del Brasil, de 1815 a 1830, hemos utilizado la docu-

mentación original depositada en el archivo del Departamento de Estudios

Históricos Navales y las copias de los libros de registro y filiaciones de tripu-

laciones cuyos originales se hallan en el Archivo General de la Nación y se señalan puntualmente.

El trabajo pretende reconstruir las dificultades y características del reclu-

tamiento de tripulaciones en esos años, así como el origen nacional y geográ-

fico de los marineros para ver cuál fue el aporte extranjero y cuál el criollo en

la formación de las mismas.

De esta documentación hemos extraído los datos que eran de interés a fin

de comprender cómo y por qué los oficiales de mar y marineros de las escua-

dras fueron, en su gran mayoría, extranjeros, en especial anglosajones; y, más allá de este hecho, cómo en la formación de la escuadra de 1814 al menos, y en el reclutamiento de sus tripulaciones, tuvieron crucial importancia tanto los comerciantes como la estación naval y los intereses británicos en el río de la Plata.

laConsCriPCiónyreClutamientodelamarinería

En el período que estudiamos (de 1814 a 1830), el reclutamiento de ma- rineros para la escuadra debería haber seguido las pautas de las ordenanzas españolas, que se hallaban vigentes como lo había dispuesto la junta de Mayo en 1810 para las tropas de tierra, así como para la escasa actividad naval de esos primeros años. Tal como había sucedido con la formación de la primera escuadrilla, la de Azopardo, en 1811. Pero, como veremos, para la formación y la organización interna y armamento de la escuadra de 1814 se seguirán, además, otras reglamentaciones, como la británica, dejando a la ordenanza española parcial y momentáneamente de lado para volver a ponerla en vigencia una vez terminada la campaña y recién con el Estatuto Provisional de 18151.

Varios eran los métodos usados en la época para obtener gente con que tripular las embarcaciones. Según la parte de la ordenanza que regía, la recluta debía ser voluntaria, sin mediar violencia ni engaño y no se podían 1 El Estatuto Provisional de 1815 mandó poner en vigencia en el Ejército y la Armada de las Provincias Unidas las ordenanzas Militares de España al expresar en el artículo 2 del Capítulo I –Fuerzas Armadas– que: “En lo respectivo a las fuerzas de Mar, disciplina, eco- nomía y completo arreglo de ellas, seguirá las disposiciones de la ordenanza de Marina, que actualmente rige en todo lo adaptable a las actuales circunstancias del Estado, como también la de la Intendencia en lo relativo al ramo de Guerra. Cfr. erCilio domínguez, Colección de

reclutar menores de dieciséis años en tiempo de paz y de dieciocho en el de guerra ni mayores de cuarenta. A ello se sumaba una serie de detalles acerca de la calidad de los reclutables, como estatura mínima, robustez y agilidad, y la prohibición de ofrecer paga crecida y/o engañosa ni otra ventaja dolosa para inducir al reclutamiento. Finalmente, la ordenanza disponía que la recluta debía ser seis años en tiempo de paz y cinco en el de guerra.

Durante el siglo XVIII e inicios del XIX, el modo español de recluta para la marina era por medio de sorteos en las ciudades costeras y puertos, a medida que se necesitaban hombres. Pero en caso de necesidad y urgen- cia se recurría a la llamada leva, fuera ésta de vagos o de lo que hubiera disponible. Esta leva, como la pintan algunos autores, era tan salvaje como la famosa “Press Gang” de la royal Navy: una cacería de hombres dirigida especialmente contra las clases más bajas –en América contra mestizos y negros especialmente–. Se armaban las trampas con cadenas, lazos y

cuerdas. Un oficial acompañado por una veintena de hombres armados y

provistos de lo necesario, aparecía de golpe en los extremos de una calle, que era bloqueada, y se apoderaba de los transeúntes. Aquellos que de- mostraban pertenecer a una clase alta o media podían seguir su camino, el resto era levado a la fuerza. Estas levas duraban dos o tres días de la mañana a la noche y no tenían reparos en tomar a los sirvientes y hasta a los mayordomos de los señores2.

Con referencia a esta forma de “levar vagos”, ya en épocas tan tempranas como julio de 1810 se dispuso que, para evitar las extorsiones que pudieran causarse por las partidas de leva, sólo se reclutase a los verdaderos vagos, y

que para la clasificación de “vago” se siguiesen los informes de la justicia

respectiva. “Sin cuyo requisito no podrán ser traídos a los cuerpos, ni serán

admitidos en ellos sin una certificación de las referidas justicias que acrediten

ser hombres sin ocupación”3.

Pero con el tiempo algunas levas en Buenos Aires y la zona de la rivera se parecieron al sistema británico, como lo cuentan en repetidas oportunidades, por un lado, los marineros que se quejaban de cómo habían sido “reclutados”,

y por otro los oficiales de nuestra armada, al hacer presente que las partidas

de leva tomaban hombres de unos buques para cubrir plazas en otros, incluso llegando a sustraer los enfermos del Hospital.

2 Jean desCola, La vida cotidiana en el Perú en tiempo de los españoles 1710-1820, Buenos Aires,Hachette, 1962.

En 1813, ya cercana la época del almirante Brown, cuando estaba clara la

necesidad de creación de una escuadra para dar fin al dominio naval realista

en el río de la Plata, y cuando ya se había encargado a Larrea y White su formación, se dio uno de los primeros decretos con disposiciones generales de reclutamiento. Éste determinaba que todos los ciudadanos de Buenos Aires debían alistarse precisa e indispensablemente en alguno de los cuerpos de ella, quedando sólo exceptuados los que contasen 50 años de edad –10 más de los que la ordenanza mandaba–. El alistamiento general debía hacerse en los dos tercios de voluntarios desde donde luego se les destinaría a los cuerpos. La tropa que iba a ser para los buques de guerra gozaría de la misma ración que estaba asignada a la marinería sin que se le produjera cargo alguno y en un

principio disfrutaba, además, de una gratificación de cuatro pesos mensuales

de sobresueldo.

elreClutamientoParalaesCuadrade 1814

A fines del 1813 ya se hacía patente la necesidad de formar una nueva y po-

tente escuadra para poner fin al poder realista que tenía su base de operaciones

en la plaza y puerto de Montevideo antes de que éste obtuviera mayores medios bélicos, se hiciera más fuerte y lograra imponerse sobre Buenos Aires y así dar

fin a la revolución, como lo estaban verificando las fuerzas realistas en el resto

del continente americano.

La necesidad se hizo clara en el seno de la Asamblea del Año XIII, y se encarnó en la persona de uno de los miembros de esta corporación, juan Larrea, fuerte y rico comerciante de origen español, pero decidido revolucionario desde los días de mayo de 1810. Larrea había sido nombrado miembro de la Primera junta por su estatus de rico comerciante, pero además tenía buenos contactos y

era apreciado por sus pares, los comerciantes ingleses afincados en Buenos Aires,

y en especial por los comodoros británicos de estación en el río de la Plata. La estación naval británica en el río de la Plata existía desde antes de 1810 como un desprendimiento de la estación naval del río de janeiro, que había sido creada en 1808, cuando naves británicas trajeran de refugio y emigración al Brasil a la corte portuguesa del príncipe regente, futuro juan VI, y a su esposa,

la Infanta Carlota Joaquina, hermana del rey cautivo Fernando VII. Los oficiales

navales ingleses tenían casa en tierra en Buenos Aires y una cordial relación, desde 1810, con los miembros de la Primera junta de gobierno, en especial con Mariano Moreno y juan Larrea4.

4 HéCtor r.ratto, Los comodoros británicos de Estación en el Plata, vol. XVII, Buenos Aires, Sociedad de Historia Argentina, 1945, p. 18.

En junio de 1810, al decretarse el destierro del virrey Cisneros, fue Larrea quien proporcionó el buque que lo llevaría a la Gran Canaria, el cutter inglés

Dart, y también fue el fiador del capitán inglés, Marcos Bayfield, quien debía

llevarlo sin tocar otros puertos5.

En 1813 Larrea pasó a integrar la Asamblea General Constituyente, donde le cupo, por su prestigio, ser nombrado presidente “por turno”, entre el 30 de abril y el 1° de junio de ese año, presidencia que alternó con el joven militar Carlos de Alvear. Luego, Larrea fue miembro del Triunvirato y, al crearse el Directorio, en enero de 1814, fue nombrado en la cartera de Hacienda, teniendo ya en claro su misión de formar la escuadra6.

Ya con fecha 28 de diciembre de 1813 había iniciado las gestiones para la formación de la escuadra al escribir al comerciante norteamericano Guillermo Pío White, un viejo conocido suyo, que estaba aprobado por el gobierno el pro- yecto de armamento naval para destruir la fuerza marítima de Montevideo. Le informaba que estaba facultado de la más amplia forma para tomar todas las disposiciones necesarias. En su carta señalaba crudamente: “Faltan hombres, buques, jarcias, cables y lonas, artillería, pólvora y aun fusiles”.Es decir, no ha- bía nada con qué hacer una escuadra. Pero contaba con el apoyo de White y sus recursos, conocimientos y actividad. En la carta, Larrea le pedía a White que,

con celeridad y sigilo, “se valga de cuantos arbitrios pueda a fin de conseguir lo

que se necesita, especialmente artillería naval, sin detenerse en los precios...”7. En dos meses se debió formar la escuadra y pasar de no tener más que un

falucho mal armado a una flota de 264 bocas de fuego, completamente armada,

montada, marinada, comandada y lista para entrar en combate. Veremos cómo se pudieron obtener los tripulantes para dicha escuadra y cuál fue su origen; ello nos dará luz sobre cómo y quiénes la armaron. Es una tradición ya muy arraigada que, para poder tripular los buques de la primera escuadrilla del al- mirante Brown, se debió recurrir al reclutamiento entre las tripulaciones de los buques mercantes extranjeros surtos en el puerto de Buenos Aires, los mismos buques mercantes que eran adquiridos –señala la misma tradición– con sus

oficiales y todo por el encargado de armar la escuadra, Guillermo Pío White,

en nombre del ministro juan Larrea. Para obtener las tripulaciones se encargó

5 Pedro i. Caraffa,D. Juan Larrea, Buenos Aires, DEHN, 1961, p. 23.

6 Ídem, ibídem, p. 25.

7 La nota de Larrea se halla en el archivo de Guillermo Pío White, en el AGN, Sala VII, Colección Carranza, junto a toda la documentación referente a la formación de la escuadra. Ha sido publicada como nota complementaria por julio Arturo Benencia, en ÁnJel J. Carranza,

Campañas Navales de la República Argentina, 2da. Edición, vol. III, Buenos Aires, DEHN, 1962, pp. 205 y 206.

al marino mercante inglés roberto Baxter, quien fue contratado el 2 de enero de 1814 por White8.

La falta de buques de guerra podía reemplazarse con el artillado de buques mercantes, operación factible y no tan complicada, pues unos y otros eran de similar construcción; pero era imposible navegar sin hombres de profesión ma- rinera como se había comprobado con el fracaso de la escuadrilla de Azopardo en 1811. El propio White, en una carta a rondeau muchos años después de los hechos, dice que en el país había pocos buques extranjeros, ninguno nacional de porte y nada de pertrechos navales9.

Para algunos autores, las diferencias entre los marinos mercantes y los de guerra eran sólo en la maniobra, o sea, en el mejor manejo del velamen por los de guerra, pero, precisamente, en ello residía casi todo el éxito del combate naval de la época. En las tripulaciones mercantes no faltaban hombres aveza- dos en el manejo del sable de abordaje, de la chuza, el fusil y la pistola, pero el artillero no se improvisaba, aunque hubiera mercantes capaces de poner una dotación en el transcurso de un viaje. En Buenos Aires y en el litoral no había la cantidad y calidad necesaria de hombres para la escuadra que se necesita-

ba. Cómo se solucionaría el problema, de dónde se obtendrían los oficiales de

mar y los marineros necesarios es lo que trataremos de dilucidar estudiando los documentos detallados, aunque crípticos a veces, que dejó Guillermo Pío White.

Mediante la compilación y lectura pormenorizada de estos documentos

comprobamos que la totalidad de los oficiales de mar –hoy los llamamos sub-

oficiales– y la gran mayoría de los marineros de 1814, como demostraremos,

fue extranjera; también hubo criollos, pero éstos estuvieron primordialmente entre los soldados de guarnición de los buques –que todavía no eran infantes de Marina–, entre los artilleros o sirvientes de pieza y armeros. Esto último

lo confirman varios autores que señalan que, al incorporarse la tropa para el

combate cercano y los desembarcos, fueron más los criollos, aunque eran tan reacios a embarcarse que produjeron diversos motines en la rada de Buenos Aires con el asalto de buques mercantes; o el motín en la Nancy y en la Zephyr por parte de la tropa de infantería pidiendo bajar a tierra un día antes de que zarpara la escuadra a campaña.

Por su parte, el historiador naval rodolfo Muzzio, en su documentado estudio sobre la fragata Hércules y el bergantín Santísima Trinidad, confir- ma que la tarea de tripular los barcos fue sumamente difícil por no contarse

8 Historia Marítima Argentina, T. 5, Buenos Aires, DEHN, 1987, pp. 206 y ss.

9 Carranza, op. cit., notas complementarias, p. 204. Relación histórica del armamento naval de 1814, escrita por White para el general rondeau.

entre los nativos con marineros profesionales. Por consiguiente –dice–, su reclutamiento debió efectuarse con extranjeros, lo que convirtió a los buques

en verdaderas “Babeles flotantes” –en realidad no serían tales Babeles, pues

todos los mandos y subordinados de importancia hablaban en inglés–. Con-

firma, además, que los embarcados como tropa o marinería de desembarco

eran criollos, ya que se trataba de soldados provenientes de los cuerpos de infantería de línea de tierra. Pero no aclara el origen y la forma de reclutar a los extranjeros.

Era corriente en la época completar las tripulaciones con elementos to- mados de las cárceles o prisiones. Para corroborar este aserto, Muzzio trae a colación un documento harto elocuente por el que el capitán de puerto, sargento mayor de Marina Martín jacobo Thompson, en febrero de 1814, en vísperas de la campaña de Montevideo, se vio precisado de cumplir la mi- sión, por orden suprema, de ir al presidio y a la cárcel pública a reconocer y separar a los presos que fueran marineros y reclutarlos para el servicio de la escuadra, exceptuando los que fueran o se creyeran peligrosos o que tuvieran pena capital. El documento adjunta una nómina de los singulares tripulantes “reclutados” en la cárcel y el presidio en distintos días, desde el 9 de febrero al 25 de marzo de 181410: nueve de la cárcel, sólo uno de ellos con la aclaración de “inglés”, y diez del presidio, o sea la cárcel militar de la fortaleza. Se dieron también muchos casos –señala Muzzio– de solicitudes de incorporación vo- luntaria, también para salir de la cárcel; y reproduce otro documento curioso de fecha 19 de febrero de 1814 en cual dos portugueses, Manuel rodrígues y Manuel Fernándes, que se hallaban en el presidio de esta ciudad, señalaban