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Tropos de pensamiento

In document Oratoria. (página 108-113)

Artículo I.- De los tropos

II.- Tropos de pensamiento

Alegoría

La alegoría, compuesta de una continuada metáfora, es un discurso que al principio se presenta bajo de un sentido propio, que parece otra cosa totalmente distinta de la que queremos dar a entender, si bien sirve al fin de comparación para dar la inteligencia de otro sentido que no expresamos.

La metáfora junta la palabra figurada con el término propio; así decimos: el fuego de tus ojos;

aquí la voz ojos se toma en su sentido propio; a diferencia de la alegoría, donde todas las palabras desde la primera tienen un sentido figurado, o por mejor decir, todos los términos de un discurso alegórico forman desde el principio un sentido litera, mas no el que se quiere, ni se debe entender. Pues éste solamente se descubre al fin, cuando las ideas accesorias, descifrando el sentido literal riguroso, lo aplican oportunamente por semejanza. Las de esta especie se llaman alegorías puras;

para cuyo ejemplo léase ésta: Veamos esta tierna yedra cuan estrechamente se abraza con la majestuosa encina: de ella saca su sustancia, y su vida depende de la de este robusto bienhechor: ¡Grandes de la tierra! vosotros sois el apoyo de los pobres que os buscan. La semejanza de los

Grandes descubre y caracteriza aquí la alegoría.

Hay otra especie de alegoría, llamada mixta por estar entretejida de voces, unas propias, y otras transferidas, que viene a ser un compuesto de metáforas análogas al objeto, principal. Un

historiador, pintando el estado de la Alemania después del atentado de Cromwel en Inglaterra, dice: La Alemania, mezclando el estaño de los publicistas con el azogue de los herejes, presentaba

a la espada de las discordias civiles un espejo, que detenía el brazo levantado del odio y la ambición. Aquí las palabras propias son Alemania, publicistas, herejes, discordias, odio, y

ambición, y las transferidas, o figuradas en comparación de aquellas, son estaño, azogue, espada, espejo, y brazo. Pero al fin todas juntas forman un espejo moral y sus efectos.

Toda alegoría conservará en la continuación, del discurso aquella imagen de donde saca las primeras expresiones; quiero decir, que una alegoría debe sostenerse hasta el fin por imágenes análogas a la que es el archetypo, de toda la figura.

Si el navío, por ejemplo corriendo una tormenta ha de representar la república combatida por la guerra civil, es menester que a la imagen principal de navío naufragante sigan las demás que acompañan las partes y movimientos de una nave, la furia de los vientos, y la braveza de las olas; pues la alegoría siempre acaba con el mismo género de translación por donde empieza. El que principiase por una inundación, y finalizase por un incendio, el que por un león, y acabára por un terremoto, formaría ciertamente una figura monstruosa.

Es muy natural hablar con metáforas, porque la imaginación, que tuvo gran parte en la formación de las lenguas, ayuda mucho a la enunciación de las ideas, presentando al

entendimiento objetos palpables. Pero no es muy natural tejer el discurso con una continuada metáfora, esto es, con una alegoría dilatada: porque ésta es una composición de mucho estudio, una cadena de muchos eslabones, que dependen hasta el último del primero que los liga a todos. El sentimiento y la razón, dos principales instrumentos de la elocuencia, no han de dejarse poseer de la imaginación, de tal manera que ésta los sufoque. Ciertas alegorías breves, llenas de alma, y pedidas por el mismo asunto, son tolerables, como rasgos rápidos de un ingenio que pinta de una pincelada. Pero la alegoría dilatada es un plan previsto; cuando por el contrario, la

elocuencia ha de ser como no pensada

En la pintura del renacimiento de la buena filosofía dice un autor: Después de tantos siglos que

los hombres divagaban entre las tinieblas de la escuela, Descartes dio el hilo, Newton las alas para salir del laberinto.

Aludiendo también a las fábulas del Dragón de Cadmo, y la Vía láctea, dice otro: La agricultura

con los frutos de la tierra produce los hombres, y con los hombres las riquezas. No siembra los dientes del Dragón para parir soldados que se devoren; antes derrama la leche de Venus, que puebla al cielo de una innumerable multitud de estrellas.

Además, como la alegoría es una serie de objetos comparados, y es casi imposible que la comparación sea difusa y exacta al mismo tiempo, sucede que queriendo comparar todas las partes y circunstancias del objeto principal, no se halla perfecta analogía, y sí se halla, a veces el asunto no la merece: porque ¿quien creerá que todos los objetos sean dignos de presentarse con una metáfora?

Es trabajo frío y pueril el circunstanciar demasiado la alegoría. De los dos objetos de que se forma sólo se deben comparar las principales relaciones que tienen entre sí, siempre las más excelentes, las más grandes, las más conducentes al fin del orador que desprecia lo minucioso. Pongamos, por ejemplo, la alegería de un navío comparado con la república. Entre estros dos objetos principales, en sacando del navío el Capitán, comparable con el que está revestido de la suprema autoridad; la brújula, comparable con las leyes; las olas del mar con las facciones; los

vientos con los ambiciosos, etc. todo lo demás, como la quilla, el triquete, el bauprés, el farol, ¿con

qué se compararán que no sea menudo, pueril, y ridículo?

De la alegoría pura nacen los proverbios, las parábolas, los apólogos, y los enigmas, que son otras tantas especies de alegorías.

PROVERBIOS.- Los proverbios tienen a primera vista un sentido propio, que es el verdadero; mas no el que se quiere dar a entender. Por otra parte tienen poca dignidad, y comúnmente pertenecen al estilo ínfimo y familiar; así decimos: el que tiene tejado de vidrio no tire piedras a su

vecino. - A río revuelto ganancia de pescadores, etc.

PARÁBOLA.- Las ficciones que se producen como otras tantas historias para sacar de ellas alguna moralidad, son parábolas, o fábulas morales, como las de Esopo. Pero en la parábola todos los sujetos que se introducen son racionales; en lo que se distingue de la fábula.

Aunque la párabola es una especie de alegoría, parece que ambas se distinguen por sus objetos; pues las máximas morales lo son de la primera, y los hechos históricos de la última. Ambas en fin son una especie de velo enigmático, que el escritor de ingenio puede hacer más o menos transparente.

El estilo parabólico lisonjea la imaginación, y excita la curiosidad: así capta al pueblo que gusta de todo lo que le mueve y ocupa. Cristo tomó las parábolas como instrumento poderoso para introducir su doctrina indirectamente, esto es, con más suavidad en el corazón del pueblo judío. APÓLOGO.- El apólogo es una moralidad que se oculta bajo el velo simbólico de una narración fingida, pues viene a ser otro disfraz que cubre las verdades con una ficción moral, para que hallen después la entrada más libre. Comúnmente desengañan con mucha dulzura y viveza. Un Rey, dice

Plutarco, creyendo que el oro hacía las riquezas extenuaba sus vasallos en el trabajo de las minas: todo parecía, y los habitantes recurrieron a la Reina. Ésta mandó hacer secretamente panes, frutas y manjares de oro, y los hizo servir en la en la mesa de su marido. Su vista le alegró mucho, pero luego sintió hambre y pidió de comer. No tenemos más que oro, respondió la Reina; porque como los campos están incultos, y nada producen, se os sirve lo único que nos queda y llena vuestro gusto. El Rey entendió la advertencia y se corrigió.

ENIGMA.- Es una especie de alegoría, que oculta artificiosamente el objeto a que conviene, siendo éste al mismo tiempo el que se propone adivinar. Los enigmas son semejantes a los problemas: fórmanse por una dificultosa cuestión de las contrariedades del sujeto, haciéndole oscuro y difícil de descifrar; al contrario de las demás alegorías, que se presentan de modo que puedan aplicarse sin dificultad.

Pero como la elocuencia y los oradores ya han desaparecido de un país, cuando la verdad necesita de salir envuelta en figuras; por eso el enigma siempre ha reinado entre los Orientales, cuyo estilo alegórico es la prueba más constante de la influencia que el despotismo tiene en la expresión de los esclavos. Dícese que un gymnosofista Indio inve ntó el juego del ajedrez para advertir a su Nabab las obligaciones y peligros de su puesto.

Ironía

Por medio de la ironía damos a entender lo contrario de lo que decimos; y a este fin nos valemos de términos enajenados de su sentido propio y literal: v. gr. quiero decir con disimulo, que aquel es un mal poeta, diré que es otro Virgilio.

Las ideas accesorias son de un gran uso para conocer la ironía: el tono de la voz del que habla, y mucho más el conocimiento del demérito y carácter de la persona de quien se habla sirven para descubrir la ironía mejor que las mismas palabras que la componen.

En el discurso contra Pisos, que vendía por moderación y desapego a los honores el no haber triunfado de Macedonia, dice así Cicerón: ¡Qué infeliz es Pompeyo, por no haberse aprovechado

de tu consejo! ¡Oh! ¡qué mal ha hecho en no haber abrazado tu filosofía! Pues ha cometido la locura de triunfar tres veces. Yo me avergüenzo, oh Craso! de tu ardiente ambición, hasta hacerte decretar por el Senado la corona laureada, después que concluiste la más horrorosa guerra. Oh! necios Camilos, Curios, Fabricios! Oh! insensato Paulo! ¡Oh rústico Mario!

Perífrasis

Así como la frase es aquella expresión o modo de hablar, o por mejor decir, aquel

encadenamiento de palabras que hace un sentido finito o infinito; la perífrasis, o circunlocución es la aglomeración de muchas voces que expresan lo que se podría decir con menos, y a veces con una sola. A este modo decimos: el vencedor de Darío, por Alejandro: el descubridor de un nuevo

mundo, por Colón: el apóstol de las Gentes, por San Pablo, etc.

Nos servimos de la perífrasis, unas veces para no ofender el pudor, disfrazando la torpeza, o poca decencia de un pensamiento, como en este caso: el importuno triunfó de su resistencia, por no decir, la violó: otras para no irritar el amor propio del oyente, suavizamos la dureza de alguna proposición que ceda en demasiado elogio nuestro. Entonces la modestia dicta que usemos de los rodeos más suaves, como, el del célebre Príncipe de Orange, cuando, preguntado por una señora ¿cuál era el primer General de aquel tiempo? responde el Marqués de Espinola es el segundo, por no decir, que él era el primero.

Aquí pertenece la litote, por la cual se dice menos para hacer entender más, como en esta expresión: el héroe necesitaba de otro panegirista, por decir que no fue bien celebrado.

Sirve la perífrasis para ilustrar lo oscuro, donde son de un gran uso las definiciones, que se pueden mirar como otras tantas perífrases. así en vez de decir solamente: la posteridad, se puede amplificar de este modo: la que juzga en el sepulcro los sabios y los Reyes, y pone cada cosa en su lugar.

A esta segunda especie pertenece la paráfrasis, que viene a ser una glosa o comentario de la proposición, pues volviendo el autor a tomar el discurso, se extiende, y explica su mente, añadiendo reflexiones, circunstancias, o deducciones que ilustren más la materia.

La paráfrasis explica y desentraña el primer pensamiento, añadiéndole otros, y la perífrasis no hace más que substituir una palabra, o una expresión, sin alterar la sustancia. Es muy noble y delicado este modo oratorio de amplificar y esclarecer un pensamiento sin aquel magisterio pedantesco y tono dogmático, hijo del mal gusto y sequedad de la escuela. De cierto filósofo insigne dice un escritor: fue discípulo de Descartes, como Aristóteles lo había sido de Platón;

añadiendo sus ideas a las del Maestro. Esta última cláusula es la paráfrasis, porque explica el

sentido en que aquí se cons idera el discipulado de Aristóteles.

En otra parte dice otro del favor que recibían las letras entre los antiguos: Los protectores se

bajaban a igualarse con los protegidos, y Horacio escribía a Mecenas; que es decir, al mayor Grande del mayor Imperio. La distancia de Horacio a Mecenas no sería bien conocida y ponderada

sin la última cláusula comenta las dos antecedentes.

De otro dice una elocuente pluma: colmado de riquezas y honores se bailaba cada día más

infeliz que antes; esto es, sentía que la vida pesa mucho al hombre que ya no espera, ni desea. Volvamos a los diferentes usos de la perífrasis. Nos valemos en fin de este tropo para exornar

el discurso, a que contribuyen mucho las descripciones, que siempre representan el pensamiento con colores más graciosos y nobles, y con la variedad de las pinturas que recrean la imaginación. Para decir sencillamente: El sol nace anunciado del alba, ahuyentando la noche, y alegrando las

criaturas, dice un ingenioso escritor: Ya vienen anunciándole rayos de fuego, que envía de precursores. El incendio aumenta, el Oriente se cubre de llamas; y los melodiosos coros de las aves saludan su deseado arribo. Luego las eminentes cimas de los montes aparecen doradas, y las descolladas copas de las encinas empiezan a relumbrar. Un punto resplandeciente asoma, corre toda la faz del horizonte, llena todo el espacio; y el velo de las tinieblas se rasga y cae. Entances toda la naturaleza abre los ojos para ver al padre de la vida.

Por decir sencillamente: la lengua griega, dice uno: esta lengua con que Homero hizo hablar a

los Dioses, y Platón a la sabiduría. Pero la perífrases son superfluas, siempre que no dan al

discurso más nobleza y fuego; son inútiles, siempre que no dan al discurso más nobleza y fuego, son inútiles, siempre que no presentan alguna cosa nueva, o no añaden idea alguna accesoria para quitar el discurso la languidez o la oscuridad: finalmente son viciosas, siempre que sean oscuras, demasiado hinchadas o sutiles, y que no sirven ni para claridad, ni para adorno. Después de una expresión viva, noble y sólida la perífrasis es una vana pompa, y estéril abundancia. Cuando el entendimiento es herido de una idea felizmente expresada, no gusta de hallarla otra vez bajo de imágenes menos fuertes y hermosas, que no le presentan cosa nueva ni interesante.

Quejándose el padre de los tres Horacios de la huida de su hijo, le responde Julia: ¿qué querías

que hiciese contra tres? Morir, responde el padre, o buscar en la desesperación la última fortuna.

El autor de este paraje, después que le hizo decir morir, debía haberse parado es esta sublime y breve respuesta, y no añadirle la última frase, que le quita el vigor, y la nobleza.

Hipérbole

Cuando estamos penetrados vivamente de alguna idea, y los términos comunes nos parecen poco fuertes para expresar lo que vamos a decir, nos servimos de palabras, que tomadas

literalmente, exceden la verdad, y representan lo más o lo menos para significar algún exceso en lo grande, o en lo pequeño.

El oyente rebaja de la expresión lo que es menester rebajar, formándose una idea más

conforme a la nuestra que la que podíamos excitarle por medio de palabras propias. Así para dar a entender la ligereza de un caballo, decimos: es más veloz que el viento; y ha un siglo que camina, se dice para explicar la lentitud con que viene una persona.

Muchos hipérboles leemos en la sagrada Escritura, como en el Éxodo cap. 3 donde dice: Yo os

daré una tierra por donde corran arroyos de leche y miel, por decir, una tierra fértil. En el Génesis: Yo multiplicaré tus hijos como los granos del polvo de la tierra, por decir, tendrás una prole muy numerosa y dilatada.

De cuatro modos se puede aumentar una cosa con el hipérbole: 1.º Por demostración, como:

Pedro es un Cicerón. 2.º Por semejanza: Pedro es como un Cicerón. 3.º Por comparación: Pedro es más que Cicerón. 4.º Tomando el abstracto por el concreto: Pedro es la misma elocuencia.

Véase como un historiador moderno pinta la Grecia para encarecer a Corinto: Corinto, llave que

abría y cerraba el Peloponeso, era la ciudad de mayor importancia en que la Grecia era un mundo, y las ciudades naciones enteras. Otro escritor, hablando de las conquistas de Alejandro, dice: Fueron tan rápidas, que el imperio del universo mas bien pareció galardón de la carrera, como en los juegos olímpicos, que no fruto de la victoria.

Hablando de los excelentes artistas de Grecia dice otro: Atenas produjo los Praxiteles y los

Fidias, de cuyos cinceles salieron Dioses, capaces de bacer en algún modo disculpable la idolatría de los Atenienses.

Pero son impropios de la oratoria aquellos hipérboles, que no contentándose con lo verosímil, pasan hasta lo imposible: estos nunca dicen lo que es la cosa; y no sólo no dicen lo que pudiera ser, sino que se arrojan a lo repugnante. Estas excesivas ponderaciones son más permitidas a la imaginación poética, que puede alguna vez sacar la naturaleza de sus quicios; como cuando dice aquel poeta: Al pie de una corriente lloraba Galatea de sus divinos ojos por lágrimas estrellas. Esta expresión es afectada, y repugnante a la verdadera elocuencia, donde la grandeza o importancia de los asuntos dictan al orador pensamientos grandes, pero naturales. Léase este epíteto a la memoria de Carlos V. Por túmulo todo el mundo, por luto el cielo, por bellas antorchas pon las

estrellas, y por llanto el mar profundo. Aquí se descubre un violentísimo esfuerzo para juntar en la

imaginación distancias tan enormes, y extremos tan repugnantes a la verosimilitud, y aun a la comprehensión humana.

De estos encarecimientos colosales se forma el lenguaje de los enamorados, esclavos, y aduladores. Pero la expresión del orador en un asunto alto puede ser alta, más no tanto que se pierda de vista Mas tolerables son aquellos hipérboles, que por una especie de gradación van levantando, o bajando el pensamiento hasta su último término, sin dejar estos inmensos intervalos que saltan las imaginaciones desarregladas.

Silepsis

La silepsis oratoria es una especie de metáfora o conspiración, por cuyo medio un mismo término recibe dos acepciones en la misma frase, una en sentido propio, y otra en el figurado. Un autor para explicar que Aquiles, principal motor del incendio de Troya, ardía en amor de Andrómaca, dice: ardía con más llamas de las que había encendido. Aquí la palabra ardía tiene el sentido propio respeto al incendio que puso en Troya y el figurado respeto a la pasión ardiente que tenía por Andrómaca. Pero como quiera que este tropo juega mucho con las palabras, pide

bastante circunspección para huir de toda afectación ingeniosa.

También corresponde a este género de translación una misma frase dos veces figurada, esto

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