V. Struve
4. Troya
Troya fue un gran foco de cultura del III al II milenio antes de nuestra era. La ciudad de Troya
se encontraba en la costa noroeste del Asia Menor, a una distancia de 25 a 30 kilómetros de la desembocadura del Bósforo (Bósforo tracio). La colina (llamada también Ilión) se levanta sobre la planicie del río Escamandro, y está limitada al sur y al este por montañas.
La historia de Troya está íntimamente vinculada a la de los pueblos vecinos del Asia Menor. Aproximadamente en el siglo XII a. C., la floreciente población de los troyanos fue destruida; la
tradición griega considera esta destrucción obra de los aqueos: los basileis de Micenas y de los otros centros de Grecia en aquel tiempo figuran en las antiguas tradiciones de las campañas troyanas como jefes de los ejércitos que sitiaron Troya. La información acerca de estos acontecimientos está conservada en los poemas homéricos la Ilíada y la Odisea.
A mediados del siglo XIX, los representantes de la llamada orientación crítica en los estudios
de los poemas homéricos expresaban sus dudas sobre la existencia de Troya. Solamente las excavaciones del arqueólogo aficionado Schliemann probaron su existencia. Utilizando datos contenidos en los poemas homéricos, Schliemann comenzó a excavar la colina de Hissarlik, descubriendo el lugar donde había estado Troya. Es verdad que Schliemann se equivocó en la definición de las capas pertenecientes a la Troya homérica, ya que dirigía las excavaciones sin tener en cuenta las exigencias básicas de los métodos arqueológicos. Se rigió por las fechas que se consignan en los poemas de Homero; los objetos que pertenecían a una época fueron confundidos con material de épocas más antiguas, de diferentes poblaciones, y fueron destruidas durante las excavaciones las murallas de la Troya homérica. Las excavaciones siguientes establecieron la presencia de muchas capas urbanas, en número no menor de nueve, pertenecientes a un período que va del III milenio a. C. hasta los primeros siglos de nuestra era.
Antiguas poblaciones en el lugar de Troya
La más antigua colonia de Troya en la colina de Hissarlik corresponde al comienzo del III
milenio a. C. Los habitantes de esta población se encontraban todavía en el régimen de la comunidad gentilicia primitiva. Se ocupaban de la agricultura y la ganadería, a lo que contribuyó la fertilidad del territorio circundante. Los instrumentos estaban hechos con piedra pulida. Sólo se puede hablar presuntivamente del uso del cobre. Alrededor del 2000 a. C. aparecen aquí recipientes importados de las islas Cícladas.
En la segunda mitad del III milenio, sobre las ruinas de la primera población, desaparecida
según parece a raíz de un incendio, surgió más rica, rodeada de gruesos muros, la población de la segunda Troya. Los habitantes de esta ciudad utilizaron el bronce y los metales preciosos, tales como el oro y la plata. Esta era la época de la descomposición de la comunidad gentilicia primitiva. La riqueza de la aristocracia alcanzó grandes proporciones. De ejemplo pueden servir los considerables depósitos encontrados en Troya, tal como el hallado por Schliemann y llamado «el tesoro de Príamo». Estaba constituido por lingotes de plata, recipientes de cobre, plata y oro, armas de bronce y piedra, ornamentos de oro finamente trabajado (diademas, brazaletes, pendientes, etcétera), vajilla y otros. La cantidad de pequeños objetos de oro sobrepasa el número de 8.000. Particularmente llaman la atención grandes hachas pulidas de jaspe y jade, muy bellas por su forma, adornadas con dibujos de extraordinaria elegancia.
En otros tesoros de esta época fue encontrada gran cantidad de objetos de alto valor artístico, de oro, plata y bronce. La abundancia de tesoros muestra que los oficios vinculados con la elaboración de los metales se separaban como ramas autónomas dentro de la producción. Al rápido desarrollo de la metalurgia contribuían las posibilidades de la riqueza mineral del Asia Menor (ahí se extraían en la antigüedad cobre, estaño, plata, oro). El desarrollo de la producción creaba las condiciones para un activo intercambio. El comercio, a juzgar por los datos que se
poseen, se realizaba no sólo con los vecinos más cercanos, sino con las poblaciones de la parte oriental de la cuenca egea. El hallazgo de aislados objetos troyanos en Creta y Egipto admite suponer la existencia, en ese tiempo, de relaciones entre Troya y otros países. Las excavaciones de las últimas décadas en Tracia, Macedonia y la Grecia continental (en la Argólida) muestran que las relaciones no eran sólo comerciales, sino culturales. Rasgos de similitud han sido descubiertos en la cerámica y en algunos ritos (por ejemplo, en el fúnebre).
Los materiales que atañen a los vínculos exteriores de Troya, en la segunda mitad del III
milenio a. C., rechazan de manera decisiva la teoría de Meyer, según la cual a finales del III
milenio Troya fue centro de la llamada cultura de bronce, única que se extendió por toda el Asia Menor. Se puede hablar solamente de las culturas afines de las tribus que allí se encontraban en parecidos grados de desarrollo social.
Muchos de los tesoros hallados atestiguan también acerca de los peligros que acechaban a Troya en la segunda mitad del III milenio. La estratificación patrimonial o de bienes y la
acumulación de riquezas fueron la causa principal de la intensificación de las luchas intertribales. Para los pueblos que se encuentran en el período de descomposición del régimen gentilicio primitivo, la adquisición de la riqueza, como dice Engels, se presenta ya como uno de los principales objetivos de su vida. El pillaje de las riquezas ajenas les parece más fácil y más agradable que el trabajo tenaz.
En esa época, Troya fue rodeada con gruesos muros, que alcanzaban la altura de tres metros, con algunas torres y puertas. Toda la fortaleza ocupaba relativamente poco espacio (de 175 a 190 metros de diámetro) y era, según parece, residencia del basileus y de la aristocracia local. Como atestiguan las excavaciones, los objetos más valiosos se conservaban precisamente en los puntos más defendidos y fortificados de la Tróade.
La población que estamos describiendo pereció al finales del III milenio entre las llamas. Es
interesante señalar que el momento de la destrucción de este rico centro coincidió con el fortalecimiento de los aqueos que habitaban en el interior del Asia Menor.
En el período del siglo XXI al XVIII a. C., sobre las ruinas de la fortaleza destruida,
consecutivamente surgieron y fueron destruidas por el enemigo tres poblaciones que se reemplazaron una a otra. La más antigua (la tercera Troya) tenía fuertes muros, que alcanzaban 12 metros de ancho. La cuarta desapareció incendiada. La cultura de los habitantes de estas poblaciones era menos brillante que la de los habitantes de la segunda Troya. Sin embargo, los vínculos económicos con los vecinos, en particular con los habitantes de las islas del mar Egeo, continuaron desarrollándose paulatinamente.
La Troya homérica
Desde el siglo XVIII se observa un nuevo ascenso de Troya. En este tiempo surgió en la colina
una población de área considerablemente mayor que todas las precedentes: la sexta Troya, que existió hasta mediados del siglo XVI, cuando fue destruida por un terremoto. La reconstrucción
de la ciudad de Troya, la séptima, fue algo más pobre. La cultura de ambas poblaciones era casi la misma. Los habitantes de la Troya séptima utilizaron las fortalezas defensivas y otras construcciones de la época precedente. Se puede suponer que ambas poblaciones estaban en la misma antigua Troya, que ocupaba tan importante lugar en las tradiciones griegas.
El desarrollo de las fuerzas productivas y el crecimiento de los recursos económicos permitió a los troyanos elevar alrededor de sus ciudades nuevas y fuertes fortalezas, construidas probablemente en el siglo XVII a. C. La necesidad de tales construcciones y de tan altos muros y
torres fue debida, según parece, a ininterrumpidas guerras. Al construirse los muros, el área de la ciudad fue ampliada por medio de terrazas artificiales, distribuidas alrededor de la colina.
Los admirables modos de colocación de los bloques en los muros de las fortalezas y las casas de piedras talladas y los muchos artículos de artesanía, de metal, de arcilla, etc., hablan del alto desarrollo de la economía de la sociedad troyana al mediar el II milenio a. C. Los monumentos
de la cultura material testimonian acerca de la considerable estratificación patrimonial de la población de la Troya de esta época. Responden plenamente al cuadro de la sociedad troyana
reflejada en la Ilíada: el pueblo que vivía aún en comunidad gobernado por los basileis poseía numerosos rebaños. La esclavitud tenía un carácter patriarcal y era la fuente complementaria de la riqueza del basileus, constituida también por diferentes y ricos utensilios, armas, piedras preciosas, etcétera.
La población de Troya del siglo XVII al XII a. C. mantenía activas relaciones con los pueblos
del mundo egeo. En la capa llamada por los arqueólogos sexta Troya fueron encontrados objetos del Peloponeso y de las islas del mar Egeo. La vajilla utilizada por los troyanos, denominada minoica, fue a menudo hallada en las regiones de difusión de la cultura micénica. El vínculo de Troya con el norte de la península balcánica se extendió hasta muy lejos. Se ha encontrado en Moldavia el Tesoro de Borodín, conteniendo artículos troyanos de la época de la sexta ciudad. Cerca del mismo, en el sur de la URSS, fueron hallados otros artículos que provenían de la sexta Troya.
Un terremoto, hacia mediados del siglo XIV a. C., destruyó esta ciudad. La población de la
séptima ciudad, la denominada arqueológicamente Troya VII, tuvo que vérselas con la gran potencia de los hititas.
Es posible que jefes militares troyanos reconocieran el poder del rey hitita (los troyanos participaron en la campaña de los hititas contra Egipto, que terminó con la derrota de los egipcios en Kadesch, en Siria, en 1288 a. C.). En el límite del siglo XIII al XII a. C., Troya ardió.
El incendio y la destrucción de la ciudad se produjeron, por lo visto, a consecuencia de una invasión enemiga, de las cuales es tan rica su historia.
Como ya hemos dicho, la tradición antigua considera culpables de esta destrucción a los aqueos. Dadas las fuentes con que contamos, es difícil afirmar si fueron o no los aqueos.
Es posible suponer que las tradiciones griegas acerca de la guerra de los troyanos con los aqueos se basan en acontecimientos reales. La campaña de Peleo contra Laomedonte, rey de Troya, y la siguiente guerra de los hijos de ambos, Aquiles y Príamo, podían ser el recuerdo de las reiteradas expediciones de los aqueos contra el reino de Troya. En nuestro tiempo han aparecido nuevos datos que testimonian acerca de la penetración de los aqueos, en el siglo XV
a. C., en las costas del Asia Menor. La población local de Anatolia, en el territorio de lo que luego sería Mileto, presenta vestigios de la cultura micénica. Los aqueos tendieron, probablemente, a poblar también otros lugares de la costa del Asia Menor. Los documentos hititas hablan acerca del ataque de los aqueos en Caria, de las devastaciones que los mismos llevaron a cabo en Chipre, en la segunda mitad del siglo XIII a. C. Es posible que Troya fuera
destruida por los aqueos en los tiempos de dichas campañas, en el noroeste de la costa del Asia Menor.
En el período del siglo XI al x a. C. llegó a la Tróade una nueva ola migratoria desde Tracia,
testimoniada por los objetos de origen tracio hallados en el área de la Troya de aquel entonces. Acerca de las migraciones de los micenios de la península balcánica al Asia Menor hablan elocuentemente los nombres geográficos (Misia en el Asia Menor, y Mesia en los Balcanes). Estas migraciones de las tribus tracias las menciona también Herodoto (VII, 20), aunque, de acuerdo con su versión, los micenios y los teucros del Asia Menor se trasladaron a través del Bósforo y sometieron a Tracia.