En una nota de la revista Evita Montonera, titulada “Cooke, historia de un militante”, dice: “La primera resis- tencia tiene todas las características de una lucha espon- tánea y salvaje, donde cada grupo actúa desligado de los demás. En sus principios hay enormes baches políticos, ideológicos e incluso de conocimientos técnicos”. “En ese
período (John William) Cooke3 define los objetivos: hosti-
gar a la tiranía, alimentar con hechos heroicos el fervor de la masa peronista, y difundir las consignas directrices del movimiento. En el exterior se organizan los comandos de exiliados, en la Argentina se busca estructurar la lu- cha de los comandos clandestinos, recuperar los sindica- tos, y a la vez dar respuestas desde el plano político”.4
Como se verá, hay mucho de esa primera resistencia peronista (1955-58) en el proyecto que involucra a la Agencia de Noticias Clandestina y a la Cadena Informati- va. Como un antecedente, Walsh remite a ella en sus documentos críticos, a modo de ejemplo y señalando vías de acción. No por casualidad la comunicación se consti- tuyó en uno de los pilares básicos de esa resistencia, que tuvo en cuenta desde las cintas con órdenes concisas de Perón en el exilio hasta una profusa circulación de rumo- res.
Antes de partir a España, Perón se asiló en Caracas. Desde allí comenzó a intercambiar información y a orga- nizar su retorno al país, constante que se va a mantener durante toda su proscripción. De la resistencia participa- ron civiles y militares. El general Valle fue uno de esos militares peronistas que conspiraron para traer de vuelta al líder: aquel a quien Walsh retrató, a través de la inves- tigación sobre los fusilamientos de José León Suárez, en
Operación Masacre.
Desde el exilio, Perón mandaba los “PECINCO”.5 Se
trataba de una serie de órdenes acerca de la contabilidad o el reparto de explosivos, acompañadas de breves inter- pretaciones de la realidad nacional e internacional y de los pasos a seguir en el marco del movimiento. Escritas en clave y en papel copia, llegaban a sus destinatarios
3 John William Cooke fue delegado personal de Perón, y sostuvo con él una
interesante polémica que se refleja en los dos tomos de la Correspondencia Perón-Cooke.
4 Evita Montonera. Año 1, nro. 6, agosto de 1975. Evita Montonera. Año 1, nro.
6, agosto de 1975.
disimuladas en cajas de cigarrillos. En general, eran ins- trucciones puntuales a los comandos guerrilleros.
Durante ese período, Julio Troxler6 -entre otros- fue
clave en la interconexión de los diferentes grupos, que chequeaban rigurosamente los mensajes recibidos antes de ponerlos en práctica en el conjunto del movimiento peronista. Si bien existía un comando táctico (Cooke) centralizado por razones de seguridad, “cada peronista se convirtió en un combatiente. La unidad de concepción hizo posible la unidad de acción”, explican Laura y Angé- lica González, hijas de un reconocido dirigente de la re- sistencia.7
La idea básica que sostenía todo el plan era una suer- te de guerra de desgaste que ponía todo su esfuerzo en una multiplicidad de acciones donde el poder “no estaba, y ninguna donde se concentraba. De esta manera, se quería demostrar que el país era ingobernable sin Perón a la cabeza”.8 El plan contemplaba acciones de tipo militar,
como los sabotajes y la colocación de explosivos caseros; y de tipo político, como la propaganda y el rumor.
Fue en esa época que se empezó a utilizar la sigla “VP” (Perón Vuelve) en las pintadas, para acrecentar la rapidez de la acción. De la misma forma, los rumores eran orga- nizados: en el almacén, en el barrio, en el trabajo, alguien echaba a andar un comentario que se propagaba rápida- mente. Esas acciones eran posibles gracias a “la gran cantidad de compañeros, a la solidaridad y a la densidad del movimiento”. De la misma manera se rumoreaba la preparación de un alzamiento militar leal al movimiento peronista, el lanzamiento de la guerra popular, el retorno de Perón y la orden de votar a Frondizi, que “no era con-
6 Troxler fue uno de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suá-
rez. Más tarde acompañó a Walsh en la filmación de la película Operación Masacre, basada en el libro del escritor.
7 Las entrevistadas prefirieron usar pseudónimos, la razón se funda en que
participaron de la resistencia secundariamente y acompañando a su padre, jefe de un comando situado en la Paz, Bolivia. Además, en aquella época eran adolescentes. Por tal motivo consideraron poco humilde “hacerse cargo” en tanto protagonistas (mayo de 1998).
fusa. Incluso los compañeros la retuvieron durante un tiempo. Pero llegó a tiempo: la ‘máquina’ funcionaba y la orden se cumplió”.
Según Laura y Angélica, “los peronistas sabíamos que estábamos haciendo terrorismo, que estábamos haciendo al país ingobernable. Cuando se desviaba un tren o se cortaba una calle, los barrios se transformaban en una fiesta. Todos sabíamos de qué se trataba: había que hacer imposible la vida normal, había que producir una sensación de caos: si Perón no podía gobernar, entonces
nadie podía porque el pueblo quería a Perón”.9 De esta
manera, se obligaba al enemigo a estar en constante mo- vimiento.
Todas estas acciones fueron posibles gracias a una ex- tensa red de distribución de la información. En principio, partía de un gran emisor (Perón) que se dirigía a núcleos reducidos, los que a su vez la multiplicaban en diferentes direcciones, y así sucesivamente formando un enjambre. Cada receptor se transformaba en un nuevo emisor que anexaba a la información impresiones propias. Además, existían para esa época algunas radios clandestinas que funcionaban interfiriendo señales y que alentaban a la población a sumarse a las actividades por el retorno del líder.
Otro dato importante es que no había niveles en el discurso de Perón. En sus grabaciones, “se plantó como un profesor de la Escuela Superior de Guerra. La educa- ción política era alta y el que no entendía tenía que esfor- zarse por aprender”.10 De esta forma, la participación en
la información no estaba limitada a un grupo de cuadros: si bien existía un emisor principal, el mensaje (luego de un primer momento exclusivamente descendente) se combinaba posteriormente con múltiples formas de co- municación horizontal. De todas formas, no muchos te- nían el privilegio de discutir con Perón.
Las formas comunicacionales utilizadas durante la re- sistencia peronista funcionaron como experiencia acumu-
9 Ídem.
lada durante la década del 70 para la izquierda peronista. Y a medida que la lucha de clases se fue profundizando en la Argentina (y con ella se iban radicalizando los mé- todos y las estrategias), a los volantes, las pintadas y los periódicos se fueron sumando cantidad de expresiones comunicacionales y culturales que incluyeron el cine, la música, el teatro y la plástica. De manera que todo medio alternativo comenzó a vincularse con el mundo de la polí- tica, combinando sus formas para lograr la efectividad de un hecho político.