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MEMORIA DEL TEATRO DE LA CALLE EN QUITO 1960

3. Grupo Umakantao

3.1 Un juglar jamás debe pedir permiso a nadie

Umakantao consideraba que su trabajo en la plaza pública era de juglares, por tanto eran libres de llegar, quedarse en ella y retirarse. Los cantantes populares como Jaime Guevara, también se consideran juglares, y según argumenta que “el arte en la calle estuvo presente en la Edad Media y quizá un poco antes, cuando los juglares y los trovadores contaban his- torias, no sólo historias inventadas, sino la propia historia” (JG, 4 de febrero de 2010) dice también que la poesía no se había separado de la música y que gen aquella época, las autori- dades, sobre todo las autoridades eclesiásticas censuraban acremente a aquellos juglares que

difundían canciones consideradas “pornográicas”: nonpresentables ante el vulgo (Ibíd.). La censura es parte del poder de control de las instituciones, en el caso de las manifestaciones de cultura popular callejera. Es por tanto un importante ramo de la ad- ministración pública (la Policía), sostén de las garantías individuales y del orden social (...) [que] contribuye a la movilización de las masas populares (…), estimula el trabajo

y la industria, destruye la vagancia y produce, en in, el progreso y la civilización de los

pueblos” (Kingman, 2009: 25)54

Esta institución es la encargada de la vigilancia y control en la ciudad55 y ha sido la entidad de constante confrontación de las expresiones callejeras y el poder policial se ejecuta a partir de la posibilidad de obtener o no un permiso municipal para el uso del espacio público. El permiso municipal “siempre hubo” dice Iván Pino

Bueno nosotros no sacábamos permiso, ni nada ¡nos arriesgábamos! ya estábamos cuadrados y era difícil para el policía municipal porque la gente misma le echaba, pero cuando nos cogían cuando estábamos recién cuadrados nos llevaban presos e íbamos a parar al Penal García Moreno, al CDP [Centro de Detención Provisional] con toda la recua de ladrones y todo (IP, 20 de febrero de 2009).

Esta actitud es totalmente consistente con la ideología del gartista de los 60 y 70 que fue informal, iconoclasta, irreverente que rompía con todo, y no le importaba lanzarse contra el mundo y sufrir prisión, zurra [ni] ir al penal, como sucedió (RT, 4 de febrero de 2010).

54 Esta información corresponde a la Exposición del Ministerio al Congreso de 1871, Archivo de la Funda- ción Legislativa (AFL), citada por Kingman 2009a, donde se puntualiza el sentido civilizatorio y discipli- nario de la Policía se había deinidos desde el Garcianismo (1859-1875) y a partir 1938, en el gobierno del General Enríquez Gallo adquiere una estructura moderna.

55 Surge como la Policía del Cabildo el 11 de mayo de 1825, como gun cuerpo organizado, encargado de controlar el cumplimiento de las políticas de la alcaldía ( c) A ines de 1920 se les da la denominación de Policías Municipales. En 1993 mediante la Ley de Régimen para el Distrito Metropolitano de Quito la Policía Municipal cambia su nombre por el de Policía Metropolitana del DMQ (http://www.policiametro- politanaquito.gov.ec/1_1.htm, visitado el 2 de marzo de 2010.

Porque la auto-identiicación con las clases populares y la presencia en los espa- cios públicos del centro de la urbe, tenía como actor institucional antagónico a la autori- dad, que reprimía el protagonismo del teatro callejero, el poder y la autoridad era ejercida en primera instancia por la Policía Municipal, que en su labor de hacer cumplir Leyes y

Ordenanzas del uso “oicial” del espacio público, puesto que obedecía a un sentido “civi- lizatorio y disciplinario” (Kingman, 2009a: 20) del control de la población de la ciudad con operaciones diarias de control y represión visibles a estas expresiones de “cultura popular” confundidas como una modalidad nueva de “merolicos”, “charlas”, ambulantes, gente ociosa, y en ocasiones: locos, quienes al deambular libremente, eran sujetos de sospecha, control y en casos de reclusión, como registra el Parte Policial N° 38 de 1978, citado por Iván Pino:

Hoy 24 de Agosto de 1978 a las 6 pm. en la Avenida 24 de Mayo, el sujeto de nombre Iván Pino fue sorprendido practicando la brujería,

con el in de estafar a la gente, para lo cual se valía de un par de muñe- cos; parte que pongo en consideración del Comisario de turno, deposito también el par de muñecos como prueba de la infracción. Policía Jorge Cabascango (Pino, 2002: 12).

De este modo, “como prueba de la infracción” [histórica] el arte popular callejero en Qui-

to franquea los límites de los espacios establecidos por los cánones de la cultura oicial,

el teatro de la calle se legitimó y se quedó en “la lleca”.56

Hay que considerar que en este transcurso de décadas de las actividades de la expresiones callejeras también pasaron a la par las carreras profesionales de los policías municipales y algunos teatreros tuvieron la capacidad de agencia y auto-defensa con sus armas lúdicas. A continuación se cita una poesía que usaban cuando llegaba un solo po- licía al ruedo:

Una sombra de pájaro me traspasa la frente también la bendita costumbre de tirarme a la calle me viene de golpe y hablo con todos

con ese amor que tendría el policía si cuidara que no dispare a quemarropa el hambre a sus vecinos.

Iván remarca que “eso mismo oía el policía que venía a reprimirle, escuchaba y le iba fe- licitando” (IP, 10 de enero de 2009); pero estas veces eran las menos. Porque al proliferar los “umakantaos”, los teatreros en las diferentes calles y plazas del Centro Histórico de Quito, las autoridades municipales de control del espacio público ejercían presión en la Policía Municipal y en relación a la línea política de la alcaldía eran los niveles de repre- sión de los callejeros.

56 Manera coloquial de nombrar a la calle por parte de Bruno Pino y Héctor Cisneros, los poetas de la “lle- ca”. Donde les esperaba el “público, aquel monstruo de mil cabezas”.

Las prácticas de la represión policial tenía como respuesta varios niveles de defen- sa de los teatreros callejeros: “tener informantes en la esquina” que mencionó Santuzza, llegar al lado sensible a partir del verso, enfrentarse a veces librándose a patada limpia y

huir, o inalmente si nada de eso era disuasivo iban presos.

La constante amenaza de prisión no los amedrentaba, sino que los empoderaba en la escena callejera y eso era motivo de festejo “practicar una bohemia lindísima [en la cantina] el Pescado Fumador [y en] El Rey Zar que era un conocidísimo salón donde había rockola y se oía a Daniel Santos, todo en la 24 de Mayo” (Ibíd.), de lo que se ocupa el siguiente apartado.