Las paginae quedaban perfec-tamente justificadas a la izquierda, aunque no así por la derecha, por el deseo de no cortar las palabras. En ocasiones, cuando, a pesar del inten-to del escriba de alargar o estrechar las últimas letras, quedaba una línea más corta, podía justificarse rellenan-do el hueco con una raya horizontal. El número de líneas por columna no es uniforme y varia en relación al ta-maño del papiro y el ancho de letra, por eso una copia de la misma obra puede variar en longitud dependien-do del ancho del papiro y del tamaño de letra del escriba.
La escritura también podía ir acompañada y completada por ilus-traciones. No solo se ilustraban los tratados científicos o de geografía (como por ejemplo, el famoso papi-ro de Artemidopapi-ro) sino también las obras literarias, de las que existen
algunos ejemplos en códices tardíos. Sabemos por noticia de varios auto-res que era usual encontrar un retrato del autor al principio del texto.
El negocio editorial
Tenemos testimonio de varios perso-najes dedicados a la edición de libros, el más famoso de los cuales es Ático, el amigo de Cicerón; pero también los hermanos Sosio, editores de Ho-racio, o Triphon, editor de Marcial y Quintiliano. Hay una diferencia entre un editor como podría ser Ático, un rico y culto personaje que se dedica-ba a publicar obras literarias, y un
li-brarius, el propietario de una librería
(o el liberto o esclavo que la regenta en su nombre) y que edita y vende las obras a cambio del pago de cierta cantidad al autor.
La presentación del libro se hacía en las denominadas recitaciones,
lec-turas en público de la obra presenta-da por parte del autor o de un lector profesional. Podían hacerse en luga-res públicos como las bibliotecas, en las salas destinadas al uso en las ter-mas, o en lugares privados como la propia casa del autor, su editor o su mecenas como sería el caso del fa-moso Auditorio de Mecenas. Incluso algunos autores sufragaban su propia obra, y repartían las copias entre sus amistades.
No estaba protegida la propiedad intelectual, de manera que una vez publicada pasaba a dominio público y podía ser reproducida por cual-quiera. Contra el plagio no había leyes concretas, aunque este estaba mal visto y encontramos muchos testimonios de autores como Mar-cial que se quejan de la apropiación de sus obras por parte de otros. En cuanto a la remuneración
económi-El pergamino se obtenía de pieles de animales a las que se sometía a un tratamiento para obtener hojas finas y delgadas ideales para conte-ner escritura. Su introducción como materia escritoria la extraemos, de nuevo, del relato de Plinio el Viejo (“Historia Natural”, XIII, 21, 70): la razón, según Plinio, fueron los ce-los de Ptolomeo V Epifanes, rey de Egipto, ante la posibilidad de que la biblioteca que Eumenes II de Pérga-mo había creado pudiera superar en importancia a la de Alejandría.
La solución del soberano egipcio fue prohibir la exportación de papi-ro que era monopolio real a lo que el rey atálida contestó sustituyén-dolo por pieles de animales. El uso del pergamino está constado en Asia desde mucho antes (Heródoto V.58), lo que no exime la posibilidad de que en un centro de producción intelec-tual como Pérgamo se incrementara su uso y se mejorara la calidad, y que esto hiciera que se le diera el nombre de la ciudad a este tipo de material.
El hecho es que el pergami-no ofrecía varias ventajas res-pecto al papiro: la materia pri-ma de elaboración no requería de un lugar concreto de cultivo, era mucho más abundante, más duradero y más aprovechable, pues se podía escribir por am-bas caras. El término empleado en latín para referirse al perga-mino es membrana, membrana pergamena o pergamenum. La terminología medieval nos infor-ma del tipo de pieles empleadas: caprina, ovina y la de excepcional calidad, la virginia, procedente de los corderos lechales.
En el proceso de fabricación se maceraban las pieles animales en sal durante un periodo de tres días, después se eliminaban los restos de pelo, carne y grasa y se les daba un baño en cal; entonces se tendían al sol en un bastidor para secarlas, se trataban con piedra pómez para alisarlas y finalmente se trataban con greda.
Con el pergamino como soporte de escritura se confeccionaron rollos como los de papiro pero el formato más usual será el codex, pliegos de páginas de pergamino, el anteceden-te de nuestro libro actual. El nombre latino deriva de la palabra caudex –madera, tablilla- y hace referencia a los pliegos de tabulae de madera de los cuales copia la forma.
los soportes del saber
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ca, la mayoría de autores no es-cribían como medio de vida, ya que se trataba, en gran parte, de autores de clase alta que escri-bían con miras solo a la admira-ción de los círculos cultos. Aun así, autores de recursos econó-micos más limitados buscaban la protección de algún mecenas, incluso el propio emperador, dedicándole la obra. De todos modos, no está exenta alguna compensación económica por parte de algunos editores sobre la venta de las obras, aunque fuera imposible cuantificar tanto las ediciones clandestinas como las co-pias privadas: así se queja Marcial que, si bien tiene constancia de que sus libros se leen en todo el mundo, no así su bolsa (Marcial, XI, 3).
Para hacerse con la copia de un libro podía recurrirse a una libre-ría (taberna libraria) donde podían comprarse los libros ya copiados en stock en las estanterías (normal-mente los clásicos, las novedades o los de más demanda) o encargar una copia; en tal caso, el librarius buscaba el libro en alguna biblio-teca y lo hacía copiar. La copia se hacía en talleres donde un equipo de escribientes, casi siempre esclavos, reproducían el libro normalmente al dictado a fin de hacer el mayor nú-mero de copias posible.
El sistema podía implicar inco-rrecciones en el texto por lo cual los talleres de mejor calidad incluían la figura del corrector (anagnostes), cosa que tampoco garantizaba la exactitud de la copia. No faltan en las fuentes múltiples quejas de auto-res y lectoauto-res ante las constantes fal-tas e incorrecciones. También podían hacer la copia los particulares para sí mismos de una biblioteca o prestado de algún amigo; Cicerón (Att. II, 20, 6) escribe a su amigo Ático: «he re-cibido el libro […], cuando lo haya-mos copiado te lo devolveré».
En el Edicto de Precios de Dio-cleciano tenemos fijado el precio que debían cobrar estos copistas por cada cien líneas, 25 denarios por la letra
op-tima y 20 por la sequens. En la
etique-ta, junto al título, solía indicarse el
nú-mero de líneas de que constaba la obra para garantizar que estaba completa.
El comercio
Los vendedores de libros eran denomi-nados librarii (Cicerón, “Las leyes”, III.20) o bibliopolae (Marcial, IV. 71). Este último, según dejan en-trever las fuentes, sería únicamente vendedor de libros mientras que un
librarius, como hemos visto, implica
también el papel de editor. También encontramos una cierta diferencia-ción entre las tabernae librariae, las que vendían tan solo libros en stock, o las que contaban con un taller de copistas para reproducir los títulos solicitados. Quintiliano, a su vez, nos da noticia de la existencia de lo que nosotros conocemos como “librerías de viejo” .
Las librerías se concentraban en Roma en el Argileto (Marcial I.4), en los pórticos de Foro de La Paz y en el
Vicus Sandaliarius (Gell. XVIII, 4).
Marcial (I. 117) nos ha legado una viva descripción de una de esas tiendas:
«Lo que buscas, podrás en-contrarlo más cerca. / Sin duda sueles pasar por el Argiletum: / frente al Foro de César hay una librería / con sus puertas llenas por todos lados de carteles, / para que rápidamente puedas leer a todos los poetas. / Búsca-me allí. No necesitas preguntar por Atrecto / (este es el nombre del dueño de la librería): / De la primera o segunda estantería te dará / pulido con piedra pómez y adornado con púrpura / un Marcial por cinco denarios».
En la puerta había colgados, tal como nos ilustra Marcial, unos carteles con los nombres de los autores y las obras vendidas en la librería. El precio de un libro radi-caba en el lujo del material y, sobre todo, en la corrección de la copia. En el caso de los libros antiguos, el hecho de haber pertenecido a algún personaje con fama de culto era garante de la calidad de la copia y podía alcanzar precios exorbitan-tes. Existía también una demanda de libros de lujo cuyo valor residía en el material (umbilicus de oro o plata, teñido de púrpura…).
La adquisición de libros como ele-mento meramente de ostentación so-cial es criticado constantemente en las fuentes, evocando bibliotecas privadas
valiosísimas de las cuales sus propieta-rios nunca habían ojeado ni los títulos (ver texto de la página siguiente).
El comercio del libro alcanzó en todo el Imperio cotas impensables. En todas las ciudades de provincias había librerías que recibían copias de las novedades editoriales de su co-rresponsal en Roma o bien adquirían las obras para copiarlas.
Junto al libro, el mercado editorial manejó otros productos, entre los que sobresale el codex, que podía ser de pa-piro o de pergamino. Su existencia está atestiguada ya en época de Augusto. También Marcial nos habla poco des-pués del codex, aunque presentándolo como una novedad. Su uso permanece residual y relegado a pequeños manua-les de viaje llamados pugilares —que cabían en la mano (o en el pliegue de la toga)— y libritos de regalo. «Este breve librito
te costará, si lo compras, cuatro sestercios. ¿Es demasiado cuatro? Podría costarte dos, y aún el librero Trifonte ganaría dinero».
Marcial, XIII, 3.
Los precios
«Pero para que no ignores dónde me puedes encontrar y no vayas a la aventura por toda la Ciudad, yo te haré de guía para que lo aciertes. Pregunta por Secundo […] detrás del atrio del Templo de la Paz.»
Marcial, I.2.
También existieron una serie de hí-bridos entre el rollo de papiro y el códi-ce de pergamino: el rollo de pergamino y el códice de papiro. Todos estos pro-ductos conviven, como mínimo, desde principios del Imperio, si bien el forma-to estrella indiscutible para las obras li-terarias del Alto Imperio es el volumen de papiro. Con todo, hacia el siglo IV d. C., comienza a declinar el uso del papiro en favor del pergamino, muy probablemente relacionado con la falta de materia prima o su encarecimiento, debido a la contracción de los mercados y a la situación política.
La crisis del papiro
Se han esgrimido muchas razones téc-nicas y prácticas para explicar la susti-tución del rollo de papiro por el códice de pergamino, como la dificultad de encontrar una referencia concreta en el texto, el rápido acceso al contenido por la posibilidad de hojear el códice o la numeración de las páginas. Pero la principal ventaja sobre el papiro fue su capacidad, derivada del hecho de poder escribir el pergamino por ambas caras. En una cita de Marcial (XIV, 192) este se maravilla de que «los quince libros que Ovidio escribió de poesías se en-cuentran en este grueso códice de ho-jas muy finas».
También se argumenta la incomodi-dad de sujetar el rollo con ambas manos
para leerlo, cosa que imposibilitaría hacer otras cosas como copiarlo o tomar notas, aunque esto se po-dría explicar porque el volu-men está concebido para ser leído sobre el regazo mien-tras el códice requeriría de una mesa. En este sentido, es necesario recordar que las copias se harían al dic-tado y que era muy usual hacerse leer el libro por un esclavo (como Plinio mien-tras tomaba notas).
Otra ventaja adicional del códice era que este estaba protegido por las tapas de madera mientras que los rollos se amontona-ban en los estantes de las bibliotecas expuestos a rasgaduras y desgastes salvo que se cubrieran con una funda. En los estantes de las bibliotecas se podían ordenar cómodamente los có-dices mientras que, para coger un vo-lumen concreto que estuviera debajo del montón de rollos habría que sacar los de encima. De la misma manera, para la localización de las obras en las bibliotecas, en el códice aparecía el título en el lomo mientras que la eti-queta del volumen podía extraviarse o caerse.
El precio no parece un factor tan determinante, ya que si bien es cierto que el papiro era caro, el libro no
de-jaba de ser también un objeto de lujo. Baste recordar que, pese a ser el per-gamino una materia prima que no re-quería su importación, la confección de un solo códice necesitaba gran cantidad de cabezas de ganado.
Pese a las aparentes ventajas del
co-dex, el pergamino tardó en imponerse al volumen. La elección no se acabará
to-mando por criterios prácticos, sino por razones culturales y religiosas: el códice acaba siendo identificado con el cristia-nismo y el volumen, con el pagacristia-nismo. Cristianismo y codex van de la mano aunque, paradójicamente, la salvaguar-da de la Antigüesalvaguar-dad clásica se realizará a través del códice medieval. ◙
• PARKINSON, R. y QUIRKE, S. (1995): Papyrus. Londres. • NÚÑEZ CONTRERAS, L. (1994): Manual de Paleografía. Funda-mentos de la escritura latina hasta el siglo VIII. Madrid. • WINSBURY, R. (2009): The roman book. Londres.
PARA SABER MÁS: «¡Qué incontables libros y bibliotecas de las que el dueño apenas ha ojeado
los índices en toda su vida! […] Tal como muchas veces entre gente ignoran-te, incluso los libros para aprender a leer no son instrumento de estudio sino adorno de los comedores. […] ¿Qué razón hay para perdonar a un hombre que va tras conseguir estanterías de cedro o de marfil, que busca obras completas de autores desconocidos o malos, que bosteza entre tantos miles de libros, que gusta, sobre todo, de los lomos y de los títulos de sus volúme-nes. La prueba es que verás en casa de los hombres más indolentes todos los discursos y las obras de historia, armarios de libros que alcanzan hasta el techo; incluso ya junto a los baños y las termas, la biblioteca también se pule como un ornamento necesario de la casa. Lo perdonaría de corazón si se equivocara por su excesiva entrega al estudio; ahora bien, estas obras de autores consagrados tan buscados, clasificadas utilizando los bustos de cada uno de ellos, se preparan para decorar y adornar las paredes».
Séneca, Tranq. IX, 4-7.
Las bibliotecas “decorativas”
Fresco pompeyano que muestra a un hombre con un rollo de papiro a medio leer. El titulus identifica una obra de Homero. Museo
Por Roberto Pastrana.
A lo largo de 2009, la asociación His-pania Romana ha realizado diversos eventos de recreacionismo militar. En general, se trata de marchas en las que se comprueba sobre el terreno la eficacia y durabilidad de elementos de la equi-pación legionaria, reconstruidos a partir de evidencias arqueológicas. Así, se or-ganizaron marchas en diversos puntos de España, con la participación de una veintena de asociados en total.
Entre los ejercicios de entrenamiento destaca el realizado a principios de oc-tubre en Ibiza, planteado también como un foro de intercambio de ideas entre di-versas asociaciones recreacionistas de la Antigüedad: Hispania Romana, Athenea Prómakhos (Grecia clásica) y Grupo At-tio (pueblos prerromanos). Las jornadas
fueron auspiciadas por la recién creada Asociación Iboshim, centrada en la pre-sencia púnica en el archipiélago balear.
El programa de actividades de las jornadas recreacionistas comprendía el entrenamiento de maniobras como el cambio de formación, en el que las tropas ligeras encargadas de realizar es-caramuzas (velites y honderos) se reple-gaban tras la infantería pesada para apo-yar una carga. Los ejercicios también englobaron el lanzamiento de jabalinas contra fardos de paja y el perfecciona-miento en el uso de la honda. En este sentido, los participantes en el evento contaron con la ayuda y consejos de José Saliner, experto lanzador federado, que regaló una docena de hondas arte-sanas como las que usaron los reputa-dos honderos baleares mencionareputa-dos en las fuentes clásicas.