Las caravanas de mercaderes desempeñaron un gran papel en la transmisión secreta de las noticias referentes al Cristo-niño, oculto en el Santuario del Monte Hermón.
Sus grandes amigos: Melchor, Gaspar, Baltasar y Filón, habían sido ya discretamente notificados, y cuando Yhasua cumplía sus cinco años de existencia terrestre recibió la visita de dos de ellos, Melchor y Balta- sar, los ilustres personajes orientales en cuyos espíritus resplandecía el precioso tesoro de la Sabiduría Divina.
Bien comprenderá el lector, que los más destacados esenios de aquel tiempo se acercaron solícitos al santo Niño, aunque con todas las pres- cripciones necesarias, para que los agentes y espías del rey no encon- trasen el más leve rastro.
De todos los Santuarios esenios de la Palestina salían año tras año, algunos Ancianos en calidad de embajada, de visita y protección. Los esenios que prestaban servicio en el Templo de Jerusalén, uno después de otro acudieron también. Eran éstos: Esdras, Simeón y Eleazar; y los estudiantes: José de Arimathea, Nicodemus de Nicópolis y Rubén de En-Gedí.
Los tres Levitas ya nombrados, se habían unido en matrimonio dos años hacía, con las tres hijas de Lía, la noble viuda de Jerusalén, en cuya casa se formó una numerosa familia, pues las tres hijas quedaron con la madre los primeros años.
Las familias de Elcana el tejedor y sus amigos esenios, que vieron a Yhasua recién nacido en Betlehem, enviaron su embajada en el año tercero del destierro de Yhasua niño, llevando para él y sus padres, co- bertores y ropas de lana tejidos por ellos.
La gran Fraternidad Esenia de aquella hora, hizo en verdad el sublime papel de madre abnegada y solícita del gran niño, que apenas llegado a los oscuros valles terrestres, se veía perseguido a muerte por sus propios hermanos.
En una de las visitas de Gaspar, el indostánico, a las Escuelas de Di- vina Sabiduría fundada en Bela y en Chambar (hoy Guadar), llegó hasta Babilonia, desde donde fue guiado por los terapeutas hasta el Hermón, donde tomó anotaciones y copias de todo cuanto estaba relacionado con la postrer venida del Cristo a la Tierra, dejando un bolsillo de oro para que los Ancianos pagasen cuanto al niño le fuera necesario, y le remitiesen grabados en placas de madera o arcilla, los relatos que juz- gasen de importancia; pues él, deseaba formar una detallada biografía del Cristo-hombre en su última vida terrestre. Y éste es el origen de los relatos y crónicas, que aún perduran en los grandes monasterios budistas de Lhasa y del Nepal, donde fueron recogidas las numerosas escrituras coleccionadas por Gaspar y sus adeptos, cuando el Templo Escuela en los Montes Suleimán fue incendiado por la invasión de los Mongoles y otras razas guerreras, que invadieron siglos después aquellos fértiles parajes regados por el Indo.
Todas las Escuelas de Sabiduría Divina fundadas por aquellos hom- bres sabios-astrólogos, que la tradición ha llamado Reyes Magos, toma- ron después, los tintes y aspectos de los antiguos cultos de cada país, y así subsisten aún.
Y fue así, que las escuelas de Baltasar en Persia, aparecieron des- pués como una derivación del Mazdeísmo, o sea, el principio del Bien y del Mal, de la Luz y las Tinieblas del Zen-Avesta, que si sabiamente se interpreta, no está en contra de la Verdad, toda vez que es realidad, que las fuerzas o corrientes del bien, luchan para redimir y liberar las humanidades de las fuerzas del mal, simbolizadas en las tinieblas. El error está, en que los adeptos de esta creencia privan al hombre de su libre albedrío y capacidad de libertarse por sí mismo si de verdad lo quiere, para hacerlo aparecer como víctima forzosa de la fuerza del mal o tiniebla, al que es malo, y como privilegiado por el bien, la luz, al que es bueno, y vive conforme a la Ley Natural.
De una de estas escuelas fundadas por Baltasar en el suburbio babilónico de Mardinu, vino a tener origen en el siglo II y III la religión llamada Maniqueísmo cuyo fundador Manes, hijo de Gulak Babak, que estuvo dotado de facultades psíquicas muy desarrolladas, fue tomado como una encarnación de la Divinidad, a la cual daban el nombre de Paracleto.
Este Manes fue causa de que la Escuela Babilónica fundada por Baltasar, degenerase en una secta, que aunque duró muchos siglos y se extendió bastante en el Oriente, no pudo luchar con ventajas en contra del Cristianismo genuino y auténtico, fundado por el Cristo y sus discípulos.
Las escuelas fundadas por Filón en el Valle de las Pirámides del Nilo, que era la reminiscencia de la filosofía Antuliana, de la que Sócrates y
Platón fueron las últimas ramas, en el segundo y tercer siglo se desviaron hacia los viejos cultos mitológicos egipcios, que tenían con la filosofía Socrática y Platónica, el punto de contacto del amor reverente a los muertos, que encerraba, con pequeñas variaciones, el principio de la inmortalidad sostenido por los pensadores griegos de los últimos siglos antes de Cristo.
Y las escuelas fundadas por Melchor, fueron por largo tiempo un compuesto de Ley Mosaica y Ley de los Kobdas, y fue por tanto el fuerte cimiento sobre el cual levanta siglos después el Korán sus Mezquitas, a base de una religión sin imágenes, pero que se tornó intransigente hasta el fanatismo, y por tanto dura hasta la crueldad.
Concesiones de un lado, tergiversaciones de otro, añadidos y supre- siones según fines determinados y ulteriores lo exigieron, todas estas fundaciones ideológicas iniciadas con los principios básicos de la Verdad y con los fines más nobles y altruistas, vieron adherírseles complicadas y pomposas liturgias, como vemos ha ocurrido al mismo Cristianismo, comenzando por el Divino Fundador con la única oración del Padre Nuestro, y con los cimientos de las Bienaventuranzas o Sermón de la Montaña, sublime y sencilla enseñanza del Cristo, sentado en una barca de pescadores del lago Tiberíades, o sobre el tronco de un árbol caído, o desde lo alto de una montaña florida de la hermosa y tranquila Galilea.
Y por más que la obra ideológica de aquellos austeros sabios que conocemos como Reyes Magos, parezca haberse perdido entre un mar de arenillas doradas, quedó vagamente flotando en la atmósfera de sus respectivos países, el perfume de justicia y santidad emanado de los prin- cipios fundamentales de la Unidad Divina con todas sus infinitas perfec- ciones, y de la inmortalidad del alma humana, que recibirá recompensas para su felicidad, o sufrimientos para su expiación en el mundo invisible, adonde ha de entrar por la única puerta que existe: la muerte.
Esto es lo que hay de común entre el Cristianismo y las filosofías o religiones derivadas de las fundaciones de aquellos cuatro ilustres aliados de Yhasua, y precursores suyos, anteriores al Bautista: Melchor, Gaspar, Baltasar y Filón de Alejandría.
Su obra ideológica fue fecunda a pesar de todo.
Gaspar, contribuyó a que en el lejano Oriente resurgiera, mejor com- prendido y practicado el Budismo, cuyos principios básicos persisten bien definidos, en la península Indostánica, en China, parte de Japón y algunas de las grandes islas del Pacífico.
Baltasar, cooperó a que en Persia y otras naciones del Asia Menor y de la Europa Central, dieran los primeros pasos cortos y vacilantes si se quiere, hacia los principios de justicia, libertad y fraternidad humana.
Melchor, preparó la Arabia y países vecinos, para el advenimiento del Korán, que es en el fondo un vivo reflejo de la Sabiduría de Moisés, y una continuación de la doctrina de la purificación por el agua, la ora- ción y la penitencia, implantada por Yohanán el Bautista en las orillas del Jordán.
Y Filón de Alejandría, cooperó al resurgimiento de la filosofía Kobda y Antuliana en los valles del Nilo, hasta el punto de que un espiritualis- ta amante del pasado y soñador con el porvenir, creería ver dándose la mano, al pie de las pirámides egipcias a Antulio el gran filósofo atlante, con Abel de los valles del Éufrates. Y haciendo fondo a esas dos gloriosas personalidades del más remoto pasado, un paisaje de montañas verdes y floridas, una multitud de pueblo humilde y sencillo, y un Nazareno de cabello partido y ojos garzos, que decía desde una colina:
“¡Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia!”
“¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!”
“¡Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos!”
“¡Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados!” Es así como el buen investigador en cuestiones filosóficas y religiosas, colocado en el altiplano de una imparcialidad completa, puede apreciar la obra sublime y grandiosa, realizada por los apóstoles misioneros del pasado, a los cuales debemos la parte pequeña o grande de la Eterna Verdad que alumbra nuestro camino.
En cuanto a la Fraternidad Esenia, fue la que dio de sí, la gran ma- yoría de los discípulos del Cristo, de los cuales los cronistas sólo dicen que eran humildes pescadores encontrados por el Maestro Nazareno al comenzar su vida pública. Todos ellos menos Juan, eran mayores que Yhasua; todos ellos menos Juan, le habían conocido de niño, pues casi todos eran originarios de las ciudades vecinas al lago Tiberíades, exceptuando las familias de Jerusalén, de Betania y de Betlehem que ya nos son conocidas.
De los doce apóstoles íntimos, sólo Juan, hijo de Zebedeo y Salomé, era menor doce años que el gran apóstol del amor fraterno; y vino a la vida física en un momento que él no podía olvidar, según lo relataremos más adelante.
Esta alusión a aquellas vidas, que tanto se habían de refundir unas en otras, la traemos aquí para demostrar que la unificación del Cristo con sus apóstoles y discípulos, no se hizo al final de su vida como puede deducirse de los breves relatos conocidos sino que había comenzado desde el nacimiento del Cristo sobre la tierra, y esto, debido a que todos
sus discípulos con muy pocas excepciones, eran miembros de la Frater- nidad Esenia, madre espiritual del Verbo de Dios en su última jornada mesiánica.
Aquí cabe examinar y analizar el por qué se ha desvanecido en la sombra, la importante obra de dicha grandiosa Institución, que al igual que los Profetas Blancos, los Dakthylos y los Kobdas, realizó una obra misionera de alto merecimiento, para el progreso espiritual de las por- ciones de humanidad a las cuales prestó sus beneficios.
Cuando en el siglo II después de Cristo, la naciente cristiandad em- pezó a dar formas definidas y concretas a la disciplina espiritual, moral y material, sobre que había de cimentar su futura existencia, hubo un sinnúmero de divergencias sobre dicho tema. Y con tanto ardor y fuego fueron sostenidas las controversias, cada cual por la forma y modo como juzgaba que debía continuar e interpretarse la enseñanza de Cristo, que se formaron bandos contrarios, los cuales se adjudicaban a sí mismos la posesión de la verdad, y los unos llamaron falsarios a los otros. Y las cristiandades modestas y pobres, con escasos recursos, fueron des- apareciendo lentamente, o refugiándose sus individuos aislados en el judaísmo, o en las religiones de los países en que vivían.
Cuatro fueron las ramas que quedaron con vida después de las grandes luchas del siglo I y II. Las fundadas por Pedro, por Juan, por Santiago y por Pablo. Los Ancianos del Alto Consejo de Moab intervinieron al prin- cipio, para llamar a una coordinación de toda la enseñanza, analizando punto por punto todo cuanto se había escrito referente al Cristo.
Pedro y Juan estuvieron en un todo de acuerdo con las opiniones de los Ancianos. Pablo lo estuvo después también. El que no aceptó el acuerdo fue Santiago, que ya al frente de la congregación de Jerusalén, la constituyó en las normas judaicas que persistió en los primeros siglos.
Visto por los Ancianos de los Santuarios, que sus esfuerzos eran inefica- ces, se encerraron en sus cavernas para evitar sufrimientos y persecucio- nes, y se dedicaron a los enfermos abandonados, y a multiplicar las copias de los originales escritos por testigos oculares de la vida del Cristo.
Los esenios fueron considerados como una fracción disidente de la comunidad cuando ésta quedó constituida en la forma que creyeron justo darle los dirigentes, después de desaparecidos los Doce Apóstoles y los más íntimos amigos del Divino Maestro. Y fue así, como el tesoro de Sabiduría Divina guardado fidelísimamente por los esenios, se perdió en la sombra de sus cavernas de rocas, y lo poco que de allí salió mediante los esenios del exterior, ha ido cambiando de formas y de coloridos a través de los siglos y de la incomprensión humana.
Por un poco de tiempo todavía, el nombre de cristianos, no dará a los hombres, ni la lucidez, ni la grandeza de alma necesaria para cumplir la
gran frase de Cristo: “Si quieres venir en pos de mí, niégate a ti mismo, carga tu cruz y sígueme”.
¡Negarse a sí mismo!..., frase de bronce y de granito como los Santua- rios esenios, donde el mayor de todos, era el servidor de todos. ¿Quién es el que quiere negarse a sí mismo por más cristiano que se considere?
¡Yo quiero; yo mando; yo soy! He aquí las tres lápidas sepulcrales, bajo las cuales se extinguen sobre la tierra, los más sublimes principios básicos de la religión emanada del alma misma del Cristo, en sus distintas jornadas Mesiánicas...
¡Yo quiero; yo mando; yo soy! He ahí el panteón sepulcral que ha ido tragando siglos tras siglos, el esfuerzo mental, espiritual y material de los discípulos conscientes del Cristo, que fueron sacrificándose y mu- riendo en cadalsos y patíbulos, en hogueras, en la horca, decapitados o arrojados a las fieras, por la defensa hecha de su grandioso ideal de fraternidad humana.
Yo quiero; yo mando; yo soy, dicen igualmente los cristianos de hoy, entre las numerosas filas de las grandes ramas del Cristianismo, orga- nizadas bajo diversas disciplinas, dogmas y liturgias.
¿Cuál fuerza, cuál genio, cuál acontecimiento será el que las una en un solo pensar y sentir?
Sólo la palabra del Cristo puesta en acción: “Si quieres venir en pos de mí, niégate a ti mismo, carga con tu cruz y sígueme”.
¡Negarse a sí mismo! Dura y heroica palabra, que significa la renun- cia a toda ambición egoísta y personal, sea del orden que sea. Atrás, el que quiere lucrar con el ideal; el que busca erigirse en maestro de los demás; el que busca un pedestal para su nombre; el que llevado por intereses creados, sueña con recoger el fruto material de sus esfuerzos de misionero del ideal.
Que a todo esto obliga el negarse a sí mismo.
Nos escandalizamos los cristianos de hoy, de lo que ocurrió a los esenios del tiempo de Cristo, y de que hayan desaparecido, entre las sombras y el silencio los innumerables escritos históricos detallando su vida. Y es tan natural el hecho, que nos asombraría de que hubiese ocurrido de otra manera, si tenemos en cuenta que los cristianos dirigentes de aquellas épocas, no tuvieron el valor de negarse a sí mismos, sino que por el con- trario, dijeron igual que dicen los de hoy: “Yo quiero; yo mando; yo soy”; con lo cual creyeron obrar perfectamente bien.
Es así como nuestra inconsciencia retarda el tiempo de la verdad, y lo retardaría indefinidamente, si la Eterna Justicia no tuviera a su disposi- ción sus grandes legiones fulminadoras del mal, que cuando llega la hora final que no admite dilaciones dicen: Este es el límite. Ha finalizado la
hora de esperar. La puerta del cielo se ha cerrado. El que no entró hasta ahora, queda fuera hasta la próxima ronda.
¡Qué lenta es la evolución de las humanidades!... ¡Y qué breves son los siglos por donde ellas van subiendo a paso de tortuga!
Veo ante mí un mar inmenso de arenas doradas y un niño afanado, contando una por una las diminutas arenillas...
¿Cuándo terminará?...
Tardará mucho, pero de seguro será más rápido su trabajo, que el adelanto de las humanidades en su marcha eterna a través del infinito.
Hemos llegado al punto, en que la Eterna Ley decretó la desaparición del plano físico del Rey Herodes, llamado el Grande, por la fastuosidad de que rodeó su vida y por los grandes monumentos, ciudades y obras de arte con que enriqueció a la Palestina, buscando captarse la simpatía del César, con cuyo nombre o de sus familiares, bautizó las ciudades que mandó construir.
Le sucedió en el trono su hijo Arquelao, que cambió completamente el camino de su padre, para solo ocuparse de diversiones, cacerías, saraos, orgías, en las cuales corrompió a toda su corte, soldados, guardias y mu- jeres. Se burlaba grandemente de los temores de su padre a un Mesías Libertador de Israel. Sin fe, sin creencia religiosa de ninguna especie, sin dar valor alguno ni a las tradiciones hebreas, ni a sus anuncios proféticos sobre la venida del Mesías, dio lugar a que el niño Yhasua, cautivo en su retiro de Monte Hermón, pudiera volver tranquilamente con sus padres a la casita de Nazareth a la edad de siete años y cinco meses.
Y desde esta hora, empezó la tristeza del desterrado para el Cristo- niño, que aclimatado ya al ambiente sutil y diáfano formado por los esenios del Santuario que le había albergado durante más de cinco años, tuvo que sufrir como un doloroso trasplante, a un lugar que le era comple- tamente ajeno. De igual manera que una delicada planta de invernáculo trasplantada de pronto a la intemperie, expuesta a todos los vientos; el pequeño Yhasua comenzó a languidecer, y el rosado arrebol de su ros- tro se tornó en una palidez mate, donde sus luminosos ojos de ámbar, parecían dos grandes topacios engarzados en un ánfora de marfil.
Myriam que había recibido grandes instrucciones de los Ancianos para el tratamiento del niño, no le perdía de vista ni un momento, y con frecuencia le encontraba arrinconado en la alcoba junto a su pequeña camita o tendido sobre ella mirando inmóvil la negruzca techumbre de su pobre morada, como si en ella o detrás de ella quisiera descubrir algo que presentía, pero que no llegaba a percibir siquiera.
Su enamorada madre se sentaba al borde del pequeño lecho y co- menzaba este diálogo:
—Yhasua, hijo mío, ¿qué tienes? Ni quieres jugar, ni correr, ni comer, ni reír. Parece que ni tu padre ni yo te interesamos para nada, y no haces caso tampoco de los otros niños que se desviven por jugar contigo.
—No te enfades, madrecita buena –le contestaba el niño mimosamen- te, acariciando la mano de la madre que tocaba su frente, sus sienes, su pecho, buscando en él señales de enfermedad–.
“No te enfades –continuaba el niño–. Es que no me gusta mucho esta casa y me encontraba mejor en aquella gran casa de piedra, donde las gaviotas y las palomas, y sobre todo los Ancianos alegraban tanto mi