En la primera parte del libro, Hans Daalder analiza sistemáticamente en el capítulo 2 los trabajos que desde comienzos del siglo X X han abordado
la supuesta «crisis de los partidos» o, como fue también conocido a partir de la década de los setenta, el «declive de los partidos». Daalder critica los pseudoconceptos normativos o ideológicos empleados implícita o explícitamente en dicha literatura, con una frecuencia extraordinaria, en las evaluaciones negativas de la situación de los partidos en Europa occidental. Como sostiene, el término «crisis de los partidos» se ha uti lizado habitualmente como un simple eufemismo para el rechazo de los partidos en general o de alguno de ellos en particular. Así ha ocurrido sobre todo en la primera de las cuatro variaciones de esta literatura, que Daalder denomina como «negación del partido». Poco después de la aparición de los partidos de masas, los trabajos de Ostrogorski (1964 [1902]) y Michels (1962 [1911]) denunciaron la subordinación del in dividuo a la organización, y la de esta última a los líderes del partido. Existían dos tipos de argumentos bajo aquella rúbrica común: uno de ellos fue articulado por quienes sentían nostalgia de un orden político tradicional y supuestamente arm ónico, y el otro fue mantenido por liberales e individualistas que concebían el partido como una organi zación tiránica y antidemocrática. El establecimiento subsiguiente del
Estado de Partidos
oParteienstaat
(analizado en mayor profundidad porHans-Jürgen Puhle en su capítulo en este libro) confirió legitimidad a los partidos, pero no impidió un segundo tipo de críticas, centradas ahora en ciertos tipos de partidos o de sistemas de partidos. Entre los auto res europeos, las críticas se dirigieron fundamentalmente a los partidos
catch-all,
mientras que en Estados Unidos se descalificaba a los partidospor su falta de «responsabilidad»: en 1950, la American Political Science Association aprobó una resolución en favor de un sistema bipartidista «más responsable» (APSA 1950). Un tercer tipo de descalificaciones estu vo localizado en los sistemas multipartidistas, y procedía de una simplista caracterización del sistema bipartidista británico. A pesar de que sólo una minoría de democracias cuenta con los elementos propios de un sistema bipartidista, han sido muchos los autores que lo han convertido en una especie de modelo «natural», sobre todo entre quienes prefieren
un sistema electoral mayoritario o analizan la com petición partidista desde la perspectiva de la elección racional. El cuarto grupo de críticas proviene de quienes afirman la «redundancia» de los partidos, por haber cumplido ya su función básica de movilización de los electorados o por haber degenerado en simples maquinarias electorales. Desde su punto de vista, es probable que los partidos desaparezcan o que cuando menos, acrecienten su declive tras la emergencia de los nuevos movimientos sociales y la adquisición de nuevos recursos personales por parte de los ciudadanos.
Para Daalder, esta serie de críticas sucesivas en la literatura politoló- gica sobre los partidos se encuentra vinculada a un determinado partido, país o época histórica. Daalder advierte a quienes vayan a dedicarse a la revisión de conceptos que deberían ser muy cuidadosos para evitar estos sesgos normativos, y que deberían dotar de especificidad a los cri terios que sustentan sus formulaciones. Un análisis más riguroso de los conceptos básicos puede desbancar las «generalizaciones» fáciles o los saberes convencionales que circulan habitualmente dentro de numerosos círculos académicos, o en general entre los ciudadanos, y puede a su vez proporcionar nociones más apropiadas y facilitar la creación de teorías más rigurosas sobre los partidos.
Si Daalder reexamina críticamente los pseudoconceptos que han apa recido en la literatura sobre la crisis de los partidos desde comienzos del siglo X X , en el capítulo 3 Hans-Jürgen Puhle centra su análisis en la «crisis» del partido
catch-all
desde la década de los setenta. Discute allí en detalle la reestructuración experimentada por los partidoscatch-all
occidentales com o respuesta a los nuevos retos que han derivado de las transforma ciones sociales y de los cambios en losPartienstaat
donde operan. En su análisis de la evolución del partidocatch-all,
Puhle ofrece una valiosa combinación de elementos teóricos y empíricos, de tipologías y de con ceptos. De modo similar a los argumentos sostenidos por Katz y Mair en el capítulo correspondiente, Puhle distingue tres olas en la consolidación de los partidos, que culminaron en cuatro tipos de partidos a lo largo del siglo pasado en Europa. También como Katz y Mair, Puhle subraya el carácter tentativo de la delimitación de estas fases históricas: los modelos de partido son «tipos ideales» que no se ajustan plenamente a los partidos políticos del mundo real. En cambio, la mayoría de los partidos contiene una combinación de rasgos de tipos distintos, bien que unos u otros estén por lo general suficientemente delimitados como para permitir al analista caracterizar a los partidos de manera precisa en una tipología. Si las fases históricas que Puhle identifica son más ilustrativas que definitivas, y si la mayoría de los partidos en el mundo real se aproxima sólo ligeramente a los criterios definitorios de los tipos ideales de partidos contenidos en la mayor parte de las tipologías, resulta inapropiado establecer el predomi nio de un tipo de partido en cualquiera de las fases históricas. Los tipos de partidos, sostiene Puhle, superan normalmente los límites de los periodosI N T R O D U C C I Ó N : L O S E S T U D I O S S O B R E L O S P A R T I D O S P O L I T I C O S
históricos, y las interacciones simultáneas entre los partidos de diferentes tipos contribuyen a dotar de mayor rigor al análisis de la evolución de los partidos.
Sin olvidar estas especificidades, Puhle formula tres cuestiones rele vantes. La primera recuerda que el partido