1. Capítulo
1.4. Clasificación social y raza
1.5.3 Una opción que no se siguió: Alfred Binet
Alfred Binet (1857-1911) destaca en medición de la inteligencia por ser uno de los pocos en reconocer y escribir sobre la tenacidad de los prejuicios inconscientes y la flexibilidad de los datos cuantitativos “objetivos” para concordar con ideas preconcebidas. Binet advirtió la fuerte presencia de las consideradas situaciones naturales.
Para ello recorrió el camino que va de un craneómetra consagrado a un diseñador de escalas de medición que dieron origen al cociente intelectual. Como director del laboratorio de psicología de la Sorbona acogió la craneometría como el método por excelencia para medir la inteligencia.
La relación entre la inteligencia de los sujetos y el volumen de su cabeza… es muy real y ha sido confirmada por todos los investigadores metódicos; sin excepción… Puesto que esas obras contienen observaciones sobre varios centenares de sujetos, concluimos que la proposición anterior debe considerarse innegable.91
Binet se dedicó pues a medir cráneos siguiendo el método de Paul Broca, sin que en sus primeros estudios asomen dudas sobre lo que hacía. Para confirmar su devoción con el método predilecto del siglo XIX, fundó en 1895 L’Annèe psychologique en el cual publicó nueve artículos sobre craneometría.
Su labor llegó a las escuelas donde midió las cabezas de 230 niños inteligentes o estúpidos, de acuerdo a los dictados de los maestros.92
En esta última labor empezaron las dudas, pues encontró que las diferencias entre los tamaños de cerebros de unos y otros eran milimétricas: ni en la parte anterior del cráneo (donde Broca encontró grandes disparidades entre individuos destacados y menos favorecidos); ni en el diámetro anteroposterior (donde por el contrario las medidas de
91 Alfred Binet, “Historique des recherches sur les rapports de l’intelligence avec la grandeur et la forme de la tête”,
L’Année psychologique, Nº 5, París,1898, pp. 245-248; pp. 294-295.
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Alfred Binet, “Recherches sur la technique de la mensuration de la tête vivante”, L’Année psychologique, Nº 7, París, 1900, pp. 314-429; p. 427.
estudiantes estúpidos eran superiores a las de los inteligentes) encontró evidencias suficientes para confirmar las estimaciones del siglo XIX.
Por el contrario, Binet descubrió que la variación en las medidas era superior en las cabezas de estudiantes “malos” que en la de los “buenos”. Es decir, entre estudiantes estúpidos se encontraban los valores más bajos pero también los más elevados.
Estas constataciones le posibilitaron hablar de la capacidad de autosugestionarse:
Temía que al realizar la medición de las cabezas con el propósito de encontrar una diferencia de volumen entre una cabeza inteligente y otras menos inteligente, hubiese tendido, en forma inconsciente y de buena fe, a aumentar el volumen cefálico de las cabezas inteligentes y a reducir el de las cabezas […] La posibilidad de sugestionarse […] no depende tanto de un acto del que seamos plenamente conscientes como de un acto semiconsciente, y justo allí radica su peligro.93
Pese a que los científicos desechan publicar los fracasos de sus mediciones, Binet relata en el mismo artículo un caso de autosugestión. Cuenta como junto con su discípulo Théodore Simon (1872-1961) midieron por separado las mismas cabezas de individuos “idiotas” e “imbéciles”. Los resultaos mostraban que las mediciones del discípulo estaban por debajo de las realizadas por el maestro. Una segunda medición hecha por Binet mostró que las cabezas encogieron, es decir, que los resultados estaban por debajo de Simon.
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Binet presentó este hecho como un ejemplo de autosugestión, ya que en la segunda medición él “esperaba obtener una reducción” de los guarismos que obtuvo en la primera. La desilusión de Binet se palpa en las siguientes líneas:
Estaba persuadido de que había abordado un problema imposible de solucionar. Las mediciones habían requerido desplazamientos, y todo tipo de procedimientos fatigosos; y todo ello para llegar a la desalentadora conclusión de que a menudo no existía ni un milímetro de diferencia entre las medidas cefálicas de los alumnos inteligentes y la de los menos inteligentes. La idea de medir la inteligencia midiendo las cabezas pareció ridícula… Estaba a punto de abandonar la investigación, y no quería publicar ni una sola línea acerca de ella.94
En efecto, Binet abandonó los enfoques médicos como la craneometría y el lombrosiano de estigmas anatómicos y optó por métodos psicológicos. Desde otro punto de vista, Binet daba un golpe certero a las concepciones deterministas que consideraban naturales las diferencias entre inteligentes y no inteligentes, asociadas a condición social, económica, política e incluso género.
Las clasificaciones y jerarquías sociales así como la craneometría, entre otros métodos, desde el punto de vista de Binet, fueron sugestiones apoyadas en discursos religiosos y pseudocientíficos.
A partir de una solicitud hecha por el ministro de educación para identificar a los niños de las escuelas normales que tuvieran problemas de aprendizaje y que requirieran un tipo de educación especial, Binet desarrolló una batería de pruebas cuyas preguntas estaban
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escalonadas por dificultad y valoraban procedimientos racionales básicos (ubicación, comprensión, invención, crítica). Es decir, los tests de Binet no fueron diseñados para evaluar habilidades aprendidas como la lectura.95
El objetivo de Binet era proporcionar una medida sobre la potencialidad global de cada niño. Para ello, atribuyó a cada tarea-pregunta del test un nivel de edad, entendido como aquel en que un niño de inteligencia normal es capaz de realizar por primera vez con éxito la tarea en cuestión. De esta manera el evaluado se enfrentaba a una serie de tareas ordenadas de más fáciles a más difíciles, y en algún momento de la prueba se encontraba con una que no podía resolver.
La edad mental del estudiante correspondía a la última tarea-pregunta que realizó y su nivel intelectual era el resultado de la resta de la edad mental y la edad cronológica. Binet consideró que los niños cuya edad mental estaba por debajo de la cronológica podían seleccionarse para programas de educación especial.
La propuesta de Binet tenía una finalidad práctica y específica: identificar estudiantes con problemas de aprendizaje que merecieran estar en programas de educación especial. Pero los alcances se salieron de sus manos.
En 1912, un año después de la muerte de Binet, el psicólogo alemán William Lewis Stern (1871-1938), dio origen al cociente de inteligencia al postular que la edad mental debía dividirse por la edad cronológica. Dado que los test para determinar el CI retornan al
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Un ejemplo de los problemas que enfrentaban los niños son los siguientes: seguir con la mirada un fósforo encendido, estrecharle la mano al aplicador del instrumento; señalar partes del cuerpo como rodilla, nariz, codo; repetir series de números; definir objetos o personas de la vida cotidiana como cuchara, puerta, hermana; comparar dos dibujos; formar frases con palabras guías como dinero y agua. Problemas de mayor dificultad consistía en solicitar el niño que elaborara tres rimas con una palabra como carbón, o en que resolviera problemas tales como: “Mi vecina tuvo recientemente visitantes extraordinarios. Primero llegó el médico, luego el abogado y después el sacerdote. ¿Qué pasó?”.
determinismo y a la clasificación social, y no tienen un fin específico y práctico, conviene rastrear las posiciones de Binet sobre la medida de la inteligencia.
La autocrítica fue constante en el trabajo de Binet. En Estudio experimental de la inteligencia, texto de 1903, elaboró un sistema para el análisis del pensamiento humano diferente y crítico con el que trabajó en Psicología del razonamiento, publicado en 1886. Sin embargo, su potencial teórico no obró cuando de escalas de inteligencia se trató, campo en el que fue prudente y una vez más, crítico.
Fue claro en que sus test medían la inteligencia natural no la educada
Sólo tratamos de medir la inteligencia, prescindiendo lo más posible del grado de educación que el niño posee […] No le pedimos que lea ni que escriba nada, y tampoco lo sometemos a ningún test que pueda resolver basándose en un aprendizaje memorístico.96
No obstante, consideró que la inteligencia era demasiado compleja para cifrarla en un dato numérico. Consideraba los resultados de sus tests como guías aproximativas y empíricas.
En rigor, la escala no permite medir la inteligencia, porque las cualidades intelectuales no pueden superponerse y, por tanto, es imposible medirlas como se miden las superficies lineales.97
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Binet, Alfred et Simon, Th. La mesure: du développement de l'intelligence chez les jeunes enfants. Paris: Societé Alfred Binet, 1931, p. 42.
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Para Binet los resultados de pruebas solo son números producto de operaciones estadísticas, es decir, no son entidades independientes.98 Binet era consciente de que una vez el número adquiere entidad propia, se cosifica, con lo cual aumenta el peligro de manipulación. Entre un resultado que sirve de guía para seleccionar estudiantes que necesitan ayuda y un rótulo indeleble, hay pocos pasos.
Por otra parte, era consciente de que algunos maestros podían utilizar su escala de inteligencia para clasificar a los estudiantes entre los que causan y no causan problemas. Con lo cual tendrían una herramienta para deshacerse de los primeros. Igual que con la autosugestión presente en la medida de los cráneos, pensó que los maestros podrían condicionarse con los resultados de pruebas si los asumían como rótulos rígidos, con lo cual conducirían a los estudiantes a senderos predichos.
Binet se negó a utilizar los resultados de sus tests para clasificar jerárquicamente a los estudiantes de acuerdo con sus valores intelectuales. El propósito último de sus pruebas era seleccionar para ayudar a mejorar no para determinarlo con un rótulo determinista. Es decir, los niños con resultados deficientes podrían mejorar si recibían la ayuda adecuada. Aquí reside la diferencia de Binet con los que consideran, como Galton, que la inteligencia se hereda. Para éstos, los tests sirven para identificar el tipo de educación acorde con sus posibilidades biológicas. Para Binet, los tests tienen fines de selección y ayuda. Los hereditaristas evalúan desde una propuesta de limitaciones; los contrarios, evalúan para incrementar las potencialidades a través de una educación adecuada.
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El concepto de cosificación ya había sido advertida por K. Marx en su noción de fetiche y por John Stuart Mill quien identificó error lógico con “creer que todo lo que tiene un nombre es una entidad o un ser, dotado de existencia propia”.
En este sentido Binet advertía que los maestros que seguían perspectivas hereditarias:
Según mi experiencia […] parecen suponer implícitamente que en una clase donde encontramos un alumno que es el mejor, también debemos encontrar otro que es el peor, y que se trata de un fenómeno natural e inevitable, cuya existencia no debe preocupar al maestro, un fenómeno similar a la existencia de ricos y pobres en una sociedad. ¡Qué error tan grave!99
El error estaba en que tal visión implicaba actitudes pedagógicas deterministas que impedían que el maestro comprendiera la situación de sus estudiantes con problemas de aprendizaje.
Mientras no hagamos algo, mientras no intervengamos en forma activa y eficaz, seguirá perdiendo tiempo […] y acabará desalentándose […] y como no constituye un caso excepcional […] podemos decir que se trata de un asunto muy grave para todos nosotros y para la sociedad toda. El niño que pierde el gusto por el trabajo en la escuela corre el gran peligro de no poder adquirirlo cuando deje la escuela.100
Binet pues se oponía al pesimismo brutal que los maestros expresaban con frases como “este niño nunca llegará a nada; no tiene condiciones; carece de toda inteligencia”. Al contrario sugirió propuestas pedagógicas que tenían en cuenta el carácter, aptitudes, necesidades y capacidades de los estudiantes con problemas de aprendizaje. Recomendó
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Binet, A. Las ideas modernas sobre los niños. México: FCE, 1985, pp. 16-17.
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que los cursos fueran de no más de 20 estudiantes y que se entrenara a los niños en “ortopedia mental”, es decir, en ejercicios para fortalecer la voluntad, la atención y la disciplina. Su objetivo era que los niños con problemas de aprendizaje aprendieran a aprender.101
Pese a todo, las ideas de Binet fueron desmanteladas por tres corrientes de la psicología norteamericana que falsearon la intención del autor e inventaron la teoría hereditarista del CI. Los representantes de estas corrientes defendieron que los resultados de los tests de CI señalaban a cada persona y grupo el puesto inevitable que deberían ocupar en la sociedad.
Las tres corrientes fueron la de Henry Helbert Goddard (1866-1957) que introdujo en Estados Unidos la escala de Binet pero de manera cosificada, es decir, como una medida independiente reflejo de una inteligencia innata; Lewis Medison Terman (1877-1956), creador de la escala Stanford-Binet, cuyos resultados decidían la profesión de las personas y Robert Mearns Yerkes (1876-1956), quien aplicó tests de CI a 1.750.000 hombres del ejército con los cuales “confirmó” tesis hereditaristas.
Los resultados de las pruebas de Goddard y Yerkes promovieron que entre 1913- 1914 fueran deportados numerosos inmigrantes. También, las tesis hereditaristas fueron la base de la Ley de Restricción de Inmigración de 1924, de acuerdo con la cual el acceso al país de personas provenientes de regiones genéticamente menos favorecidas (como Rusia o Italia; también inmigrantes judíos), estaba vedada.
En resumen Binet fue desoído. Los hereditaristas estadounidenses diseñaron y construyeron instrumentos con base en la escala de Binet, para clasificar y jerarquizar la
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población, fines opuestos a los que promovió su autor. Lo cual lograron cosificando la inteligencia por medio de números que hacen ver los resultados de pruebas como una variable independiente, una magnitud escalonada que reside en el cerebro.
Tal suposición implica afirmar que lo “heredable” es sinónimo de “inevitable” (actitud pesimista) y por tanto, comparar la inteligencia (como factor heredable) entre poblaciones. Con base en lo anterior consideraban que los test señalan a cada persona y grupo el puesto que deben ocupar en la sociedad.
A diferencia, Binet insistió en tres principios que indican los alcances y limitaciones de los test:
1. Los puntajes constituyen un recurso práctico; no están relacionados con ninguna teoría de inteligencia. No definen nada innato o permanente; no miden “inteligencia” u otra entidad cosificada.
2. La escala es una guía aproximativa y empírica para la identificación de niños ligeramente retrasados y con problemas de aprendizaje, que necesitan una asistencia especial. No es un recurso para el establecimiento de jerarquía alguna entre niños normales.
3. Cualquiera sea la causa de las dificultades que padecen los niños, el énfasis debe recaer en la posibilidad de lograr mejorar sus resultados a través de una educación especial. Los bajos resultados no deben usarse para colgarles el rótulo de la incapacidad innata.102
Primer balance
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La defensa y justificación de la desigualdad de las razas y clases sociales, es un antecedente de la evaluación-selección. Recordemos que la clasificación social tuvo varias versiones. En un primer momento giró alrededor de las leyes naturales, que justificaban las diferencias entre razas como asunto divino. Esta perspectiva se asumió luego de la Independencia, a pesar del discurso sobre igualdad de derechos. Entrado el siglo XIX se relacionó con discursos científicos y durante la primera mitad del siglo XX maduró la idea de la medición de la inteligencia.
En cualquiera de estas versiones se afirmaron jerarquías sociales: la clasificación social sustentada en leyes naturales y la selección educativa apoyada en pruebas estandarizadas descansaron sobre un conjunto de tradiciones sociales que evitaron o dieron por hecha la discusión sobre las desigualdades sociales.
En el debate sobre la raza puede apreciarse la conjunción de liberales y conservadores sobre las diferencias raciales. Reconocidas éstas, proponen medidas pedagógicas y con tintes eugenistas para superar el problema de la decadencia de la raza. Los casos de Luís López de Mesa y Rafael Uribe Uribe, son testimonios que muestran las dimensiones de la clasificación social en la primera mitad del siglo XX.
Pero no todos pensaban de igual manera; aunque si la clasificación social actúo como fuerza gravitatoria para la mayoría. Una versión radical sobre el problema de la raza fue la de Fernando González. En su obra Los negroides, considera que los americanos tenemos un “complejo de inferioridad” y una “identidad mutilada” que se construyeron desde la conquista española. El trabajo de González caracteriza en términos denigrantes y burlescos a los latinoamericanos y se mofa de sus líderes a quienes considera “homúnculos”, “mulatos adormecidos” o “mestizos payasos”.
El caso de Fernando González es extremo, pero junto con las discusiones sobre la raza muestra que la mayoría de quienes se encontraban en posiciones de liderazgo consideraban y practicaban clasificaciones sociales, apoyadas en argumentos científicos, positivistas, religiosos o de tradición social.
Los cambios económicos impulsados por el comercio del café dieron otro matiz a las clasificaciones sociales. Las nuevas épocas demandaban otro tipo de colombiano acorde con patrones internacionales, con habilidades cognitivas y prácticas que le permitieran insertarse en el mercado después de cursar estudios. Para seleccionar estos colombianos se acudió a la pureza del número y a la lógica de la ciencia, sin embargo, estos mecanismos operaron sobre un antecedente con larga tradición: la clasificación social que justificó clases superiores e inferiores como un asunto natural, es decir, existía una jerarquía social en la cual todos tenían una posición social a la cual estaban atadas virtudes morales, intelectuales y psicológicas.
Por último, enfatizo que el discurso de la clasificación social partió y abarcó a toda la sociedad y fue justificado por el Estado y la Iglesia como ley divina. A diferencia, el discurso evaluación-selección se construye en el campo educativo a partir de premisas científicas, sin embargo, tiene un hilo conductor con el de la clasificación social: aceptar las diferencias sociales como innatas.
De esta manera, la clasificación social es un antecedente de la selección educativa. Aquella funciona como base sobre la cual descansa la evaluación-selección. El paso de la clasificación social a la evaluación-selección implicó transitar por las leyes naturales, el creacionismo, el evolucionismo, darvinismo, positivismo y por último la psicometría. Sin embargo, todos estos apoyos teóricos aceptan las diferencias sociales como innatas.
Vale destacar la labor de Binet quien fijó una postura diferente sobre el sentido de la medición de la inteligencia. Ésta entraña una concepción de inteligencia como capacidad que puede desarrollarse. De acuerdo con ello los test son instrumentos de diagnóstico que permiten, con una adecuada educación, ayudar a mejorar las capacidades cognitivas de las personas.
A diferencia, los hereditaristas consideran que la inteligencia es una magnitud innata e invariable cuya medición permite mejorar a la humanidad, ya que hace posible clasificar y diferenciar a los normales de los dementes e imbéciles. Entre estos últimos, contaban a prostitutas, criminales y alcohólicos que debían ser enviados a sanatorios donde se controlaran sus pulsaciones sexuales. El objetivo, impedir la reproducción de esta población.
Tenemos pues dos visiones sobre medición de inteligencia: una que justifica que sus aplicaciones se justifican para incrementar las potencialidades de las personas; otra, que