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UNA RECONSIDERACIÓN DE LA MÍSTICA ASCÉTICA

CAPITULO V LA PALABRA INTERIOR

UNA RECONSIDERACIÓN DE LA MÍSTICA ASCÉTICA

A menudo, oímos decir que todos los senderos religiosos y místicos conducen hacia la misma meta: Dios. Indudablemente, esto es cierto si a la existencia la contemplamos desde un punto de vista evolutivo y de largo alcance, si pensamos en términos de centenares de vidas, más que en una sola vida. Pero, si de las consideraciones últimas descendemos a las inmediatas, descubriremos que existen importantes diferencias entre los logros de los distintos senderos. La mística es un país extraño. No es menos importante averiguar la meta oculta o la finalidad intrínseca de una técnica mística que entender al hombre que originó aquello, pues en este terreno esquivo, es fácil saltar a una estimación superficial, pero es difícil descender a una estimación científica. No basta aceptar el aseverado objetivo de cualquiera de aquellos senderos. Es igualmente necesario que se los examine. La pregunta que deberá poner en marcha este examen es: "¿Este sendero conduce realmente hacia tal objetivo?", y tenemos que encontrar una respuesta correcta no sólo por las declaradas teorías que lo respalden, sino mucho más por sus resultados determinados. Así es como nació nuestra nueva peregrinación.

Aquélla comenzó como la formulación de una sola y sencilla pregunta que la experiencia, la reflexión y otros hombres nos sugirieron. Quisimos saber por qué los místicos representan un papel tan insignificante en la vida colectiva de la humanidad cuando, si sus teorías son ciertas y sus poderes existen, necesariamente deben estar representando un papel principal. Pues, a la sazón, creímos —e incluso, creemos ahora más— que el valor último de una actitud mental hacia la vida que inculque la unidad oculta de la familia humana es su fuerza para hallar expresión en la vida terrena de la humanidad creemos que quienes poseen tal actitud mental deben esforzarse para efectivizarla, en primer lugar, en su propia

existencia cotidiana, y en segundo lugar, en la existencia de la sociedad, y no contentarse solamente con soñar o hablar de ella. Creemos que a ellos les compete el deber de tratar de moldear, aunque más no sea levemente, la mentalidad del público; tratar de guiar los movimientos contemporáneos del bienestar del público, e inspirarlos; tratar de influir y asesorar a los dirigentes y círculos intelectuales. Su excusa por no hacerlo no debe basarse en que al público le desagrada la mística, pues no se les pide que ese tema lo impongan por la fuerza, sino que presenten sus frutos como un servicio útil y una sabia guía. Tampoco deben negarse, necesariamente, a realizar esa tarea como si estuviera predestinada al fracaso en atención al karma malo que ese público tiene. Su deber consiste en intentarlo desinteresadamente, dejando todos los resultados en manos del Yo Superior. En suma, si sus afirmaciones sobre el conocimiento esotérico y los poderes extraordinarios valen algo, y pueden demostrarse con resultados, ellos tienen la obligación de tratar de dejar su impronta en la historia de manera muy inconfundible.

Pero, cuando echamos una mirada al mundo contemporáneo que nos rodea, no observamos realmente esa contribución efectiva, aunque vivimos en una época que presenció las más dramáticas convulsiones de la historia humana. Cualquiera que haya sido el beneficio que los místicos hayan aportado a la humanidad, aquél no se debió principalmente a su aspecto místico, sino que fue a pesar de éste.

El místico ermitaño que, físicamente, se aparta de sus compañeros, puede ser que, con el tiempo, también se aparte de su sentimiento de compañerismo. Cuando se pone a gozar de la paz interior que, sin duda, su abandono del mundo le brindará, surge el peligro de una completa introversión de las simpatías, de un encallecido egocentrismo en las relaciones sociales, y de una fría indiferencia respecto del destino de la humanidad. Esto lo vemos, especialmente, en las personas de ascetas y yoguis, a los cuales —debido a que se envuelven de modo tan sublime con su propia paz interior— la plebe ignorante los considera sabios perfectos y los honra en consecuencia. No debemos dejar de señalar lo que esto implica: que los millones de criaturas humanas que sufren compartirían, a la sazón, esta supuesta inexistencia. Tal indiferencia respecto del mundo, caprichosamente ascética y confusamente metafísica, conduce, de modo inevitable, hacia una indiferencia respecto de todo el género humano. A ese místico ermitaño, el bienestar del género humano no le interesa. De esta manera, desde un punto de vista social, se vuelve impotente. Demostrar, frente a la agonía del mundo, un encanecimiento emocional y una apatía intelectual es una grandeza espiritual que no tenemos deseos de alcanzar. Por lo contrario, a eso lo consideraríamos pequenez espiritual.

Esas solas reflexiones podrían haber bastado para persuadirnos a alzar nuevamente el cayado del peregrino, pero existe otro defecto del temperamento místico (un defecto que, por supuesto, nosotros compartíamos aunque, por suerte, nuestra estructura mental era demasiado racional y compleja como para no advertirlo de algún modo): que tiende a encontrar excusas esotéricas plausibles para lo que es inexcusable. Por tanto, el destino que nos había conducido hasta aquí, tenía que intervenir y llevamos a las críticas encrucijadas de un reconocimiento obligatorio y decisivo de la necesidad de una búsqueda ulterior en procura de un origen superior de la verdad. Y el destino empezó a hacerlo, en primer lugar, a través de una dolorosa experiencia personal de instituciones monásticas que rápidamente descendieron el camino de la mayoría de las instituciones "espirituales", y, en segundo lugar, desgarrando la atractiva fachada que rodeaba a quienes consideráramos en su afamado estado de sabios perfectos cuando, a lo más, sólo eran yogis perfectos. La consecuencia de esto fue una reorientación, o más bien, un regreso hacia nuestro primer amor por la filosofía, en un esfuerzo por

corregir y equilibrar nuestra experiencia mística.

Antes de que podamos explicar esta observación, debemos, en primer lugar, escribir un breve preámbulo. Existe una creencia común de que los escritores de pensamiento superior deben evitar la política, pero se trata de una creencia que es común sólo entre quienes tienen inclinaciones místicas o mentalidad monástica, no entre los que cuentan con instrucción filosófica. Explicaremos sucintamente que la única clase de mística que seguimos es la filosófica. Ahora bien, entre varias otras cosas, la filosofía se ocupa, en parte de examinar los principio políticos y los problemas éticos. Sin embargo, podría ser aconsejable que los místicos, los cultores religiosos y los ascetas evitasen discutir sobre política, al menos desde el punto de vista de la política práctica, o correrán el riesgo de provocar cismas y producir divisiones en sus filas e instituciones porque distribuyen su lealtad política en varios sectores. Pero semejante riesgo no detiene ni por un instante a quienes tienen inclinaciones filosóficas. Estos son necesariamente independientes y no se someten a los intereses de grupos raciales, ni a una organización particular, ni a una afiliación política especial. Ellos creen que la verdad es tan necesaria en este mundo práctico como lo es en los menos visitados mundos de la doctrina metafísica. De lo primero que se ocupa es de la verdad, y ésta es bastante amplia como para incluir asuntos que, erróneamente, se supone que le son lejanos.

No obstante, quienes acostumbran moverse en la órbita fija de la mística ascética, con su aislamiento respecto de la política como una expresión de su aislamiento respecto de todas las cosas terrenas, no pueden asombrarse, ni siquiera conmoverse, al pensar que alguien que se declare místico exprese las ideas que se hallarán en las pocas páginas siguientes. En consecuencia, es posible que muchos las juzguen mal y piensen que nos degradamos en el polvo de la política o ventilamos prejuicios nacionalistas. Este error no lo cometerán los amigos que realmente nos conocen, pues hemos entrado con demasiada frecuencia en esta escena planetaria y hemos vivido demasiado tiempo para ocuparnos de la política de un momento cuando la eternidad es nuestra atmósfera natural. Hemos viajado demasiado grandes distancias y reflexionado demasiado profundamente como para echar excesivas raíces en un país con prevalencia sobre otro, y, honradamente, podemos decir con Thomas Paine: " ¡Mi país es el mundo!" Hemos encontrado amigos leales y amables, y enemigos acerbamente malos en cada continente, tanto entre los orientales como entre los occidentales, entre los capitalistas no menos que entre los comunistas, y hemos llegado a contemplar a todos los pueblos con una visión más o menos pareja y cosmopolita, sabiendo que lo que siempre cuenta es el carácter individual. Si un hombre despertó genuinamente en la consciencia del Yo Superior, la experiencia aniquilará de por sí sus prejuicios y le unirá fundamentalmente con los otros hombres. Si alguien habla de Dios pero le desagrada otro hombre meramente debido a diferencia racial o de color, con seguridad esa persona está viviendo todavía en las tinieblas. El materialista que piensa que él es el cuerpo y nada más, delata naturalmente el prejuicio racial. El mentalista que sabe que él es mente más que carne desecha naturalmente tal prejuicio como pueril. Por tanto, nuestros puntos de vista son muy desapegados e imparciales. Si durante unos pocos minutos nos aventuramos en lo que semeja política, es sólo porque no separamos, ni podemos separar nada (ni .siquiera la política) de la vida, y, por ende, de la verdad y la realidad. No tenemos muy buena opinión de una bondad que se desperdicia como una flor solitaria en el aire del desierto, ni de autoadmirativos retiros monásticos, como no tenemos muy buena opinión de una fe o de una doctrina que ha de recluirse entre los ociosos anaqueles de las bibliotecas o en el caprichoso chismorreo de sobremesa.

frecuencia, nos formulan los críticos occidentales: ¿Por qué Shangri-la, que es el hogar tradicional del yoga y el famoso paraíso de los místicos, mostró proporcionalmente tan escaso beneficio externo de su presencia y sus poderes? Tal pregunta tal vez irrite emocionalmente a muchos partidarios de Shangri-la, pero es la que siempre está intelectualmente grabada en la mayoría de los occidentales.

El Tibet, más aun que cualquier otra parte del Asia, cayó víctima de las seducciones de la mística ascética y monástica. Allí se cree que la gran meta espiritual exige aislamiento completo para alcanzarla. Créese que el tipo espiritual más avanzado es el ermitaño absoluto. ¿Cuál fue el resultado social práctico de toda esta elevada aspiración? Suciedad, semi-inanición, enfermedad y superstición son la herencia común del vulgo, pues quienes tenían la inteligencia superior para instruirlo y ayudarlo no se preocuparon de hacerlo, no se preocuparon por interesarse en esos asuntos mundanos. Barnizar el cuadro de la "Tierra Prohibida" con el romántico hechizo del misterio es engañarse.

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En 1981, durante una conversación, el Dr. Brunton expresó su satisfacción porque el actual Dalai Lama no sólo había reconocido estos problemas sino también había obtenido buenos resultados en sus esfuerzos por reintroducir una perspectiva más filosófica al pensamiento y a la práctica del budismo tibetano.

La primera vez, llegamos como un místico indiferente respecto del mundo, que buscaba penetrar en el misterio de Shangri-la. La última vez, nos marchamos como un filósofo que observaba al mundo, habiendo penetrado en la miseria de Shangrila. ¿Por qué los yogis y lamas fueron tan ineficaces en el Asia moderna, como los místicos fueron tan impotentes en la Europa moderna? El idealismo que deposita una observación defectuosa en el pedestal de la virtud, que es incapaz de ver lo que ocurre alrededor de él y que ignora todas las realidades de una situación cuando aquéllas no concuerdan con su creencia deseada, no es la clase de búsqueda de la verdad en la que podríamos damos el lujo de complacemos continuamente.

Prevemos que muchísimas personas, perplejas por lo que el Occidente fue espiritualmente en el pasado y deslumbradas por lo que el Oriente enseñó espiritualmente en el pasado, serán víctimas de un torrente cada vez mayor de swamis y monjes, gurús y yogis, que invadirán Occidente o invitarán a eventuales adeptos a que lo abandonen por completo e ingresen en sus ashrams. E incluso quienes no lleguen a ser engañados por las variedades orientales, tal vez lo sean por sus correspondientes analogías occidentales; de la fértil imaginación euro- americana, y para beneficio de ésta, están surgiendo antojadizas formas de misticismo y de ocultismo. Algunos gurús cultores del Shan-gri-la ya designaron algunos representantes de avanzada (los cuales son occidentales) en países de Occidente, para reunir adeptos, congregar discípulos, dar "iniciaciones", o persuadir a aspirantes para que se incorporen a sus organizaciones. Trabajan sin beneficiarse con las candilejas publicitarias, en parte con la finalidad de fomentar la ilusión inspiradora de que representan a una fraternidad secreta. Y trabajan con muy buenos resultados. Les basta con ganar un solo adepto y pedirle luego que eche a rodar la bola de nieve misionera. Ese adepto pone de inmediato al tanto a sus amigos, quienes, a su vez, informan a otros, y así sucesivamente, hasta el inifinito. La oportunidad es extraordinaria y emocionante, y se dicen: " ¡Esto es fantástico! ¡Ser discípulo de un maestro de verdad, estando aquí, en América o en Inglaterra, sin tener que emprender un largo viaje a Shangri-la, ni tener que vivir allí durante años! ¡Todo esto también es tan fácil!" Y es así como caen unos sobre otros en su prisa por incorporarse... y huelga decir que ¡los aceptan a todos!

vida y encontraron satisfacción y paz en recoletos ashrams de la India o en sus equivalentes de Occidente, no representan al género humano moderno y son más bien retrocesos atávicos de épocas muy primitivas y actitudes más obsoletas; muy comprensiblemente, son personas a las que la complejidad y la tensión de la vida actual les produjo rechazo. Por desgracia, pasan por alto el hecho de que el Dios al que profesan obedecer los introdujo en modernos cuerpos occidentales precisamente para que entendieran tal complejidad y dominasen tal lucha. ¿Creen seriamente que renacieron en la Tierra sólo para atravesar la misma experiencia y el mismo medio ambiente cada vez? ¡No! La vida es perennemente nueva y ellos regresan para aprender lecciones nuevas de experiencias nuevas en nuevos medios ambientes. Ser derrotistas consiste en substraerse a las dificultades del presente y recurrir a un retiro en el pasado más cómodo, en eludir los problemas de los tiempos modernos refugiándose en lo antiguo, en no lograr inspirarnos con nuestros propios recursos, y en volver a caer en los recursos de los hombres de la Edad Media. Pero estaríamos totalmente equivocados si a tales personas les impidiéramos que obtuvieran buenos resultados con esa huida que intentan. Dejémoslas hacerlo por todos los medios, si lo desean. Nada de lo aquí escrito les alcanza.

La guerra fue la oportunidad que tuvieron para despertar, para acelerar su modo de pensar. Si la guerra no les abrió los ojos a estos místicos Rip Van Winkles, entonces su horror bestial y su terror ígneo fue en vano para ellos. Si la guerra no destruyó su malsano embrujamiento, entonces el período posbélico no podrá hacerlo ciertamente. El místico que se mantuvo como un mero espectador del conflicto mundial tal vez mantuvo su paz interior libre de perturbaciones. Pero no es necesario practicar yoga para obtener este género de paz negativa. Todo el que habita una tumba tiene esa paz. Y nosotros sólo escribimos para los demás —y son mayoría—: quienes están bastante despiertos como para no caer en un escapismo que meramente elude los problemas de la vida y no los resuelve, quienes no desean volver a un atavismo espiritual en un mundo progresista, quienes por las agonías que la humanidad sufrió en tiempo de guerra fueron acuciados a buscar el camino escabroso que conduce hacia la verdad, en no menor medida que el sendero más liso que conduce hacia la paz, y quienes han llegado a comprender que la única cuestión satisfactoria es la que se ocupa de la verdad y de la paz con el desinteresado servicio hacia la humanidad.

En la mente del vulgo, a la mística se la asoció, principalmente, con monasterios, retiros, ashrams, cavernas y sitios parecidos en los que se congregaban novicios y posibles yogis. De esta manera, a la mística se la llegó a considerar como una vía de escape respecto de las dificultades domésticas, de los trastornos comerciales y de las contrariedades emocionales que parecen tan inseparables de la existencia humana. Quienes no podían sobreponerse a los altibajos de la vida diaria, con las conmociones del infortunio inesperado o la muerte de parientes queridos, se apartaban repentinamente de la sociedad y huían en procura de la relativa paz de la vida monástica. Quienes no podían acreditarse como para ganarse la vida con un pesado trabajo físico o mental, renunciaban a todo otro esfuerzo y ofrendaban su fracaso y su incompetencia en el pedestal de la virtud proclamando que ¡que habían renunciado al mundo con toda su iniquidad! No obstante, indirecta o directamente, todos estos individuos acudieron al mundo en procura de limosnas, comida y ropas, por las que el mundo siguió luchando, resultando de esta manera capaz de proveer a las necesidades de aquéllos. Tampoco vacilaron en proclamar una señorial superioridad espiritual (a veces muy desproporcionada respecto de sus propios defectos personales) sobre las personas mundanas que los financiaban o alimentaban.

Si alguien padeció una gran contrariedad emocional o mucho sufrimiento mundano, tiene excusas de sobra como para huir hacia el refugio pacífico del

monasticismo, simbolizado habitualmente en Oriente con la investidura de una túnica amarilla. En primer lugar, lo que no puede disculparse es si esa persona se mantiene, durante el resto de su existencia terrena, en semejante "escapismo"; y, en segundo lugar, la enorme cantidad de hombres "santos" que nada tienen de tales e imitan hipócritamente a quien lo es, y visten ropaje amarillo, se cubren la cabeza con ceniza, o se autodesignan para dirigir ashrams a fin de ganarse la vida encubierta o abiertamente, o, lo que es peor, para explotar a los que son piadosos o tienen elevadas aspiraciones. Con nada contribuyen a la sociedad, no siguen por sí mismos una búsqueda interior» sino que medran a expensas de las esperanzas supersticiosas y de los consternados temores de la multitud ignorante confiriendo seudo-bendiciones totalmente carentes de valor ¡De esta manera, exhiben inconscientemente el mismo materialismo que se supone que evitan! Y también tienen sus paralelismos en los cultos místicos y los círculos ocultos de Occidente. Cuando la mística se convierte en una mera vía de escape de las dificultades que exigen severamente que se las enfrente, o cuando alimenta una atmósfera en la que charlatanes piadosos pueden aparentar ser sagrados voceros de Dios, es hora de reclamar críticamente un alto.

La quietud mental sola, por perfecta que sea, no basta por sí. El hombre que se contenta con ella no es completo, pues la vida es aquí y ahora, y vivir sólo con las delicias místicas de la creencia de que son la meta última es vivir únicamente en