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Una velada teatral

In document Walser Robert - Historias (página 30-33)

Me hallaba sentado en la galería del teatro de Z., a mi lado un vaso de cerveza semivacío, la punta de un puro entre los dientes, rodeado de estudiantes, obreros y gruesas mujerucas. El aire era ya casi asfixiante. Los ángeles de yeso en el techo del teatro parecían languidecer y sudar. De rato en rato me asomaba por el antepecho para ver qué ocurría en los bajos. Allí, sentados a las mesas y muy apretados, había jóvenes de buena familia, empleados bancarios, estudiantes con nobles cicatrices en sus caras de cuello almidonado, caballeros mayores y refinados, amantes del buen vivir, y damas de apariencia distinguida. En las butacas de terciopelo rojo de la primera fila se hallaba el gran mundo en pleno; creí poder distinguir a unos cuantos literatos más o menos respetables, entre otros a un periodista, un tipo que se promocionaba todo el tiempo con sus «paseos literarios». Lo conocía un poco. Parecía un honrado matarife de cerdos, aunque le gustaba contarse entre la gente refinada. Veíanse allí espléndidos sombreros femeninos y largos y nobles guantes que subían hasta por encima de los turgentes y flexibles codos. Del centro del techo colgaba una gran araña que lanzaba una luz radiante sobre el público. De pronto alguien se puso a dar golpes breves y duros en el piano, que resonó con la potente sonoridad de un órgano. El pianista tenía largos y ondulantes rizos negros en la cabeza, y un perfil muy hermoso. El permiso de observarlo no costaba nada. Su espléndida interpretación era un ángel de grandes alas que, severo e invisible, rozaba levemente con su plumaje los sentidos de espectadores y oyentes. Y luego se levantó el telón y la comedia empezó a desenredarse, como si hubiera sido una madeja de algodón tendida entre dos manos para ser devanada. La interpretaron con enorme soltura. El propio director tuvo a su cargo el papel protagónico. Durante las pausas yo me sumía en sonoras ensoñaciones. Me parecía que los audaces desnudos de piedra a ambos lados de la escena habían cobrado vida en sus pedestales. En realidad, todo esto debía de ser superfluo. El piano, maldito sea, me seguía salpicando de sonidos, veía las descarnadas manos del pianista-percusor bailar de un extremo a otro sobre las blancas teclas, y hubiera dado lo que sea por tener media hora de pausa. Debajo de mí, en primera fila, una señora de cierta edad se sonaba con un fabuloso pañuelo de encajes. Todo me parecía hermoso e infinitamente mágico. Los camareros me preguntaron si deseaba otra cerveza, y esta curiosa pregunta me pareció rarísima. ¿Qué clase de hombres eran ésos para abordar así a la gente y preguntarle si deseaba beber algo? Uno de los camareros lucía un bigote auténticamente hirsuto en la cara, sólo se veía el gran bigote engominado y, en el medio, un par de enormes ojos brillantes y oscuros. Centelleaban como luces en la oscuridad de un bosque. Había otro imberbe y de una palidez enfermiza, con una cara tan pavorosamente descarnada que sus pómulos sobresalían como los acantilados de una orilla rocosa. A éste le pedí un vaso de cerveza, pagué inmediatamente y me puse otro medio puro en la boca. El piano me lanzó entonces una nueva y potente oleada a la cara, al pecho y a las mangas de la chaqueta, de suerte que me vi obligado a buscar un pañuelo alrededor para poder secarme. Pero los amarillentos rayos de la araña de cristal ya se habían encargado de hacerlo, de modo que pude estar tranquilo. En el

intermedio hubo otra vez momentos en los que creí que mis dos ojos se habían vuelto un par de largas y delgadas varas y habían podido tocar la mano de una de las damas sentadas debajo de mí. Pero ella no pareció advertir nada y me dejó hacer lo que hice, algo francamente desfachatado. Muy cerca de mí se había sentado una criada de casa señorial, una graciosa muñequita, pequeña y de aspecto entrañable; le pregunté su nombre y me lo dijo en voz baja. En realidad me lo dijo más con los ojos y sus dos mejillas de un rojo incandescente que con la boca misma. Se llamaba Anna. Le pedí un vaso de cerveza y le lancé el humo a la cara, para hacerla reír. El brillo húmedo y negro de sus ojos evocaba dos relucientes bolitas de plata negra. Abajo, en primera fila, estaba la baronesa Anna von Wertenschlag, otra Anna, aunque una muy, muy distante. Del sombrero de la baronesa pendían hacia atrás, cual aves moribundas, largas plumas arqueadas. Temblaban como si sintieran algún dolor leve, inefable, humano. La dama llevaba un vestido negro azabache que se alargaba y abombaba poderosamente hacia abajo, ocupando el lugar de tres o cuatro personas; la flanqueaban dos jóvenes caballeros de aspecto, al parecer, poco peligroso. Parecía ensimismada. Volvió a levantarse el telón, y la alegre comedia de criadas reanudó sus bisbiseos. En el escenario, una burguesa enriquecida tuvo que besar la mano, tendida con indolencia y distinción, de una dama noble y empobrecida, pues así lo exigía la hermosa y tradicional costumbre. Pero luego, no bien desapareció la linajuda dama, la burguesa empezó a burlarse —no sin razón, por cierto— y escupió despectivamente sobre la alfombra de la antesala condal. Este comportamiento provocó en la galería un alud de carcajadas que testimoniaban simpatía. Alguien hasta gritó «bravo», probablemente un republicano hostil a la nobleza. Desde las regiones inferiores, más de un rostro se volvió hacia arriba, asombrado y levemente indignado, para ver quién era el plebeyo cuyo aplauso había sido tan inoportuno y chillón. Pero más les hubiera valido a los de abajo contener un poco su indignación, pues un instante después quedó claro que también entre ellos había héroes de la plebe. Al aparecer el director en el papel del marido, uno de los estudiantes fabulosamente bien vestidos y tan próximo al proscenio que casi lo rozaba con la nariz, lanzó una broma al escenario. La gente se rió, suponiendo que también el artista se vería obligado a sonreír por cortesía. Mas nada de eso; con la cara enrojecida por la ira y una indignación violentísima reflejada en el temblor de su voz, éste dirigió al público, acompañándola con gestos cargados de desprecio, la siguiente alocución: «Señoras y señores (“¿Qué querrá? ¿Qué tendrá? ¿Qué estará ocurriendo allí abajo?”, pensamos los del gallinero). Acaban ustedes de escuchar las ofensas de que he sido objeto. Si no se tratase, por un lado, de una banda de chiquillos inmaduros (toda la galería estiró el cuello), y, por el otro, no tuviese frente a mí personas respetables sentadas lado a lado, por Dios que, sin considerarme para nada un tigre, no, como hombre me precipitaría entre aquella turba y, uno tras otro, mandaría a los infiernos a todos esos infelices a bofetada limpia. Muchas cosas he visto y padecido en mi carrera de artista, pero si un monito imberbe me escupe a mí, hombre ya mayor y casi a punto de concluir su carrera, perdonadme si…».

Y siguió actuando. Jamás en mi vida he vuelto a ver a nadie reprimir su propia cólera con tan espléndida grandeza de ánimo. En el teatro se hubiera podido oír volar una mosca. Casi me atrevería a jurar que oía latir los corazones de los espectadores. Gradualmente todos fueron olvidando el grosero incidente. Al parecer, el discutible estudiante se había levantado y, sin hacer ruido, había puesto pies en polvorosa, para lo cual tenía, sin duda, razones más que suficientes. El pecho de Anna había estado subiendo y bajando de emoción todo ese tiempo, y ahora ella misma sonreía. La comedia era tan

apacible, tan vienesa, un producto bueno, antiguo, sólido. Iba engarzando en la trama a un buen número de jovencitas que buscaban todas un marido y al final, uno ya lo intuía, acababan encontrándolo. Gallardos oficinistas las galanteaban con sus sombreros veraniegos y armados de bastones de paseo, haciendo gala de modales edulcorados y un lenguaje exquisito. Gran bombo hacía un húsar con pantalones muy ceñidos y magníficas botas de montar. La acción transcurría alternativamente en un jardín, en un mísero cuartucho, en una carretera comarcal y en un salón de la alta sociedad. Para testimoniarle aprecio, todos agobiaron al director con aplausos, reacción sin duda necia y un tanto burda que, sin embargo, debió de halagar al mimo. Después de todo, esa gente sabe hacer diferencias y tiene ideas propias al respecto. Luego hubo otro intermedio y la música volvió a golpearme el cráneo de tal modo que, espontáneamente, abrí la boca para escuchar. Anna, la camarera, empezó a chismear sobre las costumbres de sus patrones, enfatizando, claro está, los aspectos ridículos; yo escuchaba muy atentamente la música y sólo a medias el cotilleo. Volvió el calor a anunciarse opresivamente sobre las frentes y bajo las axilas. Los camareros empezaron a recoger los vasos de cerveza con gestos nada amables, y allá abajo, en torno a las anchas faldas de Anna von Wertenschlag, los muy pillos susurraban, rondaban y bailoteaban, pues sabían perfectamente dónde podía haber propinas. La galería entera sudaba, hervía, echaba humos y vapores. Las mujerucas gordas ya estaban pegadas con faldas y enaguas a las sillas plegables barnizadas de marrón, y se lo decían unas a otras chillando de terror y de satisfacción. Muchos se enjugaban el sudor de la frente. Anna von Wertenschlag levantó la cabeza hacia unas alturas salpicadas de rostros. ¡Qué maravilla de ojos! Luego vino el último acto, y después todo el mundo a casa. Mientras salíamos, el pianista tocó una vez más. Las escaleras temblaban bajo los pesados y ruidosos pasos. Bellas, grandes, melodiosas, las olas de «buenas noches» y «hasta pronto» iban rompiendo tras de mí. Fuera estaba lloviendo. Y la baronesa subió al coche, que partió en seguida.

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