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El m undo encan tad o

¿Cuál es el motivo de tan increíble excitación, y de ese profundo re­ cogimiento? ¿Qué anuncia ese bullicio que aturde los sentidos?

El m undo familiar en el que los hombres se habían instalado, seguros y cómodos, ya no está ahí. El alboroto de la llegada dionisíaca lo ha ba­ rrido. Todo se ha transformado. Pero no en un cuento amable, en un pa­ raíso de infantil ingenuidad. Surge el mundo ancestral, las honduras del Ser se han abierto, las formas primigenias de todo lo creativo y destruc­ tor con sus infinitos dones y sus terrores infinitos se alzan trastocando la inocua imagen del m undo familiar perfectamente ordenado. N o traen ensueño ni engaño, traen la verdad... una verdad que enloquece.

La forma que adopta esta verdad, saludada con gritos de júbilo, es el demencial y avasallador torrente de la vida, que surge de maternales pro­ fundidades. En el mito y en las vivencias de los ánimos trastornados ante la presencia de Dioniso bullen cercanas y ensordecedoras fuentes que ma­ nan de la tierra. Las rocas se abren y fluyen los riachuelos. Todo lo ce­ rrado se abre. Lo ajeno y lo hostil conviven en sorprendente armonía. Las normas ancestrales pierden de pronto su razón de ser, e incluso las medi­ das de espacio y tiempo pierden validez.

El tumulto comienza ya —en el ámbito de lo m ítico- con la aparición del dios en el mundo. En el m omento de su nacimiento los inmortales se pusieron a bailar, así se dice en uno de los himnos de Filodamo de Escar- fea dedicados a Delfos hacia la mitad del siglo IV. La propia Sémele habría experimentado durante su embarazo un deseo irrefrenable de bailar1: cada vez que oía una flauta tenía que bailar, y el niño en su seno bailaba con ella.

«El suelo está anegado de leche, que mana, de vino, de néctar de abe­ jas, y en el aire vibra una brisa como de incienso sirio.»2 Las Bacantes de

Eurípides nos ofrecen la imagen más vivida del maravilloso estado en el que, como dice Platón en su Ión\ las arrebatadas recogen leche y miel de los ríos. Golpean con los tirsos las rocas, y de pronto surge el agua clara. Tocan con ellos la tierra, y se abre un surtidor de vino. Si apetecen leche, arañan el suelo con las uñas y recogen el blanco bebedizo. De la madera de hiedra del tirso gotea la miel4. Se ciñen con serpientes y se ponen las cabritillas y los lobos al pecho como si fueran niños5. El fuego no les que­ ma, ningún arma de hierro es capaz de herirlos, y las serpientes lamen mansas el sudor que brota de sus acaloradas mejillas6. Toros bravos incli­ nan la testuz bajo las manos de innumerables mujeres7, y, aunando fuer­ zas, éstas son capaces de arrancar de cuajo árboles enormes8. Del barco de los piratas que conducen a Dioniso mana de pronto el vino, vides carga­ das de uvas henchidas se enroscan en las velas, la hiedra rodea el mástil y de los remos penden coronas9. También a las hijas de Minias varios pro­ digios de esta naturaleza les anuncian la cercanía del dios: el telar en el que trabajan se ve repentinamente cubierto de hiedra y sarmientos, y del techo de la estancia gotea el vino y la leche10.

El mismo milagro que despierta torrentes en la roca dura y rígida ha­ ce estallar las ataduras, derrumba muros y abre las ancestrales fronteras que ocultan lo lejano y el futuro al espíritu del hombre. Y es que Dioniso re­ cibe también el expresivo nombre de «el que relaja» o «el liberador» (Awriog, AvaZos). En las Bacantes de Eurípides, las Ménades apresadas por orden del rey son súbitamente liberadas: las cuerdas cayeron solas al sue­ lo y, sin que mano alguna las tocara, se abrieron las puertas que las man­ tenían confinadas11. Así se dice también que fueron liberadas las Ménades atrapadas por Licurgo12. Pero aún más asombrosa que la liberación de las mujeres es la superioridad con la que el propio Dioniso se burla del ob­ cecado que pretende reducirle y que de pronto ve de nuevo a su prisio­ nero ante sí, libre de sus ataduras13.

La revelación de lo invisible y lo futuro es también apertura de lo ce­ rrado. El propio Dioniso «es un profeta y el tumulto báquico está lleno de espíritu profètico»14. Más adelante se hablará de la sede de los orácu­ los. Plutarco afirma en términos genéricos que antiguamente se atribuía a Dioniso un papel preponderante en las artes adivinatorias15. Según el mito, ya la Sémele preñada de Dioniso llevaba en su ser el hálito divino y, como ella, todas las mujeres que tocaban su vientre bendecido16.

cencía de este m undo trastocado. En muchos lugares, la epifanía de D io­ niso iba acompañada del disfrute de interminables torrentes de vino, y las vides florecían y maduraban en un mismo día. En la isla de Teos se adu­ cía com o prueba de que Dioniso había nacido allí el asombroso hecho de que periódicamente, y coincidiendo con su festividad, un maravilloso vi­ no oloroso manaba de la tierra17. En la Elide, el milagro se vio confirma­ do por varios testigos: con ocasión de la fiesta que llevaba él nombre de Tía y que se celebraba en un lugar situado a ocho estadios de la ciudad, se colocaban en presencia de los ciudadanos y de los forasteros casual­ m ente presentes tres cuencos vacíos en uná estancia que más tarde se ce­ rraba y sellaba, y todo aquel que lo deseara estaba autorizado a im prim ir su sello en la puerta. Al día siguiente, los sellos estaban incólumes, pero quien penetrara en el recinto encontraba los tres cuencos llenos de vino. Pausanias, que no tuvo ocasión de asistir a las fiestas, asegura que ciu­ dadanos y forasteros prestaron juram ento sobre la veracidad de su relato18. U n milagro similar se cuenta de la isla de Andros, mencionándose inclu­ so la fecha de la fiesta en la que solía suceder. El cinco de enero, tal re­ fiere Muciano, en Plinio19, manaba allí el vino en el templo de Dioniso, y seguía haciéndolo siete días seguidos. Si se recogía, se convertía en agua en cuanto su portador se alejaba del santuario. Pausanias, que narra este mismo acontecimiento20, añade que la fiesta sólo se celebraba cada dos años, es decir, que pertenecía a la categoría dé las fiestas «trietéricas». Sin duda hemos de reconocer aquí una de las fiestas epifanicas invernales más relevantes de Dioniso, que nos perm ite apreciar la clase de milagros que acompañaban la irrupción del dios.

En Naxos, el vino manaba de una fuente21, y este milagro, de! que ha­ bla Propercio en su him no al dios22, debió de producirse por primera vez con ocasión de la boda de Dioniso con Ariadna23.

Lo más sorprendente, sin embargo, eran las llamadas «vides de un día» (¿cptlfiepoL áfjbTreXoL) que florecían y maduraban en el transcurso de poi­ cas horas coincidiendo con la celebración de la epifanía del dios. Desta­ ca en particular la magnífica vid del Parnaso, a la que k s mujeres ofrecían en invierno sus salvajes danzas a Dioniso tras despertar al niño divino en la cuna. La importancia que reviste en Delfos queda patente en un can­ to coral recogido en Las Fenicias de Eurípides24 que ensalza lá cima doble iluminada por el fuego de la fiesta báquica y la vid «que diariamente nos ofrece la jugosa uva carnosa»25. Tal com o refiere Sófocles en su Tiestes

en Eubea se veía verdear la vid a primeras horas de la mañana, a m edio­ día se formaba ya la* uva, cada vez más oscura y pesada, y por la tarde ya se podía cortar el fruto maduro y preparar el vino. Por los escolios a la Uía- da27 sabemos que otro tanto ocurría en Egas, en la fiesta anual consagra­ da a Dioniso, mientras las iniciadas realizaban los ritos (opyia^ovaojv rcov

/jlvcttLSíúvjvvolik&v). Euforión refiere por último la celebración de una

fiesta dionisíaca en la Egas egea, donde durante los bailes rituales del co­ ro podían verse florecer y madurar las sagradas vides, de m odo que por la noche ya se extraía de ellas vino en abundancia28.

N o cabe despachar este milagro, al que se daba crédito, y que Sófo­ cles y Eurípides avalaron, tachándolo de mera superchería. Para los cre­ yentes era un signo verdadero que anunciaba la llegada del dios a su fies­ ta. ¿Acaso no se mostraba en Eleusis, en el m om ento culminante del culto, una espiga de grano recién cosechada29? Las suposiciones que re­ cientemente se han expresado sobre el caso30 son totalmente insatisfacto­ rias. Foucart31, quien, como la mayoría de los investigadores actuales, no refiere las palabras év aicoiríj en Hipólito a reftepurpuévov aráxvv, lo que se­ ría lo más natural, sino a lo que les precede, dice con razón que lo que habría que entender en el otro £aso sería que la espiga habría sido corta­ da en silencio ante los ojos dé los iniciados, para enseñársela a continua­ ción. Y, así, sin duda, debió de ocurrir. La espiga que crece milagrosa­ mente casa tan bien con los misterios de D em éter como la prodigiosa vid con los de Dioniso. Y no sorprende oír que durante la ejecución de las llamadas danzas solares de los navajos americanos, ju n to con otras muchas ofrendas, éstos asisten al milagro de una planta que verdea, florece y ma? dura sus frutos entre la medianoche y la salida del sol32.

Pero, aun cuando no aparece súbitamente de un m odo tan sorpren­ dente, el vino nace al m undo como un milagro. Y, así, es saludado y de­ gustado en el transcurso de las Antesterias mientras Dioniso entra con su cortejo en la ciudad. Las imágenes de los vasos33 nos muestran con toda claridad con qué disposición de ánimo se festejaba al dios y se aceptaba su milagrosa dádiva. Antes de que los ciudadanos lo bebieran, el propio Dioniso, presente en la máscara, mezclaba con su propia mano el vino y lo ofrecía34. U na sacerdotisa, tal vez la misma esposa del arconte basileo, parece haberse aprestado a mezclar el vino, y las catorce gerarai ante las que debía prestar juram ento35 sin duda le servían de ayudantes en dicha tarea36. Ellas vertían el vino en las jarras de los asistentes que aguardaban

en fila, tras lo cual comenzaba, a golpe de trompeta, la famosa competi­ ción de los bebedores con la que la masa festejaba conjuntamente al dios de la embriaguez37. Por último, cada cual acercaba su corona a la jarra, entregaba en el santuario de Dioniso la corona a la sacerdotisa que había mezclado el vino, y ofrecía al dios el resto que quedaba en la jarra38. Los dibujos de los vasos que ha compilado Frickenhaus muestran la mezcla y la cata primera del vino ante la máscara de Dioniso, y de nuevo son m u­ jeres, llamémoslas como sea, las que rinden honores al dios recién apare­ cido. Si no acompañan al propio dios o se ocupan directamente del sagra­ do oficio de escanciadoras, se encuentran visiblemente excitadas, excitación que en ciertas reproducciones alcanza las conocidas formas de la furia menádica. N o podemos determinar con exactitud qué actitudes se co­ rrespondían con las costumbres del ritual. Las imágenes del frenesí dioni- síaco, que pertenecen naturalmente a los bosques montañosos, sin duda no se darían con esa intensidad en los santuarios consagrados a Dioniso durante las fiestas de las Antesterias. Sin duda, los artistas han mezclado en ellas rasgos mitológicos. Pero esto no es, desde luego, nada nuevo. Las mujeres que servían al dios representan el séquito divino del que habla el mito, y los pintores no carecían de razón cuando, al reproducirlas, con­ fundían la realidad con el mito. Estas imágenes expresan vivamente y nos hacen llegar los sentimientos con los que se recibía al dios. El, que se apa­ recía ante los hombres con el embriagador bebedizo madurado, era el mismo dios furibundo cuyo espíritu arrastraba a la locura a las mujeres re­ cluidas en la soledad de la montaña.

En el vino habita algo del espíritu de la infinitud que nos devuelve la imagen de lo primigenio. Por ello resulta tanto más significativo que en ese mundo trastocado, y ante los ojos de las bailarinas arrebatadas por la pre­ sencia de Dioniso, que juegan con los elementos, no sólo manen de la tie­ rra la leche y la miel, sino ríos de vino.

Mas ellas mismas están tan fuera de sí que su maternidad no conoce ya límites y llegan a ponerse al pecho a las crías de las fieras salvajes. Son madres y nodrizas, como las ayas de Dioniso de las que habla el mito, las que escoltan al dios criado en los bosques y lo acompañan en sus viajes39. En muchas obras vemos a estas divinas «nodrizas» ( A u o iA x t o l o T i d f j v a i ) 40 recibiendo al niño de manos de Zeus o de su mensajero, Hermes41. Pero también crían a otros muchachos, en calidad de madres, o amas de cría, pues «algunas de las ninfas con las que Dioniso gusta de jugar en las m on-

tañas, íe alegran inesperadamente con un niñito»42. En las Bacantes de Eu­ rípides, las Ménades roban niños pequeños de las casas43; en N ono, que amplía la escena euripidea44, la ladrona acerca al infante secuestrado su pe­ cho, Y luego, en los bosques donde habitan como salvajes con otras fie­ ras, alimentan a este niño como si fuera el suyo. «Las jóvenes madres que dejaban a sus hijos en casa sostenían entre sus brazos cervatillos o lobez­ nos, y los amamantaban con su blanca leche», tal refiere el mensajero en la tragedia de Eurípides45. El poema de N ono habla incluso de crías de leones46, y la imagen de la M énade que amamanta a un animal salvaje es un motivo corriente en muchas obras de arte.