interpretaciones acerca del significado del deber difieran. Luego, las conciencias
observan que el universal no puede ser aprehendido exclusivamente por una de ellas,
sino que las rebasa y abarca como partes de un todo. El reconocimiento mutuo de la
participación en esta totalidad es el Espíritu absoluto
365.
365
Ibídem, p. 391: “La palabra de la reconciliación es el espíritu que es allí que intuye el puro saber de sí mismo como esencia universal en su contrario, en el puro saber de sí como singularidad que es absolutamente en sí misma – un reconocimiento mutuo que es el espíritu absoluto.” PhG, p. 471: “Das
Wort der Versöhnung ist der daseiende Geist, der das reine Wissen seiner selbst als allgemeinen Wesens in seinem Gegenteile, in dem reinen Wissen seiner als der absolut in sich seienden Einzelheit anschaut, - ein gegenseitiges Anerkennen, welches der absolute Geist ist.”Vid. Paha, Bernhard, Die schöne Seele Hegels und die Literatur der Frühromantik: Studienarbeit, pp. 5-14.Vid. Shklar, Judith N., Freedom & Independence: A study of the political ideas of Hegel’s ‘Phenomenology of Mind’, pp. 190-208. La comentarista sostiene que el alma bella no está sujeta a un orden social. La conciencia individual establece qué es lo bueno y qué es lo malo por su propia cuenta. Las perspectivas personales en torno a lo moralmente correcto no permiten que las asociaciones entre almas bellas perduren. La diversidad de opiniones es insuperable, pues los individuos caen en el solipsismo. El carácter específico de la convicción privada es tal que no puede sujetar a los hombres: cada conciencia individual se admira a sí misma profundamente. Por consiguiente, no hay principios o palabras que las unan. El lenguaje, aunque compartido, aísla a cada individuo. Se cae en la inequidad, ya que no hay un parámetro común que permita juzgar a los miembros de una comunidad. La única finalidad del lenguaje es la autoafirmación discursiva del alma bella: el individuo sólo busca la justificación de su posición. Por este motivo, el lenguaje no describe hechos, sino estados internos de quienes los exponen. Los hombres usan el don de la palabra para justificar cualquier acción, basándose en sus intenciones: caen en la hipocresía. Si lo relevante es seguir las convicciones, sin importar la legalidad social, la hipocresía se transforma en lógicamente necesaria. La hipocresía es el nuevo parámetro social al que todos los miembros de la sociedad se ajustan. La conciencia que actúa quiebra este orden social, pues reconoce que obra por motivos egoístas, y que su acción no será jamás perfecta. Por este motivo, el sujeto de la acción pide perdón en la confesión de su “maldad”. La confesión de una acción realizada por motivos egoístas - “una mala” acción -, es lo que permite al individuo el retorno a la comunidad: la conciencia hipócrita reconoce que la acción no puede ser reducida a un motivo privado, perdona al hombre de accción, reconoce su hipocresía y surge la reconciliación. Shklar sostiene que la reconciliación entre la conciencia que juzga y la conciencia actuante es el triunfo intelectual de la acción sobre la pasividad de la observación. El héroe busca la unidad consigo a través del perdón, sobrepasando la tensión entre el pensamiento y la acción. Vid. Speight, Allen, Hegel, literature and the problem of agency, pp. 94-121. Para Hegel hay tres clases de alma bella:
1) La belleza que sufre la ausencia de poder para exteriorizarse, para hacerse una cosa. Por ello se desvanece. El caso ejemplar es Novalis.
2) La segunda y la tercera se oponen mutuamente:
a) Una conciencia que sabe que actúa sobre un hecho particular. Se sabe libre. Pero se enfrenta al universal. Es una conciencia actuante, que se siente juzgada por una conciencia juzgante. Actúa acorde a lo que piensa que es su deber. Es considerada hipócrita por la conciencia juzgante.
b) Una conciencia juzgante que observa a la conciencia actuante como una contradicción entre lo particular y lo universal. Por consiguiente, considera que sus actos y su convicción enmascaran la hipocresía de la misma. Pero al reclamar que la conciencia actuante es hipócrita lo hace tomando como normativa su propia ley interior. Actúa, así, de la misma manera que la conciencia actuante, que es supuestamente el “mal”. Luego, ella también es hipócrita.
La instancia superadora de estas dos conciencias es el “perdón”.
Cf. Mosher, Michael A., “Civic Identity in the juridical society: on Hegelianism as discipline for the Romantic mind”. En Political Theory, volume 11, No.1 (February, 1983), pp. 117-132. El comentarista tiene una particular interpretación de la concepción hegeliana de “alma bella”. Según Mosher, Hegel exige el reemplazo de las pasiones individuales que obstaculizan el pacto entre individuos. Para el
134
filósofo alemán, el compromiso entre individuos implica el reconocimiento de una forma social dada que es aceptada pasivamente. Ninguna decisión puede ser implementada sin la abdicación parcial del poder de decisión. La visión de los revolucionarios franceses - que persiguen la libertad absoluta, y encuentran sólo terror y destrucción -, es un argumento contra la racionalidad de actores individuales, que rechazan abdicar cualquier poder de decisión frente a estructuras políticas que puedan resistirse a las implicaciones de sus deseos de libertad.
Pero no queda claro quién se beneficia con la abdicación estratégica de los hacedores de decisiones individuales. Con respecto a la figura de la conciencia denominada “el reino animal del Espíritu”, Hegel realiza una crítica a la sociedad liberal, en la que nadie se compromete con los asuntos en común de la vida pública y se mantienen en su ámbito privado. Ante esta situación, la ironía surge como la respuesta de un individuo cuyo objetivo es evitar la responsabilidad de su función en la vida pública de la sociedad. Pero la conformación de nuevas comunidades – por ejemplo, de aquellos lectores de una novela que les resulta cognoscible y luego conocida -, implica la formación de nuevos lazos de pertenencia, que de ninguna manera llevan a la disolución supuestamente propugnada por el romanticismo que temía Hegel. El sentimiento de pertenencia/no-pertenencia que puede darse con el comportamiento irónico no implicaría una disolución de los lazos sociales, sino un margen de elección para el individuo: el individuo se ubica en un término medio entre su aislamiento y el sistema de deberes supervisado por el Estado. Para el comentarista, Hegel no reconoce este término medio. Para Mosher, las obligaciones de las personas con los demás no son siempre subsumidas por el Estado. El Estado no siempre alcanza cada aspecto de la vida moral. Las limitaciones del Estado no conducen necesariamente al aislamiento subjetivo. Los individuos no esperan encontrar que sus naturalezas sean completamente expresadas en una de las comunidades parciales a las cuales ellos deben su lealtad. Pero tampoco consideran posible rehuir toda colaboración con otros seres humanos, como es el caso del “alma bella”.
Sin embargo, Mosher no tiene en cuenta que el particular caso del alma bella representa a una subjetividad que no hace uso del lenguaje para comunicarse con los demás, sino para reafirmar la supuesta armonía entre lo que ella considera que es el deber universal y su existencia como individualidad. La expresión discursiva del alma bella no tiene otra finalidad que no sea la manifestación de su aparente pureza, contrastándola con la “maldad” de quienes se le anteponen. Hegel intenta mostrar al lector que figuras del Espíritu como “el hombre virtuoso” o “el alma bella” llevan a la disgregación de la comunidad debido a la perseverancia en su narcisismo: los individuos que encarnan las figuras antes mencionadas se toman a sí mismos como toda la sustancia y esencialidad de la realidad. La existencia de estamentos o nuevas comunidades dentro de la sociedad sólo es posible si los miembros de las mismas reconocen que existe una ley en común por encima de ellos.