La identidad es aquello por lo que creemos que somos alguien determinado, que nos singulariza y que hace que nos sintamos diferentes, total o parcialmente, a los demás. Es algo que adquiri- mos como consecuencia de nuestro paso por grupos sociales y por tener experiencias diversas (unas causadas por la posición en la que la vida nos coloca desde el nacimiento y otras elegidas por nosotros). Sentirse alguien que tiene una determinada entidad es una característica y una necesidad básica de la personalidad, que da consistencia al yo, que presta continuidad y estabilidad a nues- tra presencia en las relaciones sociales que mantenemos, que es base del aprecio que sentimos por nosotros mismos y que sirve para percibir a los demás, en tanto nos asemejamos o diferencia- mos de ellos. La identidad es una forma de sentir la subjetividad como algo constituido por la posesión de algunas cualidades. Se nutre de experiencias concretas y también de asumir modelos normativos ideales construidos culturalmente. La escolarización y los frutos obtenidos de ella, además de dar identidad colectiva a los escolarizados (seres infantiles o adolescentes no-adultos), son referentes en la constitución de la subjetividad, en el sentido de que es un criterio para creer que somos de una determinada
manera y que somos más o menos valiosos en comparación con los demás. En general, todas las prácticas educativas actúan como dispositivos pedagógicos que construyen y median las rela- ciones del sujeto consigo mismo (LARROSA, 1995).
La identidad se puede entender de varias maneras (HALL y otros, 1992, pág. 275): a) Desde la perspectiva ilustrada, la iden- tidad es el núcleo fijo, estabilizado y coherente del yo, dotado de razón, atributo que se manifiesta en la coherencia de las actua- ciones conscientes y que es consolidado a partir de unas con- diciones dadas desde el nacimiento y de algunas experiencias básicas que nos otorgan la impronta definitiva. b) Desde una perspectiva sociológica, la identidad se cree que es el poso psi- cológico (el self o mí mismo del interaccionismo) que dejan en nosotros las interacciones con los otros significativos; lo cual nos da una idea de la complejidad múltiple de lo que creemos que somos, de la identidad variable o a diferentes niveles en que se sitúa nuestro sentido de autopertenencia a grupos y culturas en las sociedades complejas, en las que pasamos por contextos muy diversificados. c) Desde un punto de vista postmoderno, la identidad no es algo unificado, definitivo y fijado de una vez por todas, sino algo en constante transformación, de suerte que el sujeto asume diferentes identidades en momentos y lugares dis- tintos. Si el sujeto se cree dotado de una identidad determinada no es porque la posea, sino como consecuencia de la narración de su vida que se representa ante sí. Esta forma de entender la identidad es coherente con el tipo de sociedades cambiantes en la postmodernidad.
La educación, en general, se ha considerado un referente para la identidad en el sentido moderno, gracias a la insuficiencia radical del ser humano en el nacimiento, que nos convierte en seres culturales, especialmente dotados y abocados a aprender. ROUSSEAUafirmaba:
Nacemos débiles, tenemos necesidad de fuerza; nacemos des- provistos de todo, tenemos necesidad de asistencia; nacemos estú- pidos, tenemos necesidad de juicio: Todo lo que nosotros no posee- mos por nuestro nacimiento y de lo que tenemos gran necesidad al ser mayores, nos es dado por la educación.
Otro pensador del sigloXVIIIcompleta la idea de la capacidad humanizadora de la educación desde una perspectiva que cabe referir más directamente a la educación como esfuerzo sistemáti- co del tipo del que se desarrolla en la escolarización:
Por la educación, el hombre ha de ser, pues:
a)NDisciplinado. Disciplinar es tratar de impedir que la animali-
dad se extienda a la humanidad, tanto en el hombre individual como en el hombre social. Así, pues, la disciplina es meramente la sumi- sión de la barbarie.
b)NCultivado. La cultura comprende la instrucción y la en-
señanza. Proporciona la habilidad, que es la posesión de una facul- tad por la cual se alcanzan todos los fines propuestos ...
c)NEs preciso atender a que el hombre sea también prudente, a que se adapte a la sociedad humana para que sea querido y tenga influencia. Aquí corresponde una especie de enseñanza que se lla- ma civilidad ...
d)NHay que atender a la moralización. El hombre no sólo debe ser hábil para todos los fines, sino que ha de tener también un crite- rio con arreglo al cual sólo escoja los buenos.
(KANT, 1991, pág. 38.)
Estos pensamientos nos muestran las raíces originarias del proyecto moderno de educación, guiado reflexivamente por unos fines, constructor de la razonabilidad y de todo un modelo de hombre, de su yo estable; haciendo descansar dicho proyecto en la asimilación razonada de la cultura. A través de la escolarización se desarrolla un proceso de socialización secundaria, de tal rele- vancia, que deja huellas definitivas en el ser humano, pasando a formar parte de nuestra identidad en sentido ilustrado. Un proyec- to que pretende alcanzar no sólo la dimensión intelectual, sino que hace descansar en él la posibilidad de convertir a cada uno en ciudadano maduro, libre y autónomo en la que se apoya el progreso social. Es la imagen del hombre nuevo construido por la cultura. El pensamiento de KANTresulta premonitorio del fracaso de los cambios sociales que no cuentan con la transformación del ser humano:
…acaso mediante una revolución sobrevenga un derrocamiento del despotismo personal y de la opresión acaparadora y dominante, pero nunca la verdadera reforma del modo de pensar; sino que nue-
vos prejuicios, tanto incluso como los viejos, servirán de riendas de la gran muchedumbre carente de pensamiento.
(KANT, 1999, pág. 65.)
En la cultura europea, desde el Renacimiento, conectando con la tradición clásica griega y, principalmente, desde el sigloXVIII hasta nuestros días, se ha desarrollado la utopía que considera que la racionalidad es la base del progreso humano y que una y otro se logran “ilustrándose”. La gran esperanza de la modernidad radica en que la posesión de la cultura densa perfeccione a las facultades intelectuales y se convierta en virtud o guía de la con- ducta, en un modo de vida. Ése es el verdadero sentido de los cambios históricos profundos. A partir de la educación se da al ser humano una nueva condición de su identidad, un núcleo estable de su personalidad que le sirve para verse, para ver el mundo y para ver a los demás. Estar educado, haber sido escolarizado, no es una circunstancia más, sino una especie de dotación añadida, que, además de hacer crecer al sujeto, es fundamento de la liber- tad y de la autonomía personales.
Las contestaciones que cada uno tiene a las preguntas de quién cree que es y cómo se siente y percibe a sí mismo, tienen mucho que ver con la educación recibida, porque ésta es consi- derada un valor en sí. De alguna manera, “nos sabemos” a noso- tros mismos según todo lo que sabemos. La educación la hemos comprendido como un enriquecimiento de la subjetividad que da cierto poder sobre la acción. El yo del hombre moderno escolari- zado se espera que sea un yo reflexivo que sopesa las acciones, manteniendo un control de las mismas, desligado de sometimien- tos a los poderes que no sean racionales (GIDDENS, 1995). El suje- to escolarizado queda ungido por la experiencia escolar. Es una especie de equipamiento de la personalidad, en general, y de la racionalidad humana, en un sentido más específico. Si el yo car- tesiano se piensa en tanto que ser pensante, el yo educado se pensará como ser dotado de la racionalidad que le otorga la edu- cación. Ésta es una segunda naturaleza. Así lo entendió el pen- samiento ilustrado. Ese ideal presupone una línea de continuidad entre el cultivo del individuo y la conducta racional de la sociedad. Las bondades individuales de la ilustración se transfieren a la sociedad en la que se desempeñan los ilustrados, generándose
una gran dosis de esperanza al unirse la “mejor escuela” y la “mejor sociedad” (STEINER, 1998, página 102).
La educación y, suponemos que también, la escolarización, dotan al ser humano de identidad, según el sentido moderno dado a ésta. Sus efectos no se quedan en ese plano personal. Gracias al poder para jerarquizar a los individuos que tiene la escolaridad (el tenerla o no, el recibirla por más o menos tiempo y con distin- tos niveles de calidad), proporciona una distinción que es hecha pública por acreditaciones y diplomas, siendo avalada por las imá- genes sociales que despierta. El saberse educado será no sólo la experiencia de poseer cualidades de racionalidad, sino también una manera de sentirse en posesión de distintivos que nos com- paran con los demás, que nos hacen más semejantes a unos y diferentes respecto de otros. Sentirse más educado es sentirse también privilegiado en una sociedad en la que se valora la edu- cación. La estructura jerárquica del sistema educativo se encarga de transmitir la “diferencia” que clasifica a cada sujeto, de acuerdo con la cota hasta la que ha ascendido en la pirámide del sistema escolar y según el itinerario por el que ha subido. La identidad moderna fundamentada en la educación tiene, pues, esos dos sentidos: el kantiano y el de ser un distintivo social. En las condi- ciones de las sociedades actuales, en las que priman los valores materiales, la meritocracia, la competitividad y la búsqueda del trabajo escaso, la identidad ilustrada (kantiana) pierde peso a favor de la jerarquizadora.