SECTOR ECOSISTEMAS
V ULNERABILIDAD A LAS AMENAZAS NO CLIMÁTICAS O ANTRÓPICAS
Exposición a las amenazas—La exposición de los ecosistemas frente a las amenazas no
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por una amenaza. El área directamente afectada, un proxy de daño directo, se definió como el área destruida o degradada por la amenaza, mientras que el área indirectamente afectada, un proxy de daño indirecto, es el área de influencia contigua a la amenaza (Tabla 12).
Espacialmente, el área directamente afectada se midió según la superficie cubierta por la amenaza, y el área indirectamente afectada, como un buffer cuyo ancho (en m) dependió del tipo de amenaza y de los estándares de ingeniería utilizados para definir áreas de servidumbre
(Tabla 12).
Tabla 12 Exposición de los diferentes ecosistemas a las amenazas no climáticas.
Amenaza Característica SIG (área destruida o degradada Daño directo por la amenaza)
Daño indirecto (ancho en m del buffer
a cada lado de la amenaza)
Incendios Polígono Varía según el tamaño 0 Mancha
urbana Polígono Varía según el tamaño 0 Frontera
agrícola Polígono Varía según el tamaño 0
Vías Línea Varía según el tamaño 100
Canteras Polígono Varía según el tamaño 500 Oleoductos Línea Varía según el tamaño 10 Tendido
eléctrico Línea Varía según el tamaño 15–30
Sensibilidad a las amenazas—La sensibilidad de los ecosistemas frente a las diferentes
amenazas no climáticas fue clasificada en cinco categorías (donde 5 representa la mayor sensibilidad), tomando en cuenta que un ecosistema resistente tendría una sensibilidad baja (1), un ecosistema resiliente mostraría diferentes grados de sensibilidad (2, 3 ó 4), y un ecosistema sin capacidad de resistencia ni resiliencia tendría una sensibilidad muy alta (5), condenado a desaparecer o degradarse seriamente (como en ciertos cambios de uso de suelo, e.g. de bosque seco a cantera). Nótese que el nivel de sensibilidad de un ecosistema es absolutamente dependiente del tipo de amenaza en cuestión.
En la práctica, se evaluó la sensibilidad de cada ecosistema frente a una amenaza dada desde dos diferentes perspectivas: (1) la capacidad de recuperación del ecosistema en el área directamente destruida o degradada por una amenaza, y (2) la capacidad de resiliencia y/o resistencia del ecosistema remanente contiguo a la amenaza, es decir en el área indirectamente afectada por ella. Dichas capacidades son inversas a la sensibilidad: alta capacidad significa baja sensibilidad y viceversa. En la primera forma de sensibilidad, la sensibilidad es máxima (es decir de 5) cuando la capacidad de recuperación del ecosistema en el área afectada es nula (por ejemplo cuando se construye una carretera asfaltada). En la segunda forma de sensibilidad—que puede conceptualizarse como los efectos negativos que la presencia de la amenaza va acumulando en el tiempo sobre el funcionamiento del
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ecosistema nativo remanente—la sensibilidad es baja cuando existe alta resiliencia o alta resistencia del ecosistema remanente.
Para simplificar el análisis (modelamiento espacial, ver a continuación), los valores de las dos matrices de sensibilidad se promediaron y redondearon a cero decimales. Los valores de esta matriz y de las matrices de cada tipo de sensibilidad por separado se muestran en la sección de Resultados.
Cálculo de la vulnerabilidad de los ecosistemas a amenazas antrópicas (modelamiento espacial)— El modelamiento espacial utilizado para evaluar la vulnerabilidad presente de los
ecosistemas frente a las amenazas no climáticas (antrópicas) se resume en la Figura 39. Primero, se cruzó las capas de exposición de cada una de las amenazas con el mapa de cobertura vegetal del DMQ del año 1986, el mapa disponible más antiguo de ecosistemas (en realidad, lo ideal sería realizar este cruce con un mapa que muestre la cobertura original de los diferentes ecosistemas antes de la presencia del hombre en el territorio).
A cada uno de los polígonos de intersección resultantes se les asignó un valor de sensibilidad (de la matriz antes explicada) según el tipo de ecosistema que la amenaza en cuestión esté cruzando. Estos polígonos se transformaron luego en puntos (centroides), cada uno de los cuales tuvo un valor de sensibilidad diferente. En base a estos puntos se aplicó una función de “kernel density” para crear una capa continua de sensibilidad de los ecosistemas a la amenaza en cuestión. Las diferentes capas de sensibilidad (que en cierto sentido son ya capas de vulnerabilidad por amenaza) se integraron luego en un solo mapa de “sensibilidad acumulada”, en el cual se ponderaron las amenazas según su importancia o gravedad (Tabla 13). Este mapa, que se muestra en detalle en la sección de Resultados, muestra espacialmente zonas con distintos niveles de sensibilidad: la sensibilidad más alta se presenta en áreas con los ecosistemas más sensibles y/o en áreas que están siendo afectadas por varias amenazas a
la vez.
Tabla 13 Ponderación de las amenazas no climáticas en el modelamiento espacial. La ponderación se conceptualizó como una medida de la gravedad de la amenaza
Amenaza Ponderación (%) Mancha urbana 15 Incendios 1 10 Incendios 2 5 Incendios 3 5 Agricultura 10 Vías 1 15 Vías 2 10 Vías 3 5 Canteras 15 Poliductos 5
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Tendido eléctrico 5
TOTAL 100
Finalmente, para obtener el mapa final de vulnerabilidad, se cruzó el mapa de sensibilidad acumulada con el mapa de cobertura vegetal del DMQ del año 2009. El mapa de vulnerabilidad, que se muestra en detalle en la sección de Resultados, señala las áreas de los remanentes de ecosistemas al “presente” (2009) que tienen algún grado de vulnerabilidad.
Figura 39. Conceptualización gráfica del modelamiento espacial para evaluar la vulnerabilidad de los ecosistemas frente a las amenazas no climáticas (antrópicas).
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