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“Un vago sentido de orden emerge de cualquier observación continuada de la conducta

humana”

Skinner, 1953

En nuestra vida, tenemos ocasión de experimentar con frecuencia diferentes emociones: la alegría, la tristeza, la ira, el miedo, etc. Si reflexionamos sobre la causa de las mismas y sobre qué pensamos, qué sentimos y qué hacemos cuando nos encontramos bajo estos estados emocionales, podremos entender más fácilmente el fenómeno.

La ansiedad es una emoción que trata de asegurar la adaptación a los humanos ante situaciones de estrés y amenaza. El cambio o la sobrecarga en el entorno, facilita la aparición de respuestas fisiológicas, motoras y cognitivas, con el fin de adaptar a un sistema inteligente en un entorno variable y, en ocasiones, inseguro.

El cómo procesamos la información del entorno parece depender, no solo de las características de las personas o de los individuos que la procesan, sino de nuestro estado emocional en el momento de ponerlas en marcha, ya

que éste parece monitorizar o mediar en ese “seguimiento continuo” que hacemos de lo que nos rodea.

Desde los experimentos de Schachter y Singer (Schachter & Singer, 1962), pasando por los trabajos de Lazarus y Folkman (1984) y de Lang (Lang, 1979) hasta nuestros días, la emoción ha sido entendida desde la Psicología, como un patrón de respuestas en las que la valoración cognitiva inicial, es un proceso altamente relevante para dotar de significado a la estimulación que nuestro cerebro recibe. Es precisamente en este marco, en el que hemos tratado de arrojar luz con nuestro trabajo.

La investigación experimental en Ciencias del Comportamiento se caracteriza por el sometimiento a un método que garantiza la objetividad, la fiabilidad, la validez y la reproducción de los resultados. Este método es independiente del contenido de la investigación. El conocimiento desarrollado a partir del método, es observable y, en general, público, preciso, fiable y reproducible; es decir, tiene siempre un sustrato empírico y se caracteriza porque las respuestas a las cuestiones de interés no se resuelven por ideas preconcebidas o creencias (Maxwell & Delaney, 1990).

Los resultados de los distintos experimentos que se han realizado en la presente investigación, permiten extraer las siguientes conclusiones:

1. En nuestra investigación, los sesgos atencionales hacia el material

amenazante no dependen de las características de los individuos. Ni el rasgo de ansiedad, ni la tendencia a la fobia social, ni la tendencia al pánico, determinan los tiempos de reacción hacia los estímulos amenazantes. Además, el estilo de afrontamiento emocional tampoco determina los tiempos de reacción. Las diferencias encontradas no son estadísticamente significativas.

2. El procesamiento de las señales amenazantes en una muestra normal

de estudiantes depende, en gran parte, del estrés que desarrollen los mismos al realizar el experimento. Nuestros resultados apoyan la hipótesis de que bajo condiciones de estrés de evaluación, los individuos presentan mayores tiempos de reacción hacia todo el material presentado. De este modo, entendemos el estrés como una fuente moduladora del procesamiento atencional hacia los estímulos, en ocasiones potenciando la misma, en ocasiones interfiriendo sobre ella.

3. Por otro lado, los tiempos de reacción hacia las tareas atencionales en nuestra muestra, caen a medida que los individuos autoinforman de menos amenaza subjetiva. Es decir, la reducción del estado de ansiedad provoca que el procesamiento atencional se vuelva más eficaz, prestando menos atención a toda la estimulación y siendo más rápidos a la hora de detectar el color en el que las palabras aparecen. En otras palabras, nuestro estado de ansiedad no facilita la eficacia o el rendimiento, sino que la entorpece.

4. En nuestro estudio, toda la muestra estuvo sometida a una

importante situación de estrés de evaluación puesto que desde el inicio del experimento, se les conectaba a los aparatos de registro psicofisiológico obteniendo medidas de tasa cardiaca y conductancia desde el primer momento. Hemos observado que los sesgos atencionales hacia los estímulos amenazantes no se muestran en la población normal cuando existe una fuente de estrés de evaluación como la que hemos descrito. El estrés de evaluación parece ser una fuente de interferencia general hacia todos los estímulos que nos rodean, provocando un sesgo general hacia todo a lo que atendemos. De modo que no existen diferencias en cuanto al tipo de estímulos utilizados en una muestra normal de estudiantes. Toda la muestra

presenta los mismos sesgos hacia las palabras amenazantes (evaluativas y físicas) y hacia las palabras neutras.

5. Generar estrés de evaluación o generar estrés por activación

fisiológica no provoca un direccionamiento de nuestros recursos atencionales hacia la amenaza específica congruente. Es decir, generar estrés de evaluación no provoca que detectemos más rápidamente la amenaza evaluativa, y por otro lado, generar estrés por activación fisiológica no provoca que detectemos más rápidamente la amenaza por activación física. En nuestra investigación, los sesgos no han mostrado ser específicos de la emoción generada – hipótesis de la emocionalidad -, así como tampoco lo son del tipo de respuestas individuales que solemos dar – hipótesis de la especificidad -.

6. Cuando generamos estrés de evaluación, los tiempos de reacción de

los individuos, dependen más del estado, que del rasgo de ansiedad. Es decir, bajo estas condiciones, el procesamiento atencional de los sujetos depende más de la fuente de estrés, que de las características en rasgo que presenten.