Hoy partió para la espiritualidad mi adorado padrecito. Una separación más, momentánea, que me ocasiona mucho dolor. Fue un padre perfecto. Esposo ejemplar, hombre profundamente honesto, humano, amigo de los pobres. Todos los empleados que venían a verlo por última vez, lloraban.
Tuvo una vida de lucha y trabajo. A muy corta edad, perdió a su madre, la abuela Luisa que más tarde vine a saber que era la protectora de mi adorado Diógenes.
Mi padre, después de sufrir mucho a manos de su madrastra, fue entregado a sus padrinos.
A los trece años, ya vivía solito en la gran Capital de San Pablo.
Trabajaba, y con el dinero que ganaba, pagaba la pensión y la escuela. Estudiaba arquitectura. Cuando ya estaba muy adelantado en sus estudios, fue a pasear a Avaré, su ciudad natal, localizada en el interior de San Pablo.
Allá conoció a mamá, y cambió los estudios por el amor. Se casó. Él tenía diecinueve años y ella diecisiete. Fue el matrimonio más perfecto que vi en esta Tierra. Tuvieron seis hijos. Con el sudor de su trabajo, los educaron a todos, dejando, además, una pequeña herencia a cada uno.
Era tan esclarecido, que lo previno todo antes de su partida, no dándonos el menor trabajo. Repartió sus bienes entre los hijos, con derecho a usufructo para mamá.
Construyó su túmulo, mucho antes de su muerte, al que puso su nombre: “Familia Orlando Giunchetti”. El dinero que economizaba, lo dejó a nombre de mamá, para que pudiera atender a todos los gastos ocasionados después de su muerte. A pesar de ser muy feliz con mamá durante cincuenta y seis años de matrimonio, y de tener a todos los hijos muy unidos y cariñosos entre sí, sabía, como buen espiritista que era, que su hora se estaba acercando. Por eso lo preparó todo. Desencarnó víctima del corazón. Y como un gran hombre que era, aun enfermo desde hacía tres años, no guardó cama. Sufría con la dificultad que tenía para respirar. Fue de paseo a Campinas, y falleció allí. Falleció como yo siempre le había dicho a todos: “De pie, mostrando siempre su valor y la falta de temor a la muerte, ¡como todo espírita convencido!
El día anterior a la partida de papá, recibí la visita de Drausio.
Vea, lector, cómo mi hijo está trabajando ya.
Sucedió así: Por la madrugada, cuando comencé a despertar, oí voces en la puerta de mi habitación. Antes de regresar al cuerpo, le decía espiritualmente a mi esposo, que dormía a mi lado: “Vete a ver lo que sucedió, Drausio está aquí”. Repetí eso innumerables veces, pero él no me oyó. Quedé nerviosa. Repentinamente, Drausio entró tomándome por los brazos, y me dijo con ternura: “¡Calma, mamá! Vine a traerle calma. Usted va a necesitar estar en calma”.
Le respondí con esta pregunta: “¿Quién está allá afuera? ¿Vinieron a traer noticias del abuelo? ¿Él desencarnó?”
Mi hijo, procurando calmarme, dijo: “Todavía no. Vine para proporcionarle calma y atender al pedido de Carlos Alberto”.
Volví a preguntar: “¿Quién es Carlos Alberto? No conozco a nadie con ese nombre”.
A lo que él respondió: “La mamá de él vendrá hoy aquí”. Desperté por completo. Como siempre, oré por mis hijos. Antes de dormirme nuevamente, me desprendí y fui hasta la casa de Nena. La misma hermana a la cual voy siempre en espíritu, a contarle mis comunicaciones con mis hijos.
Al llegar allí, me encontré con mamá y con Nena, en el jardín, bajo una mata de mangos.
Nena vino a mi encuentro. La abracé y le conté mi encuentro con Drausio. Al final de la narración, le dije: “A pesar de haber visto a mi querido hijo Drausio, estoy muy triste porque hace tiempo que no veo a Diógenes”.
Mientras hablaba así, puse mi atención en mamá, que conversaba con una criatura que se hallaba subida al árbol. Ella le decía; “Desciende Diogenito, mi bien, pues te vas a caer y a lastimarte”.
Así era como ella llamaba siempre a mi hijo, cuando se hallaba encarnado: Diogenito.
Lo tomó en sus brazos y me lo entregó. Lo besé numerosas veces. Regresé al cuerpo, después, dormí tranquila. Al fin, había visto a mi querido hijo Diógenes.
Por la tarde, ya había olvidado lo que había sucedido, cuando fui visitada por una señora que hace tres años perdió un hijo, y desgraciadamente, hasta hoy no se conformó. Estuvo
internada en el hospital varias veces. Se rebeló hasta contra Dios, aun habiendo muerto su hijo de una enfermedad, cercado de todos los cuidados.
En medio de nuestra conversación, ella me confesó que si no fuera por el estado de abatimiento moral, en que debía hallarme por la pérdida de mis hijos, me pediría que la ayudara. Incontinente, le expliqué que solamente podría ayudarla por mediación de una oración.
Aceptó. Acostumbro a orar en voz alta, con palabras que me salen espontáneamente del corazón. Cuando ya estaba en oración, le pregunté: “¿Cómo se llamaba su hijo?”
Ella respondió: “Carlos Alberto”.
Como se ve, en esta labor cooperó Drausio. Al día siguiente, falleció papá.
A pesar de amarlo con todo mi amor filial, me mantuve en calma, auxiliando además a los otros familiares menos esclarecidos.
¡Que Dios te lo pague, Drausio! Tú me trajiste esa calma. ¡Loado sea Dios!