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El valor ontológico y la bondad objetiva de la actividad humana

2. Contribuciones de la filosofía a la elaboración de categorías teológicas generales

1.4 El valor ontológico y la bondad objetiva de la actividad humana

Teniendo en cuenta la pluralidad de expresiones y la diversidad de comprensiones de la actividad humana en el mundo, nuestra propuesta de fundamentos para una teología de la acción, opta por considerar más el aspecto teológico-antropológico como objeto y conocimiento de la misma. Se puede aclarar que se trata de una reflexión sobre la ontología de la acción humana en toda su generalidad que da consistencia a los fundamentos de una teología de la acción humana en relación con la acción de Dios. Allí, el ser humano en cuanto sujeto actuante se comprende en su realidad de imago Dei y como continuador obediente y libre de la obra de la nueva creación en Cristo Jesús. De hecho, la obediencia en la actividad humana se entiende como una actitud de escucha auténtica del hombre libre

20 Ver Gaudium et Spes; nos 73y 92. 21Ibid., n° 10.

y corresponsable en la construcción del Reino de Dios en Cristo su Hijo. En este caso, el hombre en la realización responsable de sus actividades se revela como co-creador por la gracia de Dios y por sus actividades transformadoras en el mundo. Por ello, la reflexión sobre la ontología de la acción humana se diferencia en nuestra reflexión de otros estudios especiales, como por ejemplo de una ontología fundamental que es precisamente la metafísica de la existencia para Heidegger.22 La misión de la ontología fundamental sería en este caso el descubrimiento de la constitución del ser de la existencia, por ello, se averigua aquello que constituye el fundamento de la existencia, es decir, su finitud. Sin embargo, la identificación de la ontología de la acción humana, nos permite superar los límites de una teoría de la acción reductiva sólo a un sistema de categorías antropológicas para poder extender nuestra reflexión a la bondad de la actividad humana con categorías teológicas.

A partir de lo anterior, precisamos que hablamos de una ontología de la acción humana en sentido propiamente fenomenológico de la acción humana. Por eso, nuestra prospección investigativa considerará dos vías complementarias: 1) una matriz antropológico-teológica, una auto-comprensión del sentido de la acción del hombre en su condición de ser creado a imagen y semejanza de Dios; 2) una relectura teológica de la acción de un Dios intrínsecamente trinitario, que se revela al hombre a través de sus acciones redentoras en su Hijo por el Espíritu y en las acciones de la misma creatura. Estas dos vías complementarias nos permiten proponer una teología de la acción con una dimensión de la acción de un Dios trinitario la cual supera una visión precaria y estrecha de la acción humana para insinuar de este modo un camino central expresado en términos teológicos. De esta manera, esta teología de la acción tomará como objeto la acción humana en corresponsabilidad con el Dios de Jesús en el marco de una memoria histórica viva para hoy, es decir, una cultura del recuerdo vivo que estimula la esperanza y la sensibilidad para el futuro de las sociedades.23 Así, la participación de la actividad del hombre a ejemplo de Cristo (imago Christi) en el espacio público adquiere el sentido de testimonio, de liberación humana, y de comunión con los otros hombres tal como lo aproxima Gaudium et Spes en su tercer capítulo, en oposición a una teología meramente teórico-especulativa.

22 Ver Ferrater-Mora, Diccionario de filosofía, t. III, 2625. 23 Ver Metz, Por una cultura de la memoria, 3-6.

La relación de comunión del ser humano con su Dios implica que la acción humana esté en sintonía con la acción de su Creador, es decir, se establezca como un complemento necesario de la participación de la bondad divina y, el esfuerzo del hombre es también una respuesta a la misma acción de Dios. Para ello, hemos dicho que la actividad humana tiene en sí un valor ontológico-antropológico objetivo en su cooperación con la acción creadora divina. Por tanto, la bondad objetiva de la acción que procede del hombre también se ordena también al hombre y lo perfecciona. Si no hay perfección, no hay respuesta libre a la acción divina.

Sin embargo, la distorsión de la acción humana es el pecado el cual reversa el progreso cuando se subvierte la jerarquía de valores y se deja que prevalezca el egoísmo personal y social.24 La solución al pecado está en Cristo, el Único que puede aportar a la historia la sanación redentora y la esperanza escatológica que confiere a la actividad humana una finalidad de plenitud pascual. Esta afirmación anterior la desarrollaremos en el próximo capítulo en el que expondremos la importancia de misterio del misterio pascual como acción redentora de Jesús. Por ahora, afirmamos con la Gaudium et Spes que la actividad humana individual o colectiva es la participación positiva del género humano en la obra creadora de Dios.25 Por eso, los hombres y mujeres, mientras buscan sus bienes particulares y el sustento para sí y su familia, están realizado su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad; y a la vez, desarrollan la obra creadora en la historia. Sin embargo, cuanto más se acrecienta el poder del hombre, tanto más amplia es su responsabilidad individual y colectiva para la edificación de un mundo más solidario y humanizado. El hombre al actuar con sabiduría y conciencia, se autoedifica, camina hacia su propia realización siguiendo el dinamismo creador.

Los padres conciliares del Vaticano II, al reflexionar sobre el sentido de la actividad humana, se dieron cuenta de todo lo que hemos dicho anteriormente. Por eso, ellos buscaban un Concilio que actualizara a la Iglesia, adecuando su mensaje a los tiempos modernos y afrontando los nuevos problemas humanos, económicos y sociales. Además de sus búsquedas, los padres de la Iglesia hacían una llamada peculiar a los teólogos para que

24 Ver Gaudium et Spes, n° 37. 25 Ibid., no 34.

“busquen siempre un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época; porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas conservando el mismo sentido y el mismo significado”.26 Así se vislumbra la función de un teólogo de la acción como una relectura de la realidad actual, de la revelación de Dios que está sucediendo en las culturas y las sociedades de hoy así como en las comunidades de vida de fe. Además del interés por preguntar el sentido de la actividad humana, la eclesiología que se deriva del Vaticano II permite a toda teología católica descubrir nuevos campos y nuevos objetos de reflexión como formas de respuestas a la actividad de Dios en el mundo. En esta óptica, la visión antropocéntrico-eclesiológica del Concilio Vaticano II se define como una exigencia del origen mismo de la Iglesia servidora del Reino. La preocupación por servir al hombre influyó de modo tan decisivo en el Vaticano II que esta preocupación ha cambiado muchos aspectos en la vida eclesial suministrando a la teología actual el insumo antropológico de una manera más elevada. La actividad humana en su bondad objetiva está ligada también a la vocación del hombre en relación con la Revelación gratuita de Dios. La vocación tiene que ver con el “llamamiento que Dios hace oír al hombre que ha escogido y al que destina a una obra particular en su designio de salvación y en el destino de su pueblo”.27 Así pues, este llamamiento es personal y se dirige a la conciencia más profunda del individuo; y modifica radicalmente su existencia. Todos los hombres estamos llamados a ubicarnos entre el creciente movimiento de socialización por una parte, y la personalización, por otra. El hombre de manera personal entra seguro en el proceso de socialización. Por lo que concierne al perfeccionamiento de la actividad humana o a la posibilidad de responder a la vocación individual y social del hombre, surge como criterio la valoración de la misma actividad: el hombre, en efecto, con su actividad, no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo o más bien se dignifica con una dignidad que está en su ser y que no desaparece sin más con el error. La dignidad de la persona humana, sostenida por su altísima vocación, implica, por su propia naturaleza, una misión en el escenario del mundo entero.

26 Ver Gaudium et Spes, n° 62.