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Una sociedad sin valores, sin referencias y en la que la relación familiar y parental está reducida al mínimo, constituye otros tantos gérmenes para los conflictos de la personalidad en maduración.

La ausencia de valores es también ausencia de moral. Las nociones del bien y del mal, de lo bello y de lo feo han caído frente a la sentencia que coloreó los muros de París en mayo del 68: «Prohibido prohibir».

Los valores, lejos de ser un repliegue sobre uno mismo, se concretan en la acción. Son ideas-fuerza, opiniones, convicciones que sentimos profundamente y que nos conducen, sin dictarlas, a acciones que orientan nuestra vida.

Los valores nos evitan, sobre todo, estar a merced de nuestras emociones del momento, de las pulsiones o de las reacciones a las presiones exteriores. Se dice que «un hombre es verdaderamente un hombre cuando lo ha cuestionado todo al menos una vez en su vida». Lo que no quiere decir que haya rechazado todo. Es el momento de interrogarnos sobre esos valores que construyen nuestra vida.

A menudo, nuestro sistema de valores es el resultado de valores vividos, asimilados y transmitidos por la larga cadena de nuestros predecesores, como la religión, las reglas de la vida social, la educación… En suma, normas. Si esos valores heredados son aún actuales y benéficos para nosotros una vez que hemos llegado a la edad adulta, no hay nada que decir. Sin embargo, ¿cómo estar seguros de esto? ¿Cómo descubrirlos, encontrarlos o reconocerlos, si las circunstancias de la vida nos han alejado de ellos? Seamos los buscadores de nuestra vida acumulando tanta información como sea posible sobre nosotros mismos, antes de transmitirla a nuestra vez o de separarnos de ella porque es inútil.

¡Planteémonos las preguntas correctas! Ya que nuestros sentimientos son los mensajeros de nuestros valores y de nuestras necesidades, ¿qué sentimientos tenemos? ¿Con qué criterios efectuamos nuestras elecciones, tomamos nuestras decisiones? ¿Cómo reaccionamos a las críticas y a los mensajes de aprecio? ¿Cómo captamos y acogemos los valores de los otros? ¿Cómo hemos adoptado nuevos valores y cuáles han sido los motivos? ¿Quién, qué, nos ha influenciado?

Aceptan, tal como son, los valores de nuestros padres sin confrontarlos con otros que nos son desconocidos, incluso detestables, corremos el riesgo de no aprender a sopesar los pros y los contras y llegar a ser incapaces de elaborar nuestras propias elecciones. Únicamente somos periquitos con colores de aburrimiento. Cuanto más claros seamos con nuestras decisiones, más dueños de nuestra vida seremos.

Como hemos dicho, nuestros valores son nuestras reglas de vida. Y hay que saber que existen dos escalas de valores: una, ideal (el altruismo que conduce a amar a nuestros enemigos), y otra, real, casi totalmente centrada en nuestras necesidades y su satisfacción. Interesarnos y trabajar en el tema de los valores sienta las bases del desarrollo afectivo y social, así como del cambio positivo. Participamos en la evolución del mundo despertando nuestro potencial personal y por lo tanto participando en el despertar del potencial de los otros.

Las jóvenes generaciones se ven forzadas a tomar más decisiones que las precedentes, pues reciben (¿sufren?) influencias hasta ahora desconocidas o casi: la televisión, las revistas, las películas, los medios de comunicación en general, la publicidad en particular. ¿Cómo abordar esas oleadas de influencias cuando se sabe que medio minuto de publicidad bien hecha conduce a una de cada dos amas de casa a la compra del producto anunciado? ¿Qué decir de los mensajes vehiculados durante una película de casi dos horas? En tales lapsos de tiempo, ¿cuántos valores teñidos de esteticismo o de violencia se nos transmiten sin darnos cuenta? Asaltados por todas las partes por el bombardeo mediático, los valores de los padres se pierden, se difuminan poco a poco bajo el efecto conjugado del «modismo» y de la modernidad. Más aún cuando los padres vehiculan a menudo valores ideales contradichos por los comportamientos de sus valores reales, una especie de «Haz lo que yo digo, pero no hagas lo que yo hago».

¿Cómo podrán elegir los adolescentes en su alma y en su conciencia, ante tal desfase entre los valores ideales, muy a menudo basados en la abnegación y el esfuerzo, y los reales, el egoísmo de la supervivencia? Enfrentados a esta ambivalencia, no hay muchas dudas de que elegirán lo fácil. El sermón que es mal recibido por el que lo identifica debido a que le ha supuesto una mala experiencia, es, por tanto, estéril, pues las lecciones morales eran el principal medio del adulto para imponer sutilmente sus valores personales. Un adulto que piensa que sus valores personales serán buenos para sus hijos, porque le han permitido responder a las demandas de la sociedad, o porque han enriquecido su vida, podrá transmitirlos con naturalidad.

Además hace falta que los padres vivan en conciencia y en conocimiento sus propios valores y que acepten las obligaciones de su aplicación. Sin duda, está lejos el tiempo de los dogmas y de los axiomas inverificables. Los niños son los primeros en

Por esto hay que volver a dar prioridad al conocimiento de nuestros valores, los que dirigen, dan un sentido, una dirección a nuestra vida. La conciencia de uno mismo en primer lugar y la ayuda de los padres después –de acuerdo con su enseñanza y con la experimentación personal de sus propios valores– permitirán a los adolescentes ver más claro en ellos mismos.

El comienzo de la conciencia de sí es haber aceptado exponerse a las ideas y a los valores de los otros y confrontarse con ellos, haber acogido puntos de vista diferentes de los propios, tomando conciencia de que la falta de seguridad lo vuelve a uno defensivo o demasiado influenciable. Encontrar su lugar, único y específico, en el seno de una comunidad de seres. La conciencia de sí permite también establecer nuestros valores en el curso de diálogos, de discusiones que son confrontaciones inconscientes.

Conocer el orden de nuestras prioridades sigue siendo un asunto personal. Ese orden podrá evolucionar o cambiar en función de la transformación de nuestras necesidades personales, de nuestra edad, de nuestro tejido social evolutivo y de nuestras experiencias. Un orden inmutable, transmitido íntegramente, sin ni siquiera adaptarnos a las mutaciones funcionales, tiene un nombre: el orden moral.

¿Qué debemos elegir? ¿La amistad o la franqueza? ¿La educación de los niños o la preservación de su carrera profesional y el mantenimiento de sus ingresos? ¿La salud o la pasión? ¿El éxito arriesgado o la vida tranquila? ¿Aceptar y transmitir los valores de los padres, o dejarlos de lado porque son de otra época? ¿Qué valores sociales elegir y cuáles combatir? Muchas preguntas y muchas elecciones. Hay que afrontarlas libremente, sin coacciones.

Tomar uno sus propias decisiones es sano, incluso vital. Todas son legítimas si no son efecto de una presión perniciosa y malintencionada, de una influencia que tienda a sofocar el libre albedrío.

Otro medio: examinar las consecuencias de las decisiones propias y evaluarlas según el efecto sentido. ¿Me siento orgulloso de mis valores? ¿Soy capaz de expresarlos abiertamente, de traducirlos en gestos, en comportamientos reales? ¿He elegido mis valores conscientemente? A contrario, también podemos buscar nuestras propias incongruencias y las de los otros; por ejemplo, criticar la política y no ir a votar, hacer trampas en el juego y al mismo tiempo querer inculcar la honradez…

Frecuentemente las diferencias en el repertorio de valores son fuente de dificultades en la relación humana. Entonces se habla de colisión de valores, cuando el conjunto de desacuerdos se basa en un enfoque diferente de cada valor a través de la experimentación personal de dos o varios individuos. Si el adulto no tiene conciencia de sus valores o no ha llegado a distinguir los suyos de los que le han sido legados por sus padres o por su entorno social, estará poco inclinado a guiar a sus hijos por caminos que

aún son arriesgados para él. Sin embargo, aunque el niño no necesita que se decida por él, sí necesita ayuda, sostén, información para pensar en establecer su propia escala de prioridades.

Esta es la razón por la que el método de clarificación de valores de Sydney Simon[12] no se detiene en el contenido de los valores, sino en un proceso que lleva a una elección para traducir en gestos los comportamientos y los valores elegidos conscientemente.

1. Elegir en tres etapas:

– Investigar las opciones que uno tiene, sus convicciones, sus actos. ¿Qué me gusta hacer…?

– Examinar las consecuencias. ¿Qué ocurriría si…?

– Decidir libremente. ¿Es esto lo que quiero verdaderamente?

2. Estar orgulloso de sus convicciones y de sus actos:

– Centrarse en lo positivo. ¿Estoy feliz y orgulloso de ello?

– Comunicar. ¿Hablo de ello cada vez que tengo ocasión de hacerlo?

3. Actuar según las convicciones propias:

¿Traduzco siempre mis valores en actos, ocurra lo que ocurra?

– Integrar las decisiones. ¿Qué puedo hacer y volver a hacer?

En este modelo de clarificación, y para actualizar tus valores respecto a tus actos, puedes añadir la siguiente pregunta: «¿Hago verdaderamente lo que quiero con mi vida?». Para responderla, basta con hacer una lista de diez actividades que te gusta, o gustaría realiuzar. Después, enumera las razones, los frenos, las buenas excusas, la falta de motivación, etc. Esta lista te indicará la importancia que das a tus actividades, las que

hijos cuando estén seguros de que sus valores los van a beneficiar. Abstenerse de ello es caer en el esquema mencionado precedentemente en el que los padres, traumatizados ellos mismos o con conflictos de infancia, dejan desmoronarse referencias y valores y corren el peligro de no proponer ningún modelo coherente a sus hijos.

No olvidemos que la ejemplaridad sigue siendo el medio más sutil, el más suave y el más fuerte a la vez para ejercer nuestra influencia en la conciencia de los niños dentro del marco de relaciones «normalmente» buenas.

Ser ejemplos, no modelos. Para que vuestra influencia sea real y efectiva, debe ser real y auténtica; por ejemplo, obligaros a acompañar a vuestro hijo a misa porque deseáis que reciba formación religiosa. Cuando llegue a la edad de elegir, decidirá por sí mismo si continúa esa vía o no. Si no lo desea, ya nada os obliga a ir a misa. Pero al menos, a lo largo de todo su camino, habréis sido coherentes.

Respecto a esto, el diagnóstico de Tony Anatrella sobre la responsabilidad y la ejemplaridad de los padres en el proceso de elaboración individual nos aporta claridad: «El entorno se ha vuelto igualmente menos educativo, pues numerosos adultos no siempre saben situarse respecto a los niños y los adolescentes. Se quejan de no saber cómo ser educadores y les domina la duda sobre lo que hay que transmitir, sobre cómo respetar la libertad del niño, y orientarlo en sus decisiones. La prensa nos habla a menudo del “malestar de los jóvenes”. […] Sin duda sería más justo evocar el malestar de los adultos frente a los jóvenes…

»De los adultos que dudan de su rol, que se sitúan en igualdad con los niños y que piensan que estos últimos poseen en sí todos los elementos para comprender la realidad y desarrollarse solos. Según eso no tienen nada que enseñarles, pero los niños, como los adolescentes, no desarrollan su deseo y su autonomía más que en la medida en que están en contacto con adultos que les aportan con qué construirse. La libertad no existe en sí misma; se adquiere gracias a la educación».

El valor humano, el valor personal proviene de nuestra fuente interior. La búsqueda de nuestros valores, de nuestro valor, nos conduce directamente a esa fuente original, que, a partir de las emociones, atraviesa el filtro de los valores. Nuestros valores son guías adoptadas para motivar nuestra conducta, sean materiales, a ras de tierra o más elevados, espirituales.

No es menos indispensable disponer de nuestra propia jerarquía de valores, los más simples, que gestionan lo cotidiano casi inconscientemente o los comportamientos básicos de nuestra vida, y los más elevados, que necesitan una afirmación, una aceptación y son una elección de vida. A condición de que los primeros no hipotequen los segundos. En efecto, en lo cotidiano, nuestros valores materiales entran en colisión y son fuente de conflictos y de tensiones que llegan a hacernos olvidar nuestros valores ideales.

Así, ¿es por convicción o por rutina por lo que nos levantamos por la mañana, nos vestimos de una u otra manera, estudiamos, trabajamos, hacemos regalos? No se trata de enumerar cada mañana el porqué de todas nuestras acciones. Tal enumeración conduciría al inmovilismo. Simplemente se trata de parar de vez en cuando y preguntarnos nuestras motivaciones y lo que hace que elijamos una u otra solución. Y veremos entonces que no estamos muy lejos de nuestros valores.

Incluso disponiendo de una escala coherente de valores, no nos faltarán temas de confusión. Constantemente nos enfrentamos a decisiones banales o importantes, seamos niños, adolescentes o adultos. Para que esas colisiones no se transformen en indecisiones torturadoras, estemos en primer lugar a la escucha de nosotros mismos, de nuestras necesidades fisiológicas, morales y psicológicas. Conociendo nuestros gustos, nuestros valores, nuestros criterios de decisión, evitaremos la pérdida de tiempo y la incomodidad del vacío en espera de la inspiración, la ocasión… Los libros de Sydney Simon están llenos de juegos y de ejercicios para hacer uno mismo y para que los hagan los niños y los adolescentes.

Cotidianamente se viven ocasiones de desacuerdo entre adultos, entre niños y adultos. Son colisiones de valores o de necesidades antagónicas que se expresan en el mismo momento. Si el desacuerdo persiste o se transforma en conflicto, es momento de ponerse en cuestión. ¿Estoy verdaderamente seguro de que mis valores son los mejores? También es momento de medir la tolerancia propia. ¿Soy capaz de vivir con personas que no comparten por entero todos mis valores? Es la hora de la comunicación. ¿Qué ejemplo he dado a mis hijos? Mi relación con ellos ¿los incita a escucharme, a respetarme o, por el contrario, a hacerme frente?

Es así como se construye la relación. Poco a poco. Cambiar lo que se puede cambiar, aceptar lo que no se puede cambiar y la sabiduría de ver la diferencia.

Los valores, elaborados pacientemente obedeciendo a las experiencias vividas, a las emociones sentidas, son el cemento que une entre sí las estructuras de nuestra personalidad. Perduran durante la vida adulta y aseguran una forma de equilibrio, pero se labran desde la infancia y toman cuerpo en el crítico momento de la adolescencia y de la post-adolescencia, antes de la entrada de lleno en la vida adulta. En ese momento es cuando la relación educativa debe intervenir. Y si bien el diálogo es siempre importante,

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