4. Contexto socio-histórico
4.1. Un panorama introductorio
4.1.6. Valores y sociedad
Según Gilles Lipovetsky (1994:11), nuestra época se caracteriza por un gran vaivén cultural en el cual se ha instaurado una “ética del tercer tipo”, cuyo modelo ya no se encuentra ni en la moral religiosa tradicional ni en el moderno deber laico.
Para el Occidente cristiano hasta el comienzo de la Ilustración, la moral es de esencia teológica. Dios es la única guía, y sólo a través de la fe puede conocerse la virtud. Todas las reglas morales deben basarse en la revelación ya que el hombre, por sí mismo, no puede conocer ni actuar lo justo. El motivo de la práctica de la virtud no es el respeto moral del hombre, sino la voluntad y gloria de Dios.
A partir de la Ilustración, se sentaron las bases de una moral independiente de la religión. La exigencia ética toma el lugar de la adoración mística; los deberes hacia los hombres son ahora más importantes que los deberes hacia Dios. Ya en 1686, adelantándose al pensamiento moderno, Bayle afirmaba:
Todo dogma particular, sea expuesto, sea contenido en las escrituras, sea que se proponga por cualquier otro medio, es falso cuando es refutado por las nociones claras y distintas de luz natural, principalmente con respecto a la moral ( Lipovetsky, 1994:32).
Ya no era entonces necesario tener como guía la Revelación, y se podía abandonar la idea de castigos y recompensas de una vida en el más allá. Esta nueva ética moderna laica se instala y permanece durante un largo período que va desde 1700 a 1950. Al independizarse de la religión, se basa, sin embargo, en la noción de deuda infinita, de deber absoluto, que es uno de sus fundamentos. Se propaga, entonces, la idea de obligación moral, de los deberes que el hombre tiene consigo mismo y como ciudadano, estableciéndose austeras normas en lo referente a la vida privada, como el espíritu de disciplina y el dominio personal. También, se inculca el sacrificio de la persona en pro de la familia y la patria. De esta forma, los deberes que antes el individuo profesaba hacia Dios son ahora trasladados al ámbito personal, hacia los otros y hacia la sociedad, transformándose en una verdadera religión laica. El abandono de los dogmas cristianos se contrarresta con la supremacía de los valores éticos; es ahora el imperativo moral lo que determina el juzgamiento de las acciones humanas.
Es así que hasta mediados del siglo XX, los derechos individuales se equilibraban con la fuerza del concepto del deber, promoviéndose los deberes hacia uno mismo y hacia nuestros semejantes, el desinterés y olvido de sí mismo, la purificación de las costumbres privadas y públicas, la obediencia, etc., constituyéndose una ética laica como base del orden social.
Ya en la segunda mitad del siglo XVIII, Rosseau establecía la prioridad de subordinar los intereses personales a la voluntad general. El jacobinismo revolucionario atacó al maquiavelismo y al utilitarismo, promoviendo el triunfo de la
moral sobre los intereses personales. Se exaltaron la fidelidad, la probidad, la devoción, la pureza de corazón, entre otras virtudes.
Este ideal cívico y patriótico se mantendrá durante el siglo XIX, tendiente a formar buenos ciudadanos y heroicos soldados, destacando la importancia de morir por la patria, la subordinación a la ley y el servicio desinteresado a los demás. En Francia, en las escuelas, se generaliza el uso de manuales de instrucción moral y cívica para inculcar, desde muy temprano, la preeminencia de estos deberes. Durkheim sostenía que la patria era el fin supremo de la conducta moral, y que por ello la educación era la base fundamental para relacionar al niño con su entorno social. Se afirmaba que al estar los hombres mejor instruidos en cuanto a sus deberes, se convertirían en personas más justas y virtuosas, alejadas ya de falsos conceptos religiosos. De esta forma, al construirse una moral humana y social sólida, retrocederían las conductas equivocadas.
Esta conducta basada en el deber se ve claramente reflejada en el ámbito de la vida sexual, la educación y la familia. Los higienistas del siglo XIX establecen rígidas prohibiciones en lo referente a la vida sexual marital, condenando la homosexualidad, la masturbación y otras irregularidades, con la misma severidad que antes lo hacía la Iglesia. Sin embargo, esta severidad medía de diferente forma los desvíos masculinos de los femeninos, consintiéndose, en parte, a los primeros y exigiéndose, en contrapartida, una conducta femenina que sostenía como principales valores la castidad y la virginidad, como condición para el matrimonio. Hacia 1950, la sexualidad era considerada un tema prohibido dentro de la familia y en la escuela. Sin embargo, la práctica del aborto, los métodos anticonceptivos, las relaciones prematrimoniales y la difusión del desnudo femenino en el teatro y la fotografía, fueron generando paulatinos cambios en los valores y costumbres, perfilándose una acentuada tendencia al individualismo, como la libertad de expresión, la valoración de los sentimientos, el autocontrol, las familias menos numerosas, etc. Si bien las sociedades modernas privilegiarán los derechos del individuo, también imponen los deberes de una moral social, familiar y sexual que contrarresten los peligros individualistas que puedan llevar a un goce ilimitado y anárquico.
Luego de este primer período, desde mediados del siglo pasado se va cimentando una nueva lógica tendiente a hacer desaparecer el propio deber. Las sociedades democráticas han ido gestando lo que se ha dado en llamar sociedad postmoralista, una sociedad que rechaza el deber austero y privilegia los derechos individuales a vivir una vida autónoma, a disfrutar del placer y a obtener la felicidad. El espíritu del deber no desaparece pero ya no es socialmente preponderante.
En la actitud “pos-moderna” ya no se cree en la idea de progreso y en la de realidad objetiva. La descripciones de las ciencias humanas no son consideradas más como “científicas” sino como “narraciones”. Son descripciones que tienen valor histórico de “verdades sociales” pero no valor absoluto, definitivo, atemporal, como
las leyes físicas. La idea de progreso es sustituida por la idea de “fin de la historia”: ya no hay progreso en el sentido de superación.
La actitud pos-moderna invade también el campo de la disciplinas físicas: así, son varios los físicos teóricos que describen las teorías cosmológicas - el Big-Bang, por ejemplo- ya no como hechos “objetivos”, es decir realmente sucedidos, sino como “narraciones” que son el resultado de una manera históricamente específica de observar la realidad física y de juntar datos recogidos separadamente. En otras palabras, en una visión pos-moderna hay un relativismo absoluto y la descalificación de propuestas nuevas. En general, los pos-modernos rechazan las ideologías “modernas” del siglo XIX pero no ponen en cuestión el armado general del racionalismo científico que todavía utilizan. Mezclan aspectos de distintas ideologías, actitud que le parece libertaria y creativa permitiendo romper esquemas. En el fondo, el pos-modernismo conlleva algo profundamente trágico: el nihilismo. Los pos-modernos entienden la imposibilidad de utilizar, en las ciencias humanas (y en algunos casos en las ciencias físicas), los esquemas del siglo XIX de los cuales denuncian las contradicciones y los aspectos perversos; pero son incapaces de formular algún modelo nuevo, considerando toda alternativa una impostura más. El pos-modernismo disuelve las ilusiones de la modernidad pero queda en el vacío. La sociedad actual ya no es “moderna”, aunque queda todo un substrato de creencias de la modernidad que se van rápidamente disolviendo. El pos-modernismo, a diferencia de la modernidad que era ingenuamente optimista, lleva una carga pesimista, de desilusión, una carga trágica de nihilismo.
Para Lipovetsky (1994:46), a partir de 1950 van surgiendo nuevos valores morales que ya no se fundamentan en el culto al deber. Serán ahora los mandatos de la felicidad, el estímulo de los sentidos, el deseo, los consejos de la psicología, quienes regulen la conducta del individuo. La causa principal de estos cambios puede encontrarse en la nueva lógica consumista que privilegió la felicidad sobre el mandato moral y los placeres sobre la prohibición. El deseo será ahora exacerbado y liberado de culpa. El nuevo dogma se apoyará sobre el goce del presente, el cuerpo y la comodidad, promoviendo la supremacía individual. A los antiguos rigores del deber se imponen ahora la seducción y la tentación a través de mensajes mediáticos eufóricos y sensuales. Incidiendo notablemente en este cambio, cabe mencionar la influencia de las teorías marxistas, freudianas, nietzscheanas y estructuralistas, que promovieron el abandono de la moral del deber atacando las virtudes represivas y normalizadoras de la familia, las costumbres y el capital. Asistimos, entonces, a un cultura que no sólo elimina la autoridad y el puritanismo, sino que crea nuevas exigencias en los mandatos de eterna juventud, belleza dentro de ciertos cánones estéticos, cuidado del cuerpo, éxito profesional, etc.
Susan Linn(2005) afirma que el marketing vende los valores junto con los productos y considera que esto es particularmente pernicioso con relación a la
infancia. Comenta, a modo de ejemplo, un spot televisivo de la empresa McDonalds en el cual se ve a un grupo de niños recorriendo un museo, cuyos rostros expresan aburrimiento. De pronto aparece el personaje Ronald McDonalds y todo cambia, transportándolos a un mundo pleno de colores, alegría y diversión. La autora sostiene que el valor primario que se quiere comunicar es que los productos nos harán más felices, pero depender del consumo para ser felices sólo nos llevará a necesitar cada vez más consumo. La presión al consumo, es en el fondo, la herramienta que las empresas utilizan para manejar las ansiedades, el descontento y la vulnerabilidad de millones de personas.
Erich Fromm (1998:114) expresa que la sociedad moderna afecta al hombre de dos formas, por un lado lo hace más independiente y más crítico, dándole mayor confianza en sí mismo, pero por otro lado lo deja más solo, aislado y atemorizado.
Afirma Lipovetsky (1994: 53) que en esta cultura postmoralista el bienestar ha tomado el lugar de Dios y la publicidad se ha convertido en su profeta. Los objetos y las marcas han suplantado el discurso moral, y tienen más “prensa”, porque las necesidades materiales le han ganado la batalla a la virtud. La relación del hombre con las cosas ha tomado primacía en comparación con la relación del hombre con el hombre.Así, se irán presentando dos rostros de esta sociedad: integración y exclusión, autovigilancia higienista y autodestrucción, rechazo a la violencia y trivialización de la delincuencia.