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Vencedores y Vencidos

In document Brasil, Diplomatique (página 85-87)

2 | NOMRE CAPíTULO | TíTULO NOTA

LE MONDE DIPLOMATIQUE | eXPlorador 85 LE MONDE DIPLOMATIQUE | eXPlorador 85 sidente José Sarney–, el 61% de los habitantes no tiene

escolaridad básica y más del 50% no tiene un empleo formal. Ese medio es propicio, no para el descontento activo, sino para que el clan se mantenga al frente del Ejecutivo estadual desde hace más de 40 años.

Jaque a la corrupción

Pero quizás sean el ejercicio del poder judicial y la conducta de la clase política los campos en los que más se está poniendo en tela de juicio la relación his- tórica entre la sociedad, el poder y la ley. En abril de 1996 tuvo lugar la masacre de Eldorado dos Carajás, en la que 21 Sin Tierra protagonistas de un piquete fueron asesinados. La historia que siguió a la masa- cre es una de impunidad, debido principalmente a que la instrucción del sumario adoleció de todos los vicios. Recién en 2012, apenas los dos principales res- ponsables de la Policía Militar fueron condenados en firme (los hacendados civiles que habrían sobornado a los policías no fueron molestados, porque no había cómo hacerlo). Los 16 años transcurridos fueron una cadena de recursos judiciales que permitieron a los acusados mantenerse en libertad.

Los recursos judiciales (cuya presentación exi- ge expertise profesional y dinero) son, en verdad, la principal garantía que disponen los poderosos para mantenerse por encima de la ley una vez que han de- linquido. El tema ha recibido creciente atención en

la prensa, y existen proyectos de ley enderezados a conferir celeridad a los procesos neutralizando el empleo de recursos en caso de cuestiones juzgadas reiteradamente (súmula impeditiva de recursos), o a establecer el cumplimiento de la pena mientras se re- curre. Pero la élite parlamentaria es muy conserva- dora, y estos proyectos tramitan desde hace años en el Congreso. Como observa Cláudio GonçalvesCou- to, ni siquiera la actuación favorable de Cezar Peluso como presidente del Supremo Tribunal Federal re- movió los obstáculos.

En lo que se refiere a la corrupción –que también debe ser entendida como formando parte del bagaje de privilegios desde los tiempos coloniales– el pano- rama es más favorable. Históricamente, puede decir- se que la corrupción era aceptada como una regla de juego, por parte de la clase política y por parte de la sociedad. Pero ahora hay un quiebre: mientras que la ciudadanía ya no la tolera, la clase política sigue considerándola parte de las reglas y la práctica. En este ámbito sí ha habido movimientos surgidos del seno de la sociedad, que consiguieron vehiculizar propuestas concretas que acabaron plasmándose en nueva legislación. El caso más importante es la ley de

Ficha Limpa (2010) que prohíbe que políticos conde- nados en decisiones colegiadas de segunda instan- cia puedan ser candidatos. Fue el resultado de unos cuantos años de activación de la sociedad civil, que

el Brasil del futuro | Un vira-lata sin complejos

tensiones. Tradición y modernidad, miseria secular y pobreza neoliberal conviven en las ciudades del Brasil actual.

© Nag asima / Shu tt er st ock

el legado de getúlio Vargas El modelo introducido por el

Estado Novo de Getúlio Vargas

dio lugar a un movimiento popular, de ideología

nacionalista, que incorporaba al movimiento sindical, las clases medias y al empresariado. Este modelo nacional-estatista impulsó el desarrollo a través de la industrialización.

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culminaron en la presentación de un proyecto de ley acompañado de 1,3 millones de firmas.

Seguramente más conocido por los lectores es el caso del mensalão, en el que un grupo numeroso de miembros del Partido de los Trabajadores (PT) y al- tos funcionarios del Poder Ejecutivo fueron juzga- dos, y condenados, por la orquestación de un vasto sistema de compra de votos en la Cámara de Diputa- dos. El episodio, que tuvo su desenlace en 2012, le dio a la presidenta Dilma Rousseff margen de acción pa- ra intervenir en los cotos de caza de varios partidos de la coalición en diferentes ministerios.

Más allá de lo anecdótico, parece claro que hay una nueva agenda de la sociedad civil y que la per- cepción general es que la clase política (y no sólo en el tema de la corrupción; se cree que los políticos no acompañan los avances sociales, institucionales, etc.) va a remolque de la misma. La flamante crea- ción de un nuevo partido político, en torno a la figu- ra de Marina Silva, que se declara “ni de derecha ni de izquierda sino al frente”, tal vez pueda ser leída como algo más que populismo ramplón, y más bien como un intento de sintonizar con este espíritu de la opinión pública.

Acaso Brasil esté dando pasos, en lo que toca al gobierno igualitario de la ley, en la clave de su sem- piterna tradición de composición y transigencia. Más que cabezas cortadas, cabe esperar que los miembros más hábiles –y no sólo los más hones- tos– de una clase política afectada endémicamente por la corrupción y por el usufructo arbitrario de privilegios, se adapten algo más que gatopardís- ticamente a los nuevos tiempos. Pero creo que la nueva relación entre la sociedad y la ley llegó pa- ra quedarse. Inclusive por razones crematísticas; cabe observar que entre 1988 y 2005 la carga tri- butaria aumentó un 88% (según el Instituto Brasi- lero de Planeamiento Tributario), y que la presión tributaria alcanzó el 32,4% del PIB en 2010, lo que crea una demanda de fiscalización difícilmente contrarrestable. Y quizás mucho de lo hecho por el gobierno Lula, al presidir la difícil irrupción del PT en la escena política federal, en materia de con- figuración coalicional, pueda leerse como la aten- ción, más o menos maquiaveliana, del dilema entre ética y gobernabilidad. Pero la proximidad con la política patrimonial tradicional no tiene muchas chances de recibir una consagración ciudadana en estos términos. Y en verdad si Lula puede ser en- tendido como líder político, es debido a su desem- peño eficaz como nexo entre la política convencio- nal y la sociedad: “Gobernar es hacer lo que Marta (Suplicy) hizo, es mirar a los más pobres. Todo el mundo necesita de un gobernador. Pero el rico no necesita ni un presidente ni un gobernador”. Jun- to a una baja valoración de la democracia, Brasil cuenta con índices de desconfianza interpersonal entre los más altos del mundo. En esa circunstan- cia, la capacidad de generación de confianza es un Entre sus tantas particularidades, Brasil construyó una de las pocas ciuda-

des planificadas del mundo: la monumental Brasilia. Allá por 1960, bajo el lema “50 años en 5”, el presidente Juscelino Kubitschek (1956-1961) im- pulsó un ambicioso proyecto para recuperar 50 años de atraso en 5 de go- bierno. Este proyecto consistió en modernizar el país mediante la indus- trialización y la urbanización, lo cual implicaba, a su vez, independizarlo de la tradición colonial, rural y patriarcal que, aún a mediados del siglo XX, lo sumía en el subdesarrollo. Se pretendía “mirar hacia adentro”, para inte- grar un vasto territorio, desigualmente poblado y desarrollado, que, vol- cado exclusivamente hacia el litoral, olvidaba grandes regiones del país ubicadas en zonas geográficamente menos favorecidas.

Estos objetivos formaron parte del denominado “Plan de Metas”, que comprendía un programa de inversiones en sectores clave de la econo- mía brasileña, como energía, transportes, alimentación, industrias de base y educación, y que afirmaría la supremacía de la burguesía indus- trial. La construcción de Brasilia, la futura capital del país, funcionó como la síntesis de este plan: el símbolo de un nuevo Brasil. El traslado de la ca- pital al centro del país, con todo lo que ello implicaba, supondría la inte- gración de la nación. Se trataba de un proyecto democratizador. Sin embargo, en un contexto de alta inflación, el costoso proyecto pro- vocó fuertes resistencias. Por un lado, la aristocracia terrateniente, para quien la superación del modelo rural traía aparejada una pérdida de sus privilegios económicos y sociales; por otro, la elite política de Río de Ja- neiro, que no estaba dispuesta a abandonar la vida en la capital carioca para trasladarse al hostil sertão, y, por último, los propios habitantes de Río, para quienes el traslado de la capital se traducía en una pérdida de valor simbólico pero también económico.

Pero estas resistencias sólo fortalecieron a Kubitschek, que erigió una verdadera épica alrededor de este proyecto. Brasilia era un acto de con- quista; la conquista del interior, del sertão, de “la nada”, para transformar- lo en civilización, en industria, en modernización. “No se trataba de es- timular el progreso donde ya existía. Sino de crearlo de la nada, a través de una acción de dominación. El objetivo no era construir puentes o abrir caminos, sino poblar; crear núcleos generadores de progreso, en fin: civi- lizar”, afirmaría el presidente en su libro Por qué construí Brasilia. En 1960, finalmente Brasilia quedó terminada. Sí, es una ciudad moder- na, esculpida por las maravillosas manos de Oscar Niemeyer, llegado del mismísimo futuro. Pero esa nueva arquitectura no logró fundar, a pesar de las buenas intenciones del trío Kubitschek-Niemeyer-Lucio Costa, una nueva democracia. En esa ciudad tan estrictamente planificada no había lugar para los candangos, sus constructores. Así fue que la vida surgió antes en las favelas, esas “ciudades-satélite”, que en la prolija Brasilia. Y cuando la capital llegó a su nueva sede, buscando instaurar un nuevo or- den social, la semilla de la desigualdad ya había germinado.

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