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La verdadera Iglesia [vera Ecclesia]

MANCIO, IN II-II D THOMAE, Q1, A10 ¿UN TRATADO DE ECCLESIA?

II. CUESTIONES ECLESIOLÓGICAS PARTICULARES

1. La verdadera Iglesia [vera Ecclesia]

Mancio inicia sus lecturas con la pregunta sobre el significado que se debe dar al término Iglesia y afirma que en este comentario, como hace Santo Tomás al comentar este artículo35, “la Iglesia es un cuerpo cuya cabeza es el Papa y los

padres conciliares (el Concilio) sus miembros principales”36. Porque explica son

“tres las partes de la iglesia: la triunfante en el cielo, la militante en la tierra y la del purgatorio que ni triunfa ni lucha”37. La palabra Ecclesia quiere decir

“convocación” [convocatio] o “congregación” [congregatio] de los llamados por Dios38. De la doble acepción en que –como habla Santo Tomás39– puede

tomarse el término “Iglesia”, o como “congregación de fieles” [congregatio

35 A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 22 (líneas 25-27).

36 A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 22 (líneas 1-3). Se refiere también a ella

como “Esposa de Cristo”: vol. II, p. 34 (líneas 4-8); p. 36 (líneas 1-13).

37 A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 22 (líneas 16-18). 38 A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 30 (líneas 14-20). 39 Cfr. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, q8 a3.

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fidelium] o como congregación de los santificados y consagrados por el bau-

tismo [pro dicatis et Christo sanctificatis per baptismum], aquí se considera en este segundo sentido, es decir como congregatio baptizatorum. Se muestra así seguidor de la herencia de San Agustín y de Santo Tomás, a través de Torque- mada, Cayetano y de Pigio. Pero, a la vez, se separa de la posición de Torque- mada, que no concede la condición de miembros de la Iglesia a los herejes ocul- tos40. Y en ese punto mantiene la doctrina tradicional que es la de la Escuela41.

Una vez fijado el concepto de Iglesia, Mancio se detiene en la cuestión de los miembros de la Iglesia: en concreto, si los pecadores pertenecen y son parte de la Iglesia42. Su tesis, en línea con la tradición anterior, es que los pecadores

son parte y miembros de la Iglesia, en sentido propio; son miembros imperfec- tos pero verdaderos43. Su fe, aunque muerta, es verdadera: por las mociones y

actividad de la fe y la esperanza están animados de alguna manera por la vida del mismo Cristo44. Así –nos parece– sale al paso de la doctrina luterana que, al

negar a los pecadores la condición de miembros de la Iglesia, defendía que los ministros indignos carecían de autoridad en la Iglesia y no podían administrar los sacramentos. No es mayor –sostiene con claridad– la gracia recibida en la administración de un sacramento de manos de un ministro digno que de un pecador45. La respuesta de Mancio a esta cuestión se resume así con sus mismas

palabras: “Hay, por tanto, tres clases de miembros en la Iglesia: Los justos, en gracia y caridad, miembros perfectos y perfectamente unidos; los pecadores, miembros verdaderos, aunque imperfectos […] y los herejes que aún no han sido apartados de la Iglesia por sentencia pública: […] están unidos a ella pero muy débilmente”46.

El tema de los pecadores como miembros de la Iglesia es, en el fondo, otra forma de tratar la visibilidad de la Iglesia, lo que denomina maxima quaestio en la polémica con los luteranos47, quienes al negar esa visibilidad abren las puer-

40 Cfr. J. de Torquemada, Summa de Ecclesia, Lugduni, 1546, IV, pars 2ª, c18, via 3ª. 41 Cfr. M. Cano, De locis, IV, c6, ad12.

42 A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 25 (líneas 5-6).

43 Cfr. A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 32 (líneas 21-25); p. 38 (líneas 17-

21); p. 44 (líneas 7-9).

44 Cfr. A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 28 (líneas 19-22); p. 32 (líneas7-11);

p. 40 (líneas 6-9, líneas 13-16).

45 Cfr. A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 40 (líneas 32-34). Este viejo error

donatista, renovado por Wicleph y después por Lutero, es condenado en Trento (Sesión 7, cn. 12). La exposición de Mancio es una glosa de Trento que sanciona la doctrina recibida.

46 A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 52 (líneas 1-13). 47 Cfr. A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 60 (líneas 30-31).

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tas a todo tipo de inseguridades y confusiones en la doctrina y en la disciplina48

y destruyen el ser mismo de la Iglesia49. Si la Iglesia –dice nuestro autor– consta

de justos y pecadores, como así es según enseñan claramente la Escritura50 y la

Tradición51, necesariamente ha de ser visible y tener una existencia no sólo

invisible y escatológica, en contra de Lutero que renueva, en este punto, los errores de Wicleph y de Huss, cuando sostiene que sólo la gracia y la caridad son el vínculo que da unidad a los miembros de la Iglesia52. Lo primero y princi-

pal en la Iglesia es el elemento interior e invisible, pero no es menos importante su carácter externo y visibilidad. La Iglesia –proclama con fuerza Mancio– es, a la vez, visible e invisible53.

De todos modos es obvio que no se trata de la visibilidad material, sino de la formal, en cuanto Iglesia de Cristo; en el mismo sentido, por tanto, que “se habla de la Cabeza de la Iglesia, es decir, de Cristo, «lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que hemos tocado con nuestras manos del Verbo de la vida» etc., eso mismo hay que decir de la Iglesia”54. “A la vez vemos y creemos”55. La

razón de esa visibilidad está, para Mancio, en la íntima unión de la Iglesia con Cristo, su Cabeza, en la naturaleza humana de Cristo, verdadera, visible y corpórea56. Se percibe en seguida que detrás de la consideración que Mancio

48 Cfr. A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 64 (líneas 6-10). 49 Cfr. A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 62 (líneas 16-17).

50 Recurre a las conocidas imágenes de “la red barredera que recoge toda clase de peces” (cfr.

Mateo, 13, 47-48), de la “era que contiene trigo y paja” (Mateo, 3, 12) y de la parábola de “las diez vírgenes prudentes y necias” (Mateo, 25, 1-13). Se sirve también de los de 1 Corintios, 1, 2 y 5, 3-5, en los que San Pablo llama “santos” y “santificados” a los de Corinto, entre los que se encuentran también los pecadores. Cfr A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 28 (líneas 14-17, 25-31); p. 30 (líneas 4-8).

51 Sobre todo se sirve de San Cipriano, San Jerónimo, San Agustín, San Gregorio, San Bernardo,

etc., cuyos testimonios usa para exponer la doctrina y también para refutar la posición luterana.

52 Cfr. A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 24 (líneas 28ss); vol. II, p. 26 (línea

9).

53 Cfr. A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 60 (línea 30), p. 74 (líneas 26-31). 54 Cfr. A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 64 (líneas 19-22); vol. II, p. 74 (lí-

neas 36ss).

55 Cfr. A. Sarmiento, La eclesiología de Mancio, vol. II, p. 74 (líneas 34-38); p. 76 (líneas 1-

10).

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hace y, en general, de las cuestiones eclesiológicas, está siempre como base la Cristología, toda la Cristología57.