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Vetos deseables para personajes prohibidos

Una vez superado el plano del relato y cuando ya está circulando la narconarrativa en televisión, ¿qué pasa con el patrón de narcotraficante descrito en el primer capítulo de este trabajo?; será la boca de unos establecidos en capacidad de digerirlo “correctamente”, la que de respuesta. El 8 de junio de 2008, a unos días de haber sido puesta al aire, el General Naranjo, comandante de la Policía Nacional de Colombia, reaccionó del siguiente modo a la presencia ficcionada de policías corruptos trabajando en el narcotráfico:

“…de cara a la pantalla de televisión, las primeras imágenes de la adaptación del seriado lo que realmente han hecho es confundirnos con verdades a medias, ridiculizar al Estado y sus instituciones y, muy particularmente, transformar en villanos a héroes que enfrentaron el poder asesino y corruptor del narcotráfico. Es verdad que la historia contada por los victimarios no solamente tiende a irrespetar la dignidad de las víctimas, sino que, al mismo tiempo, a exaltar la condición de los delincuentes en busca de protección social…

…Y es justamente sobre esta apreciación sobre la que fundamentamos nuestra preocupación por las formas y contenidos que en el marco de una campaña –como dicen ahora, mediática y total– los colombianos, convertidos en espectadores de una serie de televisión, quedamos reducidos a una sociedad confundida entre los valores democráticos y los antivalores delictivos del narcotráfico (Naranjo, 2008, 8 de Junio).

“Confundirnos con verdades a medias” o “transformar en villanos a héroes”, son la principal preocupación del general. Para el mejor policía del mundo, la versión de delincuentes “exaltados” en televisión es un irrespeto a “la dignidad de las víctimas”. Desde sus capítulos iniciales, la serie contó cosas distintas a las oficialmente conocidas sobre acontecimientos determinantes en nuestra historia reciente; en la muerte de Pablo Escobar, por ejemplo, se muestra a los Rodríguez (los Villegas en la serie) trabajando en llave con el bloque de búsqueda de la Policía para matar al capo de capos y usando tecnología gringa, financiada con plata de la cocaína. El primer capítulo de la serie arranca con una versión alterna, señalando la corrupción en la Policía Nacional, que ya había aprendido a jugar a dos bandas (con los “pillos” y con la ley) en su misión vigilada, desde la Oficina de Estado Sur de los EE.UU., de hacer positivos en contra el narcotráfico. Podemos observar que el oficial define lo que se debe reproducir en las representaciones de la televisión y arguye que no se puede reconocer el narcotráfico según otro foco distinto al que sustenta ideológicamente la política que lo combate. Naranjo asume que la adaptación de una versión autobiográfica del sujeto marginal y perseguido por la ley “confunde con verdades a medias”; en esta mirada, el simple hecho de que los narcos no sean entendidos como “victimarios” o “villanos”, anula la validez de su relato, ya que deslegitima el poder represivo del estado (la geopolítica) que él encarna.

Ana María Cano, en una columna para El Espectador llamada De fondo entero, se enfoca en la caracterización (dirección - actuación) de los personajes y parece hacer un llamado de atención:

La serie en boga es una pormenorizada observación de este universo rastrero que se rige por fuerzas que se estorban o se oponen, con órbitas en las que gravita un mundo cerrado que se inventa el sentido y la lógica implacable formada de traición y ambición, donde imponerse es mortalmente indispensable. Surgen por momentos el humor ramplón y leves asomos de belleza o consideración que sirven para hacer más cruel la ausencia de escrúpulos, la alevosía, la deformación que da pie a esta caracterización…

…Los actores que construyen estas imitaciones de los personajes reales que han hecho esta época logran ser tan contundentes que el escozor ha llevado a los productores de El Cartel a pedirles que al final de su ciclo dentro de la serie hagan una confesión de parte en la que marquen distancia con la conducta de su personaje y descalifiquen su aparente éxito. No hay antecedentes mediáticos de esta aclaración ética en la que quiere darse una moraleja contraria a la que propone lo representado.” (Cano, 2008, 8 de agosto)

Las palabras de María Isabel Cano recaen en los realizadores- actores, pues ella no puede creer que un mundo “rastrero” se proponga a las audiencias con unos personajes “tan contundentes”. Son apreciaciones que no están lejos de las hechas por Naranjo y son justificación del modelo social de “legalidad” y valores de “respeto por la vida”, lemas que nos han (¿habían?) dominado ideológicamente, no solo en las políticas y las prácticas sociales, sino en los melodramas (telenovelas) que se habían realizado hasta este advenimiento. Con estas series, el obtener los fines (la acumulación, el éxito y la ostentación) ocurre de modo deseable, incluso en su forma más chabacana, advenediza y transgresora.

Ana María Cano Posada ratifica la línea realista de la serie, pero asume que hay un alejamiento de la representación (la serie) con lo que deberíamos ser; además, Cano deja ver el alejamiento y la “narcofobia” que opera en nuestros corazones y en nuestro pensamiento frente a los transgresores, ya que para ella la serie propone una representación del narcotráfico y la vida del narco que se opone a la vida sana o digna. El rechazo de la autora la lleva a suponer que los realizadores se han tomado la historia a la ligera e, incluso, desconoce la coerción ejercida sobre ellos (básicamente sobre la productora general) desde un poder o una fuerza represiva inconforme; ingenuamente, plantea que ante la popularidad de los personajes narcos, la intensión de poner a los actores a decir que “el crimen no paga” en un campaña “educativa” se da como enmienda a lo representado y es una elección estratégica de los productores para quedar bien; es decir, Cano asume los anuncios de algunos actores del El cartel hablando contra el crimen, como una enmienda y la prueba del error o la equivocación en la realización, siendo más la respuesta del canal a la presión estatal más conservadora y a su aparato policial.

En Un País enfermo, publicado en El Tiempo y escrito por Miguel Gómez Martínez, se oye la siguiente letanía de opinión ‘profética’:

En los últimos meses, en una inmoral competencia por el rating, las programadoras de televisión privadas han monopolizado el espacio con producciones en las que sólo se habla de este tema. La Comisión Nacional de Televisión, como era de esperarse, no actúa. Saldrán los sociólogos a decir que el país está haciendo su catarsis. Los críticos de televisión afirmarán que se percibe una mejor calidad en los efectos especiales y la dirección de escena. Los historiadores dirán que el país está generando una lectura madura de un período de su historia reciente. Los canales sacarán pecho mostrando lo bien que se han vendido las series en el exterior.

Yo, por mi parte, creo que es el reflejo de un país enfermo. Pienso que este interés desmedido por una faceta de nuestra realidad es el signo de un profundo deterioro de la ética colectiva. Estoy convencido de que nos hemos convertido en “traquetos” mentales

y que los valores sociales están invertidos…

… No quiero que me sigan mostrando el narcotráfico bajo imágenes seductoras de lujo, poder, mujeres de tetas bonitas, casas espectaculares y jets privados. Quiero que muestren la verdad, toda la verdad. (Gómez, 2008, 15 de noviembre)

Para la fecha de la publicación de Martínez (15 de noviembre) sus “profecías” no eran más que el seguimiento mediático del éxito local e internacional de los relatos narco registrados durante todo el año 2008. El sentimiento indignado de Martínez lo hace pensar que estos contenidos “inmorales” no tienen ningún valor para hacer crítica y son tan inaceptables, que ni los sociólogos, ni los historiadores, ni los especialistas de televisión deberán usarlos como objeto de la cultura o del análisis social. Él, por su parte, piensa que la serie es la comprobación de que los “valores sociales están invertidos” y de “un profundo deterioro de la ética colectiva”. Francamente, al leerlo, lo imagino como uno más entre la audiencia de fanáticos de las “tetas bonitas” (qué decencia, qué tacto) y carros deportivos; “no quiero que me sigan mostrando el narcotráfico bajo imágenes seductoras”, dice, mientras (supongo) no puede dejar de observarlas.