La Rochefoucauld, heredero de la larga tradición agus- tiniana, sólo ve en el corazón del hombre egoísmo y avi dez. Las relaciones sociales son necesariamente hipócri tas, y en el fondo el hombre está siempre solo. Es su naturaleza, pero se trata de una naturaleza deplorable.
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El juicio del moralista queda aquí reforzado por una hi pótesis antropológica respecto de la soledad esencial del hombre. ¿Qué idea se hace La Rochefoucauld de las re laciones humanas? Observamos en él una argumenta ción que por lo demás se ha mantenido intacta hasta nuestros días. En un primer momento hacemos como si todas las relaciones sociales remitieran a cualidades loa bles, a la generosidad y al amor al prójimo. En otras palabras, interpretamos toda sociabilidad como altruis mo, lo que evidentemente es excesivo. En un segundo momento procedemos al desencantamiento progresivo y nos arrancamos de la cara la máscara de la virtud. Este gesto es tanto más convincente para nosotros cuanto que nada parece tener de halagador (aunque inconscien temente nos decimos a nosotros mismos que no afirma ríamos algo desagradable a menos que fuera verdad). De repente, cuando hemos rechazado una visión dema siado benevolente del hombre, nos quedamos con la idea de un ser originariamente solitario y egoísta. La so ciabilidad es virtuosa, pero la virtud es engañosa, de modo que el hombre es en el fondo asocial. La Roche foucauld concluye: «Los hombres no vivirían mucho tiempo en sociedad si unos no fueran víctimas de otros» (M 87). Y Pascal dice también: «La unión entre los hom bres sólo se fundamenta en este engaño mutuo».6
Creemos equivocadamente que los demás quieren lo mejor para nosotros. Si fuéramos lúcidos, la sociedad desaparecería. Pero esta consecuencia extrema ¿no está ya contenida en una de las premisas de la doctrina? Afir mar nuestra naturaleza solitaria (no necesitamos a los de más) y egoísta (el único objetivo de lo que hacemos es aumentar nuestro poder y nuestra excelencia) es un pos tulado, una afirmación a priori que ninguna experiencia en sentido contrario podría hacer tambalear, ya que todo ejemplo de lo contrario se interpreta de inmediato como intento de disimulo y de resistencia a la labor de desvela miento.
Es verdad que La Rochefoucauld, como si le asustara que su principio explicativo pudiera extenderse de for ma ilimitada, en la «Advertencia al lector» de la segun da edición de sus Máximas se apresura a precisar: «Por
la palabra Interés no siempre entendemos el interés de algo bueno, sino muy a menudo el interés de honor o de gloria». Esta precisión hace que resulte más fácil de fender la afirmación, aunque elimina buena parte de la radicalidad de las palabras del principio. Si el principal acicate de la actividad humana no es el deseo de bienes de tipo material, de satisfacción egoísta, sino la aspira ción a la gloria y a los honores, ¿cómo prescindir de los demás, que son los únicos que podrían proporcionár noslos? La Rochefoucauld sólo presta atención a nues tras pasiones sociales, pero el papel que otorga al egoís mo implica que el hombre natural es un ser solitario. Es cierto que no podemos prescindir de los demás, pero por interés. Cuando afirma que «jamás alabamos a na die sin interés» (M 144), sólo podemos llegar a dos con clusiones: o bien el término «interés» tiene su significa do habitual, en cuyo caso no basta para describir todas las alabanzas, o bien el significado se amplía e incluye toda demanda de satisfacción, en cuyo caso la formula ción es exacta, pero demasiado general para que poda mos aprender algo de ella.
La opción de La Rochefoucauld, que consiste en de mostrar sistemáticamente que somos más malos y egoís tas de lo que creemos, le impide algunas veces aprovechar sus propias afirmaciones. Tomemos el siguiente ejemplo: algunos sabios dicen despreciar las riquezas. Para él sólo puede tratarse de mala fe: o bien creen necesario despre ciar las riquezas porque su deseo de poseerlas se ha visto frustrado (una actitud del tipo «las uvas están verdes»), o bien eligen este medio por vanidad, para evitar conducir se como pobres (M 54). Pero ¿está tan claro que todos, y en todas partes, sólo aspiran a las riquezas materiales? ¿No podría haber otros objetivos posibles, para los que
La Rochefoucauid: la comedia humana «5 poseer riquezas sería sólo un medio? El final de esta mis ma máxima alude a esta posibilidad: «Era un rodeo para llegar a la consideración, que no podían tener gracias a las riquezas». ¿Y si el verdadero objetivo, no sólo para los sabios, sino también para otros hombres, fuera sobre todo la «consideración», y la búsqueda de riquezas fuera sólo un rodeo para llegar a ella?
Cabe preguntarse si a la antropología que subyace a las Máximas no le falta diferenciar entre la necesidad
general de reconocimiento por parte de los demás -ne cesidad que cuesta entender por qué debería ser un vi cio - y el deseo de que los demás nos adulen sin haber hecho nada por merecerlo, que en este caso sí se alimen ta de amor propio, de interés y de vanidad. Parece como si para La Rochefoucauid la solicitud de los demás fuera siempre del mismo tipo, como si todos los papeles que los demás representan con nosotros fueran idénticos.
Como Montaigne, otorga un lugar importante al mo delo económico, al intercambio comercial como repre sentación fiel del intercambio interpersonal. Dice que el reconocimiento es como «la buena fe de los comercian tes, que cultiva el comercio». Pagamos para asegurarnos de que nos darán otros préstamos (M 2x3). «Normal mente sólo alabamos para que nos alaben» (M 146). Si buscamos nuevos conocimientos, es para adquirir nuevos admiradores (M 178). Pero en realidad las relaciones per sonales no se reducen a esta especie de transacción directa y mecánica, y por eso el modelo económico no siempre permite entender el comercio humano. También podemos alabar a alguien porque lo consideramos tan cercano a nosotros que su excelencia nos salpica, o porque imagi namos que mediante esta valoración entramos en el redu cido círculo de los auténticos entendidos. Otra máxima dice, de forma más penetrante: «Alabar de todo corazón las bellas acciones es de alguna manera concederse parte en ellas» (M 432). N o buscamos rodearnos sólo de adu ladores, ya que en ocasiones los admiradores son moles
tos y agotadores, y es falso que «siempre nos gustan los que nos admiran» (M Z94, véase también M 3 56).
Expresar el reconocimiento tampoco implica nece sariamente solicitar nuevos favores. Puede ser también una manera de afirmar nuestra dignidad y nuestra iden tidad ante nosotros mismos. Asimismo, la piedad no sólo es «una hábil previsión de las desgracias en las que podemos caer» (M 16 4 ). Si lo fuera, sólo se ejercería con personajes con los que, llegado el momento, pode mos contar con que nos ayudarían. Pero la piedad surge en nosotros sin pensarlo, tanto ante niños indefensos, indigentes o moribundos como ante desconocidos a los que sin duda no volveremos a ver. ¿Cómo explicarla re curriendo al espíritu comercial? La Rochefoucauld no se plantea estas preguntas.
El mismo objetivo de desenmascarar siempre nues tras virtudes aparece en las máximas que La Roche foucauld dedica a la amistad. Se supone que es una vir tud, pero no deja de asegurarnos que todas las amistades son engañosas e «interesadas». «Sólo podemos amar lo que tiene relación con nosotros» (M 8 1), afirma, lo que es una definición sólo del amor concupiscente. Y sigue diciendo: «Lo que los hombres han llamado amistad no es más (...) que gestión recíproca de intereses e intercam bio de buenos oficios» (M 83), es decir, la amistad en nada se diferencia de las relaciones de negocios. Añade que sólo nos alegramos de la suerte de nuestros amigos porque esperamos sacar alguna ventaja (MS 17 ). Sigue siendo la lógica del intercambio directo. Es verdad que algunas otras máximas oponen a esta amistad mercantil lo que La Rochefoucauld llama la «verdadera amistad», la amistad «verdadera y perfecta», el mayor bien que puede darse a los hombres (MP 45), capaz de destruir la envidia y el egoísmo (M 376). O como había observado Aristóteles en sus palabras sobre la amistad,7 en ella el egoísmo y el altruismo no se diferencian, ya que lo que hacemos por nuestro amigo nos alegra a nosotros mis
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mos y viceversa (M 81). Pero La Rochefoucauld se apre sura a añadir que esta amistad es rarísima, sobre todo en los tiempos modernos. «Los hombres son demasiado débiles y cambiantes para cargar largo tiempo con el peso de la amistad» (R 17).
Cuando La Rochefoucauld afirma que sólo el interés produce la amistad, alude al mejor de los casos, por lo que con más razón su máxima se aplica a las demás relaciones, en apariencia menos desinteresadas que la amistad. Pero no se trata sólo de que esta explicación de la amistad sea un poco floja, ya que si sometiera total mente al otro a mis propios intereses, de poco valor me sería su cariño, sino que fundamentalmente la frase im plica la existencia de un yo autónomo e interesado pre vio a toda vida social, una especie de propietario que sólo aspira a acumular riquezas.