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LA VIDA DE ESTE PAPA CORRE PELIGRO

Lobos (más o menos grises)

Joseph Ratzinger, aquel día, hubiera podido ser asesinado por cualquiera, con total facilidad, sin obstáculos ni riesgos. Era el 16 de octubre de 2004, solo ciento ochenta días antes de su elección como pontífice. Me di cuenta enseguida, una vez superada la explanada de la iglesia parroquial de Santa Giustina bellunese, al divisar la carreterilla que se encarama por las laderas de la montaña, cruzando un hermoso prado verde. A los lados, algunos espléndidos castaños enrojecidos por el otoño y por los rayos del sol al ponerse. Allí arriba, en aquel refugio de montaña, que alberga el Centro Papa Luciani de la diócesis de Belluno, debía reunirme con el cardenal Ratzinger (más adelante, él y yo debíamos presentar juntos uno de sus libros,

Fe, verdad y tolerancia,

en un acto público).

De repente, mientras iba subiendo despacio en el coche, tras tomar una curva, diviso la figura grácil y solitaria de un hombre, un sacerdote: es él, al borde del prado, veinte metros más adelante, que está caminando. Iba solo (a escasos metros de distancia, me percaté casi de inmediato, estaba el fiel padre George). Avanzaba con pasos lentos, con la boina en la cabeza, mirando las montañas, risueño, respirando aquel aire fresco. Parecía un párroco de montaña cualquiera.

Me impresionó su soledad. Y su serenidad también. Me sonrió, nos saludamos. Pero lo que realmente hizo que me estremeciera —al cruzárseme por la cabeza como un relámpago— fue la idea de su vulnerabilidad. Sobre aquel hombre totalmente indefenso, en aquel sendero, se sostenía de hecho —en aquellos meses de dolorosa y prolongada inhabilitación del papa— la Iglesia católica universal.

Tuve un momento de consternación. En una época de terrorismo difuso (islamista aunque no solo), en una época en la que cualquier subsecretario desconocido viaja con escolta, el hombre más importante para la cristiandad universal (después del papa) estaba allí solo, en una carreterilla aislada, expuesto a cualquier posible peligro y agresión, al alcance de cualquier grupo malintencionado. Un hombre frágil, apacible, absolutamente inerme. El hombre que habría de convertirse a los pocos días en el vicario de Cristo.

¿Era habitual que el cardenal Ratzinger viviera y viajara sin escolta, sin ninguna clase de defensa (humana)? Recordé, en efecto, que también cuando me tropecé con él en la plaza de San Pedro, años antes, iba solo y sin escolta (supe después que cada mañana, durante años, cualquiera podía cruzarse con él mientras atravesaba andando la columnata de Bernini, encaminándose hacia la Congregación para la Doctrina de la Fe donde

trabajaba).

Es indudable que Alguien lo ha protegido visiblemente durante estos años, para confiarle un día su barca. Y es igual de evidente que el cardenal Ratzinger —pese a ser perfectamente consciente de su exposición y de la enorme cantidad de riesgos que corría — se entregó con serenidad a una protección «distinta». Esta singular y vertiginosa entrega resulta aún más impresionante hoy, frente a la misión a la que ha sido (sorprendentemente) llamado (es sabido, en efecto, que acariciaba la idea de regresar en su vejez a sus estudios y a la vida privada).

Está claro que este hombre es perfectamente consciente de la amenaza, mayor aún, que se cierne ahora sobre su cabeza. Aludió a ello con pocas pero inequívocas palabras dramáticas desde la misma misa de ascensión al pontificado en la plaza de San Pedro, el 24 de abril de 2005: «Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos».

¿A qué lobos se refería? Lobos grises ya hemos visto en acción en el Vaticano. ¿O estaba pensando en lobos de otros colores? En cualquier caso, está claro que lobos al acecho no faltan, dado el solemne dramatismo de una homilía de inicio de pontificado en la que incluyó una plegaria semejante. ¿En qué pensaba y a qué temía el Santo Padre?[1]

¿Qué espantosas amenazas sentía ceñirse sobre él para declararlas tan públicamente, en una celebración ante el mundo entero, él, hombre siempre mesurado y esquivo? ¿Y no resulta extraño que nadie haya notado una frase tan dramática? Por lo demás, toda la homilía —releyéndola atentamente— es una meditación sobre el martirio al que está llamado el vicario de Cristo. Nadie parece haber notado que en esa solemne misa de ascensión al pontificado, Benedicto XVI llegó al extremo de señalar precisamente el martirio como su propio «programa pastoral».

¿Un programa? El martirio

Empezó repitiendo dos veces que «quien cree, nunca está solo; no lo está en la vida ni tampoco en la muerte», después habló de su llamada.[2] A continuación pronuncia estas palabras que nadie parece haber captado como una señal de consciencia ante lo que puede aguardarle y como una declaración de disponibilidad al martirio. Y que, sin embargo, dan serios motivos de reflexión:

¡Queridos amigos! En este momento no necesito presentar un programa de gobierno (...). Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia. En lugar de exponer un programa, desearía más bien intentar comentar simplemente los dos signos con los que se representa litúrgicamente el inicio del Ministerio petrino (...).

El simbolismo del Palio (...): la lana de cordero representa la oveja perdida, enferma o débil, que el pastor lleva a cuestas para conducirla a las aguas de la vida (...). Él es el buen pastor, que ofrece su vida por las ovejas. El Palio indica primeramente que Cristo nos lleva a todos nosotros. Pero, al mismo tiempo, nos invita a llevarnos unos a otros. Se convierte así en el símbolo de la misión del pastor (...). El pastor de todos los hombres, el Dios vivo, se ha hecho él mismo cordero, se ha puesto de la parte de los corderos, de los que son pisoteados y sacrificados. Precisamente así se revela Él como el verdadero pastor: «Yo soy el buen pastor (...). Yo doy mi vida por las ovejas», dice Jesús de sí mismo (Jn 10, 14s.). No es el poder lo que redime, sino el amor (...). El Dios que se ha hecho cordero nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.

Una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo servicio está. «Apacienta mis ovejas», dice Cristo a Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos.

Los lobos y el miedo. Incluso al día siguiente de su elección, en la concelebración de la Capilla Sixtina empezaba confesando su humano temor frente a lo que le aguardaba, pero no se trataba únicamente de la comprensible consternación ante un cometido inmenso, sino de un temor concreto y particular a los «lobos», frente a los cuales la alternativa es neta y dramática: solo cabe huir o afrontar el martirio.[3] Desde su exordio, en definitiva, Benedicto XVI parece haber conferido a su pontificado el horizonte del martirio. Durante todo el primer año, además, no hizo otra cosa más que volver sobre ese mismo tema. El vaticanista de

L’Espresso,

Sandro Magister, comentaba así el consistorio del 24 de marzo de 2006: «El primer consistorio de Benedicto XVI con

cardenales viejos y nuevos será recordado por su marcadísimo color púrpura. El papa ha dado un fuerte relieve al significado del color del hábito cardenalicio. Lo ha asimilado al rojo de la sangre derramada por Jesús en la cruz».[4]

Estas fueron las palabras del papa: «Esto significará para vosotros una participación más intensa en el misterio de la cruz, compartiendo los sufrimientos de Cristo. Y todos nosotros somos realmente testigos de sus sufrimientos hoy en el mundo y también en la Iglesia». Dos días después, el 26 de marzo, en el Angelus, el papa insiste en el significado del color púrpura hablando al pueblo cristiano: «El sacrificio de la vida es un carácter distintivo de los cardenales, como lo testimonia su juramento y como lo simboliza la púrpura, que tiene el color de la sangre».

A continuación, el papa recordaba a los mártires y a los cristianos perseguidos en numerosas zonas del mundo: «Por una coincidencia providencial, el consistorio se celebró el 24 de marzo, día en que se conmemora a los misioneros que durante el año pasado perdieron la vida en la vanguardia de la evangelización y del servicio al hombre en diversas partes del mundo. Así, el consistorio fue una ocasión para sentirnos más cerca que nunca de todos los cristianos que sufren persecución a causa de la fe (...). Pienso, de modo particular, en las comunidades que viven en países donde no hay libertad religiosa (...) o se hallan en situaciones de mayor dificultad y sufrimiento».

El 7 de mayo de 2006, en la misa de ordenación de quince diáconos de la diócesis de Roma, vuelve al tema del «Buen Pastor», atacando duramente el «arribismo» en la Iglesia, el «intento de conseguir una posición mediante la Iglesia: servirse, no servir», mientras en cambio, «el único camino para subir legítimamente hacia el ministerio de pastor», subraya el papa, «es la cruz (...). El pastor da su vida por las ovejas (...). Dar la vida, no tomarla. Precisamente así experimentamos la libertad».

La decisión de Benedicto XVI de limitar —durante su pontificado— la emanación de documentos y concentrar sus enseñanzas en las intervenciones pastorales normales, escritas evidentemente de su puño y letra, confiere a tales intervenciones y a los mensajes contenidos en ellas un significado especial. En toda esta serie de remisiones al martirio hay algo que recuerda las palabras de Juan Pablo II en Fulda, en noviembre de 1980, seis meses antes del atentado de Agca: «Debemos acostumbrarnos a soportar en un tiempo no muy lejano grandes pruebas, que exigirán por nuestra parte la disponibilidad a perder nuestras propias vidas...».

Benedicto XVI no ha explicado el motivo de su continua y dolorida meditación sobre el martirio, sobre la necesidad de estar dispuesto a dar la vida, pero objetivamente — releyendo estas intervenciones de su primer año de pontificado— no podemos dejar de recordar el texto de la más clamorosa profecía pública de estos dos mil años de cristianismo, oficializada por la Iglesia, el llamado Tercer Secreto de Fátima, que contiene precisamente la visión de un papa que «a los pies de la gran Cruz fue muerto por un

grupo de soldados (...), y del mismo modo murieron unos tras otros los obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones».

Es evidente que el evento apocalíptico aquí profetizado, con tanta solemnidad, por la Virgen de Fátima tiene una gravedad absolutamente única en la historia (del mundo y) de la Iglesia, a lo largo de la cual no han faltado desde luego persecuciones, inmensas matanzas e incluso atentados contra la vida de los papas. Así pues, ¿quién es el papa del Tercer Secreto?

¿Una profecía ya cumplida?

Contrariamente a cuanto suele creerse y a lo que repiten los medios de comunicación, ninguna autoridad de la Iglesia ha identificado oficialmente jamás al papa asesinado del Tercer Secreto con Juan Pablo II, ni la visión profética de ese asesinato con el fallido atentado de plaza de San Pedro del 13 de mayo de 1981.[5]

Hay que reconocer, sin embargo, que tal interpretación, casi definitivamente identificada como la oficial (Renzo Allegri ha construido sobre ella nada menos que su libro

Il papa di Fatima

), tuvo su

input

en las palabras del cardenal Sodano, Secretario de Estado de la Santa Sede, cuando, el 13 de mayo de 2000, anunció que a los pocos días, se haría público el «mítico» texto del Tercer Secreto.[6]

Si resulta indudable que la «interpretación preventiva» de Sodano pretendía sugerir precisamente esa lectura (con una serie de forzamientos sorprendentes del texto), hay que decir que el prelado no ha formulado jamás de forma exacta tal identificación y que ha propuesto su interpretación con una ráfaga de «parece ser» que la convierten en una simple y respetable hipótesis, no vinculante para nadie.[7] Baste decir que, tras el anuncio de Sodano hasta

L’Osservatore Romano

pareció mantenerse al margen, pues de hecho tituló a toda página: «La Iglesia pone en el candelero a los pastorcillos Francisco y Jacinta, dos llamitas que Dios encendió para iluminar a la humanidad en sus horas de tinieblas e inquietud». El

Corriere della Sera

no dejó de notar que había nacido un caso y al día siguiente incluyó este titular: «

Osservatore romano

, sin titulares sobre la profecía».

Estas son las palabras precisas de Sodano:

La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los sistemas ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de los testigos de la fe del último siglo del segundo milenio. Es un interminable Via Crucis dirigido por los Papas del Siglo XX. Según la interpretación de los

«pastorinhos», interpretación confirmada recientemente por sor Lucía, el «Obispo vestido de blanco» que ora por todos los fieles es el Papa. También él, caminando con esfuerzo hacia la Cruz entre los cadáveres de los martirizados (obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y numerosos laicos), cae a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de fuego. Después del atentado del 13 de mayo de 1981, a Su Santidad le pareció claro que había sido «una mano materna quien guio la trayectoria de la bala», permitiendo al «Papa agonizante» que se detuviera «en el umbral de la muerte» (Juan Pablo II,

Meditación desde el Policlínico Gemelli a los obispos italianos).

Con