Por segunda vez en aquel viaje, Marta se despertó con el flash de la cámara de Marcos en la cara y el joven pidiéndole que por favor se despertara.
—¿Qué pasa ahora? Es imposible que haya otro Bambi. —No. Hay sangre en la cama.
Marta se despejó por completo ante aquella afirmación y se incorporó. —¿Qué ha pasado?
—Pues… creo que eres tú. Que es… —el tono algo avergonzado que usó hizo que Marta supiera cómo iba a terminar aquella frase— la menstruación.
La joven se miró las piernas, que desde aquella posición parecían limpias, pero a un palmo de donde se encontraba había una gran mancha de sangre y, al girarse, vio que el culo también lo tenía cubierto de rojo.
—¡Menuda mierda!
¿Por qué tenía que pasarle eso a ella? ¿Por qué había tenido que adelantársele la regla y venirle justo de noche, cuando no podía notarlo? Y encima, por la cantidad de sangre, era una regla bastante fuerte.
Cogió su mochila y, a toda velocidad, entró en el baño. Buscó los tampones que se había echado y, tras quitarse la camiseta, se metió en la ducha. Allí, con cuidado, se quitó los pantalones y la ropa interior y lo dejó todo a un lado. Tras limpiarse a conciencia, se puso un tampón y se secó, aliviada de haberse librado de toda la sangre. Bueno, toda no, todavía tenía que lidiar con la de su ropa, aunque por suerte, como era reciente, se fue con facilidad en el lavabo.
¡Qué fastidio de regla! Siempre le venía cuando le daba la gana. Sacó cuentas y calculó que en principio no debería volverle a venir durante el viaje. En principio, claro. A lo mejor a la menstruación le gustaba viajar y se apuntaba otra vez antes de que volvieran a casa.
Tras escurrir la ropa y dejarla colgada de la ducha ya que no se le ocurría un lugar mejor para ponerla, se giró hacia la puerta e intentó no sentirse demasiado avergonzada. «Lo que te ha pasado es algo natural, no pasa nada», se decía, aunque después pensaba en la cara del pobre Marcos y en su corte al decirle que pensaba que la sangre era de ella.
Al salir del baño, la mirada se le fue inevitablemente a la cama, pero no vio la mancha pues Marcos había tapado el colchón con el edredón y todo estaba blanco impoluto.
—Lo siento —se disculpó Marta, mirando a Marcos, que estaba tumbado en su lado de la cama—. Se suponía que aún faltaban varios días para que me viniera.
—Sí, sí.
—Es que… —Marcos pareció dudar si seguía o no; finalmente continuó—: no pensaba que saliera tanta sangre.
—A veces hay más, a veces menos… todo depende de la mala leche con la que venga la regla ese mes.
Marta sonrió y Marcos la imitó. De pronto se dio cuenta de algo: —¿Qué hacías despierto? Es de noche.
—Me levanté al baño con la luz apagada y al volver mi dedo meñique del pie hizo lo que mejor se le da: geolocalizar la pata de la cama e ir a darle un besito. Por supuesto, no te has enterado de mis berridos y promesas de venganza porque estabas durmiendo, pero no me ha quedado otra que encender la luz para ver si seguía teniendo dedo meñique y entonces he visto la sangre.
Se quedaron callados un momento, Marta sin saber qué hacer y Marcos esperando a que ella hiciera algo. Finalmente, al ver que la joven no se decidía, preguntó:
—¿Por qué no vienes a la cama? Aún nos quedan horas de sueño. —¿A la cama? Pero…
—Sigue quedando espacio para los dos. Ni se te ocurra pensar en dormir en el suelo como sugeriste el otro día.
—No, yo… no sé.
—Vamos, anda —la animó él, acercándose al borde del colchón y dejándole espacio suficiente a ella para que se tumbara a su lado guardando una distancia prudencial con la mancha.
Tras dudarlo un instante, Marta se subió a la cama y se tumbó junto a Marcos. En aquella ocasión estaban mucho más cerca el uno del otro, tocando hombro con hombro.
—Qué vergüenza mañana cuando vengan a limpiar. —Seguro que han limpiado cosas peores.
—¿Ah, sí, cómo qué?
En tan solo un segundo Marcos tuvo una ocurrencia: —Placentas.
—¿Placentas?
—Seguro que alguna mujer se ha puesto de parto aquí. —¡Puaj!
—O… —¿O?
—Es muy escatológico.
Aquello hizo reír a Marcos. —Sí, por ahí iban los tiros.
Se quedaron en silencio, todavía con la luz encendida. Ninguno de los dos parecía tener intenciones de apagarla ni ánimos de dormirse.
—¿No os duele? —preguntó de pronto él. —¿El qué?
—La regla. ¿De dónde sale toda esa sangre? —¿De verdad quieres saberlo?
—Mmmm… no, mejor no. Además, ahora que lo pienso, creo que me lo explicaron en clase de biología.
—Ah, sí, esa famosa clase de biología donde un pobre profesor debe decir «pene» y «vagina» delante de todos sus alumnos y no puede seguir hasta que todos dejan de reírse.
—Todos hemos pasado por eso, ¿eh?
—¿Cómo no? Además, no importa en qué curso se dé esa lección, en todas las clases siempre hay algún tonto que se ríe y se lo contagia a los demás. Y ya el colmo de los colmos son las clases de sexualidad en las que explican cómo poner un preservativo. Creo que nunca he visto al profesor de literatura más colorado.
—¿Al profesor de literatura? ¿Por qué?
—La que daba la charla le pidió ayuda para ponerle el preservativo a un plátano y no veas cómo se pusieron los tíos de mi clase.
—Diego fue uno de los que más se rio cuando nos tocó a nosotros la clase de educación sexual —dijo Marcos divertido.
—¿Cómo no? No esperaba menos de él.
Marcos se giró de pronto hacia ella, apoyando el codo sobre la cama y posando la cabeza sobre la mano.
—Ahora que me acuerdo, otra de las que más se reían era Diana. —Una vez más, ¿cómo no? Si estos dos son tal para cual.
—Sí, pero en aquella época no eran nada. De hecho, creo que Diego no se fijó en Diana hasta que esta repitió y entonces empezó a entrar en vuestra casa como amiga tuya.
—Pues según Diana, Diego estaba colado por ella desde hacía muchos años, pero nunca se había atrevido a pedirle salir en el colegio ni el instituto porque nunca conseguía que estuvieran a solas.
—Menudas películas os montáis las mujeres. —¡Oye! Que eso se lo ha dicho Diego.
—¡Menudas películas nos inventamos nosotros para que no os cabreéis por no haberos hecho caso mientras no nos resultabais atractivas!
Aquella frase fue como una flecha que pasó demasiado cerca del corazón de Marta, pero la joven optó por no pensar en ella, al menos por el momento, y en su lugar le dio un golpe a Marcos para que dejara de reírse.
—Mira que eres malo.
—No soy malo, digo verdades como puños. —¿Cómo puños? De lo que duelen, ¿no?
Marcos se encogió del único hombro que podía mover en la postura en que estaba y volvió a tumbarse en la cama. Mirando el techo, preguntó:
—¿Te lo estás pasando bien? En el viaje, me refiero. —Sí, ¿tú no?
—Sí, muy bien. Tenía mis dudas viniendo con la parejita feliz, pero me lo estoy pasando muy bien.
—Menos mal que vine yo también, ¿no? Si no, te hubiera tocado hacer de sujetavelas.
—Ya ves. Aunque no solo me alegro de que estés aquí por eso.
Marta contuvo el impulso de girarse para verle la cara. Se mantuvo en silencio unos segundos, los que necesitó para asegurarse de que su voz iba a sonar normal al hablar.
—¿Y eso?
—¿Con quién iba a visitar yo si no los sitios? Diego y Diana son unos agarrados en lo que a visitas se refiere.
—Por interés te quiero, Andrés, ¿eh?
—¿Qué le vamos a hacer si somos almas gemelas culturales?
—¿Almas gemelas culturales? —repitió Marta—. Pues si estamos jugando a ser sinceros, he de decir que seré tu alma gemela cultural mientras sigan durando los descuentos por ser estudiante o menor de edad. Cuando se terminen, solo seré tu alma gemela si me toca la lotería.
—Por suerte, aun te queda un tiempo para dejar de ser una cría. —No me llames cría. Lo odio.
—Lo sé y por eso me encanta decírtelo.
Marta le pegó un codazo que, en lugar de despertar quejas, le hizo reírse. —Buenas noches, Marta.
—Buenas noches, viejo.
***
A la mañana siguiente ocurrió lo que era inevitable: el despertador sorprendió a Marta con un brazo rodeando el pecho de Marcos y una pierna cubriéndole la cintura.
Durante los primeros segundos Marta no se dio cuenta de la postura en la que estaban, pero poco a poco, conforme la música de su móvil terminaba de penetrar en su cerebro, fue tomando conciencia de lo que su cuerpo rodeaba. Lo primero que llamó su atención fue el calor que emanaba el colchón y lo duro que estaba bajo su brazo. Lo siguiente que procesó y que terminó de espabilarla fue otro tipo de dureza pegada a su muslo. ¡Marquitos se había vuelto a levantar con energía!
Marta se apartó de golpe y rodó por la cama, sin acordarse de la mancha que tapaba el edredón. Marcos se desperezó, como si no se hubiera enterado de nada, aunque la joven se fijó en que su mano, como quien no quiere la cosa, agarraba el edredón y tapaba su tercer brazo.
La joven alcanzó su móvil, que estaba en su mesilla, y apagó la alarma. Tras desearle los buenos días a Marcos, se puso en pie y se dirigió al baño para ver qué tal había pasado la noche su amiga la menstruación. Al salir, su compañero de habitación ya estaba vestido y se estaba poniendo los zapatos.
—¿Por qué no te cambias en el cuarto de baño? Un día de estos saldré y te pillaré todavía en bolas.
—No creo. Yo me visto en un plisplás. Además, para que te quedes tranquila, te informo de que siempre empiezo por los pantalones, así que, si sales antes de tiempo, me verás como si fuera en bañador.
—O el culo. Porque o no te cambias de calzoncillos o en algún momento te quedarás en cueros completamente.
—Mi culo es ese lugar del mundo donde nunca, jamás, pase lo que pase, da el sol.
—¿Ni tan siquiera para… ya sabes? Vaya, había oído de tíos que no se quitaban los calcetines para hacer el amor, ¿pero no quitarse los calzones tampoco?
Marcos le siguió la broma.
—Me los quito, pero solo si es de noche y las cortinas están echadas. Que tengo el culo tan blanco que la luz de la luna también puede ponerme moreno.
Marta sonrió y negó con la cabeza, acercándose a su mochila para coger la ropa que iba a ponerse ese día. Mientras buscaba algo limpio, Marcos dijo:
—Ahora en serio, no tengas miedo de pillarme desnudo porque los calzoncillos me los pongo nuevos por la noche, tras ducharme. Por la mañana no me los cambio.
—Así que duermes con ropa interior. —¿Tú no?
El tono de Marcos le hizo gracia y lo miró por encima del hombro. —No.
Tras decir aquello, y sin ninguna otra explicación, volvió a entrar en el baño y se cambió. Quiso pensar que lo había dejado con cara de pasmo.
Cuando ambos estuvieron listos, fueron a la habitación de Diana y Diego y llamaron a la puerta. Les abrió un somnoliento Diego que preguntó con voz ronca:
—¿Qué queréis? —Desayunar. —¿Ya?
—¿Ya? —Marta miró su reloj de muñeca—. Son las diez y media y a las once se supone que debemos dejar las habitaciones.
Diego le cogió la muñeca y la giró hasta ver bien los dígitos. Con un largo suspiro, volvió a meterse en la habitación.
—Esperad un momento —les dijo en voz alta, y después lo oyeron pedirle a Diana que se vistiera—. Ya podéis pasar.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Marta con precaución al entrar—. ¿Habéis dado una fiesta y no nos habéis invitado?
—¿Una fiesta? ¡Me cago en los austriacos y en la madre que los parió! La joven miró sorprendida a su amiga.
—¿Qué ha pasado?
—Son tan buena gente que, para no cortar el tráfico por el día, las obras en las calles las hacen por las noches.
—¿En serio?
Diana, todavía en pijama, se levantó y se dirigió a la ventana, donde abrió las cortinas y miró fuera. Desde su habitación se podía ver la calle por la que accedían al hotel y en aquel momento, justo en la puerta, se veía una zona donde habían estado levantando el suelo.
—Tenían que arreglar no sé qué tubería y a la una de la noche se pusieron a picar el suelo. Era imposible dormir.
—¿Se lo dijisteis a los del hotel?
—Sí, bajamos a recepción a ver qué pasaba y nos pidieron disculpas. Pero claro, no podían hacer nada. Como compensación nos han invitado al desayuno, a los cuatro, y aunque son casi cuarenta euros, bien se lo hubiera cambiado yo por una habitación al otro lado del edificio —Diana suspiró—. ¿Qué hora habéis dicho que era?
—Las diez y media.
—Pues dejadme que me vista y bajamos a desayunar, que el desayuno dejan de servirlo a las once. ¡Ah!, y nos han dicho que podemos salir a las doce si queremos.
Aquel día, gracias al sufrimiento de Diego y Diana, desayunaron como auténticos reyes. Entre bocado y bocado, les contaron que habían intentado dormirse poniéndose cascos con música, pero estando en la segunda planta la única música que silenciaba el ruido era la tecno a todo volumen, y con esa era imposible dormirse, así
que hasta las cinco, cuando había terminado la obra, no habían podido conciliar el sueño.
Al salir del hotel, dejando las maletas en consigna, Marta se acercó hasta la obra y en un cartel vio que, efectivamente, el horario de trabajo era de once de la noche a cinco de la mañana. ¡Increíble! Se preguntó si aquello sería lo normal en Viena o habría sido un caso excepcional. La verdad es que ella prefería encontrarse la obra por la mañana y tener que dar un rodeo a perder una noche de sueño.
Ese día, compraron un abono de transporte para todo el día y se acercaron al Palacio de Belvedere que, aunque más pequeño que el de Schöbrunn y con unos jardines menos bonitos, contaba con la peculiaridad de ofrecer la posibilidad de hacerse la autofoto perfecta. ¿Cómo? Con el método tradicional de los garrulos de echarse fotos para Facebook: frente a un espejo. En este caso, el espejo se encontraba en el exterior, frente al palacio y apoyado en el suelo. A algo más de un metro, podían verse dos huellas que era donde debía colocarse el fotógrafo para conseguir la instantánea perfecta. Marcos ocupó esa posición y los demás lo rodearon, aunque tuvieron que agacharse pues o salían ellos o lo hacía el edificio.
Después del palacio, caminaron hasta la iglesia de San Carlos Borromeo, cuyo signo identificativo eran sin duda sus dos altas columnas exteriores, y llegaron de nuevo a la calle de la Ópera, donde esperaron a coger el tranvía que recorría toda la avenida y los llevaría hasta el peculiar edificio llamado Hundertwasserhaus. La construcción, así como la calle peatonal que había al lado, parecían sacadas de un mundo de fantasía, con el suelo ondulante y la fachada llena de líneas irregulares, ventanas de distintos tamaños, vegetación asomando por todos lados y muchos colores. En la avenida había incluso una cabina telefónica roja, como las de Londres, en la que, cómo no, se fotografiaron.
Comieron allí, bajo la sombra de un espeso árbol. Habían comprado los bocadillos en el supermercado que tenían frente al hotel y la mezcla de jamón de york, lechuga, tomate y pepino con pan de pepitas de sémola estaba riquísima.
—No entiendo qué afición tienen aquí por el pepino —comentó Marcos. —Está bueno.
—Sí, pero en España a ti ni se te ocurre echarle pepino a un bocadillo. ¿Y te has dado cuenta de que también había rodajas sueltas en el buffet del desayuno? Esta gente es muy rara. El pepino es para la ensalada, no para meterlo en un bocadillo y mucho menos para tomárselo en el desayuno.
—¡Pues a mí me encanta! —insistió Marta—. Hace que el bocadillo esté jugoso.
Una vez con el estómago lleno, cogieron otro tranvía que los acercó hasta Prater, el parque de atracciones más antiguo del mundo. El símbolo más famoso del
parque era su noria, donde podían reservarse cenas románticas.
—¿Y cómo funcionará eso? ¿Si pides una botella de agua no te la dan hasta que la noria da una vuelta completa o qué?
—¿Y si necesitas ir al baño?
—¡Qué poco románticos sois! —protestó Diana—. A mí me parece superbonito.
—Cariño, si te gusta cenar colgada a varios metros del suelo y con buenas vistas, cuando volvamos a España te invito a una cena en un ascensor; así estarás colgada y en el espejo verás lo más bonito que hay en este mundo: a mí.
—Me invitas a una cena en un ascensor y dejas de ser lo más bonito del mundo porque te pego una torta y te dejo sin dientes.
—Hay que ver qué materialistas sois las mujeres.
Para entrar al parque Prater no había que pagar entrada, sino que era más bien como una feria en la que se paga directamente en las atracciones en las que se desea montar. ¡Y menudas atracciones! Gran parte de ellas eran más fuertes que las de muchos parques de atracciones, especialmente aquellas que te hacían volar por los aires a toda velocidad ahora bocarriba, ahora bocabajo. Hasta los coches de choque eran más salvajes que en España; eso, o que como había poca gente montada cuando los vieron, los vehículos tenían más potencia.
—¡Ostras, tenemos que montarnos ahí! —dijo de pronto Diana, señalando una atracción que por su altura asomaba sobre las demás.
—¿Y por qué no en el mazo ese que da vueltas?
—Esa seguro que marea y acabo vomitando. Me gusta más esa.
«Esa» era un carrusel aéreo de sillas voladoras que daban vueltas plácidamente. El problema estaba en que las vueltas se daban, ni más ni menos, que a noventa y cinco metros de altura.
—Ni de coña —se negó a subir Marcos.
—¿Por qué no? Arriba tiene que haber unas vistas estupendas. —Yo paso.
—Marcos le tiene miedo a las alturas —explicó Diego. —¡No le tengo miedo a las alturas!
—Claro que sí, y no pasa nada. Cada uno tiene sus manías. —No le tengo miedo a las alturas.
—¿Entonces te subes? —interrogó Diana.
—No. No le tengo miedo a las alturas, pero volar en una endeble silla de metal a noventa y cinco metros de altura no está entre mis sueños.
—A partir de ahora estará entre tus pesadillas —se rio Diego.