¡Qué instructiva resulta esta ácida[146] y burlesca
Fábula! Una parodia de esa moral de ratonera[147],
Establecida por los refranes cosidos a los muestrarios,
Que aprueba el que las jóvenes perseguidas[148] se suban a un árbol
Y adopten el hábito[149] de la corteza color negro-monja
Que desvía todas las flechas amorosas.
Para envainar la figura de la virgen en una funda de madera
Que desconcierte a su acosador, ya sea éste un sátiro con patas de cabra O un dios aureolado. Desde que aquella primera Dafne
Cambió su incomparable espalda[150]
Por el pellejo[151] de un laurel, el respeto se enrosca
A sus duros miembros como la hiedra: los labios puritanos Claman: “Alabemos a la Siringa cuyas objeciones
Le granjearon esa piel de sapo, esa médula pálida Y ese acuoso lecho de junco. ¡Mirad,
Mirad cómo esa armadura de agujas de abeto protege A Pitis del asalto de Pan! Y aunque la edad haga caer Sus frondosas coronas, su fama se eleva al cielo,
Eclipsando a la de Eva, Cleopatra y Elena de Troya: Pues ¿cuál de éstas podría hablar
En favor de una costumbre que constriñe
Los blancos cuerpos con un corsé de madera, desde la raíz a la copa Sin rostro, sin forma, las flores de sus pezones cubiertas
Por un sudario, abiertas tan sólo para amamantar a la oscuridad? Únicamente ellas, las que se conservan puras y santas
Edifican un santuario para atraer
A las vírgenes novicias, poniendo sus labios y sus miembros
Al servicio de la castidad: como los profetas, como los predicadores, Ellas cantan la serena y seráfica belleza
De las vírgenes en pro de la virginidad”.
Seguro que las horribles solteronas y los estériles caballeros Están ahora mismo cerrando un pacto semejante,
Para mantener apresada en su cepo toda la gloria,
Mientras tú grabas al aguafuerte, en el cristal interior de tu ojo, Esta virgen sometida a su instrumento de tortura:
Ella, madura y desplumada, demasiado
Ya, con su cara de amargura, sus dedos
Rígidos como los vástagos secos, y su cuerpo inexpresivamente Ladeado, se lamentará y se despertará
Convertida en el retoño del Día del Juicio. La desgana Deja en sus labios caídos ese regusto a limón:
Sin lengua, el brillante jugo de la belleza se agria. Retorciéndose, el árbol remedará esta burda anatomía Hasta que la rama de la ironía se rompa.
67. PERSEO
[152]EL TRIUNFO DEL ESPÍRITU SOBRE EL SUFRIMIENTO La cabeza aislada te muestra en el prodigioso acto
De digerir lo que sólo los siglos pueden digerir: La enorme, pesadísima estatua de la aflicción, Tan indisoluble como para perforar el intestino De una ballena con miles de agujeros y desangrarla Hasta palidecer en los mares. Hércules lo tuvo fácil
Cuando limpió aquellos establos: hasta las lágrimas de un niño lo harían. Pero ¿quién se ofrecería a engullir a Laocoonte,
El Galo Moribundo y esas innumerables pietás
Que supuran en los muros sombríos de las capillas, los museos Y los sepulcros de Europa? Tú.
Sólo tú,
Que pediste alas para tus pies —no una soga
Ni unos clavos[153]— y un espejo para mantener la cabeza poblada de
serpientes
A una distancia prudente, podías arrostrar la mueca de Gorgona De la agonía humana: una mirada que entumece los miembros:
No un mero parpadeo de basilisco, ni un doble mal de ojo, Sino todo ese cúmulo de postreros gemidos, quejidos, Gritos y heroicos pareados con los que finaliza la infinidad
De tragedias representadas sobre las tablas empapadas de sangre, Y cada punzada de dolor de un ser humano es un áspid siseante Que busca petrificar tus ojos, y cada aldea arrasada
Por una catástrofe, un pedazo de cobra que se retuerce, Y el declive de los imperios, la gruesa cola de una inmensa Anaconda.
Imagina: el mundo comprimido en un puño
Hasta devenir en la cabeza de un feto, rapaz[154], cosido
Con sufrimiento desde su concepción; y tú lo tienes ahí, En tu mano. Cualquier persona se estremece al sentir Un grano de arena en el ojo o un dedo dolorido, Pero los dioses, igual que los reyes, se vuelven rocas Ante el desconsuelo y el pesar de todo el planeta.
Y esas mismas rocas, al erosionarse y quebrarse, terminan Multiplicándose y extendiendo la desesperación
Por la oscura faz de la tierra.
De toda la creación, si no fuera porque un vientre mayor, El tuyo, traga algo más que dicha.
Ahora acabas de entrar,
Armado con tus alas que, además de volar, hacen cosquillas,
En una de esas casetas de feria donde un espejo ha transformado la trágica musa
En la cabeza cercenada de una muñeca malhumorada, y una trenza,
Desaliñada, una serpiente descompuesta, cuelga de ella como la absurda boca
Cuelga de su lúgubre semblante. ¿Dónde están Los miembros clásicos de la tenaz Antígona?
¿Las rojas, reales vestiduras de Fedra? ¿Las congojas De lágrimas ofuscadoras de la gentil duquesa de Malfi? Se han esfumado
En la profunda convulsión que se ha adueñado de tu rostro, tus músculos Y tus tendones dilatados, victoriosos, igual que la carcajada
Cósmica acaba con las descosidas, irritantes heridas De un sufrimiento eterno.
Para ti, pues, Perseo,
Hasta el final de los tiempos, la celestial balanza Que pondera nuestra locura con nuestra cordura.