Capítulo II. Ser colombiano es un acto de fe
2.3 La Virgen de los sicarios
Aquí me gustaría citar una anécdota de mis tiempos de estudiante de Periodismo. Mi profesora de Teorías de la comunicación, Patricia Téllez –que en la actualidad aún se desempeña como docente en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá– ha publicado algunos artículos sobre la cultura de la violencia en el país y su asociación con la cultura religiosa. Recuerdo que, en una ocasión, nos contó que había ido a visitar el santuario de la llamada Virgen de los sicarios, en Medellín. Entre los papeles con peticiones que yacían a los pies de la imagen, encontró uno con la siguiente nota: «Gracias virgencita por haberme ayudado a matar al hijueputa policía que me estaba persiguiendo». Esto ocurrió una década antes de que Fernando Vallejo publicara su novela y diera a conocer a la Virgen de los sicarios al mundo. Creo que la anécdota ilustra no solo el carácter profundamente religioso y a la vez violento de un cierto tipo de colombiano, sino que da testimonio de hasta qué punto los criminales, lejos de renunciar a la fe, la distorsionan.
39 Miguel Gómez Balboa entrevista a José Gil Olmos, autor de Los brujos en el poder. Artículo publicado
en el diario La prensa, de La Paz, Bolivia. Los brujos infiltrados en el poder político. Domingo 8 de marzo de 2009
La citada Virgen, en sí, es una estatua de María Auxiliadora ubicada en la parroquia principal de Sabaneta, a las afueras de Medellín. Esta imagen, de origen italiano, fue una donación hecha por Leonor y Elvira Cano Villegas40. Me permito hacer un inciso para incorporar una serie de datos que guardan una curiosa relación entre sí. Las Cano eran hijas del periodista Fidel Cano, fundador del diario El Espectador, uno de los más antiguos de América. Por paradojas de la vida, uno de los descendientes de Cano que tomó el relevo en la dirección del diario, Guillermo Cano Isaza, fue asesinado en diciembre de 1986 por sicarios de Medellín que obedecían órdenes de Pablo Escobar. No fue el único ni el último de los Cano amenazados de muerte. «En 1989 una bomba de alto poder estalló al frente de sus instalaciones y las dejó semi destruidas. En las dos oportunidades, al día siguiente apareció un inmenso titular en la primera plana: Seguimos adelante».41 Por las salas de redacción de este diario pasó, cuando se estrenaba como reportero, Gabriel García Márquez.
Sabaneta es un pueblo de aspecto aparatoso, con carteles enormes y negocios de toda índole, pero en realidad es un sitio apacible; a lo que más recuerda es a un caserío campesino. No es extraño que prospere la devoción a una figura protectora en un país violento y con una marcada inclinación hacia la religiosidad. Medellín fue una de las primeras ciudades en las que prosperaron los narcotraficantes, que, a su vez, necesitaban a su servicio una auténtica red de sicarios. Y en un mundo donde el que no cumplía el cometido de matar acababa muerto, un fallo de puntería resultaba costoso. Como hombres devotos que eran, los sicarios comenzaron a acudir a la Virgen más famosa de
40 Página oficial de la arquidiócesis de Medellín. http://portal.arq-medellin.org.co/
41 Artículo publicado en El Tiempo. (El artículo fue publicado con motivo del centenario de El Espectador, que en ese entonces era el segundo diario con mayor tiraje en Colombia. Sin autor. Cien años
la localidad, que era la de Sabaneta. Con el tiempo y el aumento del número de sicarios, creció la devoción a esta figura, a quien sus fieles pedían no fallar ni un tiro, que les mantuviera el punto firme y pudieran así cumplir con su trabajo. Se arrodillaban frente a la imagen y con toda devoción pedían que les saliera «bien el negocio».
Al ser confrontados con la dualidad de sus actos –pedir protección para asesinar–, la lógica de los narcotraficantes y de los sicarios resultaba aplastante; consideraban que tenían tanto derecho a pedir la protección de la Virgen como cualquiera, en concreto, los políticos. Si rezaban a Virgen los dirigentes del país y las familias que acumulaban riqueza a costa de explotar y matar de hambre a los pobres, ¿por qué no iban a poder hacerlo también ellos?
Realidades como esa muestran lo confusa que resulta en Colombia la frontera entre el Bien y el Mal, pero, curiosamente, la devoción no desaparece. Suma y sigue.
2.4 Los Santos Malandros
García Márquez vivió sus primeros años de casado en Venezuela, otro de los países con problemas de violencia en los que existen cultos recientes, que se desprenden o contraponen a los tradicionales de la Iglesia Católica. En este caso se trata de los Santos Malandros, criminales de la década del sesenta que fueron abatidos por la policía, pero que se perciben como una especie de héroes locales que comparan con Robin Hood.
Ellos cometían muchos delitos, pero respetaban ciertos códigos de honor. Los Santos Malandros nunca cometían fechorías en su barrio. Solo robaban en las zonas ricas. No
denunciaban a otras personas, ni cometían delitos sexuales ni violaciones. Eso estaba totalmente prohibido. En vida hicieron mucho daño, aunque era por causas más o menos nobles.42
Los devotos de los Santos Malandros son, en su mayoría, los excluidos de la sociedad. Se trata de una población que vive en la miseria, para la cual la delincuencia se convierte en una opción de vida. A edades muy tempranas se incorporan a alguna banda o pandilla local. Es frecuente que su primera prueba sea matar a una persona, a cualquier desconocido, solo para probar que sirven para el oficio de matones. Su expectativa de vida es tan corta, que muchos no llegan a cumplir los veinte años.
El auge del rito de los Santos Malandros se ha disparado desde el Caracazo de 1989, cuando unas protestas contra un paquete económico desembocaron en violentos saqueos en la capital y en el resto del país. Según el Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV), una ONG especializada en este tema, la tasa de homicidios en el año 2009, tan solo en Caracas, se sitúa en 49 muertes violentas por cada 100.000 habitantes. En la capital de la vecina Colombia, Bogotá, que durante décadas ha figurado entre las más violentas del mundo, la cifra de ese mismo año se sitúa en torno a 33 homicidios por cada 100.000 habitantes.
Los Santos Malandros tienen en Caracas una población devota que crece a medida que se agudizan los conflictos sociales y se extiende la pobreza en el país. Al igual que La Santa Muerte mexicana y que la Virgen de los Sicarios colombiana, los Santos Malandros son reverenciados en particular por un segmento muy específico de la
población, personas asociadas a actividades ilícitas, como el contrabando de drogas, la delincuencia, el robo y el sicariato.
Los tres cultos mencionados son fenómenos que han cobrado notoriedad en las últimas tres o cuatro décadas, precisamente de la mano del auge del narcotráfico. Sin embargo, retoman o reinventan ritos de devoción arraigados en la cultura local. En el caso de la Santa Muerte, se trata de una deidad renacida, porque ya contaba con devotos en México antes de la llegada de los españoles. Si hubiéramos de ordenar las figuras por antigüedad, la que más arraigo tiene es la Santa Muerte, que data de tiempos prehispánicos. La Virgen de los Sicarios es un culto tergiversado y ha pasado a ser una especie de deidad a la que se encomiendan quienes andan en «malos pasos». No abandonan sus negocios ilícitos, sino que proyectan su carácter delictivo en la Virgen a la que ruegan protección para que proteja sus propósitos oscuros. Los Santos Malandros, en cambio, son del todo nuevos, los recién llegados del grupo.
Como se ve, los países latinoamericanos en los que ha vivido García Márquez, en particular México y Colombia, tienen una vertiente religiosa muy arraigada. Los cultos, lejos de desaparecer, toman nuevas formas, asumen un rol dual, acorde con la sociedad que los practica.
La devoción religiosa es una de las señas de identidad de América Latina. Al lado de los rituales de fe instaurados por la Iglesia Católica desde la época colonial, encontramos el culto a estas figuras renacidas o transformadas. Son nuevas formas de fe y devoción, lo que demuestra que, en el continente, el impulso religioso no solo está lejos de desaparecer (que es la tendencia en Europa), sino que se está ramificando, está
tomando un nuevo auge. Un observador cuidadoso de la vida de los latinoamericanos sabe que la identidad de estas poblaciones es inseparable de su fe, tome la forma que tome. Gabriel García Márquez lo sabe, lo ha vivido, y por eso incorpora en sus obra no solo el culto religioso tradicional (en su caso, los sacerdotes suelen desempeñar un papel relevante), sino también las formas como se tergiversa la religión, a veces para dar lugar a nuevas supersticiones.
Es a la luz de la fe –o de la distorsión de ella–, pilar de la vida latinoamericana y de la narrativa garciamarquiana– que se ha de revisar la producción narrativa de estos países en sus décadas de mayor esplendor. La fe –en esto debo ser enfática– que no es lo mismo que la fantasía ni contempla la existencia de criaturas «maravillosas» como duendes o elfos.