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Virgilio Piñera, el último del “quinteto”, y el Mulo: palabras extraviadas

PERDIDAS: JESÚS DÍAZ Y LA DIÁSPORA CUBANA DE LA ÚLTIMA DÉCADA DEL SIGLO

2.2.6. Virgilio Piñera, el último del “quinteto”, y el Mulo: palabras extraviadas

Dentro de la novela se sugiere que el proyecto inicial era retomar a los representantes del Siglo de Oro de la Literatura Cubana, dentro de los cuales se destacaban cuatro: Carpentier, Lezama, Guillén y Diego. A estos cuatro grandes, los jóvenes artistas los titularían “La banda de los cuatro”, pero es Una, nuevamente, quien inserta, en este canon establecido por los poetas, a otro más, Virgilio Piñera, arguyendo, especialmente, su contribución al teatro, género que no tenía representación en esta selección que hacen El Flaco, el Gordo y el Rojo.

Dada la fuerte argumentación de Una, se incluye a Piñera y, por lo tanto, el proyecto se titularía entonces: “El quinteto de la muerte”. Piñera recibiría el reconocimiento por obras teatrales como

La boda o Falsa alarma, aunque también había que resaltar su narrativa, plagada de un tono

satírico, absurdo, extraño y cruel; en su obra se ponen al descubierto personajes marginales que tienen que tolerar, o enfrentar, una intolerancia social.

Piñera no podía escapar del rito de muerte que le hacen los Güijes, quienes le escriben el siguiente epitafio:

Yace Virgilio bajo esta losa fría Ya no podía contarnos sus dolores, Sus teatrales delirios y agonías.

(Por fin descansan él y sus lectores). (192)

Fue leído en la Copelia. Virgilio Piñera apareció con Antón Arrufat, también éste dramaturgo y que se caracterizaba por su estatura mediana, su amplísima frente y una mirada de águila burlona. Al escuchar su epitafio, Piñera reaccionó con algo de desprecio y, para atacar su muerte prematura, mató los encuentros en la heladería con una sentencia: “jamás respetaré a una generación literaria que hace su bohemia en una heladería” (192). Desde ese día, Copelia desapareció para el encuentro de jóvenes artistas; sólo cuando Dalton llega a Cuba, los encuentros toman otro tono, no alrededor de los helados, sino del licor, los cigarros y la casa del

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poeta donde se daban, además, fuertes discusiones sobre el estado del arte que iban y venían de lo pésimo a lo glorioso.

Por su estilo auténtico y su fidelidad al arte, Piñera, en sus últimos años, se separa del compromiso revolucionario como lo hizo Lezama, y por ello, termina en el aislamiento y el inxilio hasta su muerte; su vida misma se convierte, así, en testimonio de la contestación del silencio. Ese ostracismo que asume es una expresión contestataria en la que se niega a continuar con su producción artística, mientras ésta siga sirviendo a un poder político.

Otra de las persecuciones que sufre Piñera en la isla, además del pensamiento o creación libre, es la persecución a su sexualidad. Esta difícil condición del ser homosexual es posible rastrearla en el cuento del Mulo, este joven que es llevado a la UMAP9.

El cuento que el Mulo envía desde estos campos se llama Fiesta Brava. Allí se invierte el concepto primigenio de la misma, pues es el toro el que enviste y mata al hombre, y la barbarie de las corridas se trasmutan al escenario de los campos de concentración, siendo los jóvenes las víctimas, y en este caso, el autor del cuento.

Pero no en balde yo era el mejor matador que había pisado la Plaza de Hombres. Procedí limpiamente, de frente, cuidándome mucho de que mis cuernos no lo atravesaran todavía. Lo acerté con el testuz, en pleno pecho, elevándolo como un pelele: cayó a tierra sin soltar el estoque, en medio del escándalo de los tendidos. Se levantó, vomitando sangre, y durante un segundo sentí lástima de él. Más ese es un sentimiento fatal para nosotros, los hombreros. Me sobrepuse recordando que aquél animal había cometido el pecado nefando y que lo hambreábamos como castigo.

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De acuerdo con la definición de Las palabras perdidas y Díaz, esta institución eran las Unidades Militares de Ayuda a Producción, unos campamentos donde metían a los maricones para convertirlos a machos (208). Según Jesús Quintana, éstas fueron campos de trabajo forzados que existieron en Cuba entre 1965 y 1968. Allí estuvieron unos 25 hombres, básicamente jóvenes en edad militar, que por diversos motivos se negaban a hacer el servicio militar obligatorio (miembros de algunas religiones) o bien que eran rechazados en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (homosexuales). Ante las protesta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, de organismos internacionales y de intelectuales extranjeros de renombre, son cerradas las UMAP. (Tomado de VIERA, F. (2010). “La U.M.A.P: Unidad Militar de Ayuda a la Producción. Cuba.” en el blog Diana Margarita Cantón Martínez (Ruiz). México, D.F. Disponible en: http://dianamargaritacanton.blogspot.com/2011/02/la-umap.html. Actualizado el 21 de febrero de 2011.)

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Imaginarlo así, recibiendo ofrenda de varón, borró en mí todo vestigio de piedad. Me dispuse a matar. Aquella bestia merecía la muerte, tanto como los míos merecían la fiesta… (249)

Este —creo— es uno de los cuentos en los que se manifiesta abiertamente el problema de homofobia que existe en la isla y su persecución; hay que reconocer, sin embargo, el trabajo de Reinaldo Arenas, otra de sus víctimas, y que dio fe de todos los abusos cometidos en este sitio. Pero, lo más interesante de esta propuesta narrativa, es que nunca los sitios y los personajes se identifican como tales; el “hombrerero”, por ejemplo, personificado en el toro, es quien hace el sacrificio porque tiene que purificar y castigar a la víctima que no pudo convertirse en hombre.

Es tan evidente para la cofradía, que el Flaco sacrifica la calidad de creación literaria del cuento y realiza la primera censura impidiendo que en el primer número de la revista aparezca publicado. Esto se genera porque todos conocen las razones para ello: la primera, porque su autor está confinado en ese campo de concentración por ser homosexual, y la segunda, por el carácter de denuncia inserto en la creación del mismo. Este cuento es el ejemplo del carácter testimonial de los olvidados y perseguidos que asumieron un papel no pasivo en el proceso de la pos-Revolución cubana y que, desde una narrativa crítica, rompe con los cánones establecidos, dada su libertad de creación y transfiguración del mundo. Con estas características empieza a emerger la literatura del pos boom.

Las palabras perdidas de Díaz abre, como en su revista Encuentro, una propuesta donde se da

forma a un nuevo universo de la literatura, en el que la creación, publicación, reflexión, análisis, crítica y recepción de los diversos géneros literarios, tienen un lugar y una presencia constantes. En la obra, el espacio representado es el mundo intelectual, donde esta serie de jóvenes escritores, que publican sus creaciones a los demás, se van cuestionando en una constante autocrítica para revelar sus intenciones estéticas. Pero este entramaje de géneros y visiones no queda en el aire, sino que sigue firme en la propuesta de insertarse en el campo de poder, llevada a cabo a través de la difusión de la revista El Güije Ilustrado. Así mismo, en ese juego de elaciones se observa la historia de la literatura latinoamericana y cubana, los movimientos emergentes, la crítica frente a la canonización y las instituciones nacionales, como también las tensiones políticas y económicas que van insertas en las reflexiones y testimonios de las voces

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del Flaco, el Gordo, el Rojo y Una, que se toman la obra y son testigos, creadores y protagonistas de su vida.

Otro de los aspectos es la estructura misma de la obra que oscila en dos momentos: el nacimiento del proyecto, su lucha y creación, hasta el fin del mismo que es la no publicación de la revista como símbolo de censura y traición. El otro momento es la razón que se da diecisiete años después con el único sobreviviente del proyecto, el Flaco que, fuera de su país y sin haber publicado nada, se encuentra con Rubito, el líder de los Jobatos, escritor mediocre que ahora es diplomático en la Unión Soviética y que lleva a pensar al Flaco que fue él quien realizó ese análisis tendencioso de la revista, matándola sin haber nacido, y llevando a sus creadores a un desenlace trágico. El Gordo y el Flaco se resignaron al castigo y se quedaron en el inxilio; Una y Rojo no aceptaron el castigo y su vida se complicó, tanto en la sobrevivencia económica como en la afectividad, desembocando en el trágico final, al menos para Una, quien, después de que el Rojo descubriera su cáncer y padeciera su enfermedad, ella, por el amor que le sentía, lo acompaña hasta su muerte y luego se suicida.

Para el Flaco, el inxilio fue el sinónimo de cordura, pero no de lucha, porque como afirma Una en su valoración de las dos obras, “—...‘Confusión’, pese a todo, es li-te-ra-tura —dijo mirándolo a los ojos—. ‘Flores’ está más allá, en el territorio de los locos…" (269). Es en ese territorio que el Flaco recobra junto a su delator, donde decide recoger la obra de sus amigos y escribir la novela total de Las palabras perdidas.