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Virginia Trueba: Op cit, p 90, nota.

Eladio Mateos Miera

7 Virginia Trueba: Op cit, p 90, nota.

como señala la que seguramente es la mejor estudiosa de la novela en el ámbito hispánico Virginia Trueba, quien apunta incluso hacia un racismo latente en el dis- curso. Como también ha indicado la profesora Trueba, aunque Juanita incluya cierto vocabulario en árabe en su discurso referido sobre todo a gastronomía, indumentaria o administración, y algunas frases rudimentarias en esa lengua, no siempre lo hace con corrección, lo que demuestra también su lejanía con el autóctono, mientras que cuando se refiere por ejemplo a expresiones, objetos o fiestas afines al mundo judío sí lo hace con propiedad.

Pero lo que explica esa distancia es más cuestión de clase que racial, ya que todos los marroquíes trabajan para extranjeros como sirvientes, o ejercen las actividades más bajas, como vendedor ambulante de pescado o aguador, conductor de autobús o acomodador de cine. En el mundo de interpares del Tánger internacional, donde españoles, ingleses, franceses y judíos se hablan de tú a tú, el autóctono está excluido de la conversación y se le reserva el papel de siervo. Pero el mismo trato reciben los obreros, y Juanita se refiere a ellos con las mismas expresiones que usa para los ma- rroquíes, con la misma distancia de un “ellos” interpuesto: “Los obreros siempre han tenido eficacia. Las mañas de la gente pobre. (...) ¡Qué misterio el de la gente pobre!” (23); “Ya le di a éste un pisotón. La que me espera. Tiene cara de ser del Patio Rúa. Bolchevique, seguro... me insultará. Menos mal, he pedido perdón. Esta gente, a veces, son mucho mejores de lo que pensamos.” (24). El colonialismo demuestra así, bajo la supuesta superioridad cultural y moral occidental, su descarnado argumento de dominación económica, acentuándose las contradicciones de los colonizadores conforme avanza la emancipación de los colonizados y se va construyendo un nuevo orden donde los últimos resistentes de la vieja sociedad ya no tienen lugar: “Nada de judíos ni de cristianos, ellos solitos, y como en una tragedia, acabarán matándose” (253). El Tánger a cuya degradación imparable asistimos a lo largo de la novela es una construcción del imaginario colonial, pues Juanita Narboni no sólo está en una frontera geopolítica concreta en un tiempo histórico concreto, está también en la frontera sociológica de un mundo que se acaba, de una época que muere:

¡Con lo bonitas que eran vuestras costumbres! Daba gusto ver aquellos desfiles de carrozas cuando llegaba el Mulud, con Cara Burro vestido igualito que Mada- me Du Barry, haciendo una mala imitación de nuestras costumbres. La imitación que hacéis ahora de nosotros es distinta. Otra cosa. Aquella tenía gracia, era ino- cente, no había un mal. Ésta, Juani de mi alma, tiene tanta maldad que entran ganas de echarse a temblar. En la de antes pretendíais agradarnos. En la de ahora yo lo que creo, y que Dios me perdone, lo que pretendéis es asustarnos. (226)

Juanita Narboni rechaza la independencia en tanto que occidentalización de cos- tumbres por parte de los africanos: “Se acabaron los velos y los jaiques, todo lo que para nosotros tenía el encanto de lo oriental. Mira éste que llevo delante, los pelos largos no te van (...) Pues anda que la farajma que me acaba de dar un pisotón (...) con minifalda (...) no se puede pasar de la babucha a los tacones de la noche al día.”

(225-6). Pero el rechazo cultural realmente encubre la pérdida del poder económico y administrativo de los colonizadores, la desaparición del tráfico marítimo, de las relaciones bancarias con Gibraltar o de la rica vida comercial de la época colonial: “Antes sí, pero desde hace tiempo no hay dónde ir, ni siquiera de tiendas. No encuen- tras nada. Bazares, pretos bazares...” (166).

Aunque en otros muchos lugares de la novela podemos encontrar esa visión nega- tiva y orientalista, lo que reforzaría como señalaba Trueba la concepción de alteridad, el discurso de la protagonista es no pocas veces ambiguo, y va mostrando desde el principio grietas por las que se va introduciendo un cuestionamiento del monolitis- mo orientalista que sustenta la visión del personaje. En principio, Juanita se niega a atribuir al otro una deshumanización absoluta, y al igual que los obreros “a veces, son mucho mejores de lo que pensamos”, con los africanos cometemos el mismo error: “¡Qué error más grande! Creemos que ellos son como animalitos. También son hijos de Dios...” (106), y cuando quieren pueden ser inteligentes, piadosos o “más lim- pios que nosotros” (257). Aunque este tipo de apreciaciones son abrumadoramente menores en cantidad que las negativas, resultan indicio de una opinión ambivalente respecto al autóctono, dominada en cierto modo por un sentimiento de atracción- repulsión, escenificado en la novela fundamentalmente a través de la relación con la sirviente marroquí, Hamruch.

Se trata no sólo de uno de los pocos personajes de la comunidad marroquí indi- vidualizados con un nombre propio, aunque incompleto ya que Juanita nunca sabrá su apellido ni el lugar dónde vive; es, sobre todo, la verdadera alma gemela de la pro- tagonista, su único sustento emocional y el ser con el que acabará por identificarse. Aunque la mujer “Siempre ha sido como de la familia. Nos conocía de toda la vida, y encima, lo que cobraba” (230), el desencuentro y la visión estereotipada de la mora impregnan el discurso de la Narboni. Hamruch es vaga y torpe (“Hace lo que le da la gana”, 19), chismosa y poco confiable (“Tarda la negra, ya se entretuvo charlando con la fátima de Mona. ¿De qué hablarán? Algo estarán tramando contra nosotros”, 218), ignorante y supersticiosa, lasciva (“¿Qué estás haciendo, guarra? ¡No me digas! ¿Pues no me está tocando las tetitas?”, 217)... Hamruch, como señala Trueba, es una “presencia muda en la cotidianeidad de Juanita” a la que nunca escucharemos pero cuya presencia y desaparición ponen en marcha el examen de conciencia que la pro- tagonista elaborará respecto al autóctono.

Adornada con todos los atributos del cliché orientalista, la relación de Juanita con la sirviente está presidida sin embargo por una esencial ambigüedad, y bajo esa capa de tópicos la protagonista descubre al verdadero ser humano que tiene enfrente y la empatía profunda que la une con la sirvienta, convertida desde muy pronto en la única compañía en una ciudad que se despuebla y cuyos últimos habitantes también acaban por dar de lado a la señorita Narboni: “A la hora de la verdad, nadie. Te dejan sola como si fueras un perro. Eso es lo que eres. Un perro de mierda. ¡Hamruch, Hamruch! ¿Estaré enamorada de ti? Por lo menos, eres lo único que tengo” (224).

A esa identificación, tan profunda que llega a conmover las convicciones sexuales de la protagonista novelesca, ésta ha llegado gracias al trato humano continuado con Hamruch, que en numerosas ocasiones es vista por Juani como su único apoyo emo- cional: “Juntas, siempre juntas, para la mejor y para lo peor. Buena pareja hacemos (...) sólo te tengo a ti, Hamruch” (116-7). En el imparable proceso de degradación biográfica que sufre Juani, Hamruch no sólo se convierte en soporte humano, tam- bién material cuando la ruina de la protagonista apenas le da para comer: “¡Cuantas veces ella misma traía de su casa un platito con tadyin, o uno con pistila, o un cuscús cuando mataban el carnero!... Esa santa que tú no conoces. Que será todo lo mora que tú quieras, pero es una santa, una cherifa.” (206). De hecho, la mujer no necesita el trabajo ni el sueldo escaso que gana, pues familiares en el extranjero le envían di- nero suficiente para vivir, “A casa viene por distraerse” (230) piensa Juanita, pero en realidad lo hace por piedad hacia ella. Sin embargo, de todo ello la protagonista pa- rece no darse cuenta hasta que Hamruch una mañana cualquiera no acude a su casa y desaparece para siempre: “Ni siquiera me he dado cuenta del valor de Hamruch hasta que no la he tenido delante. Ironía de la vida” (234), y es ésta pérdida la que ya en el último tercio de la novela desencadena en Juanita un proceso de autocrítica que hace evolucionar su visión del africano y replantearse su lugar y el lugar del otro: “Ahora todos hablan en francés y pasan por tu lado como si no existieses... Claro, hemos pasado nosotros tantas veces por el lado de ellos como si no existieran” (226).

No podemos, en este punto compartir la idea de Fauveau y Trueba sobre la imposibilidad de evolución del personaje que “sería incompatible con su propia caracterización”8, ya que resulta obvio que retrospectivamente Juanita realizara al

final de sus días una relectura de su relación con Hamruch, con quien ha estado “Años y años frente a frente, sin entendernos” (217), viviendo de espaldas, para llegar a una conclusión demoledora sobre los prejuicios culturales que han distorsionado su acercamiento: “¿Qué entendió ella de eso? Ni yo tampoco. Hemos sido dos vícti- mas y dos verdugos a un tiempo. Porque ni ella ni yo nos hemos enterado nunca del tejemaneje de las alturas” (231). La identificación entre las dos mujeres es completa, víctimas ambas sin distinción de razas de un mismo sistema de opresión social y económica que iguala a las personas, una percepción que no sólo se refiere de modo individual a Hamruch y a ella misma, sino que Juanita extiende a toda la comunidad marroquí, que a pesar de la independencia y los cambios aparentes, seguirá sojuzgada por los poderosos de siempre: “Hoy ya mi vida no queda nada. Todo es de ellos. Y nada de es de ellos. De unos cuantos, como siempre. De los grandes” (255).

Aunque no se pueda hablar de una integración de la protagonista en la sociedad marroquí, sin duda su punto de vista ha cambiado, y de hecho acabará sus días comiendo a diario en un restaurante árabe cuyo propietario es uno de los pocos ros- tros del pasado que aún reconocen a Juanita en una ciudad donde no queda nadie:

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