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virtudes de los santos estragos de las naciones»

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n e l a ñ o 4 1 8, s a n A g u s t í n r e c i b i ó u n a c a r t a de Hesiquio, obispo de Salona (Solin, en la costa dálmata de Croacia). Hesiquio escribía para preguntar a san Agustín, en la lejana África, si estaba cerca el fin del mundo. Este último se encargaría de tranquilizarle. El Imperio romano había conocido desastres peores a ío largo del siglo 111: «Pues, por no extenderme demasiado, en tiempos del emperador Galieno [253-268], cuando los bárbaros de todos los rincones del mundo invadían las provincias romanas», muchos cristianos pen­ saron que había llegado el fin del mundo. Pero evidentemente se habían equi­ vocado. En todo caso, añadía san Agustín, todavía había un mundo vastísimo más allá de los límites del Imperio romano. Cristo no había de regresar hasta que su Evangelio hubiera sido predicado a las naciones paganas más aparta­ das: «El Señor no prometió [entregar a la Iglesia católica] sólo a los romanos, sino a todas las gentes del mundo» . 1

El sereno distanciamiento con que san Agustín contemplaba los actuales trastornos del Imperio no podían tranquilizar al obispo de Salona. Para Hesi­ quio, lo mismo que para muchos cristianos que habían conocido la época pos- constantiniana, un mundo sin Imperio no era mundo.

Y sin embargo, tanto en Britania, como en la Galia o Hispania, la perspec­ tiva de un mundo sin Roma iba adquiriendo día a día más visos de realidad. Tras las primeras incursiones de 406 se habían acabado los tiempos de paz. Para la tercera década del siglo era ya evidente que, en claro contraste con los tiem­ pos de Diocleciano y Constantino, si tras aquella época de distorsión debía ve­ nir un nuevo período de recuperación, esa recuperación no iba a deberle nada al Estado romano. El aparato militar y fiscal relacionado con el Imperio refor­ mado del siglo v no fue capaz, desgraciadamente, de proteger sus fronteras. Occidente quedó totalmente desgajado, convertido en un mosaico de regiones distintas. La parte meridional de la Galia —la zona que va de Marsella a Arles—, Italia y África —hasta su catastrófica conquista por los vándalos en 429-439— siguieron siendo provincias «imperiales». Durante tres cuartos de siglo, hasta la anodina abdicación del último emperador, Rómulo Augústulo, en 476, Italia y Provenza fueron una mera prolongación en el Mediterráneo occidental del

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viejo orden de cosas: de la estabilidad imperial que seguía dándose por descon­ tada en toda la región oriental del Imperio. Si Constantinopla era la «Nueva Roma», Ravena, la capital de los emperadores de Occidente en el norte de Ita­ lia, era en buena parte una «pequeña Bizancio».

En el resto de Occidente se estaba gestando una situación totalmente distin­ ta. Las provincias occidentales se habían caracterizado siempre por su intenso provincialismo. Durante siglos las elites locales se habían aprovechado de su identificación con un sistema imperial global. Pero cuando ese sistema dejó de protegerlas, las lealtades regionales, garantizadas y fortalecidas durante siglos y siglos de paz romana, pasaron a ser lo más importante. Ahora bien, si las elites locales de Britania, la Galia y el vasto subcontinente de Hispania querían seguir siendo romani —es decir, si querían conservar parte de la posición de la que habían disfrutado con Constantino y sus sucesores—, tenían que apren­ der a adaptarse a un mundo sin Roma, y además debían hacerlo teniendo como socios o incluso como amos a aquellos «bárbaros» despreciables.

Lo verdaderamente curioso de la historia de Occidente durante el siglo v es la tenacidad con la que los romani de todas esas regiones lograron restable­ cer su posición en aquel ambiente posimperial. Quizá no hubiera llegado el fin del mundo, como temía el obispo Hesiquio, pero a lo largo del siglo v sí que llegó en muchas regiones el fin de un «mundo», de un orden religioso y social determinado que muchos cristianos daban por descontado. Lo que surgió en su lugar fue un mundo en el que las aristocracias provinciales romanas se es­ forzaron por conservar su poder local en colaboración —a veces nada fácil— con los señores de la guerra de origen no romano.

Lo que se perdió irremediablemente fueron los vastos horizontes asociados con la idea de imperio cristiano posconstantiniano. Por poner un ejemplo, Hi- dacio (c. 397-470) era oriundo de Galicia. Había visitado Jerusalén en compa­ ñía de su madre cuando tenía diez años. El pequeño había sido incluso presen­ tado a san Jerónimo. Pero todo aquello había sucedido allá por el año 407. Cuando escribió su Crónica, en 455, Hidacio llevaba casi veinte años de obispo de Chaves, cerca del litoral atlántico, en el norte de Hispania. Había conocido el final de una época. Se hallaba ahora atrapado

en el interior de Galicia, en el extremo más apartado del mundo ... sin que por ello haya dejado de verme afectado por todas las calamidades de esta época in­ fortunada ... [y no haya tenido que hacer frente] a la dominación de los herejes, agravada por la destrucción acarreada por unas tribus hostiles.

Sólo unos pocos peregrinos de Tierra Santa pasaban ahora por su ciudad. Ni siquiera habrían sabido decirle cuándo había muerto san Jerónimo. Hida­ cio comentaba, sin embargo, que la vecina Braga había sido saqueada por un ejército visigodo en busca de un botín fácil y rápido, y «aunque no se produjo derramamiento de sangre, [aquel desvergonzado atraco del que había sido víc­ tima una ciudad romana] ya era bastante lamentable». Era una «repetición par­ cial», en su triste país, de la trágica destrucción de la antigua Jerusalén. 2

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El fin de la paz romana y la pérdida de los vastos horizontes asociados con la idea de imperio cristiano eran ya suficientemente alarmantes para un hom­ bre como Hidacio. Pero más doloroso todavía resultaba tener que admitir que, para poder conservar cierto grado de orden e incluso de prosperidad, las socie­ dades regionales, desgajadas del Imperio, se veían obligadas a alcanzar un m o­

dus vivendi cualquiera con los bárbaros.

Ello, a su vez, significaba permitir que los barbari, estereotipo de «indivi­ duos marginales» según la mentalidad propia del Imperio romano, se convir­ tieran de un modo u otro en «individuos integrados».

Admitir aquello resultaba muy difícil. Los romanos prefirieron seguir ha­ blando de los bárbaros en términos familiares a los lectores de la literatura clá­ sica. Los terratenientes galos describían a visigodos y burgundios como hom­ bres «vestidos con ropas desastradas y pieles amontonadas de cualquier forma sobre los hombros», es decir, individuos que no iban vestidos, como los roma­ nos, con tejidos de seda, que eran fruto de la civilización, sino con productos sin pulir arrancados directamente de la naturaleza silvestre. Su séquito estaba formado por guerreros que ejercían esta función de por vida. La complicada labor de orfebrería esmaltada de sus escudos «ponía de manifiesto su riqueza y, al mismo tiempo, demostraba que [la guerra] era su principal pasión».3 Se­ mejante tipo de descripción implicaba que los bárbaros eran unos seres extra­ ños que no se sabía de dónde habían salido: nunca podrían tener un papel en el montaje tradicional de la vida romana; y, si lo lograban, sólo podrían de­ sempeñar la parte de «aliados» subordinados de Roma, pero no la de socios o amos potenciales. Resultaba más fácil ver a los bárbaros en aquellos térmi­ nos pasados de moda que enfrentarse con la realidad y reconocer que muchos de ellos eran sencillamente potentes, es decir, «potentados, poderosos», roma­ nos alternativos, gentes que estaban ya más que semiromanizadas según los cri­ terios no demasiado precisos de la época postimperial.

En realidad, los bárbaros con los que entraron en contacto los habitantes de Occidente eran un fruto del nuevo Imperio de Constantino y sus sucesores tanto como pudieran serlo las propias aristocracias locales. El Imperio del si­ glo IV había necesitado de servidores leales. Y por lo general había preferido utilizar a gentes que no tuvieran los mismos valores y las mismas ambiciones que la aristocracia terrateniente tradicional. A los militares, en particular, se les animaba activamente a constituir una clase aparte, a permanecer ajenos y poco comunicativos respecto al resto de la sociedad. Durante más de un siglo los ejércitos imperiales habían sido reclutados en las zonas fronterizas, en las que apenas cabía distinguir entre «romanos» y «bárbaros». Lo que importaba era la lealtad, una lealtad tajante al Estado romano, resumida en el solemne juramente del soldado al emperador «como un dios, que se hace presente en carne y hueso».4 Dada su condición de viri militares, de hombres de guerra, «romanos» y «bárbaros» eran iguales en el ejército romano. Eran servidores igualmente distinguidos e igualmente privilegiados de un Estado poderoso. Tánto a unos como a otros el derecho a alcanzar riquezas y un estatus elevado se lo daba el cingulum militiae, el pesado cinturón de oro —a menudo fabricado en

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los talleres imperiales de Constantinopla, en un estilo que recordaba el bárbaro esplendor del arte del Asia Central y del Danubio—, que los distinguía de la población civil.

Incluso después de las invasiones, los grupos «bárbaros» fueron tratados como soldados del emperador. Los visigodos fueron establecidos por las auto­ ridades imperiales en las cercanías de Burdeos en 418. A los burgundios se les dieron las guarniciones del curso medio del Ródano y del Saona en 443. Los destacamentos de la caballería alana fueron estacionados a lo largo del Loira, a una distancia bastante notable de las turbulentas costas de Britania. Por lo que sabemos, incluso los piratas sajones establecidos en algunos enclaves en las proximidades del Támesis llegaron a Britania a raíz de un acuerdo alcanza­ do para defender la isla. Todos ellos eran reencarnaciones perfectamente reco­ nocibles de los viri militares de épocas anteriores. No eran invasores proceden­ tes del «espacio exterior». Las tierras que ocupaban no las poseían por derecho de conquista. Sus asentamientos fueron el último legado de una política de «di­ vide y vencerás» que dejaba a sus provinciales un Imperio ya desfalleciente.

Así, pues, los llamados «asentamientos bárbaros» no supusieron en reali­ dad demasiado trastorno. Los visigodos del valle del Garona, por ejemplo, nunca constituyeron más de la sexta parte de la población total de la región. En reali­ dad, los colonos bárbaros no ocupaban un lugar más destacado que el perso­ nal militar estacionado en las fronteras. Y eran establecidos de tal forma que, en la medida de lo posible, parecieran soldados romanos. Sus familias recibían tierras en posesión, como si fueran veteranos. Y, como si fueran soldados regu­ lares alojados a costa de la población civil, tenían también acceso a una parte de la producción de las tierras. Por lo demás, las guarniciones locales recauda­ ban para su propio uso una parte de los impuestos de la región.

Había, sin embargo, una diferencia fundamental. Aquellos asentamientos reproducían, en las tierras más fértiles, en el corazón mismo del mundo medi­ terráneo, donde la aristocracia terrateniente romana estaba más firmemente arrai­ gada, unas condiciones que sólo habían sido habituales en las provincias mili­ tarizadas del extremo norte. En muchas zonas de la Galia, de Hispania y, por fin, a partir de 476, también de Italia, militares de origen no romano se convir­ tieron en miembros destacados de la sociedad local, alcanzando una posición que les permitía competir con los romani en sus mismos términos. Convirtie­ ron sus privilegios militares en sólidos beneficios —en tierras, en clientes, y en esclavos— típicamente romanos, manifestados en un estilo de vida perfecta­ mente romano. Al cabo de poco tiempo, lejos de ser los cabecillas de unas ban­ das de guerreros nómadas y cubiertos de pieles, los visigodos y los burgundios apenas podían distinguirse de sus vecinos romanos. Poseían las mismas villas adornadas con los mismos pavimentos de mosaico, eran enterrados en los mis­ mos sarcófagos de mármol, y participaban en cacerías a caballo vestidos con las mismas ropas: amplios mantos, calzones y monturas que llevaban las ancas marcadas con la cruz. Sus congéneres más humildes, la mano de obra militar de la que dependían los caudillos, quizá conservaran algunos de los usos típi­ cos de su pueblo; por ejemplo, el individuo que robaba un perro en un poblado

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burgundio pagaba su delito besando el trasero del animal en público.5 Pero aquellas gentes apenas podían distinguirse de los campesinos romanos. En pa­ labras de Teodorico (493-526), el rey ostrogodo que sucedió en Italia al empe­ rador Rómulo Augústulo, «un godo de verdad desea ser como un romano; sólo un romano pobre querría ser godo».6

Pero aquellos «bárbaros» ya no se definían en la sociedad romana por su lealtad a un emperador siempre lejano. Si un visigodo o un burgundio tenía privilegios, los tenía porque servía en el ejército de su rey. La Toulouse visigo­ da, declarada también «nueva Roma», o la Vienne burgundia eran las bases de poder de unas milicias locales que se proclamaban ejércitos de gentes distin­ tas, de tribus distintas, cada una leal a su rey.

La vida habría sido más fácil en el Occidente postimperial si esas gentes —las llamadas «tribus»— hubieran sido lo que los sabios modernos pensaban en otro tiempo que habían sido, es decir, grupos compactos, definidos con cla­ ridad, ni más ni menos que los precursores de las modernas naciones europeas. En realidad, la pertenencia activa a un determinado ejército —y no el origen étnico de éste ni el del soldado— era lo que definía la pertenencia a una deter­ minada gens. Los reyes necesitaban soldados. Y esos reyes no eran demasiado exigentes a la hora de decidir quién servía en sus ejércitos. Podía ocurrir que un determinado grupo bárbaro fuera el que predominara en el ejército al que daba su nombre. Pero las tropas de casi todos los caudillos bárbaros se pare­ cían bastante a las «Compañías Libres» de la guerra de los Cien Años, es decir, eran bandas heterogéneas, reunidas por ambiciosos «empresarios» de la vio­ lencia.

Aquella perspectiva resultaba de lo más inquietante. Ingresar en un ejército bárbaro suponía para un romano perder su identidad, desde el momento en que se ponía a servir a un rey «bárbaro». Lo mismo que los ejércitos otomanos o los cosacos del sur de Rusia, las milicias del siglo v eran un lugar de acogida de renegados de toda laya, desde esclavos fugitivos a miembros de la nobleza rural romana, cuya sed de violencia no quedaba satisfecha con el esparcimien­ to que procuraba la caza. Lo más común era la deslealtad a los valores civiles tradicionales de las elites romanas, actitud fomentada por los innumerables ca­ sos de romani que no veían en los «bárbaros» ningún problema, sino más bien una oportunidad.

En realidad, fue en el momento en que los bárbaros dejaron de ser unos extraños cuando empezaron a representar una amenaza más seria para los sec­ tores influyentes de la población romana. Pues también ellos eran cristianos convencidos. Como soldados curtidos que eran, los visigodos en particular ha­ bían abrazado la fe cristiana en la época gloriosa del Imperio, esto es, durante los reinados de Constancio II y Valente. Eran fieles seguidores de la que enton­ ces constituía la forma ortodoxa de cristianismo en las provincias danubianas y que sólo retrospectivamente podríamos denominar «arrianismo». Pero los tiempos habían cambiado. El arrianismo había pasado de moda. Cuando los visigodos llegaron a la Galia llevaban ya puesta la etiqueta de herejes «arria- nos», inadmisible para el cristianismo católico o «niceno».

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La mayoría de los soberanos bárbaros solían conservar sus creencias en pri­ vado y rara vez hostigaron a los católicos, con quienes, por el contrario, com­ partían un mismo lenguaje religioso. Lejos de ser meros hijos de la barbarie, los reyes visigodos, burgundios y vándalos pensaban que podían distinguir cuál era la doctrina «correcta». Su corte era frecuentada por elocuentes clérigos arria- nos de lengua latina. Los visigodos achacaban orgullosamente sus victorias a la ortodoxia de su fe «arriana». Los vándalos llegaron aún más lejos. Aplica­ ron a los obispos católicos las mismas leyes que justificara en otro tiempo san Agustín en interés de la Iglesia católica y desterraron a los obispos «heréticos».

La constante exacerbación de ánimos que suponían tales alternativas ponía de manifiesto que la cristiandad católica del Mediterráneo occidental se veía a sí misma, en unos términos excepcionalmente graves, como una religión a la defensiva. A finales del siglo vi, un obispo católico descendiente de una fa­ milia senatorial romana oriunda de Auvernia, Gregorio de Tours (538-594), ha­ blaba del siglo V como de una época de enfrentamientos dramáticos. Lo mismo que en los días del antiguo Israel, las virtutes sanctorum, «las virtudes de los santos», se producían en un marco caracterizado por las strages gentium, por «los estragos de las naciones guerreras».7

No hacía mucho tiempo que el cristianismo había sido introducido en la Galia, pero ya había arraigado bien en las ciudades, y durante el siglo v tanto en la Galia como en la mayor parte de Hispania las ciudades, al estar fortifica­ das, se habían convertido en puntos cruciales de las regiones cuyo control esta­ ba en disputa. Sólidas murallas, muchas de ellas levantadas en los peligrosos días del siglo m, rodeaban el núcleo compacto de las ciudades clásicas en otro tiempo diseminadas a lo largo de un extenso territorio. Las murallas de Cler- mont-Ferrand, por ejemplo, protegían sólo tres hectáreas de lo que en otro tiem­ po había sido una ciudad abierta de más de doscientas. Exceptuando los cas- tros prerromanos reutilizados ocasionalmente, las villas rurales que formaban la base del poderío de la aristocracia siguieron indefensas. Las ciudades amu­ ralladas se levantaban, en contraposición con las zonas rurales más expuestas, como símbolos perpetuos de la seguridad y la autoridad de Roma.

Murallas y obispos iban de la mano. Las virtutes —esto es, los actos milagrosos— más apreciadas de los santos del siglo v eran aquellas sobre las que se sustentaban las murallas de la ciudad. En 451 los hunos de Atila se diri­ gieron hacia el Loira. Los habitantes de Orleans acudieron a su obispo, Ama­ no, quien

les aconsejó que se prosternaran e imploraran entre lágrimas la ayuda del Señor ... «Vigilad las murallas de la ciudad [dijo] para ver si Dios, en su piedad, tiene a bien enviarnos ayuda» ... Cuando acabaron de rezar, el anciano les ordenó que miraran por tercera vez. A lo lejos vieron lo que parecía una nube de polvo [la caballería romana de Aecio, que junto con el ejército visigodo venía a liberar la ciudad] ... «Es la ayuda enviada por Dios.» Las murallas empezaban ya a ceder ante los embates de los arietes.8

62 E l imperio y la época postimperial

Pero lo esencial no era sólo mantener en pie las murallas. El destino final de cada región dependía de la moral de sus centros urbanos. Exceptuando al­ guna incursión ocasional de mayores dimensiones —como la que se asocia tra­ dicionalmente con la figura de Atila—, la mayor parte de los episodios bélicos