MAMA NEGRA
VER O SER VISTO
El anonimato juega un papel simbólico importante, pues al ser un acto de fe no interesa la visibilización del personaje.
El uso de la máscara, es parte fundamental de la ritualidad.
No es un rostro individual el que se ve, sino que en el rostro anónimo de un personaje, se encarnan todos los rostros.
Mirada esotérica: Se ven a si mismos como parte del pueblo,
como herederos de una cultura de una tradición que es la propia, la legitima, mientras que ven a la otra como un remedo, porque es la fiesta de los ricos de los poderosos, de los políticos.
Mirada exotérica: Ellos piensan que son pensados por los otros
con irrespeto, que les discriminan, que les marginan, que todo esta marcado por el dinero, pero saben muy bien que su fuerza esta en la fe, en la tradición y en su cultura.
VER O SER VISTO
Ruptura del sentido simbólico del anonimato, dada la necesidad de lo político.
Se hace necesario ser visto, visibilizarse, ser reconocido, por ello la máscara ya no cumple una función ritual, puesto que es necesario hacer visible el rostro individual, con el fin de captar votos y simpatías.
Mirada esotérica: Sujetos con una alta cultura, representantes
de la “verdadera” identidad latacungueña; la cultura es reducida a una visión cognitiva, etnocéntrica, racializada y excluyente, pues implicaría que los actores de noviembre tienen una identidad falsa, que no son latacungueños.
Mirada exotérica: Representación de los actores de septiembre
estereotipada y etnocéntrica, al considerarlos como de muy poca cultura, pues no todos son preparados por tratarse de vendedoras de carne; creen que están anclados en el pasado, pues quieren mantener una tradición que ellos han logrado modernizar, con ellos la fiesta ha ganado prestigio mundial.
IDENTIDAD
La fiesta de septiembre es un espacio subalterno de enunciación Se construyen relaciones identitarias que se sostienen en un mismo
universo simbólico compartido, en un mismo horizonte de sentido, en la vivencia y revitalización de la tradición, en una misma memoria histórica, por ello se dan relaciones simétricas y duraderas de alteridad.
Se sustenta en el valor y la fuerza de lo propio, como frontera simbólica frente a lo ajeno que usurpa sus símbolos.
La fuerza de lo propio, de la tradición y la memoria, la han legitimado en el imaginario colectivo como una fiesta con un rostro propio de identidad.
IDENTIDAD
La fiesta de noviembre es un espacio hegemónico de enunciación La identidad es ficticia pues se la construye sobre símbolos
usurpados. Se pretende la construcción de un discurso de verdad y la reinvención de una tradición que busca construir otra memoria social para que sea funcional al poder. Por ello se da una profunda fractura de la alteridad y se construyen relaciones asimétricas no duraderas. Carencia de referentes propios de identidad, de ahí su dificultad de
legitimarse en el imaginario colectivo, esto genera un profundo déficit simbólico y una grave crisis de sentido.
El poder necesita construir un discurso de verdad, mostrar la fiesta como expresión de la verdadera identidad y unidad latacungueñas, a fin de invisibilizar los conflictos sociales y trasladarlos a la esfera ritual.
Es un tiempo y espacio de inclusión simbólica de los otros, de los que están al margen del poder real, construyendo una unidad ficcticia que es instrumentalizada por ese poder.
Al construirse sobre símbolos usurpados, será en el imaginario colectivo una fiesta sin identidad, ilegítima, una copia, un remedo folklórico de la fiesta propia.
Al existir un horizonte de sentido compartido, se producen interacciones simbólicas que reafirman la cohesión social y tejen relaciones simétricas de alteridad que son duraderas.
Las relaciones de reciprocidad, de solidaridad, de lealtad y los lazos de adscripción y pertenencia se ven reforzados, lo que hace posible una reafirmación de su identidad y su cultura.
La usurpación simbólica fractura la alteridad, pues se sostiene sobre un universo signico, no de sentido.
El poder privilegia el discurso de la identidad a costa de fracturar las relaciones de alteridad, por ello es que se construye en la fiesta relaciones de alteridad profundamente asimétricas.
Se fracturan las relaciones de solidaridad, reciprocidad y lealtades, para dar paso a una lucha por ganar mayor prestigio y poder político o simbólico.
La ritualidad del poder solo anula las diferencias de las identidades relativas (género, edad), más no las contradicciones y conflictos de clase, sociales o étnicos, que son trasladados a la esfera de lo ritual para invisibilizarlos, pero que no pueden ser disueltos. Las diferencias y los conflictos se relativizan en el ritual, pero no se anulan.
Opera un dispositivo ritual extendido, que se expresa en la aparición de los políticos y la necesidad de visibilización de los personajes. Este dispositivo busca la adhesión de los destinatarios y para ello
trata de generar efectos emocionales en las subjetividades, los sentimientos, las apreciaciones; tiende a persuadir afectivamente y a convencer intelectualmente.
Construye mediadores simbólicos que hagan posible la creación de
universos de reconocimiento para lograr adscripción y pertenencia,
como es el caso de la Mama Negra que se la muestra como expresión del ser latacungueño; o el parque pues se trata de personalizar la ciudad, hacer una nueva construcción imaginaria de la ciudad.. Se pretende hace de esta fiesta un lugar de la memoria, a través de la
mitificación del rito y la usurpación y reinvención de la tradición. La supuesta unidad que se da en la fiesta no logra ocultar la visión
racializada y la profunda asimetría de la estructura social de Latacunga; la fiesta es un espacio de reproducción de las relaciones de colonialidad del poder imperantes.
La fiesta es un escenario de respuestas tácticas de los sectores subalternos.
Se han legitimado en el imaginario colectivo, como la verdadera identidad, como la fiesta propia, como la tradición auténtica.
Han sabido demarcar muy claramente las fronteras simbólicas de pertenencia y diferencia entre lo “propio” y lo “ajeno” que separan las dos festividades; septiembre la de los subalternos, del pueblo, de los empobrecidos; noviembre la de los políticos, de los ricos, de los poderosos, la fiesta del poder.
Lo propio como territorio de lo sagrado, de la vivencia de la fe. Han logrado cada vez una mayor participación activa de jóvenes y
niños en la fiesta, como preservadores y continuadores de la tradición..
Han mostrado capacidad de adaptarse a los cambios.
Han legitimado la imagen de su fiesta como un verdadero hecho cultural con un rostro propio de identidad.
Demuestran gran capacidad organizativa, trabajan todo el año en la organización de la fiesta, pues a pesar de los pocos recursos y publicidad, hacen una celebración que está logrando mayor prestigio. Han dado un nuevo sentido a la función ritual de la bebida, pues les
está prohibido tomar a los personajes participantes durante la celebración.
Hay una transposición del sentido del discurso impugnador frente al uso de alcohol en la fiesta; hoy son los subalternos los que cuestionan al poder el uso excesivo de trago, pues es en la fiesta del poder en la que se toma en exceso; esto los ha legitimado aun más en la ciudadanía.
Se hallan en continuo proceso de revitalización de sus símbolos de su identidad y su cultura.
La fiesta es un escenario de construcción de estrategias por parte del poder.
Institucionalización de las expresiones culturales a través del proceso de usurpación simbólica
El poder ha incorporado a la fiesta a nuevos sectores, especialmente a comerciantes prósperos, pero no para compartir el poder real.
Se ha instrumentalizado el poder de seducción y el placer simbólico de compartir los espacios del poder, a fin de que estos nuevos sectores obtengan recompensas no tanto reales sino simbólicas. No es que se de una democratización de la fiesta, sino una
instrumentalización del poder para incorporar a sectores que económica o políticamente le son necesarios y funcionales y pueden servirles como base de sustento económico o apoyo electoral.
Trasladar la responsabilidad de la organización a los colegios a fin de enfrentar el proceso de degradación al que ha llegado la fiesta y su deslegitimación en la ciudadanía.
Se busca con ello evitar el uso excesivo de alcohol; cosa que aunque podrían conseguirlo, no va a impedir el vaciamiento de sentido que caracteriza a esta fiesta, por ser producto de un proceso de usurpación simbólica.