ALGUNAS CONCEPTUALIZACIONES:
1- Soy un pibe bueno, comprensivo, un pibe que está casi siempre solo. 2- Soy un pibe común y corriente,
un chico tranquilo y a veces problemático cuando me enojo… 3- Soy un romántico, un enamorado del amor…
4- Soy un pibe que quiere estar con su familia, también un pibe muy bueno y educado…
5- Soy estudiante, inteligente y chico. 6- Lo que soy, escritor, futuro sociólogo
En una primera lectura es posible entender que este conjunto de respuestas se podría adjudicar a lo que comúnmente se puede referir a un chico común y corriente o como cualquier otro de la misma edad. Por otro lado, en tres casos refirieron como respuestas:
2- Soy un adolescente con problemas con la ley.
3- Soy un adolescente que tiene pensado cambiar la manera de vivir. 4- Soy un pibe que está buscando la libertad.
“Si nos detenemos en lo que los jóvenes son (en tanto jóvenes), en lo que tienen (como miembros de una comunidad), y en lo que aspiran (en tanto seres humanos con objetivos vitales a alcanzar), podemos decir que sus objetivos, expectativas e ideales dan cuenta de aspectos concretos: trabajan, estudian, reconocen la importancia del dinero para poder acceder a cosas inmediatas, tienen y creen en la familia, los amigos. Si nos concentramos en las percepciones de la acción (en lo que deben hacer) se constata un deseo de cambio laboral hacia mayor estabilidad, una vuelta al colegio y un reconocimiento de
los efectos negativos de las adicciones y de las prácticas violentas” (Allen; I. 2005:169)
Por otra parte suponen todo un conjunto de redes vinculares de sociabilidad a las que podemos caracterizar como adicionales a partir de la no pertenencia a espacios considerados tradicionales, desde donde la experiencia de autonomía e individualización toma un carácter más anómico, tal como destaca Svampa (2000).
Este contexto acompañado de un nivel creciente de necesidades desencadenadas por la sociedad de consumo, queda también denunciado en los discursos, que los jóvenes producen y reproducen, a través de distintas estrategias comunicativas, muchas veces visuales, como una impronta de esta época; a modo de ejemplo la referencia a la ropa y zapatillas de marca, la presencia de “duendes” tatuados con atributos que hacen a una conducta transgresora (fumando porros) y/o actividad delictiva (con armas, bolsa de dinero), o personajes animados como Bart Simpson,46 entre otros.
De este modo; la transgresión a la ley no solo está orientada por la lógica de la necesidad, sino por otras demandas o búsquedas vinculadas “a la conquista de un lugar en el grupo y de un sistema referencial que organice, de algún modo el caos de la experiencia” (Duschatzky y Corea; 2002:44).
Teniendo en cuenta las edades y trayectorias de estos jóvenes, saliendo de la conceptualización que la psicología ha desarrollado en torno a la adolescencia como etapa evolutiva de la persona, y siguiendo lo expuesto por Costa y Gagliano (2005) esta “etapa” da cuenta de una niñez/infancia normalizada, recupero la idea que se teje en torno a la adolescencia como “la edad de todos los peligros”; al tiempo que adolescencia y violencia, términos que aparecen estrechamente asociados, “ante la dureza de en las relaciones humanas se rebela con violencia adquiriendo una identidad penal” (Allen; 2005:37)
46 El “pequeño” Bart Simpson, un niño de 10 años, encarna el personaje problemático de la familia. Su rol
principal es hacer travesuras, meterse en líos e involucrar a los demás; al tiempo que plantea los problemas típicos de la convivencia de dos hermanos con poca diferencia de edad. Bart es el preadolescente rebelde que empieza a sentirse mayor y quiere salirse de la vigilancia de sus padres. En ingles brat significa travieso, lo cual de allí los autores toman su nombre como un “anagrama”. Todo lo que se le ocurre lo realiza. Es caracterizado por su desobediencia, rebeldía y por sostener su ideología del “yo no fui, nadie me vio y no pueden demostrarlo”.
Ante lo cual es oportuno agregar que la juventud se concibe como la fase de la vida individual entre la pubertad fisiológica y el reconocimiento del status adulto, en tanto condiciones naturales y culturales. La preparación entre la dependencia infantil y la plena y autónoma inserción social atendiendo a los modos en que cada sociedad organiza la transición de la infancia a la vida adulta, tal como expresa Allen (2005).
Al hacer referencia por las identidades que se construyen, parto desde la noción que la Identidad explicitada por Martinelli (2013), que además de un recurso heurístico, es una categoría socio histórica surgida a partir de las múltiples determinaciones que se ponen en juego en el seno de las relaciones humano sociales, por lo que intrínsecamente conlleva a la dimensión ético política que moviliza nuestros actos humanos en general y profesionales en lo particular.
Al mismo tiempo vale destacar que la identidad supone lo que somos, lo que hacemos y también lo que aspiramos ser. Todo lo cual vuelve a hacer referencia a la noción de proceso que es posible ligar con proyecto.
Entonces, al considerar de este modo a la identidad, para el caso de estos jóvenes a los que hago referencia, es dable recuperar lo señalado en el apartado anterior por Volnovich (2005), quien los caracteriza como sujetos portadores de la condensación de múltiples “etiquetamientos sociales” ya que son sucesiva y simultáneamente “un poco delincuentes, un poco adictos…” e inaprensibles de diseños diagnósticos instituidos que rutinizan la intervención profesional.
Por tanto y desde esta perspectiva recobra significación aquello por lo que se nomina a un sujeto como delincuente o infractor. Tal consideración no es solo semántica. Encierra uno de los conflictos claves dentro de la problemática penal. La categoría sociológica de delincuente, atribuida a una persona, lo estigmatiza como tal, lo nombra, aunque esta asignación no esté probada en un proceso penal (Mollo;2006).