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Tea estaba empeñada en regresar a la ciudad para cubrir la información del caso Capell. Su decisión provocó una nueva disputa a la hora del desayuno. Mati opinaba que podían enviar una nota informativa sin necesidad de desplazarse y que debían ser absolutamente discretas a la hora de redactar la noticia para no comprometer a Gina y a Cecilia y poner en peligro el prestigio de la casa. Tea, partidaria de un periodismo agresivo, pretendía que apareciera en primera plana y que se destacara en grandes titulares la agresión a una profesional,

reconocida activista en defensa de los derechos de la mujer.

— Hay que buscar un titular de impacto, por ejemplo: «Secuestro o asesinato», en cuerpo 80 o 120, que llame la atención, y dejar entrever en el lead un posible complot contra la nueva casa de turismo rural para mujeres.

— ¡Tea, eso es sensacionalismo! — protestó Mati—. Sólo podemos hablar de desaparición. Además, ese tipo de publicidad no resultaría beneficiosa ni para la casa, ni para nadie.

— Cualquier tipo de publicidad es beneficiosa. Aquello de lo que no se habla no existe. No importa cómo se hable, mientras esté en boca de la gente tiene interés y eso siempre beneficia.

De nuevo, hubo un tira y afloja, un que si vamos que si no vamos, un que hay que hacerlo así que hay que hacerlo asá que a Adelaida le provocó dolor de cabeza. Por fin, decidieron ir a la ciudad y abordar la información cada una a su manera, pero con una seria advertencia por parte de Mati:

— No te pases, Tea.

Adelaida las vio marchar en el Golf GTI de Mati con cierta desazón por quedarse sola (aunque sería más acertado decir sin la compañía de sus amigas) pero también aliviada porque se pasaban el día como la perra y la gata y aquello irritaba a cualquiera, en especial a ella, que ya era de por sí irritable. Y, hablando de perras y gatas, ocurrió un incidente aquella misma mañana antes de que la inspectora García se fuera a la ciudad en el Peugeot que le habían enviado desde la Consellería. En el vestíbulo de la casa, se encontró con la doctora Giménez acompañada por su inseparable Minerva. Se estaban saludando con una cordialidad inusitada cuando a ambas les llamó la atención un ruidito. Miraron hacia el suelo y vieron a la gata Cristi atosigando a una cucaracha que, panza arriba, batía las patas en el aire intentando zafarse de los manotazos de la felina. La gata, como quien juega con una canica, le asestaba un golpe de zarpa hacia la izquierda que hacía desplazar a la ortóptera unos cuantos centímetros, para detenerla con la otra zarpa, cual futbolista experimentada, y enviarla de regreso a la derecha. A veces variaba el golpe, le propinaba un chupinazo con efecto en el extremo inferior y el bicho se quedaba rodando sobre el lomo igual que una peonza. García odiaba las cucarachas a tal punto que su fobia la dejaba petrificada. Era incapaz de tocarlas y su sola visión le producía escalofríos. Por eso, empezó a temblar como un flan de huevo y Marisa Giménez, que notó la inquietud de la inspectora, se prestó solícita a hacer desaparecer el insecto, pero cuando se acercó para agarrar la cucaracha, la gata Cristi tuvo una reacción inesperada, con los ojos fijos en la mano de la doctora, arqueó el lomo, erizó el pelo, soltó un bufido y le asestó un zarpazo.

— ¡Uy! ¡Qué mala uva tiene esta gata! — exclamó Giménez retirando la mano a tiempo y sujetando a la perra, que, desde la atalaya de su hombro, entonaba un aria de ladridos furiosos y agitaba el cuerpo con intención de lanzarse a la yugular de la felina.

Remei, que había visto la escena, contradijo a la agredida.

— ¡Qué va! —dijo—. Si es muy dócil. Se habrá asustado al ver a la perrita — tomó en brazos a la gata, agarró la cucaracha con la mano que le quedaba libre y envió a ambas al jardín sin más complicaciones.

El episodio, en principio, no revestía mayor trascendencia, pero García, que era una auténtica registradora de detalles en apariencia sin importancia, grabó el hecho en su mente. Más adelante, se maldeciría a sí misma por haber sido testiga de aquel incidente y haberlo guardado en un estante de la memoria.

La agente Murals acompañó a la inspectora García en sus trámites urbanos. Era ella quien conducía el Peugeot de la Consellería porque la inspectora prefería ir concentrada en el caso,

aunque en realidad en quien iba pensando durante todo el viaje era en la doctora Giménez. «Qué mona es — se decía—, y qué atenta y qué valiente.» Sin embargo, al llegar a la ciudad aquellos plácidos pensamientos fueron desplazados por un vertiginoso zumbar de motores acompañando a un coro de bocinas histéricas, sirenas enloquecidas abriéndose paso por la marabunta de hojalata, el ímpetu de decenas de motos acelerando cual cocodrilas hambrientas tras la orden de salida de un semáforo en verde y el rugir de las máquinas excavadoras provocando atascos en cada esquina. En los pasos de cebra, una procesión de peatonas presurosas se entrecruzaba tal que hormigas estivales y los semáforos marcaban un continuo arranque, parada, arranque, parada por todas las calles del centro ya fueran anchas, estrechas, de una sola dirección o de doble sentido. Al bajar las ventanillas, una vaharada de aire espeso se introdujo en sus pituitarias y ambas tosieron.

— ¡Jo! Con lo bien que se está en el campo — se lamentó Murals.

En la Jefatura Superior de Policía solicitaron un informe completo de las actividades pasadas, presentes y futuras de la abogada Núria Capell; a continuación, y mientras se elaboraba el susodicho informe, fueron al laboratorio para recoger los análisis de las muestras enviadas por García.

La médica forense les comentó el resultado de las pruebas, según las cuales, la sangre detectada en la alfombra era del grupo 0 positivo; las huellas obtenidas en muebles y ventanas correspondían a las dueñas de la casa y a la cocinera, las del vaso en el que estaba bebiendo la supuesta occisa eran de ella misma y en la puerta había tantas que resultaba imposible descifrarlas. El dato más escalofriante procedía de la composición del líquido contenido en el vaso, una mezcla de whisky de Malta (marca Lagavulin para ser exactas), agua y MST Continus, un medicamento que contiene sulfato de morfina y es imposible de obtener en farmacias sin receta médica y sin la debida autorización.

También Tea y Mati renegaron de la vorágine urbana nada más llegar a la ciudad. Aunque, a decir verdad, se habían pasado todo el viaje renegando por una razón o por otra.

— Empiezo a estar harta — dijo Mati, parado el Golf en un semáforo—. Harta de tus excentricidades, de tu falta de profesionalidad y de tu chulería.

— ¿Falta de profesionalidad? ¿Qué tipo de profesionalidad demuestras tú pretendiendo ocultar una noticia que, además, dará publicidad a la casa de mujeres?

— Publicidad negativa.

— Y dale. Todo lo que sea poner en pantalla las relaciones entre mujeres es positivo. Lo realmente negativo es la invisibilidad.

— ¡Mira quién fue a hablar! — exclamó Mati con sorna al tiempo que ponía la primera marcha. Arrancó el coche con tal brusquedad que a Tea le rebotó el moño en el cabezal del asiento—. No eres la persona más indicada para hablar de eso. Si quieres ponerlo en pantalla, empieza por ti misma.

Se oyó un chirrido de frenos y al mismo tiempo la cabeza de Tea dio una sacudida hacia delante.

— Cada cosa en su sitio, Mati —acertó a decir intentando dominar el vaivén de su cabeza—. No hace falta ser árabe para luchar por los derechos de las inmigrantes ni declararse lesbiana cuando...

— ¿Cuándo qué? — rugió Mati. Y Tea alzando aún más la voz.

— ¿Te crees que porque eres una lesbiana con pedigree puedes darme lecciones de ideología?

— Lo que creo es que Adelaida tiene razón, eres una especie de Teresa de Calcuta del mundo lésbico, defensora de causas marginales, abanderada de estigmas ajenos... pero nunca te mojas.

ira, Tea tan encendida que casi echaba chispas. Sin pensarlo dos veces, agarró la manecilla de la puerta y profirió ofendida.

— No tengo por qué aguantar este tipo de impertinencias y menos viniendo de ti, que bastante me conoces.

Salió del coche dando un portazo y corrió hacia la acera esquivando, con regate atolondrado, la turba de automóviles que empezaba voraz a reptar por el asfalto.

— ¿Y el camafeo? — preguntó García a la forense, una mujer madura que le recordó a la doctora Giménez porque llevaba la bata blanca desabrochada, con un bolígrafo y un marcador fosforito asomando el capuchón por el bolsillo superior izquierdo.

— No se ven huellas, ni señales de violencia, debió desprenderse de forma accidental. Pertenece a la finada, ya lo hemos comprobado.

— Bueno, finada, finada — puso en duda la inspectora—, hasta que no encontremos el cadáver, no podemos considerarla finada.

La analista la miró por encima de las gafas de présbita acomodadas en la punta de la nariz. Se las quitó con un gesto severo y le anunció:

— Con la dosis de morfina que ingirió, puedo asegurarle que ni una yegua estaría viva. Haga lo posible por encontrar el cadáver. Cuando le hagamos la autopsia podremos fijar la hora de la muerte y otros datos relevantes. Ya sabe.

García apretó los labios y se rascó la nuca al tiempo que resoplaba: — No lo voy a saber yo, que soy poli.

Al mediodía, Murals y ella comieron un menú en un restaurante chino situado en pleno centro. Se notaba en el desenfreno ambiental que era el último laborable antes del largo puente de Semana Santa. La aglomeración de vehículos mezclada con el calor de un descontrolado sol primaveral, el recital de motores y cláxones y un asfixiante olor a combustible quemado hacían insoportable el desplazamiento por el asfalto. A aquel martilleo de desagrados había que sumarle el espectáculo de un sinfín de turistas en pantalón corto y sandalias moviéndose con aire cansino, paseando la mirada por lo alto de los edificios, tropezando con las oriundas y recibiendo en sus ignorantes oídos la retahíla de insultos provenientes del interior de algún automóvil, ora dirigidos a ellas ora a las conductoras colindantes.

— ¡A ver si miras por dónde andas! — fue el último grito que oyeron García y Murals justo antes de entrar en el restaurante y el mismo que llegó a oídos de Tea cuando, al intentar cruzar un semáforo en rojo, una motorista casi le roza la nariz con el casco.

— ¡Dichosas motos! —masculló Tea volviendo al bordillo.

Entró en la redacción del periódico como una exhalación y fue directa al despacho de la directora:

— Tengo una exclusiva — dijo, saltándose los saludos, quitándose la chaqueta y encendiendo un cigarrillo, todo al mismo tiempo. Luego se sentó.

— Hola, Tea, querida — replicó la directora con manifiesta ironía—. Tiene que ser todo un notición para que abandones tus vacaciones.

— Lo es. — Alzó la mano a la altura de la oreja con los dedos en alto sosteniendo el cigarrillo y le explicó lo ocurrido en Can Mitilene.

Pero la directora no sólo no tuvo la reacción que esperaba Tea, sino que además la hundió en la miseria profesional. Le dijo que el hecho no tenía la menor trascendencia, que se trataba de un caso irrelevante y aislado y que, por otra parte, darle excesivo protagonismo a esa noticia podía resultar perjudicial para el futuro de la nueva casa de turismo rural para mujeres.

— Piensa que sólo tenemos una en todo el territorio pluriautonómico —argumentó la directora.

— Somos periodistas — reivindicó—, nuestra obligación es informar.

— Desde luego, Tea. Yo no te digo que no vayamos a publicar la noticia, pero hay que darle un tratamiento discreto. La pondremos en Sucesos.

La ceniza del cigarrillo permanecía milagrosamente intacta formando un frágil cilindro que emulaba la torre de Pisa. Tea se dio cuenta y buscó con la mirada un cenicero.

— Media plana y con foto, espero.

— No. Una columna en Breves será suficiente.

Atisbo el cenicero en un lateral de la mesa junto a un taco de notas y una foto de la novia de la directora, apuntó hacia él y con la impulsión del pulgar en el filtro ensayó la diana, pero lo hizo con tal furia que la ceniza fue a estrellarse contra el marco de la foto para despachurrarse después en la reluciente caoba del escritorio. La directora le lanzó una mirada recriminatoria.

Una mirada similar a la que mostró García cuando Murals empapó de salsa de soja el Arroz Tres Delicias antes de que la inspectora se hubiera servido.

— ¡Ah! ¿Que no le gusta? — Se frenó ante la mirada de su superiora, pero al ver que ésta no se quejaba siguió echando Tamari—. Es que si no, no sabe a nada. La comida china, la verdad, muy sana y muy digestiva, pero es sosa y todos los platos saben igual. — No paraba de echar salsa—, unos con algas, otros con almendras, pero al final todo sabe a lo mismo.

— ¡Ta bien, mujer, tampoco se pase! — protestó al fin García—. Y quítese las gafas de sol aquí dentro, que así no ve lo que está echando.

Dispuso en orden las pastillas que tenía que tomarse y las fue ingiriendo con amarga docilidad.

Antes de regresar a comisaría, entraron en el Triangle de la Plaça Catalunya. Murals dijo que necesitaba un desodorante, aunque, en realidad, lo que quería era darse una vuelta por la impresionante perfumería del interior del centro comercial y que tan pocas ocasiones tenía de contemplar.

El hormigueo de gente no mermó allí dentro. García paseaba con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón de pinzas observando despreocupada estantes y productos mientras en los altavoces sonaba la voz sensual de Sade entonando las dulces notas de By your side. Una música que rápidamente le evocó la imagen de la doctora Giménez, la transportó a un imaginario escenario en el que se veía bailando con ella aquella misma canción. ¿Por qué cuando nos enamoramos todo nos evoca a la persona amada? ...aquello que hemos compartido, lo que nos gustaría compartir y lo que nunca compartiremos; cada imagen, cada sonido, cada música; tanto lo trascendental como lo más irrelevante nos trae a la mente su rostro, su olor y, si lo hemos conocido, también su tacto. « ¡Ah! —pensaba García—, tiene las manos suaves y dijo que me llevaría a cenar... ¡Qué ganas tengo de que acabe todo esto para... para..., no sé, para salir con ella y mostrarme como soy en realidad! Porque ahora, estando de servicio, tengo que actuar con cautela.»

— ¡¿Con cautela?! — gruñó Tea—. ¿Has dicho actuar con cautela? — Sí, eso he dicho — respondió la directora del periódico.

Acababa de leer la nota redactada por Tea y no estaba de acuerdo ni con la extensión ni con el contenido. Barrió con una mano un nuevo cilindro de ceniza derramado sobre su mesa y lo recogió en el cuenco de la otra—. Te he dicho que con una nota de unas veinte palabras es suficiente. — Lanzó a la papelera la ceniza recogida y prosiguió, ignorando la expresión cariacontecida de Tea—. Es igual, ya lo arreglaré yo. Ahora, mira, ya que estás aquí, me interesa que me hagas un reportaje para el dominical sobre la reproducción entre homosexuales y ahí sí, te doy carta blanca para que seas todo lo provocativa, transgresora y sensacionalista que te dé la gana. Haz especial hincapié en el proyecto de legislación. Conviene crear polémica, que se hable, que la gente opine...

rollo de que es antinatural — y casi para sí, añadió—, como si la reproducción asistida fuera tan natural entre los hétero.

— Así me gusta, Tea, eso tienes que decir, ese es tu estilo.

— Pues mira que te diga, yo en este tema creo que no hay que levantar mucho polvo, no sea que se den prisa en prohibirlo. Así que seré discreta.

— Hija, Tea, tú con tal de llevar la contraria, cualquier cosa.

En las primeras páginas del expediente de Núria Capell, García descubrió que la abogada había tramitado una inversión millonaria realizada en Provincetown por Karina y su bollera mamá. Sin duda, una maniobra altamente sospechosa. No siguió leyendo. Salió del despacho y fue a los archivos centrales para buscar más información. El expediente quedó abierto sobre la mesa. Al poco, entró Murals y mientras esperaba a que la inspectora regresara se entretuvo dando un vistazo al documento. Leía de forma desinteresada, pero de repente, algo le llamó la atención. Fijó la lectura en una de las páginas y, conforme avanzaba, su expresión se tornaba cada vez más atónita. Finalmente, impresionada por lo que acababa de descubrir, volvió a dejar el expediente tal como lo había encontrado, sacudió la mano derecha y exclamó:

— ¡Ostras!

Llegada la noche, García y Murals hacían tiempo para ir al Gay Night a interrogar a Karina. En un chiringuito del Born comieron un triángulo de pizza de roquefort con palmitos que sabía a chorizo picante. De nuevo, la inspectora se atiborró de pastillas. Luego, decidieron subir hasta la discoteca dando un paseo. Se respiraba un aire húmedo, pero la temperatura era agradable. El bullicio urbano había disminuido, aunque aullaban todavía ecos de bocinas y sirenas aisladas y desde el interior de algún coche llegaba, de vez en cuando, una exhalación de música máquina.

— Murals, quítese las gafas, por favor, que ya ha anochecido — rezongó la inspectora. — Es que tengo fotosíntesis — explicó la agente.

— Será fotofobia. — Eso.

Siguieron caminando a paso tranquilo, García concentrada en el enfoque que iba a dar al interrogatorio, salpicados sus pensamientos por el recuerdo de unos ojos color mandarina.

— A esa Karina, más le valdrá tener una buena coartada — comentó. Muráis hizo chasquear la lengua contra los dientes.

— No le ha tocado un caso fácil inspectora, sospechosas no le faltan. — ¿Y usted qué sabe?

— Bueno, cuando me quedé sola en su despacho le eché una ojeada al expediente. Lo de que esa mujer haya tenido relación con la abogada es un mosqueo y más sabiendo que perdieron el caso por culpa de ella. Ahora resulta que Capell desaparece y ella está aquí. Y encima no es lesbiana. En fin, ya sabe usted que en criminología no hay que fiarse de las coincidencias.

— No lo era antes de ser novia de Adelaida Duarte, luego se convirtió. — No me refiero a Karina sino a la doctora esa.

— ¿Qué doctora? — preguntó García.

En el asfalto se reflejaban las luces blancas y amarillas de las farolas, la noche olía a gasolina y, en aquel momento, una indigente lanzaba gritos obscenos al aire contaminado de la Gran Vía.

5. Nota de la autora: En realidad, no dijo ostras, sino un improperio mucho más fuerte que, por hacer referencia directa a los atributos masculinos, no vamos a reproducir en estas