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Juan Lamillar:

Notas sobre Venecia

Fórcola, Madrid, 2017 156 páginas, 14.50 €

juego, que no pocas veces sería mortal. Lo dijo Thomas Mann: «Venecia, mitad fábula y mitad trampa». Por lo primero es un cuen- to, una narración; por lo segundo, un embe- leco que se ha de tornar, en este caso, enig- ma. No sé si todo es trampa cuando no es fá- bula, pero algunos extranjeros extraordinarios quisieron ser enterrados, lo cual es un gesto definitivo, en esta ciudad junto al Adriático: Pound, Diáguilev, Stravinski, Joseph Brodsky. Curioso: tres de ellos, rusos.

Venecia está asociada a la música, pe- ro también al lujo más hiperbólico, como cuando Enrique iii de Valois visitó la ciu-

dad en 1574. Para ese acontecimiento se construyeron arcos diseñados por Palladio y decorados por Veronés y Tiziano. Lamillar nos cuenta, citando al historiador Horatio Brown, que hubo un banquete para tres mil invitados en el Salón del Gran Consejo, donde «desde las estatuas ornamentales hasta los cubiertos y las servilletas estaban hechos de azúcar». No sabemos si pudie- ron comer con ese exceso de glucosa, pero, además de absurdo, se nos antoja el col- mo de la inutilidad, de la profusión, que es un gasto que prescinde de lo necesario. Ciudad también de excesos sexuales, de los refinados a los más acumulativos, y donde había un catálogo de cortesanas, con sus listas de precios y ofertas eróticas, publica- do en 1535. Lamillar nos lleva de fragmen- to en fragmento, de recodo en recodo, de un testimonio a otro, de una historia a otra: nombres, anécdotas, datos. Las Memorias de Diego Duque de Estrada, soldado y aventurero, nos cuentan la conjuración de Venecia (1618), en la cual don Francisco de Quevedo, al servicio a la sazón del duque de Osuna, y gracias a disfrazarse de mendi- go y su buen conocimiento del dialecto ve- neciano, pudo salvar la vida. El disfraz y la

lengua, algo que no está mal para un poe- ta barroco. Líricos y pornógrafos, eruditos y pícaros, poetas y cronistas forman un la- berinto del cual no se quiere o no se pue- de salir. Ya lo dijo Mann: fábula y trampa. Lamillar nos trae a la memoria el nombre de un irlandés curioso, Joseph Smith (1674- 1770), que vivió setenta de sus noventa y seis años de vida en Venecia. Fue cónsul de Inglaterra en esta ciudad, durante la se- gunda mitad del xviii, también comerciante

y banquero, y finalmente se dedicó al arte y la edición, y de hecho convirtió el palacio donde vivía, el Mangilli-Valmarana, en una galería de arte en la cual, además de expo- ner, vendía obras. Contribuyó a redescubrir a Palladio. Ya cumplidos los ochenta años, vendió su colección de pinturas, grabados y libros al rey Jorge iii.

Y entre tantos nombres, pasillos, mas- caradas, mercaderes, músicas de Vivaldi y Monteverdi, y pintores como Tintoretto y Canaletto, vemos al poeta sevillano –proba- blemente apasionado coleccionista– bus- car papeles, fotos antiguas, postales, con una voluntad de reconstrucción que no ig- nora que siempre será laberíntica. Esos la- berintos tienen un conductor, el gondolero, a cuyos cantos se refirió Goethe, y a cuyo respecto Lamillar nos instruye: unos profe- sionales que «podrían cantar pero no can- tar, pues estaban obligados por juramento a guardar secreto absoluto acerca de las con- versaciones que escuchaban a sus pasaje- ros». De Brosses añade: «En las góndolas reinaba un secreto parecido al de la confe- sión, aunque la penitencia podía ser muy extremada». Estos antiguos gondoleros te- nían gran afición por cantar la Jerusalén li-

berada, de Tasso.

En las listas de grandes y curiosos hom- bres, no podía faltar Napoleón, que fue, por

adjetivación y decisión propia (todo muy suyo) «un Atila para el Estado Véneto». Con ochenta mil hombres y veinte buques de guerra no tardó el corso en hacerse con la ciudad, en mayo de 1797, y como símbo- lo, podemos leer hoy, quemaron el Libro de Oro, «con sus páginas –nos dice Lamillar– ardieron mil años de apellidos patricios». Unos meses más tarde, la firma del Tratado de Campo Formio convirtió a Venecia en una colonia austríaca. Pero vale la pena recitar al historiador Peter Lauritzen para saber algo de lo que hizo Napoleón en Venecia: «Dictó la supresión de cuarenta parroquias y la destrucción de ciento setenta y seis edificios religiosos y más de ochenta pala- cios, todos ellos decorados con pinturas y otras obras de arte. Asimismo, los agentes de Napoleón se encargaron de la confisca- ción de doce mil cuadros». Napoleón mo- dernizaba, sí, al tiempo que llevada a ca- bo pillajes de gran envergadura. Sin duda este Atila también admiraba, y dijo aquello de que la plaza de San Marcos era el salón más bello de Europa, la interioridad de la casa, que no la intimidad, hecha espacio público.

Más modernamente, Venecia fue amada con dilección por pintores, novelistas y poe- tas: Turner, Corot, Manet, Whistler, Sargent, Mariano Fortuny, Chateaubriand, Gautier, Ruskin (que vio la ciudad como «ramas de árboles convertidas en mármol»), Fenimore Woolson, Henry James, Henry de Régnier, Proust, Rilke, Morand, François Mauriac, Thomas Mann… y los propios italianos, cla- ro, cuya lista sería interminable, pero pon-

gamos dos: Casanova y D'Annunzio. Proust visitó la ciudad en dos ocasiones. Primero en 1900, con su madre. Luego volvió, ese mismo año, solo. Es una estancia envuel- ta en el misterio. Y esos dos cortos viajes dejaron una huella intensa y extensa que podemos recorrer en En busca del tiempo

perdido.

Venecia fue reinventada a comienzos del siglo xx, por ejemplo, con las fiestas (mu-

chas de ellas temáticas) que organizaba la marquesa Luisa Casati. Los visitantes ilus- trados extranjeros a su vez releen la ciudad, como Mauriac el Lido en 1910: «Esta tar- de, el Adriático se disgustaba ante las de- masiadas cabinas de baño. El cielo estaba pálido sobre la pizarra líquida y en la playa abandonada se oía apagarse, como en un poema de Laforgue, una última orquesta zíngara». En esa misma playa (¿la misma?) situó Mann a Aschenbach, y lo hizo residir durante esas reveladoras y agónicas vaca- ciones en el Hotel Excelsior, como cuenta en La muerte en Venecia (1912).

Dar cuenta de otros aspectos de este li- bro nos llevaría mucho espacio, y además no es necesario, porque está el libro mis- mo, cuya prosa rica y eficaz nos muestra una miríada de facetas de la ciudad sin que por ello dejemos de percibir un hilo conductor. No es el de una historia pro- gresiva, aunque en parte se apoya en ella; tampoco el de un argumento, sino más bien el de la historia de quien merodea por lo inacabable y vuelve una y otra vez y, ca- da vez que lo hace, descubre lo mismo que es diverso.

Nunca jamás se había formulado una causa más terrible. «Les acusaron de conspiración contra la paz, guerra de agresión, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad», escribe Fernando Paz en Núremberg: juicio

al nazismo. En el inicio de su trabajo des-

taca que el enjuiciamiento de los responsa- bles alemanes de crímenes de guerra o crí- menes contra la humanidad no fue una de- cisión que los aliados adoptasen de modo repentino. La idea fue tomando forma con el trascurrir de la guerra, por lo que no hay un momento que pueda señalarse como el determinante, «aunque sí existen unos hi- tos a lo largo del conflicto –puntualiza– que fueron anunciando lo que finalmente culmi- naría en el Tribunal Militar Internacional de Núremberg».

La primera vez que los soviéticos habían manifestado su intención de enjuiciar a los responsables políticos fue en octubre de 1942, cuando Viacheslav Molotov, el comi- sario soviético de Asuntos Exteriores, envió una carta a distintos gobiernos de Europa Oriental exiliados en Londres anunciándo- les tal propósito. Sin embargo, las iniciati- vas de los soviéticos y las de los occidenta- les se fueron elaborando de modo separa- do y no confluyeron hasta finales de 1943, cuando pudieron emitir una declaración conjunta a este respecto.

Este libro nos recuerda que todo lo que se hizo durante la época de entreguerras para construir un orden jurídico que no sólo com- pilase las normas, sino que previese los cas- tigos que aplicar en caso de violación de las