Los consejos que figuran a continuación, basados en las pautas que da Beatrix Palt en su libro[14] nos pueden ayudar a dar nuestra opinión de forma positiva, aunque lo que tengamos que decir no lo sea:
14. Cómo regañar, pero bien. Beatrix Palt. Editorial Omega, 2005.
— Es conveniente hacerlo con seriedad, sin que se pueda confundir con una broma. Si a un niño le regañamos porque ha pegado a su hermano, pero al mismo tiempo nos estamos riendo con los amigos de su
monería, probablemente él no se tomará en serio esa norma. O si un empleado que no ha llegado a sus objetivos por algún motivo, le decimos mientras tomamos una cerveza: «A ver si hacemos un esfuerzo por vender más...» con tono de guasa, lo más probable es que no lo considere importante.
— La continuidad es primordial, no debemos cambiar las normas o los objetivos de un día para otro, o al final no estará claro lo que se espera de ellos.
— Es conveniente explicar previamente los límites, en el caso de los hijos, y los objetivos, en el caso de los empleados.
— La conversación debe ser constructiva. Es necesario exponer argumentos y mostrarse afectuoso (que no divertido). Las observaciones que hagamos funcionarán mejor si las hacemos en positivo que si las hacemos en negativo. Es mejor decirle a un niño que comer dulces es malo para la salud y que es más sano comer fruta, a decirle que no coma dulces. Y a un colaborador, es más productivo decirle que puede mejorar el informe en «este y este otro aspecto», a decirle que no te gusta. Mi secretaria siempre me recuerda una vez que en un informe, en el lateral de una página le puse ¡¡¡MUY FEO!!! en grandes letras rojas. Eso ha sido motivo de risas continuas entre mis colaboradores. Es verdad que no fue la mejor forma de pedirle que cambiara la presentación.
— No manifestar puntos de vista diferentes entre las distintas autoridades. En el caso de la empresa, si dos niveles jerárquicos se contradicen, el empleado no sabrá a qué atenerse. Lo mismo les sucede a los hijos cuando el padre dice una cosa y la madre otra.
— Hacerlo con serenidad, ya que así se genera un ambiente de confianza que permite una escucha más receptiva.
— Si en algún momento se produce una discusión debida a opiniones dispares, es importante evitar los arrebatos y la pérdida de control. Si se nos va de las manos, es mejor hacer una pausa para apaciguar los ánimos y continuar al cabo de un rato. Si perdemos las formas, perdemos la razón. «Los gritos, las descalificaciones y los insultos son siempre ineficaces a
nivel educativo, cuando no causan un daño irreparable»,[15] y en el entorno laboral son totalmente inadmisibles.
15. Los problemas de los hijos. Bernabé Tierno. Ediciones San Pablo, 1992.
— Mantener la objetividad. Si nos dejamos llevar por nuestro estado de ánimo podemos ser excesivamente críticos y por tanto, injustos.
— Dejar espacio para la reflexión y preguntar al otro si está de acuerdo con nuestra apreciación.
— No traer a colación temas del pasado.
— Ser breve: es mejor poco y bien argumentado que mucho.
— Explicarnos con claridad, tanto sobre el tema en sí como sobre lo que esperamos que se haga y los motivos. Por ejemplo: «Es importante que hagas esto porque...»
— Hay que dar nuestra opinión sin herir, sin cuestionar a la persona ni su capacidad para obtener los resultados esperados.
— Es necesario tener cierta tolerancia, incluso si somos muy perfeccionistas y hablar sólo de cosas realmente importantes, ya que si no podemos caer en un seguimiento abrumador y no les estaríamos fomentando la capacidad de tomar decisiones de forma autónoma.
— Es importante adecuar la conversación a la gravedad de la situación. Si un niño tiene todas sus cosas por el medio, será necesario hacerle entender que eso dificulta la convivencia, pero si se ha asomado peligrosamente a la ventana de un décimo piso, tiene que detectar en nuestra forma de hablar que el tema es muy grave y que su vida corre peligro. En el caso de los colaboradores, si no ha alcanzado un objetivo menor que no tiene trascendencia, no podemos darle feedback de la misma manera que si las ventas de su área han caído un 50%.
— Hay que respetar la concentración de los demás. En el caso de los hijos, a veces no es que no quieran escuchar cuando les pedimos que hagan algo, es que están concentrados en otra cosa y no nos han oído, por ello es bueno pedirles que repitan lo que les hemos dicho. En el caso de los
empleados, resulta muy molesto que el jefe les interrumpa constantemente para revisar distintos temas. En mi caso, yo tenía la mala costumbre de llamar a mi secretaria cada vez que se me ocurría algo, hasta que un día me pidió, con buen criterio, que por favor apuntase las cosas y que luego se las dijera todas juntas, ya que su productividad se veía afectada por mis constantes interrupciones.
— Las conversaciones sobre normas o sobre objetivos son cosa de dos, no es bueno tratarlas delante de terceros.
Una vez que hemos dado nuestra opinión sobre un tema, debemos observar si la persona entiende lo que se espera de ella y actúa en consecuencia. Si no es así, deberíamos analizar qué hemos podido explicar mal y volver a tener otra conversación, o reflexionar sobre si hay algo más que no hemos detectado: puede que exista un problema más profundo de inadaptación o de falta de motivación y en ese caso sería bueno detectarlo a tiempo. Sin embargo, si la actitud hacia nuestros comentarios ha sido positiva, hay que conseguir que se afiance esa forma de hacer las cosas y se convierta en costumbre. Para ello, es bueno elogiar cuando se detecte el cambio y animar a practicar (teniendo paciencia hasta que salga como consideramos que debe salir), ya que se aprende por repetición. Y sobre todo ¡no rendirse!
Sean como sean los resultados, las correcciones muchas veces generan malestar, por lo que habrá que buscar un acercamiento posterior si la persona está molesta.