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y las raíces estructurales del autoritarismo

I.

ConsIderaCIones de orden teórICo

no es un azar el que en esta fase de crisis del sistema capitalista en general, y del capitalismo de américa Latina en particular, se haya desarrollado entre nosotros un marcado interés por todo cuanto concierne a la problemática del estado. después de todo, es ésta la instancia en que parecieran haberse con- densado las principales contradicciones de las sociedad latinoamericana: cosa en cierto sentido normal, en razón de la propia crisis, pero que no por ello deja de actualizar una pregunta de mayor alcance: ¿es que el estado capitalista de nuestros países no ha adolecido siempre de una especie de crisis que la pre- sente coyuntura no ha hecho más que agudizar y replantear?

La pregunta no es, desde luego, inocente, ya que apunta a un asunto cru- cial, cual es el de saber si la problemática del estado capitalista latinoamericano puede o no ser dilucidada, como algunos lo pretenden, a partir de una teoría del estado capitalista en general, en el supuesto de que tal teoría exista. Y ha- blamos de un simple supuesto, para recalcar que es este mismo punto de partida el que encontramos controvertible. en efecto, ¿qué puede significar tal teoría más allá de la afirmación, tan cierta como genérica, de que a determinado modo de producción, corresponde necesariamente determinado tipo de estado; vale decir, para el caso que aquí interesa, que el estado de nuestros países capitalistas es un estado de tipo capitalista?

es verdad que en los últimos tiempos ha habido intentos de desarrollar dicha teoría en el sentido llamado deductivista, tendiente a demostrar que al modo de producción capitalista corresponde no solo determinado tipo de es- tado, sino además determinada forma, en la medida en que en la configuración misma de aquel modo de producción estaría inscrita, de manera lógica, una forma democrático-parlamentaria de estado. mas lo que cabe preguntarse a este respecto es si se trata realmente de una necesidad o de una simple posibili- dad. a nuestro juicio, la historia demuestra hasta la saciedad que la primera hipótesis resulta insostenible, dado que tal forma de estado ha sido siempre la

excepción, y no la regla, para el conjunto del sistema capitalista. Hasta hoy es el privilegio de un puñado de países que ni siquiera llegan a representar la quinta parte de cuantos integran la cadena capitalista imperialista, hecho que mal puede ser la expresión de una necesidad estructural que se supone va en sentido estrictamente inverso. Y si de la segunda hipótesis se trata, esto es, de la de una mera posibilidad estructural, queda por averiguar en qué condiciones históricas concretas dicha posibilidad se realiza. en cuyo caso, ya no nos encontramos ante una teoría del estado capitalista en general, sino de la forma que éste tiende a asumir en determinadas condiciones históricas.

Con ello queremos decir que, para comprender la problemática del estado capitalista latinoamericano, de poco sirve partir de un sesgo conceptual que, a la postre, no conduce más que a la elaboración de una especie de tipología ideal del estado denominado occidental. Incluso las apasionantes reflexiones de gramsci sobre la diferenciada relación entre sociedad civil y sociedad política en Occidente y Oriente corren el riesgo de tornarse estériles si no se les despoja de los términos geográfico-culturalistas, de textura meramente descriptiva, que el pensador italiano utilizó para eludir la censura fascista. esto es, si no se retra- ducen dichos términos a un lenguaje explicativo que confiera un sentido teórico a ese Occidente y ese Oriente, ubicándolos como puntos diferenciados del sis- tema capitalista-imperialista.

Como ya lo sugerimos, el estado capitalista en general no posee forma al- guna que le sea necesaria: lo único que lo define como tal es la necesidad, ella si estructural, de reproducción en escala ampliada del modo de producción al que está integrado como superestructura. pero, ¿revistiendo qué forma concreta el estado capitalista ha de cumplir tal función? esto ya no es posible predecir ni deducir en un nivel tan alto de abstracción. Como escribiera marx en su momento:

“La sociedad actual es la sociedad capitalista, que existe en todos los países ci- vilizados, más o menos libre de aditamentos medievales, más o menos modificada por las particularidades del desarrollo histórico de cada país, más o menos desarro- llada. por el contrario, el estado actual cambia con las fronteras de cada país”1.

Y es que el estado capitalista solo existe, en cuanto forma ya concreta, como estado capitalista de determinada formación económico-social, con todas las determinaciones histórico-estructurales allí presentes, resultado tanto de un

1Karl marx, “glosas marginales al programa del partido obrero alemán”, en Obras escogidas,

específico desarrollo interno como del lugar que cada formación ocupa en el seno del sistema imperialista. Y es precisamente la configuración de cada for- mación lo que determina en última instancia la forma del estado capitalista, de acuerdo con el grado de intensidad y desarrollo de las contradicciones acu- muladas en su interior, de la posibilidad objetiva de atenuación o acentuación de las mismas y de las tareas (funciones concretas) que de allí, se desprenden para la instancia estatal. en este sentido, parece evidente que las tareas que tiene que cumplir el estado capitalista en formaciones tan disímiles como son las de los estados unidos y Bolivia, por ejemplo, mal pueden ser idénticas, ni hacia dentro ni hacia fuera de las respectivas formaciones económico-sociales, siendo por lo tanto imposible que el estado capitalista asuma en ambos casos idéntica forma. si esto último ocurriese, sencillamente peligraría la reproducción am- pliada del sistema capitalista-imperialista en su conjunto.

Y valga este ejemplo para señalar, aunque sea de manera tangencial, la in- validez de aquella tesis según la cual la forma, democrático-parlamentaria o no, que asume el estado capitalista es el resultado indeterminado de la intensidad y orientación de la lucha de clases. de ser así, es probable que el estado boli- viano tuviese una forma mucho más democrático-burguesa que la de los esta- dos unidos… La incidencia de la lucha de clases sobre la forma del estado burgués jamás es mecánica ni indeterminada, sino que se inscribe necesaria- mente en los parámetros estructurales de cada formación social del sistema ca- pitalista todo.

ahora bien, resulta que en el interior de este sistema, y haciendo abstrac- ción de las singularidades más concretas de cada país, la forma del estado capi- talista tiende a ser marcadamente distinta (aunque a la vez complementaria), según se trate del estado correspondiente a las formaciones imperialistas o del estado correspondiente a las formaciones dependientes. Y ello no porque estas últimas no hayan alcanzado todavía la suficiente madurez política, sino en vir- tud de la propia ley de desarrollo desigual del capitalismo, que no puede dejar de traducirse en un desarrollo formalmente desigual del estado burgués. tesis que parte de la idea leninista de que el sistema capitalista imperialista es, me- tafóricamente hablando, una especie de cadena compuesta por eslabones de distinto espesor (eslabones fuertes y eslabones débiles), lo cual equivale a decir, en términos teóricos, que el propio desarrollo del capitalismo, sobre todo en su fase imperialista, lejos de tender a la homogeneización del vasto espacio por él dominado, registra un movimiento más bien inverso, que al mismo tiempo que va creando áreas de descongestionamiento –es decir, de atenuación de sus

contradicciones– crea también áreas, más amplias aún, de acumulación de las mismas, con todas las situaciones intermedias que en el límite de estos dos campos pueda haber.

de todos modos, parece claro que, en una aproximación de orden global, las áreas de mayor acumulación de contradicciones (eslabones débiles) coinciden con el espacio de los países llamados subdesarrollados o dependientes. Lo que es más, creemos legítimo sostener que es aquella acumulación la que define el carácter de estos países, no solo en lo que a su base económica concierne, sino también, y correlativamente, en lo que atañe a su instancia estatal. en efecto, ésta se constituye como una superestructura sobrecargada de tareas en la medida en que 1. tiene que asegurar la reproducción ampliada del capital en condi- ciones de una gran heterogeneidad estructural, que comprende desde la presencia de varios modos y formas de producción hasta la propia malformación del apa- rato productivo capitalista; 2. tiene que llevar adelante ese proceso de repro- ducción en medio de un constante drenaje de excedente económico hacia el exterior, con todo lo que ello implica en términos de acumulación, y de la con- siguiente necesidad de establecer determinadas modalidades de extracción de tal excedente; 3. tiene que imponer cierta coherencia a un desarrollo econó- mico-social inserto en la lógica general de funcionamiento del sistema capita- lista-imperialista, cuando a veces ni siquiera está concluida la tarea de integración de un espacio económico nacional y de la nación misma.

Con solo mencionar estos grandes nudos problemáticos, que por supuesto no agotan la cuestión, uno está ya en capacidad de forjarse una idea más precisa de la sobrecarga de funciones que le toca asumir al estado burgués de la peri- feria y de las correspondientes formas “anómalas” que éste tiene que adoptar para garantizar la reproducción capitalista, no es un azar, entonces, que el lla- mado “estado de excepción” tienda a convertirse aquí en la regla; que la socie- dad civil y hasta las propias clases parezcan configurarse a partir del estado, y no a la inversa; o que ese estado adquiera una contextura ambigua, de casi si- multánea debilidad y fortaleza, balanceándose entre tales extremos dialécticos en una suerte de crisis permanente.

obviamente, el contexto histórico estructural señalado no constituye el te- rreno más propicio para el florecimiento de formas democráticas de dominación burguesa, ni para la edificación de esa serie de trincheras y fortificaciones en el te- jido institucional de la sociedad civil del que hablaba gramsci. en los países de- pendientes dichos bastiones no son simples metáforas, sino a menudo realidades tangibles, cuando la siempre protuberante instancia política penetra con sus tentá-

culos militares por todos los poros de la sociedad civil, sea por medio de los aparatos represivos locales, sea con el peso de la maquinaria represiva imperial.

de todos modos, el estado de los eslabones débiles tiende a adquirir formas dictatoriales, o en el mejor de los casos, despóticas, en razón misma del cúmulo de contradicciones que la sociedad civil no está en capacidad de atenuarlas y que, por lo tanto, a él le corresponde regular. La hegemonía, es decir, esa capa- cidad de dirección intelectual y moral que el mismo gramsci descubrió como una dimensión importante de la dominación burguesa en Occidente (léase: en los países imperialistas), no es precisamente el rasgo más destacado de la do- minación burguesa imperialista en los países dependientes. Lo que es más, todo parece contribuir a que tal hegemonía sea siempre insuficiente y precaria: escasez de un excedente económico que permita suavizar las contradicciones más agu- das; desarrollo extremadamente desigual y a saltos, que constantemente conspira contra la propia unidad de la clase dominante: brechas culturales, en el sentido cualitativo del término, que muchas veces aísla a la cultura burguesa de la del grueso de la nación; en el límite, y sobre todo en las coyunturas críticas, incluso la dificultad de recuperar lo nacional y popular desde arriba, por temor a que por allí salte la liebre bajo la forma de sentimientos antiimperialistas.

Los tropiezos en la construcción de una hegemonía burguesa (en el sentido gramsciano del término) en la periferia no obedecen por lo tanto a razones me- ramente coyunturales, y menos todavía a simples fallas ideológicas, sino que están inscritos en la propia configuración estructural de nuestras formaciones sociales, y, más allá de ellas, en la estructura misma de la cadena imperialista, que, en cuanto totalidad de desigual desarrollo, implica no solo desniveles y dis- continuidades infraestructurales, sino también desniveles y discontinuidades superestructurales. por eso, si admitimos como válida aquella fórmula según la cual la dominación burguesa está compuesta de coerción y hegemonía, habrá que admitir también que esos componentes no están equitativamente repartidos en el mundo capitalista. La dominación burguesa imperialista en los países pe- riféricos no se mantiene precisamente gracias al consenso activo de los gobernados. Contrariamente a lo que a veces se piensa, la forma democrático-parla- mentaria del estado capitalista, como modalidad relativamente sólida y estable de dominación (y no solo como punto precario de un movimiento pendular), no es en modo alguno la superestructura natural del capitalismo, sino más bien la forma: histórica que dicha dominación tiende a asumir, salvo casos y situa- ciones de excepción, en los eslabones fuertes del sistema, merced a la relativa homogeneidad estructural de los mismos y, sobre todo, al flujo favorable del

excedente económico, del que se han beneficiado y siguen beneficiándose sus burguesías por su posición dominante en el conjunto del sistema.

en los países dominados, en cambio, la forma democrático-parlamentaria de estado es una flor un tanto exótica; en todo caso, esporádica, y no por ca- sualidad, sino en razón de las propias modalidades que aquí asume la acumu- lación de capital. en este sentido, no deja de ser altamente significativo que raúl prebisch, fundador de la CepaL y gran teórico del desarrollismo, haya tenido el valor de reconocer, con encomiable lucidez, que “el capitalismo apli- cado en los países periféricos es incompatible con la democracia”, dado su “mo- delo concentrador”, que crea un abismo, según sus palabras, entre la minoría que controla los medios de producción y la clase trabajadora. situación ante la cual prebisch ve una sola salida, consistente en “la utilización de los excedentes como instrumento de corrección de las desigualdades sociales”2, cosa que desde

luego no nos parece muy compatible con el proceso de acumulación de capital en escala mundial, salvo en casos de verdadera excepción.

por lo demás, no hay que olvidar que también en el nivel político el sistema capitalista-imperialista funciona como un todo articulado. La preservación de un espacio democrático más o menos impoluto en el interior de los centros im- periales se basa indudablemente en el mantenimiento de situaciones bastante menos idílicas en el exterior. Cuando las burguesías imperialistas envían cuerpos expedicionarios hacia sus zonas de interés, o cuando, valiéndose de los cuerpos represivos locales, promueven la implantación de dictaduras como las latinoa- mericanas, en el fondo no están realizando otra cosa que una constante distri- bución internacional de cuotas de violencia y hegemonía. esas intervenciones directas o indirectas en el exterior tienen la función de mantener las condiciones estructurales de su hegemonía interior.

II.

refLeXIones soBre La CrIsIs Contemporánea

La última fase de crisis del estado latinoamericano, ubicable sobre todo en los años setenta, arrancó precisamente de un intento de utilización del excedente económico “como instrumento de corrección de las desigualdades sociales”, para retomar la expresión de prebisch. pero lo característico del caso fue que

tal proyecto no provino de una burguesía modernizante y reformista, que a estas alturas de nuestra historia era ya raquítica, si no es que inexistente, sino de las fuerzas populares que irrumpieron en el escenario político de Chile, uru- guay, argentina, Bolivia y otros países, a raíz de la bancarrota de las experiencias nacional-populistas y reformistas, así como de las configuraciones estatales a que ellas habían dado lugar.

muchas de las tareas que aquellas fuerzas populares impulsaron o trataron de impulsar, según los casos, en rigor no eran tareas socialistas: eran medidas de corte democrático, como la reforma agraria; o medidas de corte patriótico como la nacionalización de los sectores económicos en manos del capital ex- tranjero. pero –dada la debilidad de la burguesía nacional propiamente dicha, el enorme peso histórico de los burgueses agrarios (oligarquía) y la importancia cada vez mayor del capital monopólico transnacional, así como la íntima liga- zón entre todas estas fracciones del capital y su expresión estatal– fue la propia existencia del capitalismo periférico y su estado la que se vio cuestionada, hecho que configuró una polarización de fuerzas entre un campo revolucionario y otro contrarrevolucionario. Y es que la propia crisis del modelo de acumulación llamado de posguerra, patente ya en los años sesenta, no dejaba mayor margen para fórmulas intermedias: o bien se emprendían transformaciones estructurales profundas que tendiesen a la homogeneización de la matriz económico-social y a la contención del drenaje del excedente económico hacia el exterior, o bien se implantaba una nueva modalidad de acumulación de capital por la vía reac- cionaria, basada en la acentuación de las desigualdades de todo orden y, fun- damentalmente, de la originada en la relación entre el trabajo asalariado y el capital. Y esto, no porque la burguesía local fuese ideológicamente incapaz de superar sus intereses estrechamente corporativos y de realizar algunas concesiones, sino porque ella misma se encontraba atrapada en la red de un conjunto de contradicciones históricamente acumuladas, dentro de la que cualquier tipo de concesiones ponía en peligro el propio proceso de acumulación de capital.

en efecto, la crisis aparentemente coyuntural derivada del agotamiento del modelo previo de acumulación no había hecho más que poner al descubierto una crisis estructural más profunda3, imposible de solucionar mediante el mero

3Crisis de una estructura agraria producto de la vía reaccionaria de desarrollo del capitalismo y

de la inserción subordinada en la división internacional capitalista-imperialista del trabajo; crisis de un sector secundario compuesto sobre todo de industria liviana y dependiente, para la adquisición de ma- quinaria, de las divisas generadoras por el sector primario exportador, e incapaz, por lo mismo, de realizar una adecuada acumulación de tecnología, etcétera.

diálogo en torno a una mesa de negociaciones. no se trataba de un simple re- gateo sobre la distribución del excedente económico, sino de un replantea- miento de las condiciones estructurales de generación del mismo.

Las luchas sociales tendieron, pues, a radicalizarse, apuntando, como es lógico, a significativas transformaciones de la instancia estatal. rígidas a la vez que débiles, en razón de la siempre tensa relación entre sociedad civil y sociedad política, las instituciones de esta última eran poco aptas para absorber y regular el agudo conflicto. La confrontación que se venía desarrollando en el seno de la sociedad civil solo podía conducir, por lo tanto, a situaciones de ruptura, que a la postre llevarían a una transformación de las formas estatales.

el triunfo de la contrarrevolución en el Cono sur, que hacia mediados de la década de los setenta era un hecho general y consumado, produjo una drás-