LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y EL PROBLEMA COLONIAL

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TOUSSAINT LOUVERTURE

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Colección

SOCIALISMO y LIBERTAD

Libro 1 LA REVOLUCIÓN ALEMANA

Víctor Serge - Karl Liebknecht - Rosa Luxemburgo Libro 2 DIALÉCTICA DE LO CONCRETO

Karel Kosik

Libro 3 LAS IZQUIERDAS EN EL PROCESO POLÍTICO ARGENTINO Silvio Frondizi

Libro 4 INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA DE LA PRAXIS Antonio Gramsci

Libro 5 MAO Tse-tung José Aricó

Libro 6 VENCEREMOS Ernesto Guevara

Libro 7DE LO ABSTRACTO A LO CONCRETO - DIALÉCTICA DE LO IDEAL Edwald Ilienkov

Libro 8 LA DIALÉCTICA COMO ARMA, MÉTODO, CONCEPCIÓN y ARTE Iñaki Gil de San Vicente

Libro 9 GUEVARISMO: UN MARXISMO BOLIVARIANO Néstor Kohan

Libro 10AMÉRICA NUESTRA. AMÉRICA MADRE Julio Antonio Mella

Libro 11FLN. Dos meses con los patriotas de Vietnam del sur Madeleine Riffaud

Libro 12MARX y ENGELS. Nueve conferencias en la Academia Socialista David Riazánov

Libro 13 ANARQUISMO y COMUNISMO Evgueni Preobrazhenski

Libro 14 REFORMA o REVOLUCIÓN - LA CRISIS DE LA SOCIALDEMOCRACIA

Rosa Luxemburgo

Libro 15 ÉTICA y REVOLUCIÓN Herbert Marcuse

Libro 16 EDUCACIÓN y LUCHA DE CLASES Aníbal Ponce

Libro 17LA MONTAÑA ES ALGO MÁS QUE UNA INMENSA ESTEPA VERDE Omar Cabezas

Libro 18 LA REVOLUCIÓN EN FRANCIA.Breve historia del movimiento obrero en Francia 1789-1848. Selección de textos de Alberto J. Plá

Libro 19MARX y ENGELS.

Karl Marx y Fiedrich Engels. Selección de textos

Libro 20 CLASES y PUEBLOS. Sobre el sujeto revolucionario Iñaki Gil de San Vicente

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Libro 22 DIALÉCTICA Y CONSCIENCIA DE CLASE György Lukács

Libro 23 EL MATERIALISMO HISTÓRICO ALEMÁN Franz Mehring

Libro 24 DIALÉCTICA PARA LA INDEPENDENCIA Ruy Mauro Marini

Libro 25 MUJERES EN REVOLUCIÓN Clara Zetkin

Libro 26 EL SOCIALISMO COMO EJERCICIO DE LA LIBERTAD Agustín Cueva - Daniel Bensaïd. Selección de textos

Libro 27 LA DIALÉCTICA COMO FORMA DE PENSAMIENTO -DE ÍDOLOS E I-DEALES

Edwald Ilienkov. Selección de textos

Libro 28 FETICHISMO y ALIENACIÓN - ENSAYOS SOBRE LA TEORÍA MARXISTA EL VALOR Isaak Illich Rubin

Libro 29 DEMOCRACIA Y REVOLUCIÓN. El hombre y la Democracia György Lukács

Libro 30 PEDAGOGÍA DEL OPRIMIDO Paulo Freire

Libro 31 HISTORIA, TRADICIÓN Y CONSCIENCIA DE CLASE Edward P. Thompson. Selección de textos

Libro 32 LENIN, LA REVOLUCIÓN Y AMÉRICA LATINA Rodney Arismendi

Libro 33 MEMORIAS DE UN BOLCHEVIQUE Osip Piatninsky

Libro 34 VLADIMIR ILICH Y LA EDUCACIÓN Nadeshda Krupskaya

Libro 35 LA SOLIDARIDAD DE LOS OPRIMIDOS

Julius Fucik - Bertolt Brecht - Walter Benjamin. Selección de textos Libro 36 UN GRANO DE MAÍZ

Tomás Borge y Fidel Castro Libro 37 FILOSOFÍA DE LA PRAXIS Adolfo Sánchez Vázquez

Libro 38 ECONOMÍA DE LA SOCIEDAD COLONIAL Sergio Bagú

Libro 39 CAPITALISMO Y SUBDESARROLLO EN AMÉRICA LATINA André Gunder Frank

Libro 40 MÉXICO INSURGENTE John Reed

Libro 41 DIEZ DÍAS QUE CONMOVIERON AL MUNDO John Reed

Libro 42 EL MATERIALISMO HISTÓRICO Georgi Plekhanov

Libro 43 MI GUERRA DE ESPAÑA Mika Etchebéherè

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Libro 45 MARX DESCONOCIDO Nicolás Gonzáles Varela - Karl Korsch Libro 46 MARX Y LA MODERNIDAD Enrique Dussel

Libro 47 LÓGICA DIALÉCTICA Edwald Ilienkov

Libro 48 LOS INTELECTUALES Y LA ORGANIZACIÓN DE LA CULTURA Antonio Gramsci

Libro 49 KARL MARX. LEÓN TROTSKY, Y EL GUEVARISMO ARGENTINO Trotsky - Mariátegui - Masetti - Santucho y otros. Selección de Textos Libro 50 LA REALIDAD ARGENTINA - El Sistema Capitalista

Silvio Frondizi

Libro 51 LA REALIDAD ARGENTINA - La Revolución Socialista Silvio Frondizi

Libro 52 POPULISMO Y DEPENDENCIA - De Yrigoyen a Perón Milcíades Peña

Libro 53 MARXISMO Y POLÍTICA Carlos Nélson Coutinho

Libro 54 VISIÓN DE LOS VENCIDOS Miguel León-Portilla

Libro 55 LOS ORÍGENES DE LA RELIGIÓN Lucien Henry

Libro 56 MARX Y LA POLÍTICA Jorge Veraza Urtuzuástegui Libro 57 LA UNIÓN OBRERA Flora Tristán

Libro 58 CAPITALISMO, MONOPOLIOS Y DEPENDENCIA Ismael Viñas

Libro 59 LOS ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO Julio Godio

Libro 60 HISTORIA SOCIAL DE NUESTRA AMÉRICA Luis Vitale

Libro 61 LA INTERNACIONAL. Breve Historia de la Organización Obrera en Argentina. Selección de Textos

Libro 62 IMPERIALISMO Y LUCHA ARMADA

Marighella, Marulanda y la Escuela de las Américas

Libro 63 LA VIDA DE MIGUEL ENRÍQUEZ Pedro Naranjo Sandoval

Libro 64 CLASISMO Y POPULISMO

Michael Löwy - Agustín Tosco y otros. Selección de textos Libro 65 DIALÉCTICA DE LA LIBERTAD

Herbert Marcuse

Libro 66 EPISTEMOLOGÍA Y CIENCIAS SOCIALES Theodor W. Adorno

Libro 67 EL AÑO 1 DE LA REVOLUCIÓN RUSA Víctor Serge

Libro 68 SOCIALISMO PARA ARMAR

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Libro 69 ¿QUÉ ES LA CONCIENCIA DE CLASE? Wilhelm Reich

Libro 70 HISTORIA DEL SIGLO XX - Primera Parte Eric Hobsbawm

Libro 71 HISTORIA DEL SIGLO XX - Segunda Parte Eric Hobsbawm

Libro 72 HISTORIA DEL SIGLO XX - Tercera Parte Eric Hobsbawm

Libro 73 SOCIOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA Ágnes Heller

Libro 74 LA SOCIEDAD FEUDAL - Tomo I Marc Bloch

Libro 75 LA SOCIEDAD FEUDAL - Tomo 2 Marc Bloch

Libro 76 KARL MARX. ENSAYO DE BIOGRAFÍA INTELECTUAL Maximilien Rubel

Libro 77 EL DERECHO A LA PEREZA Paul Lafargue

Libro 78 ¿PARA QUÉ SIRVE EL CAPITAL? Iñaki Gil de San Vicente

Libro 79 DIALÉCTICA DE LA RESISTENCIA Pablo González Casanova

Libro 80 HO CHI MINH Selección de textos

Libro 81 RAZÓN Y REVOLUCIÓN Herbert Marcuse

Libro 82 CULTURA Y POLÍTICA - Ensayos para una cultura de la resistencia Santana - Pérez Lara - Acanda - Hard Dávalos - Alvarez Somozay otros Libro 83 LÓGICA Y DIALÉCTICA

Henry Lefebvre

Libro 84 LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA Eduardo Galeano

Libro 85 HUGO CHÁVEZ José Vicente Rangél

Libro 86 LAS GUERRAS CIVILES ARGENTINAS Juan Álvarez

Libro 87 PEDAGOGÍA DIALÉCTICA

Betty Ciro - César Julio Hernández - León Vallejo Osorio Libro 88 COLONIALISMO Y LIBERACIÓN

Truong Chinh - Patrice Lumumba

Libro 89 LOS CONDENADOS DE LA TIERRA Frantz Fanon

Libro 90 HOMENAJE A CATALUÑA George Orwell

Libro 91 DISCURSOS Y PROCLAMAS Simón Bolívar

Libro 92 VIOLENCIA Y PODER - Selección de textos

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Libro 93 CRÍTICA DE LA RAZÓN DIALÉCTICA Jean Paul Sartre

Libro 94 LA IDEA ANARQUISTA

Bakunin - Kropotkin - Barret - Malatesta - Fabbri - Gilimón - Goldman Libro 95 VERDAD Y LIBERTAD

Martínez Heredia-Sánchez Vázquez-Luporini-Hobsbawn-Rozitchner-Del Barco LIBRO 96 INTRODUCCIÓN GENERAL A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

Karl Marx y Friedrich Engels LIBRO 97 EL AMIGO DEL PUEBLO Los amigos de Durruti

LIBRO 98 MARXISMO Y FILOSOFÍA Karl Korsch

LIBRO 99 LA RELIGIÓN Leszek Kolakowski

LIBRO 100 AUTOGESTIÓN, ESTADO Y REVOLUCIÓN Noir et Rouge

LIBRO 101 COOPERATIVISMO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN Iñaki Gil de San Vicente

LIBRO 102 ROSA LUXEMBURGO Y EL ESPONTANEÍSMO REVOLUCIONARIO Selección de textos

LIBRO 103 LA INSURRECCIÓN ARMADA A. Neuberg

LIBRO 104 ANTES DE MAYO Milcíades Peña

LIBRO 105 MARX LIBERTARIO Maximilien Rubel

LIBRO 106 DE LA POESÍA A LA REVOLUCIÓN Manuel Rojas

LIBRO 107 ESTRUCTURA SOCIAL DE LA COLONIA Sergio Bagú

LIBRO 108 COMPENDIO DE HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA Albert Soboul

LIBRO 109 DANTON, MARAT Y ROBESPIERRE.Historia delaRevoluciónFrancesa Albert Soboul

LIBRO 110 LOS JACOBINOS NEGROS. Toussaint L’Ouverture y la revolución de Hait Cyril Lionel Robert James

LIBRO 111 MARCUSE Y EL 68 Selección de textos

LIBRO 112 DIALÉCTICA DE LA CONCIENCIA – Realidad y Enajenación José Revueltas

LIBRO 113 ¿QUÉ ES LA LIBERTAD? – Selección de textos Gajo Petrović – Milán Kangrga

LIBRO 114 GUERRA DEL PUEBLO – EJÉRCITO DEL PUEBLO Vo Nguyen Giap

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LIBRO 116 MUJER, ECONOMÍA Y SOCIEDAD Alexandra Kollontay

LIBRO 117 LOS JERARCAS SINDICALES Jorge Correa

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“Unacivilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento es una civilización decadente. Una civilización que escoge cerrar los ojos ante sus problemas más cruciales es una civilización herida.

Una civilización que le hace trampas a sus principios es una civilización moribunda.

El hecho es que la civilización llamada «europea», la civilización «occidental», tal como ha sido moldeada por dos siglos de régimen burgués, es incapaz de resolver los dos principales problemas que su existencia ha originado: el problema del proletariado y el problema colonial. Esta Europa, citada ante el tribunal de la «razón» y ante el tribunal de la «conciencia», no puede justificarse; y se refugia cada vez más en una hipocresía aún más odiosa porque tiene cada vez menos probabilidades de engañar.”

Discurso Sobre el Colonialismo1

Aimé Césaire

https://elsudamericano.wordpress.com

HIJOS

La red mundial de los hijos de la revolución social

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TOUSSAINT LOUVERTURE

LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y EL PROBLEMA COLONIAL

Aimé Césaire

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Prefacio Introducción

Libro Primero:

LA FRONDA DE LOS GRANDES BLANCOS

Capítulo I Soledad del poder Capítulo II Una intrusión aciaga Capítulo III Errores de navegación

Capítulo IV La Fronda de los Grandes Blancos Capítulo V Una doble liquidación

Libro Segundo:

LA REBELIÓN MULATA

Capítulo I Cretinismo parlamentario Capítulo II Un gran debate

Capítulo III Un destello

Capítulo IV Un destello que se apaga

CapítulO V Una enmienda por cansancio Capítulo VI La revancha de Barnavé Capítulo VII La rebelión mulata

Libro Tercero:

LA REBELIÓN NEGRA

Capítulo I Los límites de la Revolución francesa

Capítulo II Aprendizaje

Capítulo III Compromiso y compromiso Capítulo IV Una escena enternecedora Capítulo V Imperialismo e imperialismo

Capítulo VI Salvador de las autoridades constituidas Capítulo VII Estrategia y táctica

Capítulo VIII Una misión de zapa Capítulo IX Tomar sus precauciones Capítulo X Movilización

Capítulo XI La ruptura

Capítulo XII La lógica de un sistema Capítulo XIII Guerra hasta perder el aliento Capítulo XIV La pausa

Capítulo XV El sacrificio Capítulo XVI Quitarse la careta Capítulo XVII De Brumario a Germinal

Capítulo XVIII Pues sus raíces son numerosas y profundas

A manera de conclusión

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PREFACIO

Cualquiera que haya estado en Haití se habrá conmovido al comprobar hasta qué punto el recuerdo de Toussaint Louverture vive en los espíritus y en los corazones. Toussaint pertenece a cada, uno, como Napoleón –de quien él fue la víctima– a cada corso. Sin duda las islas son los lugares más favorables a las tradiciones vivas, a los odios y a los amores violentos. El antiguo Santo Domingo consagra a su libertador una devoción patriótica que se asemeja a un culto. Las páginas que el coronel Nemours dedica a la visita que hizo al calabozo húmedo y frío del Fort-de-Joux, donde murió Toussaint en 1803, tienen un acento religioso. El ministro plenipotenciario de Haití y su señora, tuvieron conciencia de que estaban haciendo una “piadosa peregrinación” y oraron en la celda del mártir. La señora Nemours, haciendo de la “roca escarpada” un segundo calvario, llegó a murmurar:

“Quizás tuvo sed y nadie le dio de beber. Hubiera querido darle agua, enjugar el sudor de su cara y quitar el polvo de sus ropas”.

A semejanza de los héroes de Esparta: Leónidas el guerrero, y Licurgo el legislador; Toussaint Louverture, a la vez combatiente de la independencia y organizador de la nación, es menos que un dios pero más que un hombre. Que un cochero de una plantación, salido de la turba de los esclavos, se haya revelado como jefe militar y estadista, que haya conseguido acabar con las fuerzas de ocupación y de invasión inglesa y haya resistido a las tropas francesas, que haya llevado a su pueblo al umbral de la independencia y que haya perecido víctima de una celada y de un abuso de confianza, he ahí con qué apasionar a un espíritu generoso, ávido de comprender. Más todavía, situar la acción de Toussaint, el Negro, en su medio original y en la coyuntura colonial, he ahí la tarea que se ha propuesto Césaire y que ha llevado a cabo felizmente, como no hace mucho lo hiciera por él blanco de gran corazón que fue Schoelcher, el libertador de los esclavos.

Siempre he tenido por Césaire gran estimación y simpatía.

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desheredados: hombre recto que rechaza los compromisos tanto en la acción como en el arte. Tal lo vuelvo a encontrar en su Toussaint Louverture, que me ha permitido presentar Alioune Diop a quien doy las gracias.

Césaire no pretende renovar la biografía del Precursor. Da por sabidos los hechos. Lo que retiene su atención “son las relaciones que los unen, la ley que los rige, la dialéctica que los suscita”. Bien está. Es eso mismo lo que constituye la historia. ¿Pero es cierto que el hombre que encarnó la resistencia a los colonialistas de Santo Domingo sea exactamente conocido? Mientras su correspondencia general no haya sido publicada, sólo se hará con Toussaint labor provisional pues los textos, todavía inéditos, ofrecen el riesgo de trastornar la jerarquía de valores. Pero es dudoso que las condiciones fundamentales de la lucha que enfrentó a blancos, mulatos y negros, sean profundamente modificadas. Y es esto lo que le interesa a Césaire. Viviendo en un mundo en que cada pueblo colonizado busca realizar su independencia de acuerdo con su propia naturaleza, Césaire se ha dedicado a reencontrar la originalidad de la revolución de Santo Domingo. En ese campo, la experiencia del hombre político ilustra la documentación del historiador. Así ha sido llevado a descubrir el hecho colonial al estado puro, en una época en que no se la adornaba de filantropía, sino en la que se afirmaba la primacía de los intereses del negocio y la virtud del egoísmo metropolitano. Lo Exclusivo, cuyos caracteres esenciales ha tenido el acierto de presentar al comienzo de su libro, es, más que una doctrina, un sistema, el “sistema” como se le llama en el siglo XVIII. Lo económico está entonces en el centro de todo, y todo se subordina a lo económico. No se limita al monopolio del comercio y de la industria sino que hace de la administración la protectora interesada del comercio de Francia, Negociantes y armadores de los puertos del Atlántico son dueños de la política real por intermedio de los funcionarios del secretariado de Estado en la Marina, surgidos de familias poderosas de nobleza de toga, que tienen, por añadidura, grandes intereses personales en las islas y en el tráfico colonial.

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Césaire hace alusión justamente a las sediciones de Santo Domingo en 1722 y 1769. Ilustran el comportamiento de los habitantes y dejan prejuzgar el porvenir. La asonada contra la compañía monopolista estalla bruscamente en el Cap en 1720 al grito de una plantadora de café. Después se extiende al oeste. Las bandas armadas, que obedecen a jefes ocultos (Sans Quartier, La Liberté), incendian los bohíos y las cosechas de los no-resistentes. Ya se perfila la segur dad de la organización clandestina y de sus ramificaciones, así como la amplitud de la oposición a la voluntad del rey. Muestra también la flojedad de la represión, pese a la gravedad del movimiento. Los colonos se dan cuenta de que sólo la violencia permite ganar la partida contra los agentes del rey.

La sedición de 1763-1770, provocada por el restablecimiento de las milicias, adquiere un carácter excepcional a causa de la actitud de los propietarios del sur, que, más independientes y más audaces que los de otras regiones, no retroceden ante medios extremos para defender sus privilegios: connivencia con los mulatos, utilización de los esclavos, toque de rebato para dar la alarma, secuestros, congregaciones armadas y toma de armas en los cerros. El cartel de resistencia entre blancos y mulatos señalaba el verdadero peligro. Esta vez el gobierno no se llamó a engaño y castigó. El ejército tuvo la última palabra, pero el rencor se incubaba y la experiencia, esbozada en 1769, volvió a tener lugar veinte años más tarde, en el Comité del sur, con los mismos hombres en los que el espíritu colonial se encaminaba al separatismo.

En la recopilación de memorias de los colonos, publicada en 1776 ó 1777, bajo el título Consideraciones sobre el estado presente de la colonia francesa de

Santo Domingo y el seudónimo de Hilliart d’Auberteuil se declara que:

“se debe contemplar los compromisos de los colonos con el estado, de tanta duración, como la protección del soberano. Si la protección cesa, la convención termina, puesto que la base es la utilidad recíproca”.

Pero de esa “utilidad recíproca”, los colonos son únicos jueces y la aplican a su interés propio sin tener en cuenta las posibilidades del soberano, símbolo de la metrópoli. Si el soberano desaparece y la metrópoli adopta puntos de vista diferentes del de los habitantes, sobre todo en materia social, se consideran como desligados de dicha convención. Es esto lo qué se produjo desde el principio de la revolución.

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necesitados, obligados a trabajar toda su vida bajo las órdenes de otro o abrumados por los desprecios de los propietarios de plantaciones, concibieron por los grandes blancos un odio que los puso frente a ellos en el curso de la revolución.

Césaire ha destacado fuertemente la importancia de las gentes de color libres y mostrado la gravedad de las medidas sucesivas que hicieron de ellas, según un escritor de su tiempo: “un estado intermedio entre los blancos y los esclavos”. Ahora bien, las reglas restrictivas con que se les afligió, se hicieron además tan chocantes que a finales del reinado de Luis XV, fueron tan numerosos como los blancos. Muchos ganaban dinero que empleaban en comprar pequeñas propiedades, a veces hasta haciendas. Ejercían, de acuerdo con los “blanquitos”, los oficios artesanales de las ciudades. Eran tenderos, taberneros, viajantes de comercio, encomenderos que vigilaban el trabajo de los esclavos y, sobre todo en el sur, encargados. Se les reconocía su inteligencia pero se les reprochaba haber adquirido los defectos de las dos razas y no ser seguros. Césaire nada dice de las mulatas, cuyo papel político era nulo, pero considerable el papel social. Escapaban al prejuicio racial a los ojos de los blancos. Las mujeres blancas las detestaban, pues no solamente les quitaban sus maridos sino que los arruinaban. Así que se les cantaba:

Os digo que mujer es muy tonta Si no sabe que un blanco le pague...

Desempeñaron, en Santo Domingo, el papel que tuvieron las grandes prójimas del siglo XIX que restituyeron al circuito monetario el dinero muy fácilmente ganado por los burgueses. Además, fueron ellas un vivo testimonio viviente de la incoherencia, del sistema social.

En lo que se refiere al problema dominante, el problema de la esclavitud, Césaire lo ha tratado con la sobriedad que exigía un tema de gran patetismo, pero trillado. Ha querido ver sobre todo en los esclavos a obreros de la tierra,

concentrados en los “barracones” como los obreros del continente en las fábricas. La analogía permite comprender el resultado: que en este vivero humano, que en este hacinamiento de resentimientos y de energías, saldrá, no una revuelta, sino una revolución. Es innegable que esta masa de explotados ha dado jefes de sedición. No por eso me asociaré a la leyenda del negro de Guinea, Makendal, tal como se formó en el curso de la segunda mitad del siglo XVIII en los medios blancos. Makendal, en quien Césaire cree ver un mahdi, habría de organizar a los cimarrones en propagandistas encargados de incitar a los esclavos a destruir el mundo blanco mediante el veneno.

Fue ejecutado en1758peroelordenancistaLambert,siempreávidodeconjuras de envenenamiento, ni siquiera mencionó su acción. Veinte años después, su epopeya, creada y enriquecida por los colonos, manifestaba una forma de su psicosis. Miedos como éste conmovieron, en muchas ocasiones, las islas en el siglo XVIII, y son mucho más reales que las causas invocadas.

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el plano colonial, es decir en forma de ruptura primero con la autoridad local, despuésconlaautoridadmetropolitana. La asamblea de Saint-Marc, en nombre de los principios revolucionarios, a los cuales apelaba para sacudir el yugo de la realeza, realizaba la autonomía política y económica a la cual la colonia había aspirado siempre, pero la metrópoli, cualquiera fuere su régimen no estaba dispuesta a dejar deteriorar el Exclusivo.3 Sin embargo no llegaré a calificar de separatismo la acción de la asamblea, pues no estaban rotos los lazos con la metrópoli.

No creo que la rebelión de los mulatos fuera fatal, pero el egoísmo de los blancos la hacía inevitable. Como siempre ocurre, los colonos perecieron por desmesura. No pudieron subordinar sus prejuicios racistas a intereses superiores. Su resistencia a las reivindicaciones de los mulatos se manifestó en forma violenta, por pillajes y ahorcamientos, por la puesta en el index e incluso el ajusticiamiento de blancos y por la denuncia de los colonos de París, sospechosos de traición. Ni la derrota de los mulatos, ni la ejecución de su jefe Ogé, entregado por los españoles y enrodado en la plaza pública, pusieron fin a los disturbios. Sobre todo, la unión de blancos y mulatos, indispensable para mantener el orden entre los negros, dio lugar a una guerra civil que envalentonó a los esclavos a rebelarse, a esos mismos esclavos que ya habían sido utilizado en uno o en otro campo. En la Constituyente, las tentativas para extraer de los derechos del hombre consecuencias prácticas para las colonias, chocaron con el bloque de los intereses amenazados: colonos, negociantes y negreros revolucionarios de Nantes y de Burdeos, refinadores de la metrópoli, representados en todos los partidos por hombres influyentes como el monárquico Malouet y los dos triunviros de izquierda Lameth y Barnave. Incapaz de sacudirse el pasado, la Asamblea satisfizo las reivindicaciones de los habitantes rechazadas por la realeza, sustituyendo la dominación de los grandes propietarios por el despotismo militar y mercantil. Apartó de la vida política, contrariamente a sus principios, a los ciudadanos libres por ser hombres de color y mantuvo la esclavitud. Demostró así que la democracia era un privilegio metropolitano que no se exportaba. En las colonias, los hombres no nacen libres e iguales en derecho. Era ésta la conclusión normal del Exclusivo, cuyo espíritu no estaba minado por la revolución. Pero, de hecho, la legislación de la asamblea no fue más allá de los limites de una declaración de principios, pues, antes de la votación de sus decretos, la suerte de las islas se jugó en las mismas islas, en las feroces luchas de razas, de clases y de intereses.

Me hubiera gustado que Césaire hubiera insistido más sobre el tránsito de la Constituyente a la Legislativa que corre el riesgo de escapar a lectores mal advertidos. Si en materia económica la nueva asamblea mantuvo lo esencial del Exclusivo, mostró una hostilidad general a la política de la Constituyente y principalmente a Barnave, que a decir de Guadet, había tomado “los furores de

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Santo Domingo por los furores del Hotel Massiac” representaba el lobby de los colonos. Por primera vez, los demócratas señalaron, con Merlin de Thionville, la contradicción de defender en Europa la libertad en nombre de los derechos del hombre y mantener en las islas la distinción de razas y la esclavitud. Césaire ha señalado justamente la importancia del gran discurso-análisis de Brissot, del 1° de diciembre de 1791 y la fragilidad de sus conclusiones. Es que los girondinos tenían que guardar miramientos ton los negociantes de Burdeos que hubieran visto comprometidos sus negocios por la supresión de la esclavitud. Cita con razón un proyecto abolicionista de un diputado del Vermandois a la Constituyente, Viefville des Essarts. Hay otro, generalmente ignorado, pues que yo sepa sólo ha sido citado por Jaurés en su Historia

socialista. En septiembre de 1791, un representante de las Bocas del Ródano,

Blangilly, presentó un proyecto para la emancipación gradual de los esclavos, que no fue discutido, ni siquiera llevado a la tribuna, sino comunicado solamente para su impresión. Reclamaba, entre otras medidas, la prohibición de maltratos a los esclavos so pena de pérdida de sus derechos; la creación de casas de fuerza para esclavos culpables, a fin de sustraerlos a las arbitrariedades del amo; el derecho a la subsistencia para los negros viejos y achacosos; la posibilidad de rescate por peculio; la libertad de oficio para los hijos de esclavos, en fin la emancipación de derecho, al cabo de ocho años, de negros que pasarían a ser jornaleros. Este proyecto revestía, de acuerdo con el parecer de Jaurés una verdadera importancia histórica.

“El aterrador problema negro”, que Césaire reprocha a la Legislativa de no

haber resuelto al mismo tiempo que el problema mulato, de hecho fue el primero en plantearse a esta asamblea. Ésta tuvo conocimiento del levantamiento de los negros el 27 de octubre de 1791. ¡Dos meses habían transcurrido desde su inicio, el 22 de agosto! Esta simple comprobación permite establecer la dificultad que hay en poner orden cronológico en la historia de las relaciones entre Santo Domingo y la metrópoli. En razón de la lentitud y de lo precario de las comunicaciones, se requiere por lo menos un trimestre para que se conozca en Port-au-Prince cómo reacciona París ante los acontecimientos de la isla. Cuándo las respuestas o las directivas llegan a las autoridades francesas de la isla, la situación ha evolucionado de tal modo que ya no tienen valor práctico. La política colonial no se adapta sino lentamente y por sobresaltos a las mutaciones coloniales. Cuando el comisario Sonthonax, enfrascado en la sedición de los grandes blancos del Cap francés, pronunció, el 23 de agosto de 1783, la emancipación general e inmediata de todos los negros, no estaba en condiciones de remitirse a París para una decisiónque,sinembargo,comprometía el porvenir, pero que las circunstancias imponían.

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No seguiré a Césaire en su evocación de la carrera de Toussaint Louverture. Tienen sus páginas un tono de epopeya que un análisis rebajaría inútilmente. Me limitaré a algunas observaciones. Creo que el compromiso español podría ser matizado. Cuando el antiguo cochero de la hacienda Bréda se pasó a los españoles de Santo Domingo, recibió el título de mariscal de campo, dicho en otros términos, general de brigada, pero seguía siendo el esclavo y estaba paralizado por la posición preponderante de Jeari-François.

Sólo del lado francés podía, como ciudadano, hacerse una carrera indefinida. Tenía en ese entonces una sincera admiración por la nación que emancipaba a los negros y la influencia que ejerció sobre él el general realista Laveau no dejó de pesar en su decisión. Se compartiría de buen grado el asombro de Schoelcher si no nos percatáramos de que en Santo Domingo el problema de la opción no se planteaba en los mismos términos que en Francia. Lo que hay que retener es que Toussaint se pasó a los franceses no como tránsfuga, sino como jefe y que rechazó la dignidad real de la isla que le ofrecieran los ingleses.

Césaire se niega a plantear el problema de saber si Toussaint Louverture fue ambicioso:

“no se trata aquí de psicología, sino de algo muy distinto, de la fuerza de los acontecimientos y del impulso histórico”.

Sea, pero hay que admitir que este impulso, Toussaint quería ser el único que lo controlara. Eliminó a sus rivales franceses haciendo nombrar a Sonthonax en los Quinientos, a Laveau en los Antiguos (1796-1797) y poniéndose en nombre del general Hédouville (enviado para contenerlo) en el gobierno y en las negociaciones (1798). Aplastó los levantamientos de los hombres de color en el norte y en el oeste y batió a Pétion y a Rigaud en el sur (1799). Entre los mulatos quizás hubo unas diez mil víctimas. En adelante nadie estuvo en condiciones de oponerse a su ascensión. Esto fue lo que le permitió emprender la organización del país. No acabo de entender bien el reproche que le hace Césaire de haber perdido su contacto con las masas.4 No veo en efecto qué otra política hubiera podido hacer para luchar contra el vagabundaje y el desempleo y, más tarde, para salvar la economía, que corría el riesgo de sumirse en la anarquía, si él no hubiera impuesto la obligación del trabajo. ¿Era posible, en el momento en que la salvación del país era la ley suprema, mostrar “flexibilidad, inventiva, un sentido de lo humano siempre alerta”? Se puede poner en duda.

En todo caso, gracias a Toussaint y a despecho de las ruinas, Santo Domingo se entregó de nuevo al trabajo, volvió a exportar y, como resultado de la supresión de deudas y de las libres importaciones de Norteamérica, conoció una prosperidad más grande que la de antaño.

Toussaint no pudo dar su plena medida. Dueño de la isla, entera desde octubre de 1801, había hecho votar una constitución que declaraba en su artículo primero, que:

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“Santo Domingo y sus islas adyacentes forman el territorio de una sola colonia que forma parte del imperio pero sometida a leyes particulares”. Césaire tiene razón al insistir sobre esta “intuición genial” de un “Common

wealth francés”, Me acuerdo haber desarrollado este tema ante un público

haitiano para el que fue, en gran parte, un descubrimiento. En esto hay un hecho de una importancia extrema al que la historia dará, tarde o temprano, todo su valor. Nada era más fácil para Francia que concertar un acuerdo con un país de producción complementaria y que encontraba una organización conforme a las tendencias de su población. Pero estaba por el medio Bonaparte que, no sólo sufría la influencia de los ultramontanos repatriados, sino que era incapaz de admitir un poder independiente del suyo. En Santa Helena reconoció su error. La rendición de Toussaint, el 6 de mayo de 1802, después su muerte en el Fort-de-Joux, no impidieron la guerra implacable. En las Gonaïves, en el sitio mismo en que Toussaint se rindiera, los jefes de la resistencia se unieron, el1°deenerode1804,parajurarsobreelaltardelaPatria,la indepen-dencia de Santo Domingo proclamada, el 30 de noviembre de 1803, bajo el nombre de Haití, así como un odio eterno a Francia.

En su conclusión, admirablemente pensada, Césaire ha caracterizado el papel de Toussaint Louverture que:

“en la historia y en el dominio de los derechos del hombre fue, por cuenta de los negros, el operador y el intercesor”.

Es esto lo que mantiene, si es que no lo engrandece sin tregua, el prestigio del Precursor entre los haitianos. En el curso de un viaje que hiciera a Haití, poco después del ciento cincuenta aniversario de la liberación, pude vivir, con los historiadores locales, la epopeya de este hombre a quien el libro de Césaire contribuiráadarsu justo y altísimo lugar. En su isla, de incomparable encanto, comprendí por vez primera lo que era la civilización del siglo XVIII y esa alegría de vivir de la que Talleyrand conservaba la nostalgia.

Ya no se odia en Haití a Francia, a la cual ya ese pueblo no está sometido, una Francia cuya lengua y cultura son el fundamento sólido sobre el cual se puede apoyar para defender su autonomía contra las presiones norteamericanas. En Haití se está ávido de la última exposición de Picasso o de la última obra de teatro de Audiberti. Pero eso es privilegio de una aristocracia. Sobre esta “tierra de hombres y, de dioses”, como la llamó Métraux, están, sobre todo, los hombres que trabajan en los campos de henequén y de caña de azúcar, que no conocen otra cosa que la miseria y que acaso piensan que si Toussaint Louverture viviera, les habría asegurado la emancipación social después de la independencia política.

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Introducción

UNA COLONIA EJEMPLAR

Imagínese, tendida hacia el oeste, la garganta de un enorme golfo, con el pragmatismo desmesurado de una quijada al sur. Esta garganta, adosada a la parte española, es la parte francesa de Santo Domingo, hoy día República de Haití, delgada cinta de tierras altas que se encierra entre tres costas del azul inalterable del mar de las Antillas.

El territorio tiene una extensión de doce leguas al norte, once al sur y treinta al centro, de modo que en ninguno de sus puntos se está alejado del mar cien kilómetros. Así es este país de mil leguas cuadradas, surcadas en cada una de sus tres provincias por una cadena de montañas, que son las últimas prolongaciones occidentales del lejano Cibao.

Al hablar de Santo Domingo en 1797, su mejor historiador5 la alaba como: “esta colonia que ha sido tan justamente codiciada por todas las potencias; que fue orgullo de Francia en el Nuevo Mundo, y cuya prosperidad, hecha para asombrar, era la obra de menos de un siglo y medio”.

Por hiperbólicas que puedan parecer a primera vista estas afirmaciones de Moreau de Saint-Méry, deben ser tornadas al pie de la letra.

Con sus setecientos noventa y tres trapiches, sus tres mil ciento cincuenta añilerías, sus setecientas ochenta y nueve algodonerías, sus trescientos diecisiete cafetales, sus ciento ochenta y dos destilerías de aguardiente de caña, sus cincuenta cacaotales, sus tenerías, sus tejares, sus caleras, Santo Domingo disfrutaba de una prosperidad nunca vista que hacía de esta tierra como el tipo, el modelo ciertamente, de la colonia de explotación. Era esa su riqueza intrínseca.

Pero había otra, y es de nuevo Moreau de Saint-Méry quien la señala:

“La parte francesa de la isla de Santo Domingo es de todas las posesiones francesas en el Nuevo Mundo, la más importante por las riquezas que procura a la metrópoli y por la influencia que tiene en su agricultura y su comercio. Bajo este aspecto, la parte francesa de Santo Domingo es digna de la observación de todos los hombres que se dedican al estudio de los gobiernos, que buscan en los detalles de las

diferentes partes de un vasto estado, los puntos capitales que pueden

ilustrar su administración, y sentar las bases reales del mejor sistema de prosperidad pública”.

Como se ve, importancia no ya intrínseca, sino relativa, ésta más considerable aún que la primera, y difícil de imaginar en nuestros días.

Para darse una idea suficientemente justa, acaso habría que decir que Santo

Domingo es a la economía francesa del siglo XVIII, más que el África entera a la economía francesa del siglo XX.

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Si por el tratado de París, Luis XV pudo preferir la Martinica al Canadá, ¿qué decir de Santo Domingo? En el siglo XVIII es una isla que vale un imperio. Esta importancia extraordinaria, este rol capital, el abate Maury debía recordarlo complacidamente a la Constituyente el 13 de marzo de 1791, sin ser contradicho:

“Sí, señores innovadores, si perdéis anualmente más de doscientos millones que sacáis de vuestras colonias; si estáis obligados a buscar otrosrecursosparacompensarvuestros desastrosos tratados comerciales, para pagar cada año, cerca de ochenta millones de rentas vitalicias que debéis a los extranjeros, en virtud de vuestros empréstitos, si vuestros negociantes del Havre, de Nantes, de Burdeos, de Marsella, aplastados sin más ni más por la pérdida de cuatrocientos millones que vuestros colonos deben al comercio francés, se veían así condenados ellos mismos a una bancarrota universal; si ya no tuvierais más el comercio exclusivo de vuestras colonias para alimentar vuestras manufacturas, para conservar vuestra marina, para mantener la actividad de vuestra agricultura, para pagar vuestras obligaciones, para subvenir a vuestras necesidades suntuarias, para mantener en vuestro provecho la balanza comercial con Europa y Asia, os digo abiertamente, el reino se perderá sin remisión”.

Y, en efecto, ¿quién proporcionaba el azúcar a Francia? Esencialmente, Santo Domingo. ¿Quién el algodón necesario a las hilanderías? Santo Domingo. ¿Quién, en fin de cuentas, volvía positiva la balanza comercial francesa? Siempre el azúcar y el algodón de Santo Domingo, que Francia (en una época en que Estados Unidos empezaba a exportar sus primeras balas de algodón y en que el azúcar de remolacha no existía), reexportaba a toda Europa con enormes beneficios.

Es sabido que la gran industria nació en Francia a fines del siglo XVIII. Entonces, el capital, en el sentido moderno de la palabra, se constituyó y aparecieron las grandes concentraciones financieras.

Lo que se olvida, muy a menudo, es la parte de las colonias en todo esto. La primera gran concentración capitalista se organiza en la clase de los armadores y es en la misma clase que se recluían en Nantes, en Rouen, en Burdeos los primeros grandes industriales modernos. ¿Casualidad? No, si creemos a Henri Sée:

“Hay en ello un fenómeno de alcance general. Es el comercio quien precede a la industria... Y es asimismo el capitalismo comercial quien precede o, mejor dicho, quien engendra el capitalismo industrial”.

Así pues, se advierte que este capitalismo comercial está ligado al comercio colonial y singularmente al comercio de Santo Domingo, tanto que estudiar a Santo Domingo es estudiar uno de los orígenes, una de las fuentes de la actual civilización, occidental.

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Santo Domingo es el primer país de los tiempos modernos que ha planteado en la realidad y ha propuesto a la reflexión de los hombres, en toda su complejidad social, económica y racial, el gran problema que el siglo XX se esfuerza en resolver: el problema colonial.

El primer país en que se anudó este problema. El primer país en que se desanudó.

Sin duda vale la pena detenerse en él.

Los acontecimientos que aquí se cuentan son bien conocidos.

Pero acaso hasta el presente al relatarlos se ha abusado a menudo de la anécdota y de lo pintoresco.

Mi preocupación se ha situado opuestamente. No afirmaré que los hechos no son nada.

Sin ellos no habría historia; pero en historia los hechos no es lo más importante, sino las relaciones que los unen, la ley que los rige, la dialéctica que los suscita. Es lo que en el marco de mi tema he tratado de captar.

De paso, he tratado de despejar las características de una revolución de tipo colonial. Y digo colonial porque sería craso error considerar la revolución de Santo Domingo pura y simplemente como un capítulo de la Revolución francesa. Mientras que, por el contrario, si se intentara confundir la revolución tal como se produce en un país dependiente, con la revolución tal como puede producirse en un país independiente, el estudio de los sucesos de Santo Domingo debería bastar para ponernos en guardia contra tal absurdo.

Es preciso entenderlo bien; no hay “Revolución francesa” en las colonias francesas. Hay en cada colonia francesa una revolución específica, nacida al calor de la Revolución francesa, derivada de ella, pero desarrollándose según sus leyes propias y con sus objetivos particulares.

Sin embargo, hay un punto común entre los dos fenómenos: el ritmo. En Francia, constitucionales, girondinos, jacobinos, tan pronto como uno de estos partidos ha cumplido su misión y llevado la revolución al punto en que sofocado, debe detenerse, el relevo es tomado por el compañero de ruta más audaz, que eliminándolo, deviene a su vez “un momento” que a su vez es rápidamente dejado atrás.

Encontramos la misma línea ascendente en la revolución de Santo Domingo; blancos, después mulatos, después negros, unos empujando a los otros y encarnando los diferentes “momentos” cada vez más intensos de la revolución anticolonialista.

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Libro Primero

LA FRONDA DE LOS GRANDES BLANCOS

Capítulo I

SOLEDAD DEL PODER

Tal como era, Santo Domingo se presentaba a la burguesía instalada en el poder por la revolución como un revoltijo de problemas y una aterradora intimación de disyuntivas no eludibles. Entre los problemas había en primer lugar y con carácter de suma urgencia, el de una definición apropiada de las relaciones políticas a establecer entre metrópoli y colonias. Y otro problema era el de arbitrar de manera decisiva el conflicto, ahora declarado, entre mulatos y blancos. Sin contar el más formidable de todos los problemas, ese que apenas se atrevían a formular: el partido a seguir con la esclavitud de los negros.

El más simple de todos los problemas, el problema político ya no era tan simple.

Si tan sólo se hubiera tratado de dotar de asambleas políticas a los países administrados hasta entonces de manera autoritaria por los gobernadores y los militares, de transformar en “regiones de estado” las tierras administradas como bienes de la corona, todo eso no sería nada que estuviera por encima de la audacia de una asamblea que se sentía avocada a grandes cosas.

Pero él problema era mucho más grave, porque aquí la reivindicación política estabasólidamenteinjertadaenlaeconómica,ylasreivindicaciones económicas de los plantadores de las islas tocaban en lo más profundo, en lo más sensible de los intereses de la burguesía francesa.6 Uno de los maestros del pensamiento del siglo XVIII no se atrevió, en ese terreno, a salirse de los caminos trillados:

“El objeto de estas colonias es hacer el comercio en mejores condiciones, lo que no hace con los pueblos vecinos, con los cuales todas las ventajas son recíprocas. Se ha establecido que sólo la metrópoli podría negociar en la colonia; y ello con harta razón, puesto que el objeto del establecimiento ha sido la extensión del comercio, no la fundación de una ciudad o de un nuevo imperio”. (Montesquieu, Esprit des Lois, Libro XXI, capítulo XXI).

Los fisiócratas habían combatido vanamente ese mercantilismo desprovisto de imaginación. Además de esto, desprovisto de buen sentido, señalaba Quesnay en sus Observaciones sobre la opinión del autor del Espíritu de las leyes en lo

referente a las colonias.7 Pues en fin de cuentas contrarrestar el desarrollo de

las colonias era ir al encuentro del fin proclamado, que es “la extensión del comercio metropolitano”, siendo evidente que ésta no puede “resultar más que del aumento de los productos y de las riquezas de la colonia”.

6 Sobre el comercio de las islas y lo exclusivo, véanse las obras esenciales de Gastón Martin: Nantes: La era de los negreros e Historia de la esclavitud en las colonias francesas, Editoras Universitarias, 1948.

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¿Pero qué puede la evidencia entre el clamor de los intereses? Y es este el punto de vista de Montesquieu, concienzudamente diluido en informes, en notas, en libelos por las oficinas comerciales de Nantes y de Burdeos, que, bajo el nombre de “exclusivo” o de “prohibitivo”, se solemniza en doctrina económica:

“Las colonias de los europeos, después del descubrimiento del Nuevo Mundo han sido fundadas para el comercio de los estados, de los cuales ellas dependen, su objeto es aumentar la riqueza de la nación que las ha formado, y como la riqueza real de una nación no es otra cosa que el resultado de su trabajo, de esto resulta que las colonias no deben ser estimadas, sino en tanto sirvan a hacer valer la cultura, las artes y las fábricas de la metrópoli, que le aporten sus mercancías, ya sea para su propio consumo, ya para su comercio exterior: por consiguiente, sólo la metrópoli debe negociar con ellas. Este principio adoptado uniformemente por pueblos cuyos intereses, opiniones y prejuicios son tan diferentes debe ser considerado como incontestable”.

Lo que así expresaba con gran desenfado un memorial nantés de 1762, lo repetía con mayor desenfado aún otro memorial de “los directores de comercio de la provincia de Guienne”8 del 27 de junio de 1765:

“Gritan y seguirán gritando estos principios: que las colonias no han sido fundadas más que para utilidad de la metrópoli, destinadas a llevar el comercio de la nación más allá de sus propios límites, su agricultura no es protegida y estimulada más que en favor de ese mismo comercio; que debe éste, por tanto, funcionar en las colonias sin concurrencias con el extranjero, que todo acto de comercio en el exterior es, en las colonias, el más monstruoso de los desórdenes”.

Sobre la base de estos principios, el lucrador del régimen, aquél entre cuyas manos inevitablemente y en última instancia va a parar la superganancia colonial lleva un nombre odiado en las colonias: el negociante. ¿Quién suministra las mercancías de Europa? El negociante. ¿Quién fija los precios? El negociante. ¿Quién facilita el crédito? El negociante. Y todas estas transacciones, venta, compra, crédito, se hacen siempre en beneficio suyo. ¿La venta? En 1689 Cussy comprueba que:

“ay navíos que venden en Santo Domingo una alna de tela a un precio equivalente al de sesenta libras de tabaco, de modo que un pobre habitante se ve obligado a dar todo el trabajo de un año por diecisiete o dieciocho alnas de tela”.9

¿La compra? Un administrador, el conde de Blénac, señala los precios bajos, que el negociante está en disposición de imponer a los productores:

“Si los habitantes, comprueba él en 1716, tuviesen la libertad de vender sus añiles y su azúcar como quisieran, esta isla nadaría en oro”.

8 Citado en Nuestras Antillas, obra publicada bajo la dirección de Serge Denis, Orleans Paris, 1935.

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¿El crédito? El barón de Wimpffen10 en una carta de Jacmel fechada en abril de 1781 nos da la respuesta:

“el astuto mercader que sabe bastante metafísica para no ignorar que el deudor no discute nunca con su acreedor, ponía por sí mismo el precio a las mercancías que quería a cambio y adquiría así sobre la colonia lo que ciertamente puede ser llamado dominio real. En apoyo a ese primer mediodeopresión,elcomercioañadióotrostres:elderechode aprovisionar exclusivamente las colonias, el de exportar los productos y, finalmente, una ley que prohíbe a los habitantes la facultad de manufacturar el algodón, con el objeto de mantenerlo en la necesidad de comprar a un precio extravagante telas que se ha tenido buen cuidado elegir de la más mala calidad para acelerar su consumo, pues todo no consiste en vender ni en vender caro, quien se obstinara en hacer tal cosa sería tomado por tonto. El negociante nato debe en lo posible vender mala calidad para vender más a menudo. Sí, el comercio erigiría una estatua de oro que rivalizaría con el coloso de Rodas, a quien lograra encontrar un arte de componer telas de vidrio y paño de porcelana. El comercio es el verdadero propietario de este dominio. Los colonos no son más que sus arrendatarios”.

Ysigue la conclusión, derecho al grano,matizadaconuna anécdota reveladora: “Se ha dicho antes que yo: el destino de las colonias era servir de juguete a los caprichos, de pasto a las necesidades, de presa a la avidez de su metrópoli, de su fisco, de sus arrendadores de contribuciones, de sus mercaderes, de sus intrigantes acreditados. ¡He ahí a un colono!, decía los otros días a un capitán mercader que después de pagaros os sigue debiendo una fuerte suma. ¿Cómo os habéis decidido a concederle un nuevo crédito? ¡Ah, quiera Dios que no se libere!, me contestó el mercader. ¿No estáis viendo que la indulgencia que uso con él por lo que me debe, me asegura su cosecha para el año próximo, y me la asegura al precio que yo mismo estimaré poner?”

Era inútil objetar al colono que la contrapartida era buena y que él disfrutaba de un verdadero privilegio;11 el que, haciendo de su posesión un bien sin par, lo ponía al abrigo del embargo, el hecho nuevo era que este orden de cosas que hacía de ellos unos perpetuos endeudados, los plantadores lo soportaban cada vez con mayores muestras de impaciencia. En dos ocasiones –1722 y 1769–recurrieron a la sedición. Para decir verdad el gobierno real subestimaba tan poco sus reacciones que en 1769, en las instrucciones dadas al gobernador príncipe de Rohan, se advierte que se le ordena particularmente de impedir las uniones de “blancos” con los “libres” por la razón de que:

10Cf. Albert Savine: Santo Domingo en la víspera de la revolución. (Recuerdos del barón Wimpffen.) editor Louis Michaud, París, 1911.

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“si por medio de estas alianzas los blancos terminaran de entenderse con los libres, la colonia podría sustraerse a la autoridad del rey, y Francia perdería uno de los más poderosos eslabones le su comercio”.

Pero entonces, ¿cómo desligar la inagotable querella entre el colono le las islas y el negociante de Francia?

El segundo problema era el del “estado de las personas”. Tal era la sociedad colonial: más que una jerarquía, una ontología: en lo alto, el blanco –el ser en el sentido pleno del término–, en lo bajo, el negro sin personalidad jurídica, un objeto; la cosa, vale decir la nada; pero entre ese todo y esa nada, algo formidable entre ellos: el mulato, el hombre de color, libre. Muy pintoresco y sabiamente pueril es el cuadro que da Moreau de Saint-Méry:

“de todos los matices producidos por las diversas combinaciones de la mezcla de los blancos con los negros”:

De un blanco y de una:

negra un mulato

mulata un cuarterón

cuarterona un mestizo

mestiza un mameluco

mameluca un cuarteronado

cuarteronado un mestizo

mestizo un mestizo

marabú un cuarterón

grifos un cuarterón

sacatrá un cuarterón

En cuanto a esos misteriosos “grifos”, “marabú” y “sacatrá”, no eran en modo alguno, animales mitológicos, escapados de un bestiario fantástico, sino seres de carne y hueso que eran el resultado de “combinaciones paralelas”: el grifo

de la combinación del mulato y de la negra, el marabú de la combinación del cuarterón y de una blanca, sacatrá de la combinación del negro y de la grifona.

Podemos divertirnos con tal delirio clasificador, pero el problema que planteaba no dejaba de seguir siendo un problema social grave: a saber, que en lo venidero hay en la sociedad colonial una clase libre, acomodada, en fin una burguesía que reclama, no sin analogía con el tercer estado de Francia, la igualdad de derechos.

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“esta especie de hombre empieza a llenar la colonia y el mayor de los errores es verla volverse sin tregua más numerosa en medio de los blancos y, con frecuencia, aventajarlos en riqueza y opulencia... Su estrecha economía les permite depositar cada año el producto de su renta y así acumulan capitales inmensos..., sacan a pública subasta los bienes que están en venta en todos los barrios, los suben hasta un valor quimérico al cual los blancos no pueden llegar o los arruinan cuando éstos se empeñan en adquirirlos. De ahí resulta que en muchos barrios, los grandes bienes están en posesión de los mestizos”.

Encontramos por otra parte el homenaje a ese dinamismo inscrito en filigrana en las medidas de defensa tomadas por los blancos. Superficiales, concebidas con la más tonta de las vanidades, van, junto con el siglo, cayendo cada vez más en el ridículo, al mismo tiempo que testimonian la confusión de una clase superada por la evolución histórica. Luis XIV, que sólo sabía de dos clases de hombres en las colonias, había sido bien explícito:

“Otorguemos a los libertos, proclamaba el edicto de 1685, los mismos derechos, privilegios e inmunidades de que disfrutan las personas que han nacido libres. Queremos que merezcan una libertad adquirida y que ésta produzca en ellos, tanto en sus personas como en sus bienes, los mismos efectos que la felicidad y la libertad natural causan en nuestros súbditos”.

Frenteaesto,elpensamiento del legislador del siglo XVIII resulta singularmente teológico.

Cuando se ha caído en el “color” ya no es posible librarse de él. Así como hay el pecado original, hay igualmente en la sociedad colonial, algo que la toca: la mancha original. Y la mancha negra que lleva el mulato, indeleble como puede serlo, debe señalarle su lugar. Para siempre.

Y entonces se produce una verdadera fiebre de prohibiciones: el 7 de Abril de 1758, prohibiciones a los libertos de circular con espadas, sables o machetes; el 20 de Mayo de 1762, pena de trabajos forzados prevista por ordenanza para todo liberto que porte un arma de fuego: en 1766, la estupidez bate su propio récord al prohibir a los hombres de color, libres llevar el mismo traje que los blancos, sentarse en las mismas iglesias y en las salas de espectáculos al lado de los blancos. En lo del uso de la ropa, el legislador colonial en 1779, quintaesenció aún más, y sus considerandos no dejan de tener cierto sabor (Ordenanza del 9 de Febrero):

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parecen haber olvidado; considerando que la asimilación de las gentes de color con las personas blancas en la manera de vestirse y que el acortamiento de las distancias de una a otra especie en la forma de las vestimentas, atavío lujoso y dispendioso, la arrogancia que a veces resulta de ello, el escándalo que siempre la acompaña, no puede seguir siendo tolerado, decretamos...”

Se echa de ver: en el siglo XVIII la situación material de los hombres de color, libres no ha dejado de mejorar y su situación jurídica no ha cesado de degradarse. Que se trata de una clase ascendente ello es signo inequívoco. Ya en la administración de 1765 se observa:

“en posesión de estas riquezas, estas gentes de color imitan muy pronto el tono de los blancos... se les ve aspirar a cabalgar con nosotros en las revistas de la milicia, no temen juzgarse dignos de desempeñar empleos en esta milicia y se creen muy en estado de ocupar empleos en la judicatura, si poseen talentos que puedan hacer olvidar el vicio de su nacimiento”.

Veinte años más tarde nos las tendremos que ver con una clase al ataque y no ya en un plano defensivo, con una clase plena de confianza en sí misma y de optimismo en el porvenir.12

He enumerado los problemas, pero lo grave estaba más lejos, más que problema, un abismo:

“Ahí muy cerca de nosotros se abre un abismo. Nosotros los poetas, soñamos en su orilla. Vosotros, hombres de estado, dormís, dentro de él”. Así habla Víctor Hugo. En 1789 en las colonias, el abismo era el problema negro. Los soñadores no eran los poetas en un siglo desprovisto de poesía, eran los filósofos y los filántropos, quienes efectivamente soñaban al borde del abismo. Y lo que era literalmente cierto es que los hombres de estado dormían en él. Marx ha opuesto el obrero al campesino y ha hablado de la vocación revolucionaria del proletariado industrial, amontonado en grandes centros como contrastando con el sedentarismo y el conservadurismo campesinos. Se ve qué referencias a Europa pueden explicar tal concepción. ¿Más para las colonias? ¿Y particularmente para Santo Domingo? Júzguese de ello: ¿unas seiscientasmilpersonas,repartidas en “barracones” de quinientos o seiscientos esclavos, forman verdaderamente un campesinado? En todo caso no se trataría de un campesinado clásico, alveolado en su “parcela”. Aquí no la propiedad sino el no haber en su grado más absoluto. No la dispersión, sino el reagrupamiento; no la desagregación ni la pulverización, sino la concentración y la cohesión.

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Marx ha hecho el elogio de la fábrica como laborando de la revolución. Pero el esclavo, mas que un campes no, ¿no es ya un obrero de la tierra, y “la plantación colonial” no es ya un poco la fábrica?

La analogía permite comprender el resultado: que de esta estufa humana, que de este hacinamiento de rencores y de energías, saldrá no un motín, sino una revolución.

Necker, en su discurso de apertura de los estados generales no había ignorado el problema, pero con un bello optimismo, lo aplazaba:

“Un día –decía– un día vendrá acaso, señores, en que llevaréis más lejos vuestro interés. Un día vendrá acaso en que, asociando a vuestras deliberaciones los diputados de las colonias, echaréis una mirada compasiva sobre ese desdichado pueblo del cual se ha hecho tranquila-mente un bárbaro objeto de tráfico; sobre esos hombres semejantes a nosotros por el pensamiento y sobre todo por la triste facultad de sufrir; sobre esos hombres que, sin piedad por su dolorosa queja, acumulamos, hacinamos en el fondo de un barco para ir al punto, a velamen desplegado, a presentarlos, a las cadenas que los esperan...”

Un día, había dicho el ministro, en su tirada plena de “sensibilidad”, y sin embargo, no podía dejar de pensarse en hechos terriblemente cercanos y actuales: la constitución de verdaderas sociedades de negros cimarrones en las montañas; la rebelión de Jamaica con la cual los ingleses tuvieron que transigir; el tratado celebrado en 1785 por los franceses y los españoles de Santo Domingo con Santyague, jefe de los rebeldes del Barohuco. ¿Y sobre todo, quién podía olvidar que durante muchos años en Santo Domingo, un hombre, un esclavo, diciéndose enviado de Dios, un mahdi, el musulmán Makendal, había tenido el campo? Sin duda, traicionado, había sido vencido, capturado, enrodado vivo, pero nadie en Santo Domingo, ni entre los blancos ni entre los negros había olvidado su predicción, que a más de uno le parecía una prefiguración del porvenir...

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Capítulo II

UNA INTRUSIÓN ACIAGA

Los colonos de Santo Domingo empezaron por una torpeza. “Si los habitantes de Santo Domingo no hubiesen enviado diputados a los estados generales...” escribe Beaulieu en 1802.

Es permitido en efecto hacer esta hipótesis.

Sin duda es pueril pensar que la cuestión colonial no hubiera sido, por esto, atrapada al paso, como el resto, por el mecanismo de la revolución, pero lo que sigue siendo cierto es que participar en los Estados Generales, más todavía, aceptar ser miembro de la Asamblea Nacional era reconocerse miembro de la nación, integrarse a la nación, reconocer al legislador de Francia como legislador válido para las colonias y por adelantado hacer inconsecuente una eventual reivindicación de independencia.

Gestión singular, pues en fin de cuentas, era precisamente una solución de ese género ante la cual, hacia 1750, se habían alborotado los colonos ingleses de Norteamérica que, durante veinte años, se habían negado a sesionar en un parlamento inglés, pidiendo, exigiendo, como era natural, que el rey de Inglaterra gobernara en dos parlamentos: un parlamento inglés para Inglaterra y un parlamento norteamericano para las colonias de Norteamérica.

Los colonos franceses de Santo Domingo optaron por lo contrario y desde el principio se enredaron en una contradicción: autonomistas de convicción, su primera gestión era integracionista.

Hay que subrayarlo: los colonos participaron en los estados generales por medio de una acción revolucionaria. El edicto de convocación de Luis XVI no contemplaba representación colonial.

Esto ni frenó a los colonos: se formaron en todas partes comités electorales. El intendente de Santo Domingo, impotente para detenerlos, trató de canalizar el movimiento. Dictó una ordenanza (26 de diciembre de 1788) por la cual autorizaba a los colonos a exponer sus deseos, la que daba una singular idea de la desorientación existente:

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Si Su Majestad no se había decidido aún, los colonos sí lo estaban. Querían estar en Versalles costara lo que costara y hacerse oír en los tribunales del reino.

Y actuaron, unos desde París, otros desde las islas. Ello explica la heterogeneidad de la representación de Santo Domingo: ciertos diputados eran elegidos por los colonos residentes en París, otros por los colonos que permanecían en Santo Domingo. Esto fue causa de fricciones. Pero todo se tranquilizó cuando hubo que hacer causa común contra la metrópoli. Los diputados nombrados –eran dieciocho y nombrados en contravención de la ley–, tenían que lograr ser admitidos.

Su habilidad fue adherirse y manifestar en todo momento su voluntad de compartir la suerte de la representación nacional. Mérito apreciado en esos días de incertidumbre. Es un hecho que estuvieron allí desde los primeros días y en particular en el juramento del Juego de Pelota, tanto que el 27 de junio de 1789, cuando Prieur reportó sobre la cuestión de la admisión de los diputados de Santo Domingo, se trataba menos de saber si se les admitía, que decidir si después de haberlos admitido, se les excluiría.

Prieur hizo la historia de la colonia desde la época de los filibusteros; observó que Santo Domingo era todavía “susceptible de crecimiento”; que era penoso que gimiera bajo la influencia “de un genio opresor”, recordó la forma que los colonos habían adoptado para la nominación de los diputados, anunció que su número había sido llevado hasta treinta y siete, que habían sido elegidos provisionalmente en número de doce y que sus deseos se limitaban ahora a ser veinte. De todo ello resultaba que había tres problemas a examinar: el primero saber si la colonia de Santo Domingo tenía el derecho a tener representantes en los estados generales, cuestión de principio; el segundo problema, de especie, si la nominación de los diputados hecha en las condiciones que hemos señalado era válida, y, por último, suponiendo que los dos primeros problemas fuesen desestimados, cuál debería ser el número de diputados concedido a la colonia.

Sobre el primer problema, Prieur declaró que los colonos eran todos franceses, que compartían igualmente la suerte de Francia, que en consecuencia no existía ningún pretexto plausible para oponerse a la admisión de sus representantes en la asamblea. Esto era precipitarse y zanjar con harta petulancia una cuestión fundamental. En todo caso, Prieur citaba el ejemplo de Córcega “que posee la ventaja de tener representantes”, y añadía “con mucha más razón la Isla de Santo Domingo debe tenerlos”. Y concluía:

“El comité, no ha creído deber detenerse en una carta del ministro que prohibía a la colonia la facultad de asistir a los estados generales actuales, mientras que se le da la esperanza de que en los venideros estados generales podría estar representada”.

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En cuanto al tercer problema, el del número de diputados a admitir, se revelaba más difícil y el comité (hoy diríamos la comisión), se había dividido al respecto: dieciocho votos de cada lado. Unos pretendían que los diputados deberían ser admitidos en número de veinte. Se basaban en la importancia de Santo Domingo, en su población, en las senescalías que eran en número de diez, en el comercio, en el monto de las imposiciones. Otros sostenían que doce diputados representarían suficientemente la colonia, y argüían que sólo había cuarenta mil blancos, que los negros no debían ser incluidos y que sólo había un orden en la colonia.

Gouy d’Arsy, el más agitado de los electos de Santo Domingo, defendió, por otra parte muy tímidamente, el número de veinte:

“Me parece que no hay más que una sola objeción especiosa contra la diputación en número de veinte. Si los admitís, se os ha dicho, estaréis obligados a admitir doscientos para las demás colonias que no tardarán en demandar igualmente una diputación. Pero a esto respondería que la población de Santo Domingo, sus riquezas para la balanza comercial y sus impuestos directos e indirectos exceden en más de una mitad a las otras colonias; así pues no serían más que cuarenta diputados para todas las colonias los que tendríais que admitir entre vosotros”.

Lanjuinais, diputado de Bretaña, hizo una intervención meritoria. Dijo que se oponía a la esclavitud de los negros y que en espera de que “la humanidad y la políticapuedan pronunciarsesobreesteproblema”nose requerían represen-tantes más que para cuarenta mil representados: “los esclavos no pueden ser representados por sus amos”.

El 3 de julio se reanudó la discusión, esta vez dominada por completo por una enérgica intervención de Mirabéau:13

“Me limitaré al único asunto que debemos examinar, quiero decir la determinación del número de diputados de Santo Domingo. Hago observar que ante todo hubiéramos debido examinar y antes de juzgarla, la cuestión de saber si se debe admitir a los representantes de las colonias. Sobre esta cuestión podría decirse: nunca las colonias han

13 Mirabeau conocía muy bien la cuestión colonial. Su tío, el bailío, (*) a quien admiraba mucho, había sido gobernador de Guadalupe en 1753 cuando no era más que caballero. Este proconsulado antillano le había hecho sentir un profundo desprecio por los criollos, en tanto que fortificó su simpatía por los negros “No puede negarse –escribe, el 10 de enero de 1755–, que el negro es un hombre y un filósofo que considere la humanidad a sangre fría en este país le daría, quizás, la preferencia al negro. Sé cuantos reproches se han hecho a las gentes de este color, pero cuando voy al fondo de las cosas no veo, yo que soy confesor de todo el mundo, más que el crimen de los blancos”. El 7 de abril de 1757, el padre del tribuno, el marqués de Mirabeau, respondía lo siguiente: “La esclavitud y el cristianismo no pueden llegar a una conciliación... Estoy seguro de que si mañana fuera yo ministro de la Marina, emitiría un edicto que le concediera la libertad a todo negro al recibir el bautismo y al incorporarse a una porción de la gleba por la que pagaría una renta proporcionada, según los lugares, al antiguo propietario, si lo tenía, o al estado si se trataba de un terreno que se concedía por primera vez” (cf. Louis de Loménie, Los Mirabeau, 1889). Es decir, que al intervenir contra los colonos y al estigmatizar el espíritu de casta de éstos, Mirabeau hablaba con previo conocimiento de la causa.

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asistido por representantes a los estados generales, por tanto no debían aparecer en ellos, sino por convocación del rey. Ahora bien, sus diputados aparecen contra esta convocatoria y a pesar de las órdenes del rey.” “Sin duda no es esa razón para excluirlos, pero hay una invencible para que no puedan ser admitidos, sino en virtud de un acta de poder legislativo, el cual requiere incontestablemente la sanción del rey”. De paso, Mirabeau atacaba las modalidades que habían regido la elección de los diputados:

“Hago observar que se ha hecho caso omiso de esta segunda e importante cuestión: ¿la elección de diputados es válida? ¿sus poderes están en debida forma?”

Después arribaba a la cuestión capital que Lanjuinais había rozado:

“En fin, ni siquiera se ha tratado de explicar por qué los hombres de color libres, propietarios, que cooperan en los cargos públicos, ni siquiera habían sido electores y no estaban representados”.

Tal lenguaje –aunque Mirabeau hubiera anunciado su intención de atenerse a la cuestión del número de diputados– no presagiaba nada bueno. No es tan fácil ser superficial; y de hecho cada uno de los pasos del tribuno dejaba ver el fondo del problema, y lo que era para los colonos el más importante de evitar, una salpicadura de verdad:

“Ante todo pediré se me explique en qué principio se basan para la proporción de la diputación de la colonia. Los colonos pretenden que la proporción de sus representantes debe ser en razón de los habitantes de la isla, de las riquezas que ésta produce y de sus relaciones comerciales. Pero, en primer lugar, recuerdo este dilema irrefutable: ¿pretenden las colonias situar sus negros y su gente de color en la clase de los hombres o en la de las bestias de carga? Pero la gente de color es libre, propietaria y contribuyente y sin embargo, no han podido ser electores. Si los colonos quieren que los negros y la gente de color sean hombres, que liberten a los primeros; que todos sean electores, que todos pueden ser elegidos. En caso contrario, les haremos observar que al proporcionar el número de diputados a la población de Francia, no hemos tomado en consideración la cantidad de nuestros caballos, ni de nuestros mulos, que por tanto la pretensióndelascoloniasdetenerveinte representantes es absolutamente irrisoria.

A tenor seguido hago observar que se han atenido a generalidades desprovistas de principio y de sentido, a ensalzar lo que nos reporta la colonia de Santo Domingo por su balanza comercial, los seiscientos millones puestos en circulación por ella, los quinientos barcos y los veinte mil marineros que ella ocupa.

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