EL RÉGIMEN DE LA RESTAURACIÓN (1875-1902)
El sistema canovista. La Constitución de 1876 y el turno de
partidos.
Por Restauración, en la historia de España, se entiende tanto el hecho concreto del restablecimiento de la monarquía en la figura de Alfonso XII, como, en un sentido más amplio, el período comprendido entre 1874 y 1931, en el que la Corona se mantuvo sustentada en un peculiar sistema político. El artífice de todo este sistema fue Cánovas del Castillo.
Antonio Cánovas fue la figura clave de la Restauración ya que preparó el retorno a España y al trono de Alfonso XII (Borbón, hijo de Isabel II). Para ello había redactado y hecho firmar al príncipe Alfonso el Manifiesto de Sandhurst, en el que exponía al pueblo español sus ideales religiosos y sus propósitos conciliadores. Pero los militares se adelantaron y se pronunciaron en Sagunto donde el general Martínez Campos, proclamó rey de España a Alfonso XII. Cánovas también había diseñado el nuevo sistema político por el cual se debía regir la monarquía a partir de entonces. Aspiraba a construir un sistema político estable y sólido.
El modelo ideal de parlamentarismo era, para Cánovas, el británico. Se basaba en la existencia de dos grandes partidos que aceptaran turnarse en el poder, con el fin de evitar la atomización parlamentaria y garantizar las mayorías. Ambos debían aceptar pasar a la oposición si perdían la confianza regia y parlamentaria, y respetar la obra legislativa de sus antecesores. Se trataba, en definitiva, de aplicar la doctrina inglesa de la balanza de poderes, según la cual la estabilidad se basaba en el equilibrio de fuerzas opuestas de igual poder: Corona y Parlamento; partido gobernante y partido en la oposición. De este modo, el proyecto político de Cánovas tenía tres vértices: el Rey y las Cortes, como instituciones fundamentales legitimadas por la historia; el bipartidismo, como sistema idóneo de alternancia en el poder, y una Constitución moderada, como marco jurídico del sistema. El régimen de la Restauración fue muy conservador tanto en el terreno de la política como, sobre todo, en materia social y económica. La Corona había sido restablecida por los políticos conservadores, los hombres de negocios y los mandos militares. Todos ellos compartían unos intereses y una visión comunes: la defensa del orden social y de la propiedad, la Monarquía como garantía de estabilidad, la identificación de la República con la anarquía y la subversión, y la de la unidad de la patria con el mantenimiento de las colonias.
La plasmación jurídica del régimen de Cánovas se observa en la nueva Constitución de 1876. En diciembre se convocaron elecciones a Cortes Constituyentes por sufragio universal, tal como establecía la Constitución vigente de 1869. Sus características son:
La Constitución de 1876 es un texto flexible, con el objetivo de permitir gobernar de manera estable a los partidos que acepten el sistema. Sin embargo, su inspiración es doctrinaria y conservadora.
La declaración de derechos y deberes es amplia, y recoge casi todas las conquistas de 1869. Pero, como en 1845, su concreción se remite a las leyes ordinarias, y éstas, en su mayor parte, tendieron a restringirlos, especialmente los derechos de imprenta, expresión, asociación y reunión.
Las Cortes son bicamerales, con una Cámara Alta (Senado) y Congreso de los Diputados elegidos por sufragio directo, aunque la Constitución no fija el sistema de votación, por lo que será el partido gobernante el que decida, a través de la ley electoral, si el sufragio debe ser censitario o universal.
El poder ejecutivo lo ejerce la Corona. El rey elige libremente al jefe de Gobierno. El centralismo se acentúa también al quedar bajo control del Gobierno ayuntamientos y diputaciones y ser suprimidos los fueros vascos.
La cuestión religiosa se resuelve mediante el reconocimiento de la confesionalidad católica del país y la garantía del sostenimiento del culto y del clero.
Cánovas una vez redactada la Constitución diseño, siguiendo el modelo inglés, un sistema bipartidista: su partido será el conservador y recoge la herencia de moderados y unionistas, apoyándose en las clases altas; y la herencia de los progresistas lo recogerá el partido liberal liderado por Práxedes Mateo Sagasta que será apoyado por la burguesía industrial y gran parte de la población urbana. Ambos líderes y ambos partidos son representantes de un eclecticismo político que permitirá establecer un turno pacífico. El resto de los partidos (carlistas, republicanos, etc.) pasan a formar la oposición del sistema de la Restauración. Cánovas además establece el "turno a la inglesa", por el que conservadores y liberales se turnan pacíficamente en el poder, con la finalidad de mantener una estabilidad política.
Sin embargo, el sistema canovista basado en la Constitución de 1876 y la alternancia pacífica de los dos únicos partidos existentes, estaba viciado, pues garantizaba el poder a jefecillos locales y caciques de provincias. En realidad las elecciones no funcionaban libremente, sino que eran siempre manejadas desde el poder y, en definitiva, el turno de partidos se producía por mutuo acuerdo de sus jefes respectivos. Cuando un partido experimentaba el desgaste de su gestión, o sencillamente cuando los líderes políticos consideraban necesario un relevo en el disfrute del poder, se sugería a la Corona el nombramiento de un nuevo gobierno. El nuevo presidente era siempre el líder del partido hasta entonces en la oposición, y recibía junto con su nombramiento el decreto de disolución de las Cortes y la convocatoria de nuevas elecciones. Para asegurarse los resultados electorales los dos partidos tenían su propia red. Se trataba de una red piramidal: Oligarquía madrileña (altos cargos políticos), el gobernador civil en las capitales de provincia y, por último, los caciques locales en las comarcas, pueblos y aldeas. Dado el analfabetismo generalizado y el férreo control que los «caciques» y «notables» ejercían sobre los pueblos, conseguir el resultado pactado era bien sencillo, y de esta forma se obtenía, invariablemente, una holgada mayoría para el partido gobernante, que podía actuar así sin dificultad. El cacique era un personaje destacado en el pueblo o comarca rural que regula el movimiento político en su ámbito y controla los votos, a veces por métodos tan deshonestos como el “pucherazo”, definido por la Academia de la Lengua como “fraude electoral que consiste en computar votos no emitidos en la elección”.
La oposición al sistema. Regionalismo y nacionalismo.
paulatinamente erosionaran el sistema de turno al permitir que afloraran los excluidos del sistema, entre ellos destacan los movimientos obreros y los nacionalismos.
El origen de los regionalismos y nacionalismos como movimientos políticos debe buscarse en la negativa por parte del sistema a asumir otros intereses que no fueran los de la oligarquía agraria, financiera e industrial que actuaba en Madrid. El punto de partida de los argumentos nacionalistas se halla en una afirmación: Cataluña y el País Vasco son naciones y como tales tienen derecho a autogobernarse. En su dimensión política el nacionalismo puede ser formulado siguiendo planteamientos más o menos radicales, que irían desde la petición de autonomía manteniendo la unidad de España, hasta la reclamación de autodeterminación o independencia.
El nacionalismo catalán.- Los momentos que configuraron la formación del regionalismo y del nacionalismo catalán fueron los siguientes:
a) La aparición de la "Renaixença", un movimiento intelectual, literario, apolítico y de carácter burgués surgido a partir de los años treinta del siglo XIX. Su propósito consistía en difundir el pasado de Cataluña y recuperar sus señas culturales tradicionales de identidad nacional, especialmente la lengua. Por esto se impulsó la publicación en catalán de numerosas obras historiográficas y literarias.
c) La actividad de Enric Prat de la Riba, que participó en la formación de la Unió Catalaniste, de ideología conservadora y católica. Prat de la Riba redactó su programa conocido como "Las Bases de Manresa", donde se pedía un régimen de autogobierno para Cataluña.
d) La formación de la Lliga Regionalista en 1901, surgida tras el acuerdo de varios grupos catalanistas moderados, entre los cuales se encontraba Prat de la Riba. El equipo dirigente de la Lliga quedó encabezado por Francesc Cambó, como líder principal, y por el mismo Prat de la Riba como ideólogo de mayor valía. Los dos objetivos primordiales del programa de la Lliga consistían en demandar la autonomía política de Cataluña dentro del Estado español y defender los intereses económicos de las cuatro provincias, sobre todo reclamando mayor protección para las actividades del empresariado industrial catalán.
El nacionalismo vasco.- Los signos diferenciales que identifican, en términos objetivos, a la nación vasca son el idioma euskera y los derechos privilegiados forales históricos perdidos en 1876. El Partido Nacionalista Vasco (PNV) fue creado en 1895 por Sabino Arana Goiri, quien formuló los fundamentos teórico-ideológicos del PNV:
a) Defensa de la recuperación de la independencia vasca, separación de España y creación de un País Vasco con gobierno propio y fronteras internacionales. Radicalismo antiespañol.
b) Exaltación de la etnia vasca.
d) Integrismo religioso católico y absoluta negación de cualquier otra religión no católica. Arana postulaba un estado vasco casi teocrático.
e) Promoción del idioma y recuperación de las tradiciones culturales vascas. El fundador del PNV estimaba necesario evitar cualquier influencia cultural española, calificada de perniciosa y ajena al país.
f) Apología del mundo rural vasco, en trance de desaparición, como modelo cultural mítico, idealizado, sin castellanizar y sin "contaminar" por ideas modernas como el liberalismo, el socialismo o el librepensamiento.
Guerra colonial y crisis de 1898.
Los diferentes gobiernos del "turno" demostraron su ineficacia y su incapacidad para hacer frente a los más graves problemas internos del país. El inmovilismo y la voluntad de evitar cualquier modificación que pusiera en peligro los intereses políticos y económicos de los grupos sociales dominantes (alta burguesía y terratenientes) caracterizaron la acción gubernamental tanto del Partido Conservador como del Partido Liberal. Uno de los problemas que amenazó la continuidad del régimen canovista fue la pérdida de las últimas colonias en 1898. Podemos establecer una secuencia con tres grandes apartados para explicar el denominado “Desastre del 98”:
Hacia 1895 estallaron de nuevo insurrecciones independentistas en Cuba y Filipinas, dos de las colonias que aún conservaba España. Pronto intervino EEUU, proporcionando material y armamento a los rebeldes cubanos. Los motivos que explican este proyecto expansionista estadounidense son:
El interés económico en las minas y en las plantaciones de azúcar cubanas.
El interés geoestratégico en afianzar el control militar sobre el mar Caribe. El incidente invocado como excusa para declarar la guerra a España fue la explosión del buque de guerra norteamericano "Maine" en la bahía de La Habana en 1898; este barco se hundió y murieron 260 miembros de su tripulación. Las causas de la explosión se desconocían, pero EEUU culpó sin pruebas al gobierno español.
La guerra fue un paseo militar para EEUU, los combates resultaron muy desiguales y la armada española quedó destruida en dos enfrentamientos navales. Durante el conflicto bélico EEUU conquistó las colonias españolas de Puerto Rico, que sirvió de excelente base militar y Filipinas donde encontraron un centro de operaciones para penetrar en los nuevos mercados de Asia.
Una vez consumada la derrota militar vino la rendición, iniciándose las negociaciones que culminaron en diciembre de 1898 con la firma del Acuerdo de Paz de París entre ambas naciones. Según el contenido de este tratado, España cedió a EEUU la isla de Puerto Rico (actualmente "estado asociado" de EEUU) y Filipinas (que sólo consiguió su independencia en la tardía fecha de 1946). Por otra parte, Cuba alcanzó la independencia, aunque de hecho quedó bajo "protección" estadounidense hasta mediados del siglo XX. Las repercusiones del desastre del 98 fueron:
En el plano de la psicología colectiva, el pueblo español vivió la derrota como un trauma nacional, extendiéndose los sentimientos de inferioridad, desmoralización e impotencia. La incertidumbre alcanzó incluso a la prensa de la época, que llegó a temer un ataque y ocupación de las islas Canarias.
En el plano exterior, el 98 tuvo como consecuencia la liquidación de los restos de nuestro imperio colonial ultramarino.
En el plano demográfico se calcula que las guerras de 1895-1898 costaron en conjunto unas 120.000 muertes, de las cuales la mitad fueron de soldados españoles. La mayoría de las bajas se debieron a enfermedades infecciosas. Si al principio los daños no repercutían demasiado en una opinión pública adormecida, poco a poco comenzaron las protestas y se fue extendiendo la amargura entre las familias pobres cuyos hijos habían sido enviados a la guerra por no poder pagar las quintas (los jóvenes podían librarse del servicio militar si pagaban una elevada cantidad de dinero o cuota en concepto de redención o, si retribuían a un sustituto).
En cuanto a las consecuencias económicas, las pérdidas materiales, si bien no fueron excesivas en la metrópoli, salvo la fuerte subida de los precios de los alimentos en 1898, sí fueron graves a largo plazo. La derrota supuso la pérdida de los ingresos procedentes de las colonias, así como de los mercados privilegiados que éstas suponían y de las mercancías que, como el azúcar, el cacao o el café, deberían comprarse en el futuro a precios internacionales.
En cuanto a las consecuencias políticas la crisis política resultó inevitable. El desgaste fue de ambos partidos, pero afectó esencialmente al Liberal y a Sagasta, a quien tocó la misión de afrontar la derrota. Con él desapareció la primera generación de dirigentes de la Restauración, que tuvo que ceder el terreno a los nuevos líderes.