ESTRUCTURA SOCIAL
Y FORMAS DE CONCIENCIA
V
OLUMEN IESTRUCTURA SOCIAL
Y FORMAS DE CONCIENCIA
V
OLUMEN ILA DETERMINACIÓN
SOCIAL DEL MÉTODO
István Mészáros
Título original: Social Estructure and Form of Conciousness. Volumen I:The Social Determination of Method
1ª edición, Monthly Review Book, New York, 2003 1ª edición en Monte Ávila Editores, 2011
© MONTEÁVILAEDITORESLATINOAMERICANAC.A., 2011 Apartado Postal 1040, Caracas, Venezuela
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Hecho el Depósito de Ley
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INTRODUCCIÓN
COMO todos sabemos, la formación social dominada por el poder del capital se extiende a lo largo de una prolongada época histórica, todavía sin final a la vista. Sin embargo, más allá de los cambios materiales que marcan la fisonomía intelectual de las fases particulares del desarrollo del sistema del capital, existen también algunas continuidades significativas.
Es precisamente esto último lo que circunscribe a los grandes paráme-tros de la época del capital como un todo, con características claramente identificables. Los comparten los más diversos pensadores situados en el mismo terreno social, como lo veremos en los capítulos que siguen.
Comprensiblemente, las fases particulares del desarrollo socioeconómico están marcadas por significativas innovaciones teóricas y metodológicas, en correspondencia con las cambiantes circunstancias. Es importante des-tacar, sin embargo, que todos esos cambios metodológicos y transforma-ciones teóricas deben amoldarse dentro de los límites restrictivos del marco estructural común que define a la época en su totalidad.
La base clasista de las teorías dominantes de la época del capital como un todo es, y lo sigue siendo, «la personificación del capital» (Marx). Durante varios siglos ha coincidido con la burguesía, tanto en sus fases de desarrollo ascendentes como bajo las condiciones de su retrogradación histórica. En nuestra propia época, sin embargo, esa relación se torna mucho más complicada, como lo veremos en el Capítulo 8, que se ocupa de los problemas del método en una época de transición histórica.
precisamente la situación histórica de esa clase como la afianzada fuerza económica de la formación social bajo el dominio del capital, junto con los imperativos estructurales inseparables de ese dominio.
En consecuencia, los parámetros metodológicos de las varias teorías que articulan coherentemente los intereses fundamentales de esa base clasista, independientemente de las diferencias entre los pensadores par-ticulares —diferencias que surgen sobre la base del escenario nacional dado; la relación de fuerzas localmente prevaleciente y las condiciones de la interacción social; el papel históricamente cambiante de la clase res-pecto a las potencialidades productivas de la formación social del capital y la consiguiente intensificación de los antagonismos sociales en una escala global, etcétera— son fijados para la época en su totalidad, abar-cando no sólo todas sus fases hasta el presente sino, mutatis mutandis, también lo que nos aguarda más allá. Se extienden, de hecho, hasta donde el capital pueda ser capaz de afirmarse y reafirmarse —también en la época más compleja de la transición hacia un nuevo orden social— como la fuerza de control significativa del metabolismo social. Porque los parámetros metodológicos fundamentales de las épocas históricas están circunscritos por los últimos límites estructurales de su fuerza de control metabólico social dominante, y como tales se definen en términos de las potencialidades (y, por supuesto, también las limitaciones) inherentes al modo de actividad productiva prevaleciente y la correspondiente distri-bución del producto social.
Por eso las figuras representativas del horizonte social del capital tie-nen que conceptualizarlo todo de una manera determinada, y no de otra. Y por cuanto los límites en cuestión son estructuralmente insuperables
Ciertamente, como sabemos por la historia pasada, las fronteras meto-dológicas de la formación social del capital no pudieron ser alteradas en lo fundamental, ni siquiera cuando algunos pensadores excepcionales, bajo circunstancias históricas del todo extraordinarias, se dieron cuenta de las contradicciones que se les pedía defender, y trataron de idear algu-na forma de «conciliación» teórica. Un ejemplo notorio al respecto es Hegel, como más adelante veremos en varios contextos muy diferentes.
LAS características metodológicas de los varios sistemas de pensamiento que surgen dentro del marco histórico y en apoyo de la formación social del capital, constituyen un conjunto estrechamente entrelazado de deter-minaciones conceptuales.
Resulta comprensible entonces que todas esas características sean tam-bién cruciales en lo que atañe a la definición de dichos sistemas de pensa-miento como formas específicas de ideología. Más aún, son claramente discernibles a través de las fases particulares del desarrollo de la forma-ción social del capital como totalidad.
Debemos concentrarnos en el presente estudio en algunas de las for-mas más importantes de esas características metodológicas, que se pue-den resumir como sigue:
1. Orientación programática hacia la ciencia y papel metodológico/teó-rico y práctico clave asignado a la ciencia natural.
2. Tendencia general al formalismo.
3. El punto de vista de la individualidad aisladay su equivalente meto-dológico permanente, el «punto de vista de la economía política» del capital, visto desde la perspectiva necesariamente prejuiciada y estructuralmente limitadora del sistema establecido.
4. Determinación negativade la filosofía y la teoría social.
5. Supresión de la temporalidad histórica cada vez más evidente y en definitiva absolutamente devastadora.
6. La imposición de una matriz de categorías dualista y dicotómica
más grandes pensadores de todos los tiempos, como Hegel, tratan de distanciarse de ella.
7. Los postulados abstractos de la «unidad» y la «universalidad» como la ilusoria superación de las dicotomías permanentes —en lugar de las
mediacionesreales— y la superación meramente especulativa de
las contradicciones sociales más importantes, sin alterar en lo más mí -nimo sus fundamentos causales en el mundo actualmente existente. Como veremos, todas estas características están vinculadas firmemente con la necesidad de articular y defender determinados intereses sociales por parte de las más destacadas personificaciones intelectuales del capi-tal. Por esa razón éstas no pueden evitar ser inseparablemente metodoló-gicas e ideolómetodoló-gicas en su determinación más profunda.
NATURALMENTE, es importante subrayar aquí que afirmar la deter-minación social del método no significa —y no puede significar— nada
mecánico, como tratan de tergiversarlo los pensadores que hoy día se ali-nean con los intereses creados —materiales e ideológicos— del orden reproductivo social establecido. En esas relaciones no puede existir nada unilateral ni mecánico. Por el contrario, la compleja dinámica del de -sarrollo histórico sólo puede ser comprendida apropiadamente sobre la base de la reciprocidad dialéctica. Fue precisamente así como Marx caracterizó, ya en una de sus obras iniciales, La ideología alemana—en una fuerte crítica del enfoque idealista dominante en las discusiones filo-sóficas de la época— su visión de la «acción recíproca» evidenciada entre los varios factores y fuerzas que constituyen el complejo social general. Hablando de su propia valoración de la irreprimible transformación his-tórica, insistía en que
surgen de ella, y rastrea el proceso de la formaciónde éstas también a partir de esa base. Por consiguiente, es posible tanto describir todo ello en su tota-lidad como también la acción recíproca que ejercen entre sí esos varios aspectos. A diferencia de la visión idealista de la historia, no tiene que bus-car una categoríaen cada período, sino que permanece constantemente sobre el terreno real de la historia; no explica la práctica a partir de la idea sino que explica la formación de las ideas a partir de la práctica material, y en consecuencia llega a la conclusión de que las formas y producciones de la conciencia no pueden ser disueltas mediante la crítica mental, convirtiéndo-las en «conciencia de sí» o transformándoconvirtiéndo-las en «apariciones», «espectros», «quimeras», etcétera, sino tan sólo mediante la superación prácticade las relaciones sociales reales que dan origen a esa patraña ideológica; que la fuerza motriz de la historia no es la crítica, sino la revolución, y tampoco lo son en la religión, la filosofía ni ningún otro tipo de teoría. Muestra que la historia no llega a su fin cuando la volvemos «conciencia de sí» como «espí-ritu del espí«espí-ritu», sino que cada etapa contiene un resultado material, una sumatoria de fuerzas productivas, una relación creada históricamente con la naturaleza y de los individuos entre sí, que va siendo transferida de gene-ración en genegene-ración por cada predecesor; una masa de fuerzas productivas, fondos de capital y demás circunstancias, que por una parte se ve cierta-mente modificadapor la nueva generación, pero por otra también le dicta a ésta sus condiciones de vida y le confiere un desarrollo definido, un carác-ter especial. Muestra que las circunstancias hacen al hombre en igual medida que el hombre hace a las circunstancias1.
sistemática de la posición del materialismo histórico —por no mencionar la idea de materialismo dialéctico, que merecería ser tratada y desechada tan sólo con la profundidad que les damos a las malas palabras— indepen-dientemente de que la refutación la propongan los especulativos adver-sarios idealistas de Marx o los representantes del materialismo positivista. Sin embargo, el verdadero punto es que los grandes pensadores de la época histórica que estudiamos sí adoptaron realmente, en el sentido cabal, la perspectiva del capital cuando participaron muy activamente en este aspecto en definitiva de enorme importancia. La determinación social del método no significa —y no puede significar— que la posición metodológica e ideológica correspondiente a la perspectiva del capital les sea impuesta a los pensadores involucrados, incluidas las figuras destaca-das de la filosofía y la economía política burguesa. Lo hicieron de volun-tad propia en el transcurso —y a través del proceso creativo— de la
articulación de la posición que representa a los intereses, y los valores fun-damentales, de un orden reproductivo social con el cual ellos se identifica-ban. Son participantes conscientes en una empresa que implica siempre el conflicto y la confrontación de conjuntos de valores potencialmente riva-les, aun si los intereses sociales correspondientes no son (o no pueden ser, a causa de la inmadurez histórica de las fuerzas sociales relevantes) explicitados por sus adversarios. Porque ni siquiera la ideología dominan-te más firmemente afianzada puede ser jamás absolutamente dominante. En otras palabras, no puede ser tan totalmente dominante como para estar en capacidad de ignorar cualquier otra posición alternativa al menos potencialmente de largo alcance. Ni siquiera cuando la ideología dominante reclama para sí el privilegio de representar la sola y única perspectiva defendible, que en su visión concuerda cabalmente con la naturaleza misma, en una de sus versiones2, o cuando, en el mismo
vitales del sistema del capital. Porque sin la constante renovación y reafir-mación de sus principios básicos el orden dominante no podía sostenerse apropiadamente. Los pensadores más importantes en cuestión, de los cuales tendremos oportunidad de ver el desarrollo de sus concepciones, llevaron adelante esa tarea de renovación con gran coherencia y determi-nación bajo las cambiantes condiciones y circunstancias de su sociedad, y lo hicieron muy dentro del horizonte general —que les ofreció en deter-minados períodos históricos (cuando su clase social se hallaba en ascenso, pero en grado cada vez menor a medida que nos vamos acercando a nuestro propio tiempo) un margen significativo para la intervención crea-tiva en el proceso social, a pesar de las limitaciones estructurales en defi-nitiva prevalecientes— de los intereses y el poder controlador del capital.
EL carácter conciente de la participación, y la responsabilidad histórica correspondiente, de los grandes representantes intelectuales del capital no se ve disminuida (y menos aún minimizada) por la circunstancia de que ellos adopten y reproduzcan constantemente la ilusiónde que en su concepción de orden social justo y apropiado están articulando el interés universal de la sociedad, y no solamente de su fuerza estructuralmente dominante. Porque, de nuevo, estamos hablando de un proceso en el que los pensadores implicados se apropian activamente de esas ilusiones, que resultan ser las más convenientes ideológicamente, y se corresponden con la perspectiva del orden metabólico social del capital.
Es así como a fin de cuentas las grandes figuras de la tradición intelec-tual burguesa terminan ofreciéndonos una visión del mundo en la que una
obvia formación histórica, el orden establecido de la sociedad, que, ade-más, está tupido de contradicciones antagónicas, es transfigurada en algo no sólo defendible, presentado sin referencia alguna a ningún tiempo his-tórico, sino también como el único modo de intercambio social viableque se pueda concebir. Y es ésa también la manera como Hegel, el gran pen-sador dialéctico, viola su propio principio de la dialéctica —y, más revela-doramente aún, lo hace en términos metodológicos e ideológicos en nombre del pretendido «avance dialéctico»3— para poder transubstanciar
en, tal como el propio Hegel lo reconoce explícitamente, el disfrute uni-versal de cada «individuo con intereses propios» subsumido bajo el jerár-quico modo de control social del capital, estructuralmente afianzado4.
Según toda la evidencia a mano, el problema insuperable es que los gran-des representantes intelectuales de la época del capital que nos ocupa, sin importar lo grandes que hayan podido ser como pensadores, daban por buenas las premisas prácticas fundamentales del orden social establecido en su combinación total, como un conjunto de determinaciones profunda-mente interconectadas. Esas premisas prácticas —como el divorcio radi-cal entre los medios de producción y el trabajo; la asignación de todas las funciones de dirección y toma de decisiones en el orden productivo y reproductivo a las personificaciones del capital; la regulación del inter-cambio metabólico social entre los seres humanos y la naturaleza, y entre los propios seres humanos (inalterable y cada vez más peligrosamente), sobre la base de las mediaciones de segundo orden del capital; la deter-minación y el manejo de la estructura de mando política de la sociedad bajo la forma del Estado capitalista, etcétera— resultan tan cruciales para este modo en particular de control social, que no podría funcionar durante ninguna extensión de tiempo si le faltase tan sólo una de ellas. Porque fijan los límites estructurales de la viabilidad de un modo de pro-ducción y distribución producido históricamente que ha venido echando firmes raíces desde hace ya siglos y se resiste con todos los medios a su disposición a todo cambio significativo.
Como ya hemos señalado en pasados estudios, algunas de las grandes figuras intelectuales que veían el mundo desde la perspectiva del capital, como Hegel, reconocían a veces la realidad del movimiento y el cambio históricos. Sin embargo, las veces en que tal reconocimiento se produjo fue siempre con referencia al pasado. El movimiento histórico transfor-mador y el cambio social eran admisibles para quienes veían el mundo desde el punto de vista de la economía política, sólo en forma de (y en la medida en que) pudiesen encajar en el marco estrictamente delimitado de las premisas prácticas fundamentales del capital. La importancia del cambio histórico radical y estructuralmente patente la podían subrayar los grandes pensadores de la burguesía ilustrada en referencia al pasado
Sin duda, lo que dificulta extremadamente que se conciba el abandono de la perspectiva del capital, incluso por parte de los más grandes pensa-dores que compartían el punto de vista de la economía política, es preci-samente el hecho de que las premisas prácticas antes mencionadas son un conjunto de determinaciones profundamente interconectadas —y en verdad, como ya mencionáramos, estrechamente entrelazadas— que cons-tituyen las vitales características definitorias del sistema orgánico del capital. Por consiguiente no pueden ser abandonadas selectivamente, poniendo así entre signos de interrogación al sistema en su totalidad, por los pensadores que definen su propia posición en sintonía con el punto de vista del capital. Ni tampoco pueden, por la misma razón, ser superadas
parcialmente en la práctica por una fuerza rival —como lo ha demostrado dolorosa y terminantemente el fracaso histórico de la socialdemocracia— sin sustituir radicalmente el orden estructuralmente dominante del capital en su totalidad por una alternativa hegemónica sustentable. Así, cuando algunos grandes pensadores expresan sus reservas en torno al impacto negativo de algunos desarrollos sociales en marcha, como lo hizo Adam Smith cuando se lamentaba del abandono deshumanizador de la educa-ción que él veía surgir de la división y fragmentaeduca-ción del trabajo, o cuando reconocía elocuentemente que «los que visten al mundo están cubiertos de harapos»5, tales reservas no pasan de ser una crítica marginal del orden
social establecido, aunada al enorme entusiasmo del pensador escocés por el capital como «el sistema natural de la libertad y la justicia perfectas»6.
Las premisas prácticas vitales del orden reproductivo establecido te -nían que ser interiorizadas activamente hasta por los más grandes pensa-dores de la burguesía en ascenso, y verse convertidas en las concepciones metodológicas e ideológicas esenciales de toda una época histórica, con-tribuyendo así, al mismo tiempo y de manera muy poderosa, con el pleno desarrollo y la viabilidad durante largo tiempo continuada del propio sis-tema del capital. Es así como las premisas prácticas frecuentemente innombradas (o innombrables) pero absolutamente necesarias —y, en otras palabras, las determinaciones sistémicas y a la vez estructurales— de lo que con mucho constituye el orden metabólico social más dinámi-co en toda la historia de la humanidad, se ven representadas activamente
profundamente la manera de pensar de la gran mayoría de las personas incluso en nuestro tiempo.
LA dimensión histórica de tales aspectos es fundamental. Por un buen número de razones es obligatorio destacar su importancia con todo el empeño y la frecuencia posibles.
Primero, porque la ideología dominante no puede sustentar sus preten-siones de validez universal sin negar sistemáticamente la inescapabilidad de las determinaciones históricas, mediante la eternización de su propia posición, sin importar cuánta distorsión —y en nuestro tiempo hasta constante violación de los hechos— se necesita a fin de hacer verosímil su antihistórica visión del sistema de intercambio reproductivo social pre-suntamente inalterable. La idealización de Hayek de las relaciones de intercambio capitalistas —a pesar de la especificidad histórica de sus antagonismos hondamente arraigados y en última instancia explosivos— como el eternizado «orden económico extendido», que él presenta en términos irreflexivamente positivos, y al mismo tiempo su caracterización vituperadora de la alternativa socialista tergiversada burdamente como «El camino a la servidumbre», proporcionan una ilustración gráfica de esa ignorancia desvergonzada de hasta los hechos históricos más obvios.
en el debido momento se convierte en una «necesidad en desaparición» —«eine verschwindende Notwendigkeit»— en palabras de Marx. Ignorar ilusoriamente ese aspecto vital de la necesidad histórica puede producir consecuencias socioeconómicas y políticas devastadoras, como tuvimos que aprender en el siglo XXcon el trágico fracaso de algunas estrategias de envergadura seguidas por el movimiento socialista. Tercero, porque el contraste entre las visiones de los grandes pensadores del pasado más remoto y algunas concepciones de los mismos problemas en el siglo XX
resulta sumamente revelador. Basta con poner aquí nada más el ejemplo del Discurso del método de Descartes. Como sabemos, Descartes estaba muy interesado en la cuestión de la duda metodológica y en la necesidad de la certeza evidente, y decía al mismo tiempo: «No es que en esto haya yo imitado a los escépticos, que dudan hasta de poder dudar y nada bus-can más allá de la incertidumbre misma; porque al contrario, mi pro-pósito era tan sólo hallar una base para la certidumbre, y apartar la tierra floja y la arena para llegar hasta la roca o la arcilla»7. En total contraste,
en la celebrada obra de un historiador del siglo XXno encontramos más que un escepticismo y un pesimismo sin límites, cuando trata de hacernos creer que «no hay más sentido en la historia humana del que existe en los cambios de las estaciones o los movimientos de las estrellas; o si hubiese algún sentido, escaparía a nuestra percepción»8. Cuando andaba a la
búsqueda de la certeza filosófica, Descartes insistía en la importancia de hacer del conocimiento algo práctico y útil en la gran empresa del deseado control humano de la naturaleza, poniendo de relieve que
Creía posible llegar al conocimiento de alta utilidad para la vida; y, dentro del espacio de la filosofía especulativa usualmente enseñada en las escuelas, descubrir una [filosofía] práctica mediante la cual (…) podamos también aplicarlas a todos los usos a las que se adaptan, y de ese modo convertirnos en amos y señores de la naturaleza9.
Como contraste, hallamos en la obra de incluso un filósofo del siglo XX
tan importante como Edmund Husserl, la oposición más rígida entre la «actitud teórica» y la «práctica», cuando asevera que
La actitud teórica, aunque ella es también una actitud profesional, es
absolutamente impráctica, pues está basada en un deliberado epoché de
superior, al servicio de las necesidades naturales dentro del marco de una ocupación vital gobernada por esos intereses prácticos10.
No es de extrañar, entonces, que al haberse tendido a sí mismo una tram-pa ideológica, Husserl no haya podido hacer más que postular un llama-do totalmente irreal al «heroísmo de la razón»11como la contrapartida
ilusamente predicada para la barbarie nazi12.
Y finalmente, en contraposición con la filosofía encerrada en sí misma y «monadológicamente» orientada del siglo XX, Descartes tenía plena con-ciencia de la importancia de llevar adelante la tarea de la creación intelec-tual como una empresa colectiva genuina: «…de modo que, comenzando a partir de donde los que antecedieron dejaron las cosas, y entonces conec-tando las vidas y los trabajos de los muchos, podamos colectivamente ir mucho más lejos»13. Sólo reviviendo ese ethos y realzándolo
significati-vamente de acuerdo con los urgentes requirimientos de nuestro propio tiempo, podremos realmente encarar los problemas que debemos afrontar.
LA relación entre la estructura social y las formas de conciencia es de fundamental importancia. Lo es porque la estructura social realmente establecida constituye el marco general y el horizonte en el que están situados los pensadores particulares en todos los campos del estudio social y filosófico, y es en relación con ellos que tienen que definir su con-cepción del mundo14.
Como ya mencionamos, los parámetros metodológicos e ideológicos fundamentales de las épocas históricas particulares, incluida la era del capital, están firmemente circunscritos por los últimos límites estructurales
una comprensión abarcante del campo de estudio en cuestión, tanto si pensamos en la «metaética» como en la metodología en general. El análi-sis legítimo de los varios discursos —por ejemplo el discurso moral, el político y el estético— es inconcebible si no está insertado dialécticamente en el marco estructural apropiado de las determinaciones generales. Porque los discursos particulares resultan absolutamente ininteligibles si no se les capta como formas específicas de la conciencia social. Es decir, como formas que están constituidas históricamente, y por eso mismo transformadas históricamente, en estrecha conexión con las determina-ciones generales de la estructura social de la cual no pueden ser abstraí-das especulativamente. Además, está el hecho de que existe una esencial dimensión trans-histórica15—pero decididamente no supra-histórica—
para todos esos discursos, como la hay también para el análisis de la meto-dología en general, ya que su estudio puede ser proseguido a lo largo de la historia humana en su totalidad, y sin embargo ese hecho frecuentemente ignorado no hace más que subrayar la importancia de in sertarlos, con todo lo mediados que puedan ser (como tiene que serlo inevitablemente el aná-lisis de la metodología), dentro de su marco es truc tural apropiadamente abarcante e históricamente definido.
Ello es particularmente importante en un período de transición hacia un orden social históricamente viable. En otras palabras, ocuparse apropiada-mente de los problemas sobre el tapete constituye una contribución para la tan necesaria transición a lo que Marx llamó «la forma histórica nueva», que resulta ser una característica definitoria de nuestro tiempo literalmente vital. Sin duda, las soluciones concebidas desde la perspectiva del capital se amoldaban en el momento de su formulación a algunos intereses sociales fundamentales, determinados estructuralmente, de acuerdo con la perspec-tiva del capital, y por consiguiente no pueden encajar en el marco de la necesaria alternativa hegemónica. Sin embargo el hecho sigue siendo que las soluciones en cuestión han sido presentadas en respuesta a desafíos his-tóricos y determinaciones sociales objetivas muy reales que, en un sentido verdaderamente importante, siguen formando parte de nuestra propia situación actual. Porque los desafíos históricos objetivos no dejan de existir, ni pierden su fuerza, por el hecho de simplemente recibir desde un punto de vista estructuralmente parcializado —ajustado a las premisas prácticas irreformables del capital— el tipo de respuestas que resultan ser socialmen-te insussocialmen-tentables a largo plazo. Las cuestiones que la propia realidad social reproduce constantemente, a pesar de recibir soluciones extremadamente problemáticas incluso por parte de los más grandes pensadores bur-gueses del pasado, sólo pueden acentuar el peso y la continuada rele-vancia de los mismos problemas subyacentes. Así, por sobre todas las cosas, los desafíos objetivos que han persistido durante largo tiempo exigiendo respuestas históricamente viables, ejercen hoy día más presión que nunca. Es ése el verdadero tamaño de nuestra tarea para el futuro.
NOTAS
1. Carlos Marx y Federico Engels, Collected Works (MECW), Vol. 5, International Publishers, Nueva York, pp. 53-54.
2. Por ejemplo, en la obra fundamental del gran escocés representativo de la Ilustración, Adam Smith.
4. Ver, «Unificación a través del proceso de reproducción material», el Capítulo 7, más adelante.
5. Adam Smith, «Lectures on Justice, Police, Revenue, and Arms», in Herbert W. Schneider (ed.), Adam Smith’s Moral and Political Philosophy,Hafner Publishing Company, Nueva York, 1948, p. 320.
6. Adam Smith, The Wealth of Nations,Adam and Charles Black, Edimburgo, 1863, p. 273.
7. René Descartes, A Discourse on Method, Everyman Edition, Dent and Sons, Londres, 1957, p. XVI.
8. Sir Lewis Namier, Vanished Supremacies: Essays on European History, 1812-1918,
Penguin Books, Harmondsworth, 1962, p. 203. 9. René Descartes, ob, cit., p. 49.
10. «Philosophy and the Crisis of European Man», en Edmund Husserl, Phenomenology and the Crisis of Philosophy, Harper & Row, Nueva York, 1965, p. 168.
11. Ibíd., p. 192. Ver el estudio de esos problemas en el Capítulo 7.
12. Lukács solía recordar que cuando Max Scheler le estaba hablando con gran entusias-mo acerca del entusias-modo novedoso coentusias-mo Husserl enfocaba la filosofía centrándose en la reducción fenomenológica, y le decía que con la ayuda de ese método era posible ana-lizar hasta al diablo y al infierno metiéndolos dentro del «corchete metodológico» apropiado, la irónica respuesta del filósofo húngaro fue «sí, haz eso, y cuando abras el corchete tendrás que encararte con el propio diablo». Y fue eso precisamente lo que le ocurrió a Husserl en 1935, cuando buscaba a tientas alguna respuesta para la barbarie nazi en su conferencia en Praga acerca de «La filosofía y la crisis del hombre europeo». 13. René Descartes, ob. cit., p. 50.
14. Aunque no emplea la expresión «estructura social», Hegel quiere reconocer de algún modo el papel determinante de las condiciones históricas dadas cuando escribe: «resulta tan absurdo imaginar que una filosofía pueda sobrepasar a su mundo con-temporáneo como lo es imaginar que un individuo saltará por encima de su propio tiempo, que saltará en Rodas» (The Philosophy of Right,p. 11.) Pero emplea esa per-cepción conciliadora en aras del cierre de la historia en la «actualidad racional» del presente, idealizándola a través del «Espíritu Mundial» como el «eterno presente». 15. Platón y Aristóteles constituyen grandes ejemplos de cuán atrás se remonta en la
CAPÍTULO
1
LA ORIENTACIÓN PROGRAMÁTICA
HACIA LA CIENCIA
«EL DOMINIO DEL HOMBRE SOBRE LA NATURALEZA»
EL papel metodológico y práctico que le asigna a la naturaleza el princi-pio orientador general que prevé «el dominio del hombre sobre la natu-raleza», no es simplemente una cuestión de la manera como «Descartes, cuando definió a los animales como meras máquinas, estaba mirando con los ojos del período de manufactura, en tanto que a los ojos de la Edad Media los animales eran ayudantes del hombre»1.
Tampoco se trata nada más del uso que se le ha dado a la ciencia como el modelo para la actividad filosófica cuando Kant, por ejemplo, insiste en que
Lo que hace el químico cuando analiza sustancias, lo que el matemático hace en la matemática pura, constituye, en grado aún mayor, el deber del filósofo, ya que el valor de cada clase diferente de conocimiento, y el papel que desem-peña en las operaciones de la mente, se puede definir con entera claridad2.
Porque, independientemente de lo reveladores que puedan resultar tales usos en su propio contexto —bastante limitado—, no son aplicables a nuestra época en su totalidad. Ciertamente, sería sumamente difícil tra-tar a los animales sobre el modelo de las máquinas a la luz del conoci-miento contemporáneo. Igualmente, sería restrictivo en extremo, en relación con las complejidades de la filosofía moderna, modelar el «deber del filósofo» sobre la base de la química y la matemática pura.
poco a poco»— es la expectativa de resolver los problemas de la hu -manidad tan sólo mediante el avance de la ciencia y la tecnología de la producción. Es decir, la expectativa de resolver los problemas identifi-cados sin ninguna necesidad de una intervención significativa en el plano de la propia estructura social de confrontaciones antagónicas.
En ese sentido, nada tiene de accidental que, a partir de Descartes, la cuestión de cómo cumplir el «dominio del hombre sobre la naturaleza» haya sido atendida con inexorable intensidad y unilateralidad. En conse-cuencia, la tarea de la filosofía ha de ser definida aunada a la realización de ese objetivo. Como argumentaba Marx:
Que Descartes, como Bacon, anticipó una alteración en la forma de la pro-ducción, y el sometimiento práctico de la naturaleza por el Hombre, como resultado de la alteración de los métodos de pensamiento, resulta evidente en su Discours de la méthode. Dice allí: «es posible [gracias a los métodos que él introdujo en la filosofía] alcanzar un conocimiento muy útil en la vida y, en lugar de la filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, encon-trar una filosofía prácticamediante la cual, conociendo la fuerza y la acción del fuego, el agua, el aire, las estrellas, el firmamento y todos los demás cuerpos que nos rodean con la misma precisión con la que conocemos las diversas destrezas de nuestros trabajadores, podamos emplearlas de la misma manera en todos aquellos usos a los cuales se adaptan, y entonces
convertirnos en dueños y señores de la naturaleza», contribuyendo así «a la
perfección de la vida humana». En el prefacio al Discurso sobre el comercio
(1691), de Sir Dudley North, se declara que el método de Descartes había comenzado a liberar a la Economía Política de las viejas fábulas y nociones supersticiosas acerca del oro, el comercio, etcétera. En general, sin embar-go, para los primeros economistas ingleses sus filósofos fueron Bacon y Hobbes, en tanto que en un período posterior el filósofo par excellence de la Economía Política en Inglaterra, Francia e Italia fue Locke3.
realización de la tarea más limitada del «dominio del hombre sobre la natu-raleza»— es ignorada por completo, o más o menos subordinada mecánica-mente a la de cómo asegurar el autodesarrollo de la ciencia y la producción material, que en la realidad social establecida equivale a la obediencia a ciegas a los imperativos del valor de cambio en autoexpansión.
Dentro de esa perspectiva, los objetivos legítimamente factibles de la actividad humana tienen que ser conceptuados en términos de progreso material mediante la agencia de las ciencias naturales, permaneciendo cie-gos a la dimensión social de la existencia humana en términos que no sean esencialmente funcionales/operativos y manipuladores. Porque una visión alternativa necesitaría abandonar el «punto de vista de la economía políti-ca», equivalente a la perspectiva del capital, que tiene que ver incluso en el trabajo viviente nada más que un «factor material de la producción».
No es de extrañar, entonces, que a lo largo de un lapso de varios siglos se nos ofrezca constantemente la misma ideología de orientación científica, en tantas versiones diferentes, desde la concepción cartesiana de la «filoso-fía práctica» y su objeto hasta los recientes postulados de la «segunda y tercera revolución industrial», la «revolución tecnológica», la «revolución electrónica» y la «revolución de la información», como se argumenta en la Parte Uno de mi libro sobre El poder de la ideología4. Porque el común
denominador de toda esa diversidad es el deseo de hallar soluciones para los problemas y deficiencias de la vida social identificados —que están sujetos a interpretaciones rivales y al conflicto inconciliable en las pers-pectivas estratégicas— estrictamente dentro de los confines de la ciencia y la tecnología.
BEHAVIORISTAS Y WEBERIANOS
MIENTRAS más nos acercamos al presente, y más abiertamente afloran las contradicciones sociales básicas, más se acentúa el carácter apologético de las teorías que se siguen identificando con la perspectiva del capital al servicio de sí misma, que circunscribe la orientación de la economía política burguesa. Su preocupación principal asume formas cada vez más manipu-ladoras y tecnocráticas. Como resultado, la idea misma de la escogencia humana se torna extremadamente problemática, hasta el punto de casi alcanzar la insensatez, independientemente de las diferencias, muy dispu-tadas pero en realidad bastante superficiales, entre los varios pensadores.
Un behaviorista como R.F. Skinner no vacila en descartar abiertamente la idea de la escogencia humana misma como una ilusión, a favor de su propio concepto manipulador, argumentando que
Un organismo puede ser reforzado por —se le puede hacer «escoger»— casi cualquier estado de cosas establecido (…) A la decisión que voy a tomar solía asignársele al territorio de la ética. Pero ahora estamos estudian-do combinaciones similares de consecuencias positivas y negativas, así como condiciones colaterales que afectan el resultado, en el laboratorio. ¡Hasta a una palomase le puede enseñar autocontrol en alguna medida! Y ese trabajo nos ayuda a entender la operación de ciertas fórmulas —entre ellas los juicios de valor— que el saber popular, la religión y la psicoterapia han promovido en interés de la autodisciplina. El efecto observable de toda declaración del valor es la alteración de la relativa efectividad de los reforza-dores. (…) El control interno no es más que una meta externa. (…) si valo-ramos los logros y las metas de la democracia no podemos rehusarnos a
aplicar la ciencia al diseño y construcción de los patrones culturales, aunque podamos entonces encontrarnos en algún sentido en la posición de los con-troladores [de Orwell]5.
El weberiano Robert Nisbet, por ejemplo, da por descontada la preo-cupación «por el logro racional y calculado de metas que, cada vez más en nuestra sociedad, son metas autónomas y autojustificativas», y la con-trapone a un deseo vacuo e impotente de «responsabilidad individual». Lo que resulta sumamente revelador en toda esa empresa, es que aun si es posible concebir que dicha «responsabilidad individual» sea marginal-mente operativa —aunque no puede serlo en modo alguno, puesto que a la noción en su totalidad, desprovista por completo de cualquier funda-mento real, tan sólo la sostiene la fuerza de un «deber ser» impotente—, de ninguna manera alteraría las prácticas sociales dominantes que son aceptadas incondicionalmente por el autor. Porque, según él:
El progreso mismo de las técnicas administrativas modernasha creado un problema en el mantenimiento y nutrición del pensamiento y la acción indivi-dual. (…) Gracias a su triunfo de la racionalidad, la administración científica
ha reducido en mucho el espacio necesario, en mucho la fricción intelectual y moral que debe poseer la individualidad ética si quiere prosperar. (…) Dicha administración, y todo lo que ella implica, puede demasiado a menudo disi-par la atmósfera informal y desafiante que la gente creativa necesita.
Las determinaciones apologéticas tras el vacío «debe ser» de Nisbet de una «responsabilidad individual» y una «creatividad» elitesca, quedan en claro cuando él toca algunos factores sociales vitales, pero nada más con el fin de exonerarlos de su responsabilidad bien real. Como él lo dice:
Sin duda, la defensa militar es el contexto de gran parte de la tecnología del presente, pero yo argumentaría6que los imperativos tecnológicoshan alcan-zado un grado tal de primacíaque no es probable que algún cambio en la escena internacional pueda hacerles contrapeso. La tecnología moderna
posee sus propias estructuras características, sus tendencias intrínsecas, sus
códigos morales.
Citando a Susanne Langer acerca de los peligros de roturar repentina-mente «el terreno de nuestra orientación simbólica inconsciente», añade: «Es eso, visiblemente, lo que le está ocurriendo en el presente a grandes extensiones del mundo no occidental, y los resultados se van a ver fre-cuentemente en la desorganización cultural y la confusión moral». Así, la función de ese discurso no va más allá de enfocar algunos postulados morales vacíos y dejar completamente fuera de vista las relaciones de poder reales, altamente explotadoras, que continúan padeciendo las «cul-turas no occidentales»7.
En todos esos respectos, la ecuación neoweberiana de Nisbet pone en un lado el «triunfo de la racionalidad», la «administración científica», la «consecución racional y calculada de fines autónomos y autojustificati-vos» y los «imperativos tecnológicos» del complejo militar-industrial, y en el otro la vaga desiderata de la «responsabilidad individual» y la «atmós-fera informal y desafiante» para beneficio de la «gente creativa». Nadie en su sano juicio esperaría que de semejante contienda provenga el menor cambio social, y mucho menos uno significativo. Ciertamente, al igual que la «tecnoestructura» de Galbraith, que transubstancia las deter-minaciones materiales antagónicas del capital en una elaboración seu-docientífica cosificada, con sus propios «imperativos tecnológicos» y pretensiones autojustificativas a la racionalidad. También la concepción fetichista de Nisbet hace desaparecer la conflictualidad real detrás de la fachada de una ciencia y una tecnología congeladas, irremisiblemente atrapadas dentro del círculo vicioso de sus imperativos pretendidamente autónomos y su inalterable «primacía».
LA«SOCIOLOGÍA CIENTÍFICA DE LA CULTURA» DEMANNHEIM
PERO aun si pensamos en un enfoque declaradamente muy diferente —la propugnación de Mannheim de una «planificación democrática» y una «reforma social»—, un examen más de cerca revela que la sustancia de su teoría no sólo no se compagina, sino que además resulta contradic-toria, con las pretensiones del autor. Porque aunque quiere hablar de la necesidad de «enfocar la responsabilidad en algún agente social visible»8,
materiales del orden establecido, y define las tareas en términos de «construir un nuevo orden social bajo un liderazgo competente», que él identifica con «los pocos acaudalados y educados»9.
Puesto que Mannheim da por asegurado al orden establecido, su preo-cupación primordial está confinada al «desarrollo de la conducción del método del valor democrático, como gradualmente lo han venido consi-guiendo las democracias anglosajonas»10.
Y la esencia cínicamente manipuladora de su estrategia educativa «científica» se pone al descubierto cuando propugna un tipo de ilustra-ción para aquellos que están destinados a desempeñar el papel del «lide-razgo competente», radicalmente diferente del de «simple hombre»
si nuestra democracia del presente llega a la conclusión de que ese marco mental [es
decir, el postulado socialmente vacuo que anteriormente él propugnó para «fortale-cer los poderes intelectuales del ego»11] resulta indeseable, o de que es
impractica-ble o todavía no factiimpractica-ble allí donde estén involucradas las grandes masas, debemos tener el valorde incorporar ese hecho en nuestra estrategia educativa. En este caso deberíamos admitir y fomentar, en ciertas esferas, los valores que influyen
directa-mente en las emociones y los poderes irracionales del hombre, y al mismo tiempo concentrar nuestros esfuerzos en la educación para la percepción racional, allí donde ello esté dentro de nuestro alcance[es decir, seguimos favoreciendo a los «pocos acaudalados»] . (…) La solución me parece que está en un tipo de gradualismoen la educación, que reconozca etapas de entrenamiento en las que hallen su lugar apro-piadotanto el enfoque irracionalcomo el racional. Algo de esa visión había en el
sistema planificado de la Iglesia Católica, que trataba de presentarle la verdad al hombre sencilloa través de imágenesy los procesos dramáticos del ritual, e invitaba al educadoa encarar esa misma verdad en el nivel de la argumentación teológica12.
Así, de nuevo, la empresa del sociólogo «científico» tiene como objeti-vo la producción del «necesario consenso y compromiso» y la «concilia-ción de las valoraciones antagónicas»13 mediante «el diseño de una técnica para llegar a un acuerdo en torno a las valoraciones básicas»14y
un «mecanismo de coordinación y mediación de los valores»15. La
por una parte, y por la «racionalidad» autoperpetuadora de las manipula-doras «técnicas», «instrumentos» y «mecanismo» de los «líderes competen-tes», por el otro—, sino las manifestaciones de diferencias de interés fundamentales, que por consiguiente exigen una alternativa radicalpara el orden social establecido como su única condición de solución viable, se ve imposibilitada de entrar en el horizonte de la sabiduría apologética de Mannheim.
Desde el punto de vista de su «sociología del conocimiento científica» y su «sociología de la cultura», Mannheim es incapaz de percibir el inma-nejable carácter conflictivo de los problemas sociales graves (incluidos «el desempleo, la desnutrición o la falta de educación»), y prefiere verlos en cambio como «obstáculos» meramente «ambientales»16cuya
elimina-ción —y por consiguiente la implementaelimina-ción exitosa del deseado «proce-so de ajuste grupal y conciliación de los valores»— es predicada «proce-sobre la base de los «métodos empíricos de investigación que en tantos otros cam-pos apuntan a los remedios para el deterioro institucional»17.
En cuanto a la posibilidad de la no adopción de su receta para la «pla-nificación democrática» como «reforma social» —que deja exactamente
tal cual está al marco estructural del orden establecido, y sólo hace «cien-tíficamente» que su instrumentalidad manipuladora resulte más efectiva para el control de las masas (de aquí sus curiosas pretensiones de «plani-ficación democrática» y «reforma social»)— Mannheim nos la presenta con severísima advertencia:
de no ocurrir así, sobrevendrá la esclavización de la humanidad por algún sistema totalitario o dictatorial, y una vez que se haya establecido será difícil averiguar cómo se le podría deponer, o que se extinga por sí mismo18.
LAS VINCULACIONES ESTRUCTURALES DE LA IDEOLOGÍA DE ORIENTACIÓN CIENTÍFICA
insupera-bles de ese mismo horizonte de orientación científica a través de las dife-rentes fases del desarrollo histórico del capital. Porque la que ha sido expulsada necesariamente desde el propio inicio de ese desarrollo es la posibilidad de cambios sociales radicales que podrían socavar los dicta-dos materiales espontáneamente impuestos del capital.
Toda mejora legítima tiene que ser perfectamente contenible dentro de los parámetros estructurales de dichos dictados, y cuanto esté por fuera de ellos, o apunte más allá de ellos, queda ipso facto ocultada del horizonte intelectual burgués, puesto que no puede ser amoldada a las premisas materialesde la sociedad establecida.
Y puesto que las prácticas productivas dominantes están aunadas indi-solublemente a las prácticas de las ciencias naturales bajo el régimen de la lógica del capital, los intereses materiales del valor de cambio en auto-expansión y los intereses ideológicos de la definición del «mejoramiento social» en sus términos coinciden necesariamente, reduciendo el impor-tantísimo concepto de control social a conformidadcon las presuposicio-nes e imperativos estructurales del orden establecido.
Es precisamente esa coincidenciade los dos intereses fundamentales de la expansión productiva a través de la ciencia, por una parte, y la confor-midad ideológica con los requerimientos de la concepción del «mejora-miento social» tan sólo en esos términos predeterminados por lo material y socialmente contenibles, por la otra —con su poderoso impacto sobre la ayuda a la perpetuación del dominio del capital—, lo que hace al «punto de vista de la economía política» de orientación científica a lo largo de su prolongada historia.
NOTAS
4 Ver István Mészáros, The Power of Ideology, Harvester/Wheatsheaf, Londres, y New York University Press, 1989, pp. 3-174.
5 Carl R. Rogers y B.F. Skinner, «Some Issues Concerning the Control of Human Behavior: A Symposium», Science, Nº 124 (30 de nov. de 1956), reimpreso en Jack Douglas (ed.), The Technological Threat, Nueva Jersey, 1971, pp. 146-149.
6 Sin el menor intento de ofrecer aunque sea una mínima prueba, por supuesto. 7 Todas las citas provienen de «The Impact of Technology on Ethical
Decision-Making», en Robert Lee y M.E. Merly (eds.), Religion and Social Conflict, Oxford University Press, Nueva York, 1964, pp. 185-200.
8 Karl Mannheim, Diagnosis of Our Time: Wartime Essays of a Sociologist, Routledge & Kegan Paul, Londres, 1943, p. 21.
9 Ibíd., p. 14. 10 Ibíd., p. 26. 11 Ibíd., p. 23. 12 Ibíd., pp. 23-24. 13 Ibíd., p. 27. 14 Ibíd., p. 30. 15 Ibíd., p. 29. 16 Ibíd., p. 28. 17 Ibíd.
CAPÍTULO
2
LA TENDENCIA GENERAL AL FORMALISMO
FORMALISMO Y CONFLICTIVIDAD
A PRIMERA vista esta tendencia resulta por demás sorprendente, puesto que está aunada, como acabamos de ver, al «punto de vista de la economía política» en su orientación programática hacia las metas materiales/expan-sionistas de los logros productivos (definidos tecnológicamente).
Pero no obstante, estamos ante las manifestaciones más variadas del formalismo, desde la fundamentación axiomática (modelada sobre la «geometría analítica») que Descartes quiere darle a su «filosofía prácti-ca», pasando por el postulado que hace la Ilustración de la «conformidad con las leyes formales de la razón», hasta llegar al «reduccionismo feno-menológico riguroso» de Husserl, por no mencionar las arbitrarias cate-gorizaciones del pensamiento por parte del «positivismo lógico».
La explicación de esa conjunción paradójica entre las determinaciones materiales capitalistas y el formalismo filosófico resulta, de nuevo, incon-cebible si no se ponen de relieve las funciones ideológicas históricamente específicas de los numerosos sistemas teóricos que comparten, y a su pro-pia manera apoyan activamente —aunque en modo alguno siempre a conciencia— la base social inherentemente antagónica. Porque la fun-ción primordial del formalismo (determinado por lo social y afincado en lo material) con el que nos encontramos en las más variadas concepcio-nes del mundo burguesas, es lograr un cambio conceptual de envergadu-ra. El corolario ideológico de dicho cambio es transferir los problemas y las contradicciones de la vida real, de su plano social dolorosamente real, a la esfera legislativa de la razón formalmente omnipotente, «trascen-diendo» así, idealmente, en términos de los postulados formales univer-salmente válidos, la conflictividad real; o, cuando la superación general de las contradicciones y antagonismos antes prevista ya no sigue siendo admisible, transformarlos en conflictos del «ser como tal» formalistamen-te dicotomizados y «ontológicamenformalistamen-te insuperables», como en el caso del existencialismo moderno.
PARA entender el significado de esas mistificadoras transformaciones conceptuales de la conflictividad real, debemos relacionarlas con su base material históricamente específica. Porque en las raíces de las teorizacio-nes formalistas y las racionalizacioteorizacio-nes ideológicas del mundo del capital hallamos el perverso formalismo práctico del modo de producción capi-talista, con sus imperativos estructurales y sus determinaciones de valor abstractas/reductoras.
Más aún, lo que es importante tener en mente es que la tendencia for-mal a la «universalidad» impuesta en la práctica, que constituye una de las principales características definitorias de ese modo de producción, apuntala directamente en el plano de la conciencia social tres intereses ideológicos vitales:
sis-tema productivo y distributivo capitalista, formalmente jerarquizadas y legalmente protegidas. Las rupturas prácticas y las separaciones formales de la producción de mercancías generalizada, con su inexorable tenden-cia a la «universalidad» —equivalente, en el último análisis, a constituir un modo de dominación históricamente único, al que ninguna sociedad de este planeta puede escapar—, se pueden identificar:
a) en la alienación al trabajo viviente de las condiciones de la actividad productiva resuelta, y su conversión en «trabajo muerto» o cosificado como capital;
b) la expropiación y conversión de la tierra en mercancía alienable (o vendible), y la determinación formal de su parte «legítima», como arriendo, en el sistema general de la producción capitalista; y c) la extensión universal de los imperativos deshumanizadores de la
pro-ducción e intercambio de mercancías sobre todas las áreas del inter-cambio humano, incluidos los reguladores «espirituales» tradicionales del metabolismo social. Todo esto se ve rodeado, sancionado, protegi-do en su carácter aparte formal, y más o menos controlaprotegi-do por un sis-tema legal formalmente codificado, ejercido por los varios órganos del Estado capitalista, para así adaptarse, y fortalecerlo, al forma-lismo práctico subyacente del propio sistema productivo.
2) La articulación formalmente consistente y la difusión general de las «igualdades» (o «equivalencias») requeridas:
a) por el funcionamiento práctico del mecanismo productivo y distri-butivo del capital;
b) por el desarrollo global del sistema del capital mediante la afirma-ción de su irresistible «universalidad» (que constituye, por supuesto, una seudouniversalidad, ya que es una formación histórica estricta-mente determinada y limitada, que tiene que reclamar para sí el estatus de eterna validez); y
con los «Derechos del Hombre». (Y, por supuesto, en conformi-dad con esto último, se conviene —sobre la base de la pretensión doblemente afortunada y conveniente— que la codificación capita-lista de los «Derechos del Hombre» no sólo se deriva directamente de las reglas formales de la Razón misma, sino también que está en perfecta sintonía con las determinaciones más profundas de la «naturaleza humana» como tal.)
3) La eliminación, a la vista, de la dimensión históricade la vida socioe-conómica —tanto en dirección al pasado como al futuro— gracias a la per-versa metamorfosis categorial resultante de las prácticas abstractas/ reductoras, y sólo en un sentido formaligualadoras, que prevalecen en los intercambios materiales mismos y, al mismo tiempo, hallan sus equivalen-cias conceptuales mistificadoras en el nivel de la teoría filosófica y social.
* En consecuencia —en vista del hecho de que el concepto de cambio social radical (especialmente si se le formula con referencia a la escala global, lo que acarrea la necesidad de afrontar las grandes complejidades y la «disparidad de desarrollos» de muchas sociedades diferentes pero profundamente interconectadas) resulta simplemente inconcebible sin el carácter dinámicamente abierto del futuro—, la reducción de la tempora-lidad a la contigüidad del presente extingue ipso factoen esas teorías la posibilidad de transformaciones estructurales fundamentales.
* Lo que se nos ofrece, en cambio, como la única perspectiva viable, son las medidas parciales o «por cuentagotas» de los ajustes manipulado-res y los «correctivos afinadomanipulado-res» dentro del marco general del capital, en conformidad con la «presentización» unidimensional de la temporali-dad como el «eterno presente».
El intento social apologético de las objeciones ideológicas formuladas en ese espíritu, respaldado por las categorizaciones formales primitivas (como la oposición no dialéctica entre lo «parcial» o «por cuentagotas» y lo «holístico» o «al por mayor») es revelado por su negativa a reconocer lo que es bastante obvio. A saber, que la amplitud radical no puede por sí misma minar la viabilidad de una estrategia social. Tan sólo si existe una
contradicción entre sus objetivosdeclarados, por una parte, y las necesa-rias mediaciones prácticas así como su escala temporal apropiada, por la otra, puede ello constituir la base para una crítica justificable. Porque
cualquier programa de acción, incluso el más limitado, ha de ser conside-rado irremisiblemente «holístico», a menos que se le defina adecuada-mente tanto en términos de su escala temporal como de los pasos mediadores y los medios requeridos para su realización.
NATURALMENTE, el efecto combinado de esos tres conjuntos de determinaciones materiales e ideológicas no puede ser otro que el de la comprensión de la conflictividad real en el campo del pensamiento social. Realmente es posible decir que la desconcertante alineación de los térmi-nos altamente transpuestos y mediados del discurso ideológico dominante constituye, en cierto modo, no sólo una «batalla de libros» sino una autén-tica «batalla de encuadernaciones», en la que los propios contrincantes permanecen totalmente indiferentes a lo que está siendo insertado entre la portada y la contraportada. Porque los varios sistemas de categoriza-ción abstracta/reductora, que al mismo tiempo logran también ignorar exitosamente la dimensión histórica de los temas debatidos, no pueden tener ningún interés en las relaciones humanas reales, sino que el interés queda restringido a su esqueleto lógico y el consiguiente requerimiento de «consistencia formal».
consistencia lógica, y trasladados formalmente al terreno aparte del «emotivismo» (bajo una variedad de nombres similares), con la misma confianza en sí mismo solipsista con la que Fichte respondió a las objecio-nes de que los hechos contradecían a su teoría diciendo: «umso schlimmer es für die Tatsachen»1.
Como resultado, una vez que las «ilusiones de la Ilustración» son deja-das atrás históricamente y enterradeja-das como meras ilusiones por los segui-dores de esa misma tradición filosófica que originalmente las propuso, presenciamos desarrollos verdaderamente asombrosos. Porque en el siglo XXhasta los contenidos más atroces pueden ser amoldados sin difi-cultad dentro del marco categorial «neutral» de esa filosofía, con tal de que la inhumanidad sustantiva de las proposiciones propugnadas sea manejada con la adecuada «consistencia formal».
En ese respecto hay ejemplos que recordar a montones, desde la reco-mendación neopositivista y «emotivista ética» de Bertrand Russell de atacar a la Unión Soviética con armas nucleares «siempre y cuando podamos hacerlo sin peligro de autodestrucción» (de la que después se arrepintió y, para su honor, denunció con gran pasión), hasta los concep-tos anestésicos (del tipo «daños colaterales»), las analogías del «teatro» militar pulcramente formalizadas y las simetrías «escalatorias» arbitraria-mente estipuladas de la «teoría de juegos».
a un «terreno de las emociones» por separado, sólo puede conducir a la arbitrariedad total en materias de tal importancia, literalmente vital.
El problema está en que las presuposiciones materiales o sustantivas en cuestión —concernientes a los objetivos humanos— resultan inherente-mente cualitativasen sus determinaciones. El absurdo intento del «utili-tarismo» de reducir esas cualidades humanas concretas a cantidades
abstractas, para así poder aplicarles su medida de la proporcionalidad como la base de los juicios de valor, está modelado sobre las relaciones de valor formales/reductoras universalmente afirmadas del capital. Con una diferencia significativa, sin embargo. Porque el capital posee en la fuerza de trabajo cuantificable una base objetiva para la operación exito-sa de su medida, y resuelve en la práctica el problema de la «inconmen-surabilidad» poniéndolo todo bajo un común denominador dentro del marco estructural de un sistema de dominación y subordinación material legalmente salvaguardado.
Por el contrario, la aplicación utilitaria del procedimiento reductor y cuantificador del capital a la esfera filosófica de los juicios de valor carece de una fundamentación objetiva. Porque si bien a la sociedad de la mercan-cía no le representa ninguna dificultad regular, sobre una base cuantitativa abstracta, las variedades cualitativamente inconmensurables de «placer» que se pueden comprar en una galería de arte (o en un burdel), a lo que les son aplicables, como a casi cualquier otra cosa, las mismas reglas prácti-cas de cosificación y explotación, la cosa se torna muy distinta cuando se trata de convertir esas transacciones en el modelo del «discurso moral».
En consecuencia, la arbitrariedad constituye un rasgo resaltante de ese enfoque desde su momento inicial. No puede ofrecer más que una racio-nalización ideológica de las relaciones de poder material establecidas, aunque en sus primeras versiones todavía estaba aunada a algunas ilusio-nes liberales. Su vaga retórica acerca de «la mayor felicidad para la mayor cantidad» es, por supuesto, rotundamente vacua como criterio para evaluar acciones, independientemente de las virtudes de la «exacti-tud científica» que se le pretende conceder a veces.
de su criterio de evaluación abstracto/cuantificador no puede más que ocultar a la vista la modalidad fundamental —ineludiblemente sustantiva
y cualitativa— del intercambio humano (y la correspondiente «distribu-ción de la felicidad») en la sociedad capitalista, a saber, la dinámica de la
dominación y la subordinación.
Obligadamente, los conjuntos de valores en contienda surgen, y los grupos sociales que los sostienen combaten para imponer sus pretensio-nes rivales, dentro del marco práctico, jerárquico, sustantivo y cualitativo de esa dominación y subordinación. Pero es precisamente tal articulación estructural históricamente específica y tangible de las condiciones socioe-conómicas del discurso moral, la que desaparece bajo el carácter cuanti-tativo abstracto de los números utilitarios (no importa cuán grandes o pequeños) a los que se ven convenientemente reducidos tanto los domi-nadores como los explotados como meros individuos.
LA influencia directa del utilitarismo en el neopositivismo resulta aquí de importancia secundaria, ya que nuestro interés primordial está puesto en los propios procesos socioeconómicos abstracto/reductores que las distintas tendencias filosóficas reflejan de una u otra manera.
Puesto en términos generales, lo que importa realmente es que su abs-tracción de las determinaciones cualitativas/sustantivas le abre las puertas hasta a la forma de arbitrariedad más extremada, ya que la base material sobre la que podrían afincarse las reglas formales ha sido abandonada. Las reglas mismas a menudo son anunciadas ad hoc, como lo requiera la conveniencia, y su pretendida consistencia y autonomía es «demostrada» con la ayuda de meras analogías, en ausencia de una fundamentación sus-tantiva asumida abiertamente que pudiese ser sometida a prueba.
desinte-gración moral e intelectual de un modo de razonamiento sólo sustentado por deducciones circulares y analogías arbitrariamente estipuladas2.
Por ende, la tendencia pronunciada (y, mutatis mutandis, a través de la larga historia de la tradición filosófica burguesa reconocible) a divorciar formalmente a las categorías de su base social, y convertirlas en «discur-sos» autorrerefenciales, regidos por reglas formales que permiten la mayor arbitrariedad respecto a las contenidos categoriales mismos, es originada, y continúa siendo reproducida en forma cada vez más extrema, por intereses ideológicos claramente identificables.
LA AFINIDAD ESTRUCTURAL
DE LAS INVERSIONES PRÁCTICAS E INTELECTUALES
SIN embargo, es importante subrayar aquí que las determinaciones materiales e ideológicas que nos ocupan afectan no sólo las articulaciones intelectuales más o menos sistemáticas de las relaciones sociales estable-cidas, sino además a la totalidad de la conciencia social. La «racionalidad formal» que es idealizada (y fetichizada) en el discurso teórico dominan-te como si se tratase de un avance indominan-telectual «que se genera a sí mismo», de hecho encaja a la perfección en los procesos prácticosde abstracción, reducción, compartimentación, equivalencia formal y «dehistoriación» que caracterizan al establecimiento y consolidación del metabolismo socioeconómico capitalista en su totalidad.
Así, los filósofos que tratan de deducir la estructura social y la maqui-naria institucional/administrativa del capitalismo moderno a partir del «espíritu» del «cálculo racional», etcétera, ponen la carreta delante de los bueyes y representan el mundo del capital de manera invertida, en con-cordancia con el punto de vista de la economía política. Porque la meto-dología de esta última tiene que tratar al resultadohistórico exitosamente alcanzado (o sea, la «autoalienación» del trabajo y su conversión en capi-tal) como el punto de partida evidente en sí mismo e inalterable (es decir, característicamente «dehistorizado»).
importa cuán desconcertantes a primera vista, son perfectamente acordes con su basamento socioeconómico. En otras palabras, por paradójico que pueda sonar, las características contradictorias de ese desarrollo deben ser comprendidas y explicadas en términos de la peculiar racionalidad de su carácter contradictorio objetivo, surgidas de su basamento real socio -históricamente determinado, en lugar de «justificadas» y «disueltas» como «inconsistencias» formales/teóricas desde la altura imaginaria de una «racionalidad pura» atemporal, autocomplaciente y completamente circu-lar. Después de todo, la razón por la cual el magistral intento de Hegel de dilucidar la profunda interconexión entre la «racionalidad» y la «realidad» debió tropezar con dificultades insuperables, no fue porque en realidad la relación misma no exista. Hegel tenía que fracasar a causa de la crasa viola-ción de su propio principio de la historicidad al congelarla racionalidad dinámica de la realidad en desenvolvimiento en la seudorracionalidad estática de un presente cerrado estructuralmente. E hizo eso en concordan-cia con el punto de vista de la economía política del capital, que convierte a la «racionalidad de lo real» en sinónimo de la realidad del orden estableci-do, dividida antagónicamente (y por ende es inestable por naturaleza pro-pia), pero que se ve eternizada sin problemas de modo desconcertante.
Y NO obstante, todas esas irracionalidades socialmente específicas, a pesar de la predisposición subjetiva de quienes las originan, son, a su pro-pia manera tan peculiar, a la vez racionales y representativas. Es así por-que surgen necesariamente de un basamento socioeconómico cuyas determinaciones estructurales fundamentales son compartidas, y percibi-das de una forma característicamente —pero en modo alguno caprichosa-mente— distorsionada, por todos los involucrados, sean ellos destacados filósofos, economistas, «científicos políticos», y otros intelectuales, o bien sólo participantes espontáneos en el «sentido común» prevaleciente de la cotidianeidad capitalista.
Ciertamente, no es posible hacer inteligible la «hegemonía» de la ideo-logía dominante en términos de su pretendido «poder autónomo». Ni siquiera si se está dispuesto a atribuirle un abanico de instrumentos materialmente ilimitado y diabólicamente perfeccionado. Antes bien, el régimen normalmente preponderante de la ideología dominante sólo puede ser explicado en términos de la base existencial compartidaa que acabamos de referirnos. Porque las inversiones prácticas constantemente reproducidas que genera el sistema socioeconómico establecido —para el cual las varias manifestaciones teóricas e instrumentales de la ideología dominante contribuyen activamente en el nivel apropiado— constituyen, en la paralizante contigüidad de su materialidad ineludible, la determina-ción más fundamental en ese respecto.
inversiones prácticas, de otro modo materialmente sustentadas y espontá-neamente reproducidas, como resultado de la crisis en cuestión.
LA CONCILIACIÓN DE LAS FORMAS IRRACIONALES
A FIN de comprender mejor esa intrincada relación entre las inversiones prácticas mistificadoras, las transformaciones abstracto/reductoras y las equivalencias formales absurdas, por una parte, y sus conceptuaciones tanto por parte del «sentido común ordinario» como de las sofisticadas síntesis teórico/ideológicas, por la otra, consideremos algunos de los princi-pales reguladores del metabolismo socioeconómico capitalista.
En ese respecto, quizá en ninguna otra parte resulte más ostensible la irracionalidad que nos ocupa que en el establecimiento de conexiones es -purias de igualdad formal entre entidades cualitativamente diferentes que,
prima facie, nada tienen que ver en lo absoluto las unas con las otras. Como lo expone Marx en una parte bastante difícil pero muy importante de El capital:
La relación de una porción del plusvalor, del arriendo (…) con la tierra es
en sí misma absurda eirracional, porque las magnitudes que aquí estamos midiendo la una frente a la otra son inconmensurables —un valor de uso
particular, un pedazo de tierra de muchos por muchos pies cuadrados, por una parte, y el valor, especialmente el plusvalor, por la otra—. Eso no expresa, de hecho, otra cosa que, bajo las condiciones dadas, el propietario de tantos pies cuadrados de tierra le permite al arrendatario arrancar una cierta cantidad de trabajo no pagado, que el capital que se revuelca en esos pies cuadrados como un cerdo entre las patatas, ha realizado. Pero prima faciela expresión sería la misma si uno quisiese hablar de la relación entre un billete de cinco libras y el diámetro de la Tierra.