UNIVERSIDAD DISTRITAL FRANCISCO JOSÉ DE CALDAS
FACULTAD DE ARTES ASAB
MAESTRÍA EN ESTUDIOS ARTÍSTICOS
ME RIO O CAÑO.
Transformación del río Arzobispo. Cinco relatos y creación sonora.
PRESENTADO POR: JUAN CARLOS CASTILLO BARRIOS TUTOR: RAFAEL MAURICIO MENDEZ
RESUMEN
Me rió o caño es un proyecto de creación investigación que da cuenta de algunas transformaciones que sufre el río Arzobispo a su paso por la ciudad de Bogotá y en determinados momentos de su historia. El relato narra los cambios del río a través de su relación con tres tipos de personajes: la mujer indígena, que presenció las primeras transformaciones en la época de la Colonia; el habitante de la calle, que vive en el río y el transeúnte, que vive en la localidad de Teusaquillo, en la parte baja del Arzobispo. La pieza narrativa le da la voz al río como personaje principal de esta historia para que sea él quien cuente sus vivencias y las de los tres personajes. Todo esto desemboca en una creación sonora basada en el río como partitura: otra forma de interpretar el río en el terreno del lenguaje musical y sonoro.
ABSTRACT
Me rió o caño is a project of creation research that tells about some transformations, that undergoes the Arzobispo river to his passage by the Bogota city, and in some moments of his history. The narrative find the changes of the river through his relation with three types of personages: the indigenous woman, who witnessed the first transformations in colony time; The homeless who lives in the river, and the passer-by who lives in the lower part of the river. The narrative gives the voice to the river as the main protagonist of this story, is the river who tells his experiences and those of the three characters. All this leads to a sound creation based on the river as a score: another way of interpreting the river in the field of musical and sound language.
RÉSUMÉ
TABLA DE CONTENIDO
I. INTRODUCCION ... 5
I.1 Presentación ... 5
I.2 El proyecto ... 5
I.3 El texto ... 9
II. CAPITULO UNO: ME RÍO O CAÑO ... 17
II.1. Letreros ... 17
II.2. Titulares de un asesinato ... 22
III. CAPITULO DOS: MI NOMBRE ... 28
III.1. El Arzobispo ... 28
III.2. Suex ... 32
IV. CAPITULO TRES: EL HABITANTE ... 43
IV.1. Ciudadela ... 43
IV.2. Carangas ... 45
Parche ... 48
Zabala. ... 50
Alfonsito. ... 50
El Llanero ... 51
Gardel ... 52
Pestes ... 54
Moribundos ... 57
Rehabilitación. ... 61
V. CAPITULO CUATRO: EL TRANSEÚNTE ... 63
V.1. El niño ... 63
V.2. Los niños ... 67
V.3. El capitán ... 72
V.4. Tras la pista de Carangas y otros habitantes. ... 78
V.5. Música sobre el río y otras intervenciones ... 85
Noche en Blanco. ... 86
Vicachá, el resplandor del agua en la oscuridad ... 89
VI. CAPITULO CINCO: EL RÍO COMO PARTITURA (Un juego) ... 91
VI.1 La idea. ... 91
VI.2 El juego, los jugadores y los juguetes. ... 96
El juego de Silvia ... 97
Amigos ... 101
VI.3 Tres aspectos de jugar al río como partitura ... 102
Incertidumbre y Azar ... 102
Lo serio ... 103
Las reglas del juego………...104
VI.4. Jugadores y juguetes ... 105
Juguetes ... 108
Jugador 2 ... 110
Mis juguetes ... 112
VI.5. La partitura. ... 113
Mapartitura Río Arzobispo. ... 116
Creación sonora ... 118
AUDIOS CREACIÓN 1 “El monstruo”. Interpretación 1. (CD A) ... 118
AUDIOS CREACIÓN 2 “Río perdido”. Interpretación 2. (CD A) ... 118
AUDIOS CREACIÓN 3 “Caño”. (CD A) ... 118
VIDEO CREACIÓN 1 “Río perdido”. (DVD) ... 118
VII. CONCLUSIONES ... 119
VIII. BIBLIOGRAFÍA ... 122
IX. GLOSARIO ... 128
X. ANEXOS ... 130
Anexo 1 Entrevista al Zarco (Audio en cd 1) ... 130
Anexo 2 Entrevista a Mahecha (Audio en cd 1) ... 141
Anexo 3 Entrevista a Germán Piffano (Audio en cd 1) ... 150
I. INTRODUCCION
I.1 Presentación
El abuelo me recogía en el colegio en la infancia y camino a casa cruzábamos el Parque Nacional (calle 39, entre carreras Quinta y Séptima), era una oportunidad para asomarse al río Arzobispo y atravesar su curso sobre un puente de madera que era parte del recorrido. Años más tarde, en la adolescencia, como prueba de valor frente a los amigos, ingresaba con ellos al canal del río y caminábamos sobre su curso pasando por debajo de la carrera Séptima, la carrera Trece, la avenida Caracas, entre otras vías bajo las cuales transcurre canalizado el río. Seguíamos su curso hasta la altura del Park Way (avenida arborizada en su centro por donde caminan los peatones mientras los automóviles circulan por los lados, que termina, o inicia según la perspectiva, en la calle 40 con carrera 24), para luego salir a la superficie nuevamente, antes de que el río siguiera su trayecto a la altura de la calle 45.
De un tiempo para acá y ejerciendo mi oficio de músico con agrupaciones de jazz y rock, he empezado a incorporar sonidos con la guitarra eléctrica en los conciertos, al manipular la señal sonora con efectos análogos. En ese momento, esto estaba fuera del contexto del repertorio que estaba interpretando, podría parecer ruido, pero lo incorporé simplemente porque quería plasmar de alguna manera, con los sonidos distorsionados, mi preocupación por diferentes coyunturas locales, una de ellas la contaminación y destrucción de las fuentes de agua. Durante los últimos años, en mi condición de transeúnte y habitante de la localidad de Teusaquillo, esto se me fue convirtiendo en una preocupación obsesiva por otro habitante de la localidad: el río Arzobispo.
I.2 El proyecto
cuenta de dichas transformaciones y relaciones en una pieza narrativa que toma elementos del lenguaje literario, para darle la voz al río como personaje principal de esta historia. De esta forma es él quien cuenta con su propia voz la vivencia y la de los tres personajes. La indagación sobre los cambios y transformaciones del río Arzobispo, fue generando otro tipo de creación basada en el río como si fuera una partitura: otra forma de interpretar el río en el terreno de un lenguaje musical y sonoro.
La indagación sobre esas transformaciones está marcada por los recuerdos de mi infancia y adolescencia en relación con el río. Mi relación con uno de los habitantes del río Arzobispo en mi edad adulta, constituye otro de los ejes narrativos de este trabajo. Es así como mi propia historia y vivencias personales, mis recuerdos, mi cotidianidad como habitante de la ciudad de Bogotá que se cruza permanentemente con el río en distintos lugares y momentos de la vida, motivan un relato que combina y se retroalimenta de dos lenguajes: el lenguaje literario (relato ficción) y el lenguaje sonoro, para contar las historias y vivencias del río que, a su vez, ha marcado la vida cotidiana de los habitantes del Distrito Capital en distintos momentos de la historia de nuestra ciudad.
Enmarcado en la línea de los estudios artísticos, este trabajo realiza una investigación – creación que se plasma en un texto narrativo que recoge los elementos propios del relato y en una creación sonora basada en la indagación de la transformación del río. Da cuenta de diferentes vivencias que sufre el afluente en la ciudad de Bogotá, durante su recorrido desde el lugar de su nacimiento y en su transformación (contaminación, canalización y casi desaparición).
internet, libros de historia de Bogotá, cartografía); elrecuerdo de mis propias vivencias en el río;
las conversaciones con mis tías abuelas, mi mamá y otros familiares que compartieron estas vivencias y permitieron completar un cuadro de experiencias; mis creaciones musicales en torno al río Bogotá y otros elementos urbanos, propuestas como creación que narran una experiencia; y,
las fotografías e imágenes capturadas en mis recorridos sobre el río y sus alrededores. Todo este material se revisó con la intención de identificar la historia del río Arzobispo y su transformación. El lector no se va a encontrar con una investigación formal en su estructura y escritura sino con una narrativa que va tejiendo elementos de ficción que darán cuanta de esta investigación.
El relato literario reconstruye entonces las vivencias del río a lo largo y ancho de diferentes momentos, siendo él el personaje que narra en primera persona su historia y su transformación en la ciudad. Este relato no es lineal, no busca reconstruir la historia del río cronológicamente para contar una sucesión de hechos sobre lo que acontece en un marco temporal determinado. Tampoco es un trabajo de memoria histórica en el sentido señalado por los historiadores, definida como el análisis de la “representación mental de un proceso social y cultural”1. Es decir, no busca examinar la forma en que un grupo de personas o una sociedad en una época determinada, representa al río en su mentalidad o en su imaginario. Este relato tampoco es una reconstrucción de la pluralidad de relatos sobre el río, ni es un análisis de los símbolos o lugares de la memoria que una sociedad consigna para perpetuar algunos aspectos de la historia del río en la ciudad. Este relato, por el contrario, recoge en gran medida mis recuerdos de infancia y experiencias en diferentes momentos de mi vida, incluido éste reciente proceso de indagación.
La Maestría en Estudios Artísticos de la Academia Superior de Artes de Bogotá (ASAB) desde sus inicios y en diferentes espacios, se ha preguntado y discutido sobre lo que implica una investigación–creación o una investigación creadora, generando múltiples respuestas. Algunos esperan encontrar en una tesis de estudios artísticos un producto final con la camisa de fuerza de los cánones estrictos de una investigación, como se desarrollaría en campos como las ciencias sociales, la historia o la filosofía. Y otros, le apuestan a que el contenido disciplinar y creativo sea suficiente para ser valorado por la propia maestría o los jurados.
1 (Sánchez, 2004, pp. 157-177)
Mi intención al presentar éste trabajo de una manera diferente a la de los textos académicos tradicionales, es dejar abierta la posibilidad de que un ejercicio de investigación pueda ser leído también por una audiencia no experta en el tema, desde mi abuelita y sus hermanas que vivieron en la proximidad con el río Arzobispo en sus años mozos, hasta los vecinos de la localidad que también lo han vivido en una época de reciente transformación. Este es el valor agregado que el proceso creativo aporta a la investigación, en la medida en que los lenguajes del arte permiten que los resultados de esta indagación se trasmitan para que puedan ser leídos tanto por los interesados en ese cuerpo de agua como objeto de estudio, como por los que deseen continuar con investigaciones sobre la materia. También que lo puedan leer quienes estén dispuestos a explorar una forma creativa que dé cuenta de una investigación determinada. Este propósito está en concordancia con la intención de la Maestría en Estudios Artísticos a la que se presenta este trabajo de grado.
Respecto al cuerpo del trabajo, no pretendo presentar un escrito con el canon propio de un estilo literario específico, pues no es ni ha sido ese mi oficio. Tampoco es una maestría disciplinar en literatura, ni en ningún campo especifico del arte. La creación sonora está basada en la indagación que se realizó sobre la transformación del río, por tanto, dicha transformación se toma como método para crear. En lo estrictamente disciplinar, que tiene que ver con la música, la creación está ligada a la práctica de la improvisación y experimentación sonora.
Aunque realicé interpretaciones como solista, la apuesta fue invitar a otros músicos para crear en colectivo: un diálogo entre dos intérpretes que enfrentan la transformación del río de formas diferentes. El primero, el investigador, y el segundo, el compinche preocupado con los recursos hídricos de la ciudad, dispuesto a escuchar de manera breve aspectos de la transformación y a realizar unas rondas por el río para que sea él, quien construya su propia interpretación.
Durante el tránsito por la maestría y específicamente en los espacios académicos de seminario, se presentaron productos a manera de relato y articulados con sus ejes temáticos y en algunos casos con un contenido experiencial en conexión con los autores y contenidos de la materia.
continué leyendo mientras la cursaba y durante la realización de este trabajo. Aunque estos no tienen que ver con mi objeto de estudio, se basaron en una investigación para ser escritos. Por ejemplo, intenté en determinado momento analizar aspectos de la estructura y narrativa de textos de la literatura a los que me aproximé durante la investigación. A la par con el quehacer musical quise darle vida al río, al mismo tiempo que transitaba al lenguaje literario a través de la lectura de diversos libros que nutrieron mi trabajo investigativo y creativo. Leí, por el placer de leer: “Los Miserables” (1862) de Victor Hugo; “El Perfume” (1985), “La Paloma” (1987) y “El Contrabajo” (1987) de Patrick Suskind; “Siguiendo el Corte” (1989) y “A Lomo de Mula” (2016) de Alfredo Molano; “Ensayo sobre la Ceguera” (1995) de José Saramago, la “Trilogía" (2012) de Ken Follet, “Vivir para contarla” (2002) de Gabriel García Márquez, "El País de la Canela” (2014), y “Urzúa” (2005) de William Ospina, y algunos cuentos cortos de Stephen King y John Bukowski, entre otros. Cada vez que empezaba a leer un libro, que una vez iniciado no podía cerrar, intentaba encontrar respuestas concretas a mis inquietudes sobre las formas de escritura, creyendo que las iba a encontrar reveladas al leer las páginas de esos textos, pero es posible que haya sacado un provecho inconsciente de ese proceso. Esa fue mi abrupta e improvisada experiencia para iniciar a escribir el texto desde la ingenuidad empírica.
De allí cada vez fueron más claras mis limitaciones, pero también mi intención de poder dejar un escrito que, además de dar cuenta de aspectos de la historia y transformación del río, pudiera ser también valorado por el círculo académico interesado en este objeto de estudio, en los productos de la Maestría en Estudios Artísticos o en la academia, o de interés de cualquier vecino del río. La hermana mayor de mi abuela, que me habló del pez capitán que solía pescarse en el río, me dijo: “mijo, cuando termine lo que está haciendo me lo deja ver”. Ese es el sentido de este relato en lenguaje literario y sonoro: despertar y responder a un interés general o particular sobre el río como parte del repertorio de la ciudad de Bogotá y de sus habitantes.
I.3 El texto
letreros, instalados por la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB) y algunos particulares, indican en su mayoría que oficialmente esa corriente de agua que pasa por ahí es en efecto un río, palabra que está señalizada en diferentes puntos y de diferentes formas. De otro lado, la noticia sobre un asesinato que ocurre en la zona y el cadáver de la mujer que es arrojado al río, genera una cadena novelesca de noticias en diferentes medios de comunicación que llaman la atención porque a diferencia de los letreros, no titulan al cuerpo de agua que baja por ahí como “río” sino como “caño”, en su acepción despectiva. Vecinos del sector se sienten identificados con la prensa y no con los letreros, ya que también ven a ese cuerpo de agua como un caño (asociándolo a receptáculo de deshechos).
Las herramientas que utilicé en la recolección de información para realizar este primer capítulo incluyeron recorridos por la ronda del Arzobispo, un registro fotográfico de su recorrido con énfasis en los letreros que lo señalan como río, desde donde cruza por la avenida Circunvalar hasta la carrera 30 donde desemboca. Adicionalmente hice una revisión de artículos de periódico y otros medios de comunicación, en relación al río Arzobispo, seleccionando los publicados entre el 7 y el 24 de febrero de 2015 en relación con el asesinato mencionado, para indagar sobre la mirada, y el sesgo, de los medios al respecto. También recurrí a otros textos como Memorias del agua en Bogotá, talleres de crónica (Sandoval, 2011) que menciona momentos específicos de la coyuntura del río.
Por otro lado, mantuve charlas con diversos habitantes de la cuenca, y recalco el formato de la charla porque no se hizo una entrevista formal estructurada, sino conversada con los habitantes. Algunas fueron registradas en audio y surgieron espontáneamente en la cotidianidad de los recorridos. La conversa que estalla cuando el diálogo se torna cálido y en confianza, permitió algunas expresiones de indignación y emoción respecto a la manera como estas personas ven el río, que no hubieran surgido en una entrevista formal y quedaron registradas en audio.
tienen que ver con el tratamiento que los habitantes y la administración de la ciudad le dieron al agua.
Por un lado, coincide con los tiempos en que su nombre muisca empezó a desaparecer para ser llamado “Arzobispo” con la llegada y adquisición de una parte del territorio por donde pasa el río por parte del prelado español Fray Luis Zapata de Cárdenas, quien implementó un catecismo disciplinador que afectaría la vida de los habitantes de la Bogotá de entonces. Y por otro lado, ese rango de tiempo está comprendido en la época de la Colonia, en la que los habitantes originarios de la ciudad empezaron a cambiar su relación con el agua.
Para construir este capítulo recurrí a fuentes históricas como “El Carnero” (Rodríguez Freyle, 1638), “La historia del agua en Bogotá” (Rodríguez Gómez, (dir. investigación), 2003), “Disciplina y disciplinamiento social en el Catecismo de fray Luis Zapata de Cárdenas (1576)” (Marín, 2012)”
Del término “disciplinamiento” no pretendo hacer un estudio sobre la manera como ha sido utilizado, más bien extender sus implicaciones a la historia del río y afirmar a partir de ahí que el río también fue disciplinado.
El lector encontrará una creación narrativa donde el río cobra voz propia para contar lo que ha vivido, sufrido, sentido y de lo que ha sido testigo, basándose en hechos de la historia bogotana en esa línea de tiempo. Esta voz estará presente en buena parte de los otros capítulos. Además, aparece un personaje: una mujer indígena que describe su relación con el río. De la multiplicidad de rituales que tienen que ver con el agua en el pueblo muisca, se escogen tres que narra el río en su mutua relación con la mujer.
hasta su vida en gallada*2 y su identificación con él. Cabe anotar que al contrario de otros pobladores de la cuenca, éste ve al río como afluente y no como caño.
El capítulo contiene en orden de importancia: la vida del habitante de la rivera, su relación con el río, y aspectos de la historia del Arzobispo, especialmente a finales del siglo XIX cuando llega a un punto álgido de su deterioro y transformación.
Para construir este capítulo reconstruí los relatos que me había contado Jaime alias Carangas ―el habitante― durante muchos días y noches cuando nos conocimos en un centro de rehabilitación a mediados de los años Noventa. Me dediqué por varios años, al tiempo que estudiaba música, a apoyar gente con problemas de drogadicción, especialmente habitantes de calle. De muchos de ellos había escuchado con detenimiento sus relatos, sin saber que algún día escribiría sobre esto. Todos los personajes del círculo del habitante del río, que aparecen en el relato son reales y todos tuvieron que ver de una u otra manera con mi propia historia. Los hechos son producto del relato y en efecto ocurrieron. Ayudaron a reconstruir la historia del habitante del Arzobispo.
El habitante Carangas era un personaje absolutamente histriónico, con la habilidad del culebrero para mantener una audiencia embelesada por horas. Ponía la mano del que lo escuchaba en su antebrazo, justo donde le había quedado una bala incrustada, o en el parietal derecho donde tenía un pedazo de proyectil de otra historia, y a partir de ahí empezaba a contar las circunstancias en que ese pedazo de plomo había quedado incrustado en su cuerpo. La narración que escuché durante días y noches, cobra vida en este trabajo poniendo especial énfasis en lo que le sucedió al habitante cuando vivió en el lecho del río.
A pesar de que esta historia del habitante ocurrió en los Noventa, continúa repitiéndose hoy día. Es por eso que la parte creativa ficción se mueve en el tiempo, y ubica a los personajes en la actualidad y los relación con el momento del desalojo de la zona conocida como el Bronx, de donde migraron efectivamente algunos personajes, llegando en masa al río San Agustín, y uno que otro al Arzobispo.
Por otro lado, el personaje sin nombre que entrevista el periódico El Tiempo a comienzos de 2015, dice que llevaba años habitando el río, buscando en su corriente y en su orilla lo mismo que buscaba Carangas: “… un lugar donde vivir”.
Mientras realizaba esta investigación creación, le seguí la pista a Carangas durante dos años. El primer descubrimiento que hice fue constatar que estaba vivo: a mediados del año 2015 fue visto por mi amigo Juan Roldán, psicólogo que trabaja desde una fundación dedicada a la rehabilitación de fármaco-dependientes, quien le dio la mano en su primer proceso de recuperación durante los Noventa. Otra fuente fue su compañero de cambuche* “Zabala”, a quien encontré en el centro de Bogotá, y me confirmó que estaba vivo, pero no sabía dónde. Intenté mantener la conexión y diálogo con Zabala pero fue muy difícil, estaba bastante deteriorado física y mentalmente. Si “Carangas” fue visto vendiendo cosas en un semáforo, como lo hacía cuando estaba fuera del “bazuco”, es probable que esté bien o que haya estado bien.
Indagué con un tercero, que no tenía relación con el río, pero que era un gran conocedor de todo lo relacionado con la calle del Cartucho, por sus investigaciones y su reciente película basada en archivos e historia de vida de uno de sus habitantes: “Infierno o Paraíso” (Piffano, 2014). Él habló de un Carangas mítico en esa calle y de su famosa destreza con el cuchillo.
Finalmente contacté a los habitantes de calle que viven en el río, en diferentes parches a lo largo de su rivera, intentando seguir la pista de Carangas.
El cuarto capítulo titulado “El transeúnte”, da cuenta de mi relación en calidad de investigador con el río en dos momentos: el primero, en el que hago una reconstrucción de las experiencias vividas durante mis recorridos por el río a la edad de 6 y 7 años; y el segundo, en el que relato aspectos de esos mismos recorridos, durante la realización de la investigación y algunos momentos de relación indirecta cuando tenía 18 años.
El segundo momento, escoge algunas vivencias durante los recorridos que realizaba para recolectar la información, herramientas de recolección y estrategias metodológicas. También contiene la reconstrucción de mis recuerdos de los 18 años, de vecinos de la localidad y de habitantes del río. Esto lo presento a manera de relato y de diálogos.
Aunque intenté reconstruir y constatar datos de la vida del Carangas en el tercer capítulo, los hallazgos fueron más lejos y se pueden sintetizar en tres aspectos de la vida del y en el Arzobispo. El primero, da cuenta de sus transformaciones y sus efectos en los rastros de un habitante que se pensaba extinto: el pez capitán. El segundo, identifica diferentes asentamientos de habitantes de calle relativamente consolidados en el tiempo y en el espacio a lo largo del río, dando cuenta de las formas de relación entre el territorio y un grupo social particular. Y el tercero, se refiere a la persistencia de un tipo de habitante de calle asentado en el río, que dio continuidad a otros Carangas, con el mismo seudónimo, similares situación y modalidades de llegada al río, parecidas casi en todo a la del protagonista del tercer capítulo, lo que es indicio de la existencia de ciertos patrones de la habitabilidad en calle en Bogotá.
En este capítulo reflexiono de forma crítica sobre las experiencias, ingenuidades y dificultades en el proceso de indagación en calidad de investigador, reflexiones que dan cuenta de los retos que enfrenta un músico-creador para explicarse una realidad particular de una manera diferente a la que caracteriza su disciplina.
Para la construcción de este capítulo, realicé diversos recorridos, en los que parte de esta observación la registré en un diario de campo en el que incluí fotografías, diálogos con vecinos del río, así como acercamientos, entrevistas y grabaciones de vídeo y audio con los habitantes (en este caso habitantes de calle: con el Zarco y Mahecha, entre otros).
El quinto capítulo, denominado “El Río como partitura”. Es relatado en la voz del investigador. Recoge los pasos que se siguieron para la creación sonora y el desarrollo de la idea.
Visto como un juego, el acto creativo y el acto de interpretar un instrumento, donde los músicos son los jugadores y van a jugar al río como partitura. Para ello llevan sus juguetes, en este caso instrumentos musicales, para el diálogo creativo que está basado en experimentación, improvisación y síntesis sonora.
La “Creación Sonora”, está en formato de audio (CD), contiene varias pistas de música y de diferentes momentos de la interpretación y un video que da cuenta del momento creativo, los cuales constituyen un componente fundamental en el capítulo.
La partitura no es un anexo. Contó con el apoyo del dibujante Alex Aldana. De esa manera se pudo pasar de los trazos bruscos a un dibujo más elaborado, que da cuenta de aspectos y hallazgos de la investigación. La partitura, aunque fue concebida como parte del método para crear, va más allá y no solo pretende integrar a músicos en torno a la creación sonora, sino que además arroja información importante de algunos hallazgos y recorridos por el río para el que esté interesado en el tema. Es decir que puede ser tanto mapa como partitura: una mapartitura.
Esta creación sonora siempre va a ser diferente en cada concierto y en cada grabación, a pesar de que se trate del mismo río y la misma partitura. El lector podrá conocer algunos detalles en el quinto capítulo la forma en que se gestó la creación.
II. CAPITULO UNO: ME RÍO O CAÑO
II.1. Letreros
Aquella mañana volví a bajar haciendo el mismo recorrido de siempre. No recuerdo cuántas veces lo habré hecho, solo que esta vez decidí fijarme en unos letreros que hasta ahora había ignorado. Apenas bajaba los cerros orientales y justo antes de pasar la avenida Circunvalar estaban los primeros que noté. ¿Cuánto tiempo llevarán ahí? No lo sé.
Justo en ese lugar, que es un predio del acueducto, hay una casa con el letrero de dirección informal, diferente en su diseño a las que rotulan calles y carreras de la ciudad, que dice: “Avenida Circunvalar 38–10, Arzobispo”, y debajo un pedazo de tabla con un letrero a mano anuncia que “se vende miel de abejas”. Al lado de la reja de la casa un letrero viejo, en latón oxidado señala que hay una estación pluviométrica: “Río Arzobispo-Parque Nacional. Fecha de instalación: marzo de 1989”.
Unos pocos metros más abajo y justo antes de cruzar la avenida Circunvalar, hay una valla grande, también de hojalata, con un letrero del Acueducto que reza:
CUENCAS DE LOS CERROS ORIENTALES: Área de reserva forestal protectora. Predio Arzobispo-Río Arzobispo. “Estos bosques producen el agua y el aire para Bogotá, ayúdenos a protegerlo.
Me río.
________________________________________________________ Foto 1: Predio del Acueducto, avenida Circunvalar 38-10, río Arzobispo. Foto: Juan Carlos Castillo, octubre 2015.
A unos metros de la valla y de los maderos hay otro letrero, este sí solitario y sin aclaraciones de nada, dice solamente “río Arzobispo”. Está un poco distante de los otros tres letreros. Al igual que los anteriores, mira al Parque Nacional que comienza justo pasando la avenida Circunvalar, y como sin querer parece que miraran más allá de la invisible frontera donde termina el verde del cerro y abruptamente comienza el gris de Bogotá. Un verde, en un país donde el verde es de todos los colores. Y también de todos los grises.
__________________________________ Foto 2: Diagonal 40ª, carrera Séptima. Foto: Juan Carlos Castillo, junio 2016.
Sigo bajando por la calle 39 hasta que encuentro otro letrero idéntico sobre la carrera 13, junto a la cabeza en bronce del general Antonio Baraya con el letrero aclaratorio: “Mártir de la patria”, cagado por palomas.
Unos 30 metros más abajo, en la avenida Caracas, más amplia y ruidosa que las otras dos, no veo letrero alguno sino solo el grafiti de letras gigantes, pintado en la pared de un lavadero de carros que había visto muchas veces. Estas letras no habían sido puestas por la alcaldía local como las otras. Aun intentando ignorarlas, parecen decirme: “usted da asco”.
Sigo cruzando rápidamente la Caracas, hasta encontrar el siguiente letrero, andando ocho cuadras hacia abajo, por ese pedazo de Bogotá, en pleno corazón del barrio La Soledad y justo sobre la ciclorruta construida en su ribera, en la carrera 22 con calle 39. El letrero dice: “Transite con precaución-Río Arzobispo”.
advertencia debería ser más explícita y hablar del acecho de alguno de los carangas*3 que en cualquier momento pueden salir del río. ¡Sí, esos carangas con los que convivo!
El siguiente letrero está apenas un par de calles más abajo, justo en la esquina de la carrera 24 con calle 45, donde suelo cruzar ligeramente hacia el norte para entrar al barrio Belalcázar y donde termina el Park Way. En ese punto un poco más abajo hay un letrero muy pequeño con una flecha que me apunta y dice “Canal del Arzobispo”.
Al fin qué: ¿río, canal?
Mi recorrido sigue por el barrio Belalcázar y finaliza en la carrera 30, otra inmensa avenida, que puede sonar más duro que la misma Caracas. Como un gran murmullo, un conglomerado de fábricas, transmilenio, carros, aviones y personas que van de un lado a otro en direcciones diferentes. Y he venido escuchando ese gradual in crescendo del progreso.
Me detengo en el punto que dice “canal" a revisar los papeles que había recogido en el camino. Todo tipo de papeles, desde papel kraft y regalo, hasta una variedad de papeles higiénicos. También viejos cuadernos de apuntes, cartulinas, papel aluminio arrugado, radiografías de huesos y hasta pañales de adulto. Pero de toda esa gama de hojas, impresos y demás, me fijo en el papel periódico. Así me di cuenta en dónde estaba inmerso: las figuras más importantes, esas que nunca o casi nunca arriman por estos lados, esa gente de la política, la parapolítica, el narcotráfico, las novelas, las mafias, la economía, las guerras, los deportes, los reinados y hasta las religiones. Y fue en un periódico de esos donde me encontré, para mi sorpresa, posando junto a la gente del jet set. En esa noticia no me llamaban río ni canal, como indican los letreros que imagino fueron puestos por los que administran el agua de la ciudad. Me llamaban caño.
________________________________________________________ Foto 3: Río Arzobispo, barrio Belalcázar en terrenos del parche de la Finca. Foto: Juan Carlos Castillo, junio 2016.
¿Caño? ¿Como Caño Cristales, el de los cinco colores? ¿Ese que define el diccionario como “chorro de agua u otro líquido”?4; ¿o caño de cañar?, ¿quizá referente a engañar y a decir mentiras? ¿A tramar en un juego? ¿Como tramar o jugar a que soy un río, cañar de río cuando en realidad soy otra cosa?
Me desbordé por completo cuando me di cuenta que para la ciudad yo era un caño en la acepción horrible y despectiva, no como Caño Cristales ni como el caño de cañar en el juego, sino como el caño que proviene de cañería que para los de la ciudad significa algo asqueroso: un receptor de inmundicias, de aguas sucias y putrefactas.
Me sentía revuelto por dentro, inmerso en una corriente turbia que me bajaba desde el nacimiento, se arremolinaba antes y después de cada caída, para revolverse con todo lo que encontraba a mi paso en la profundidad.
II.2. Titulares de un asesinato
La noticia decía: “Video: La prueba del macabro asesinato de la joven hallada en un caño”5. En el titular no mencionan qué caño es, pero soy yo. Me di cuenta porque hablaban de algo terrible que nos sucedió a mí y sobre todo a la estudiante de auxiliar de vuelo, Ana Milena Torres que arrojaron en mi lecho arriba de la carrera 19, y a escasos metros de donde está el letrero en vivas letras: “Río Arzobispo”. Más adelante, en el desarrollo de la noticia sí me mencionan, y a uno de mis habitantes sin nombre que fue testigo de los hechos: “Hasta el habitante de la calle estaba conmocionado porque nunca había visto algo similar en los años que llevaba durmiendo en el caño del río Arzobispo. ‘Yo no escuché, ni vi nada raro en la noche. Solo vi unas bolsas extrañas a las 8:30 a.m.’, le dijo el testigo a los oficiales de policía…”
Revisé otros periódicos de esos días referentes al mismo asesinato de la joven Ana Milena. Siempre me llaman caño. También miré otros medios de prensa que cubrían la noticia y en todos me llamaban ¡caño! Desde el hallazgo del cuerpo, la investigación, las hipótesis, y hasta la captura del sospechoso, los medios siguieron la noticia como una novela, buscando pescar al espectador en su red para hacerlo esperar el siguiente capítulo, en el que sin excepción me
seguirían llamando caño. Cuando anuncian que capturan al presunto asesino de la joven que hallaron en mis aguas, se refieren a Alexander Ulloa, vigilante de la Filarmónica de Bogotá, institución que está a escasos metros por donde yo paso.6
En el fondo ya sospechaba en lo que me habían convertido. Lo sabía desde hace mucho tiempo, pero me lo había negado, lo había tapado, me daba terror sacarlo a flote. Lo empecé a hacer desde
ese día. Tenía que ir a los más profundos momentos de mi metamorfosis para sumergirme en las partes más turbias de los abusos por los que tuve que pasar para que me convirtieran en un caño, de cañería. Me preguntaba si fueron como los abusos por los que tuvo que pasar mi habitante para terminar debajo del puente, y al que ni siquiera el diario El Tiempo se tomó la molestia de preguntarle su nombre. O lo que sufrió Ana Milena antes de ser arrojada a mi lecho. Me preguntaba ¿En qué momento pasé de río a caño?, ¿alguna vez fui río?, ¿cómo una persona pasa para los otros habitantes de la ciudad de ser persona a ser un desechable?
El de esa joven estudiante, aspirante a auxiliar de vuelo, no era el único asesinato donde el cuerpo fue a parar a mi cauce. Pero ese fue el que escogí, porque era el más reciente.
Ahora recuerdo. Hubo otros asesinatos que también cubrieron los medios de comunicación. Recuerdo el de Calidoso, lo recuerdo bien porque era mi habitante. Cómo olvidarlo. Le prendieron candela. Sí ¡los desgraciados lo quemaron vivo!: no tuvo el mismo despliegue novelesco que Ana Milena. Sin embargo, las noticias hacían énfasis en la cercanía con la Universidad Javeriana. Como sí lo terrible del caso no fuera la sevicia con que lo mataron, sino la cercanía del suceso con esta universidad. Ahora que recuerdo, cuando prendieron a Calidoso en el periódico también me llamaron caño. Una parte de la noticia decía:
El 39 por ciento del cuerpo de Calidoso ardía en llamas después de que desconocidos le rociaron gasolina y le tiraron un fósforo, mientras dormía en el caño de la calle 39 con carrera 7.ª, su hogar desde hacía varios años.7
Busqué también otros papeles que hablaran de mí, no importa qué dijeran, solo me interesaba que no fueran periodísticos. Tenía la certeza de que usaban caño porque les resultaba más amarillista: arrastraba más que cualquier río, y en eso de arrastrar masas, como yo arrastro desperdicios, sí que son expertos los medios.
Por desgracia no era eso, y todos mis líquidos se me revolvieron aún más cuando leí lo que escribió uno de esos que han escrito algo sobre mí. Se confirmaba la desgracia que no había querido ver. El texto tiene este subtítulo: “De cómo el Arzobispo llegó a ser más conocido como caño que como río por los habitantes de Teusaquillo y de La Soledad afectados por sus niveles de contaminación y por obras de valorización que no comparte la comunidad”.8
Creí que iba a decantar con claridad mi transformación, pero quedaba mucha agua por correr. Además menciona que Cordovez Moure, el cronista santafereño, da cuenta en sus Reminiscencias de Santafé de Bogotá, de cómo nos arrojaban basuras los habitantes del sector en el siglo XIX, y según eso, para entonces ya me llamaban caño: “…en esa época los vecinos arrojaban las basuras
e inmundicias a los caños, en donde permanecían estancadas hasta que un fuerte aguacero las arrastraba a las afueras de la ciudad.” 9
Ahí también se hace mención a la demarcación del Parque Nacional y a la construcción del barrio Teusaquillo en la década del 30, que no son las únicas obras que me han agobiado. Porque no han parado de construir, de repavimentar, cambiar tuberías en mis alrededores, como la obra que se realiza en pleno 2016.
También me fijé en un transeúnte que realizaba recorridos por mi orilla cuando era niño. Él los suspendió por mucho tiempo, pasaba muy esporádicamente hasta que en los últimos años empezó a pasar más a menudo. Además de caminarme, recorrerme y fotografiarme, este transeúnte hacía la charla con habitantes del sector sobre lo que pensaban de mí, y cómo me veían. También encontró que al igual que para los grandes medios y a pesar de los letreros regados en mi recorrido, que veían todos los días, para ellos yo seguía siendo un caño. Él les hablaba del río Arzobispo, y no entendían hasta que caían en cuenta y decían “¡ah! usted me está hablando es del caño” o se quedaban pensando por un momento cuando les hablaba de río, “¿cuál río?, ah, el caño” y le corregían con la propiedad del que sabe y domina un tema: “eso no es un río es un caño”.
Siempre me pensé como río.
Eso se lo repetían los habitantes del sector con los que habló, excepto uno de ellos que no vestía como ellos, ni era como ellos, ni comía lo de ellos, ni tenía lo de ellos y me refiero a los vecinos del sector de Teusaquillo y La Soledad. Era otro carangas, muy parecido al testigo que entrevistó el periódico. Dormía a mi lado, se bañaba con mi agua, y nunca se me separaba por voluntad propia, sino por un fuerte torrente y crecida de agua o desalojo de las autoridades. Ese habitante fue el único que se refirió a mí como un río.
¿Por qué para él era un río y para los otros caño? Para mí, él no era un desechable o un desecho como los que me botan, y para él yo no era un caño. Tal vez era el momento de mirar más a
fondo en la vida de alguno de esos que vienen a vivir en mi ribera, incluso en mi lecho, cuando estoy medio seco y hago playa. Acaso quién conoce mejor el panal que las abejas.
Pero antes de meterme a reconstruir un pedazo de la historia de vida de ese ser que llegó a vivir a mi lado para mirar nuestra relación, y aceptar que era otro desgraciado como yo, debería ir mucho más atrás, al momento confuso en que me empezaron a llamar Arzobispo.
III. CAPITULO DOS: MI NOMBRE
III.1. El Arzobispo
No recuerdo en qué momento me bautizaron Arzobispo. O me rebautizaron porque tenía otro nombre que se llevó el río. Puedo suponer que mi nombre muisca, con su respectivo significado, era parecido al de otros cuerpos de agua de los que sí sobrevivió su nombre y significado como “Siecha, Siatá (la labranza del agua), Suasia (el agua del sol), Siachoque (el trabajo del agua)”10.
Lo que sí recuerdo es a Santa Fe de Bogotá en sus inicios: construida en medio de varios cuerpos de agua. Tenía al río Vicachá, rebautizado San Francisco, como límite al norte, y San Agustín o Manzanares, el río que limitaba al sur. Yo me encontraba más al norte de Vicachá y Fucha (mujer), un poco más al sur del San Agustín. A Fucha no la enterraron como lo harían más adelante con Vicachá pero tampoco escapó a la suerte que corrimos todos. Desde Vicachá hasta donde yo pasaba había solo 2.9 kilómetros, por la antigua ruta al norte, o ruta de la sal, que luego sería conocida como carrera Séptima; se pasaban tres quebradas: la de la carnicería de Las Nieves, la de San Diego y la de Tequendama.
10 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 40.
También se menciona como nombre Neuquen: (“El indígena río Neuquen convive con nombres como Juan Amarillo y Arzobispo producto de la etapa colonial o río Salitre de la época republicana; por su parte las instituciones tienden a utilizar el nombre de “canal” denotando de esta manera un conjunto de relaciones funcionales que marcan la interacción entre la modernidad urbana y el ambiente". (Vargas Lamprea, 2012, p. 79).
_________________________________________________________ Mapa 1 Quebradas en Bogotá. (Carrasquilla Botero, 1989, p. 27).
Las tierras regadas por mi caudal, ubicadas al norte de Bogotá, fueron rápidamente repartidas en la Conquista, pasaron a manos de Pedro Núñez de Águila y Juan de Valencia a Pedro Vélez y los
capitanes Carlos de Molina y Luis de Colmenares, que finalmente le vendieron al arzobispo Fray Luis Zapata de Cárdenas11. Y fue por ese dueño y señor que la gente me empezó a relacionar con el nombre de Arzobispo.12
El arzobispo Zapata de Cárdenas dio varias vueltas antes de establecerse en Santa Fe de Bogotá. Nació en Llerena, Extremadura (España), donde inició su camino religioso como franciscano. En 1560 pasó por Perú, donde fue comisario y nueve años después, el rey Felipe II lo envió a Cartagena de Indias, pero en vista de la muerte del obispo de Santa Fe, el rey le otorgó el arzobispado de Santa Fe de Bogotá, en 1573.13
Mirando al sur estaba Vicachá pero entre los dos estaba el territorio de Las Nieves. Fue donde el arzobispo fundó la parroquia de Nuestra Señora de Las Nieves, y hacia el sur del río San Agustín la de Santa Bárbara en 1585. Los que llegaron después de Quesada a continuar la toma de estas tierras, seguían las ordenanzas de las leyes de los Reinos de Indias de poblar cerca del agua y establecerse en las mejores tierras: “Los sytios y plantas de los pueblos se elijan en parte adonde
tengan el agua çerca y que se pueda deribar para mejor se aprovechar della”14. También “Fray Pedro Simón y Lucas Fernández hacen énfasis en el agua como determinante de la elección del lugar”15.
Cuando el arzobispo desembarcó en estas tierras traía consigo una cabeza de mujer, pero no para deshacerse de ella en mis aguas, como lo harían con personas y otras partes de cuerpos siglos después, sino para invocar como patrona de la ciudad su protección para estas tierras. Desde la llegada de los conquistadores se sufrieron pestes, heladas, temblores y plagas. La santa cabeza, que estuvo en los hombros de Isabel de Hungría, luego canonizada, no solo no nos protegió de
11 Serna y Gómez (2011, p. 45).
12 La otra versión del nombre del río Arzobispo afirma que el nombre se debe al arzobispo Caballero y Góngora. Comité Promejora del canal de la ronda del río Arzobispo (2008). Sin embargo, parece más fidedigna la versión más difundida porque fue en esa época que rebautizaron muchos ríos y de la investigación adelantada por Serna y Gómez (2011) se derivan hechos factuales de mayor peso para confirmarla.
13 Rodríguez Freyle (1638). 14 (sic) Felipe II (1573).
esos males, sino que presenció el comienzo de otras muchas desgracias desde la caja de plata en la que la guardó el arzobispo.16
El otro tesoro que traía en su equipaje además de la reliquia de la santa era un catecismo, conocido como el Catecismo de Fray Luis Zapata,17 que más allá de un mecanismo de conversión religiosa, sería una herramienta de disciplinamiento para los indígenas de esta parte del territorio del Nuevo Reino de Granada.18 Este catecismo era un manuscrito redactado por el arzobispo, el mismo año de su llegada, que contenía la forma en que debían proceder los sacerdotes en su misión evangelizadora. Fue copiado a mano, de un sacerdote a otro, para arrastrar, enlodar y finalmente desaparecer muchos significados y comportamientos del pueblo muisca. Similar a cuando los que bajábamos de los cerros y regábamos el valle de Bacatá, nos rebotábamos, nos desbordábamos, arrastrando piedras, árboles, cultivos y personas, hasta fundirnos con los otros ríos. Así mismo el catecismo arrastraba las costumbres muiscas.
Una de las indicaciones del catecismo consistió en armar parroquias con el fin de ubicar a los indígenas en pueblos, en lugar de caseríos sueltos y dispersos, lo que hizo más fácil el disciplinamiento y la conversión de los supuestamente salvajes. También ordenaba castigo para el que intentara hacer rancho aparte. Los ritos y santuarios debían ser a toda costa arrasados, y los que nadaran contra la corriente disciplinadora serían encerrados en celdas con barrotes que el
16 Rodríguez Freyle (1638). Vargas Lesmes (2007, pp. 157-158).
17 “CATECISMO EN QUE SE CONTIENEN REGLAS Y DOCUMENTOS PARA QUE LOS CURAS DE INDIOS LES ADMINISTREN LOS SANCTOS SACRAMENTOS. CON ADVERTENCIA PARA MEJOR ATRAELLOS AL CONOCIMIENTO DE NUESTRA SANCTA FE CATHOLICA, ―FECHAS Y ORDENADAS, EN ESTA CIUDAD DE SANTAFFE POR EL SEÑOR DON FRAY LUIS ÇAPATA DE CARDENAS, SEGUNDO ARÇOBISPO DESTE NUEVO REYNO DE GRANADA, Y PROMULGADAS A PRIMERO DE NOVIEMBRE DE 1576 AÑOS.
(*) Según la transcripción hecha por J.M. Pacheco y publicada en Pacheco, J.M. En ECCLESIASTICA XAVERIANA VIII-IX (58-59), pp.163-166; 176-181.
El. P. Pacheco precisa que la edición fue hecha de una copia de 1626 debida de Alonso Garzón de Tahuste, copia que se encuentra en el Archivo del Colegio de San Bartolomé de Bogotá.” Constituciones (1985).
mismo arzobispo ordenó construir.19 Y así llegó el catecismo del arzobispo a perfeccionar la vida de los indígenas porque había que salvarlos a toda costa.
¿O tal vez condenarlos?
El disciplinamiento a través del catecismo se ejerció sobre el pueblo muisca porque era necesario librarlos de la condena. Fray Luis Zapata, reconocido como “gran perseguidor de ídolos y santuarios”20, continuaba con el trabajo que había empezado su antecesor, el arzobispo Fray Juan de los Barrios y de esta manera el significado del agua para los muiscas así como sus prácticas eran arrasados por la corriente catequizadora. El castigo en los cuerpos de los indígenas se aplicaba al que se resistiera al disciplinamiento. Los cuerpos de agua no fuimos ajenos a este castigo, también seríamos disciplinados: “En el s. XX este río terminaría siendo canalizado entre paredes de ladrillo en línea recta continuando con ese proceso de disciplinamiento como cuerpo de agua transformación / metamorfosis / cambio”21.
Ese Teusaquillo como llamaban los indígenas de la laguna gigante, hogar del pez guamuhyca conocido después como capitán, a lo que fue Bogotá, que se extendía hasta Vicachá, se fue secando para construir cuatro siglos después los barrios: Nicolás de Federmán, la Esmeralda, Galerías y Pablo Sexto, que también fueron parte de mi territorio.22
III.2. Suex
Por la época del arzobispo cada vez venían menos mujeres al río, tal vez por eso recuerdo cuando llegó Suex. Ella era indígena, del pueblo muisca. Fue de las últimas mujeres que alcanzaron a escapar del disciplinamiento. Un día Suex se me fue acercando. Como vivía cerca en la zona de Teusaquillo, salió por el camino de la sal que llevaba hasta Usaquén, Zipaquirá y Tunja. Apenas llegó al borde caminó por la rivera bajo los árboles hasta donde comenzaba la pendiente del
19 “Con base en el principio de que sin castigo no se puede remediar los vicios, el arzobispo ordenó la construcción en cada doctrina de una prisión con celdas” (la nota al pie 48 cita a Zapata de Cárdenas. Catecismo de fray […], cap. VIII. De las prisiones. Manuscrito BPRM, fol. 267r.” (Marín Tamayo, 2012, p. 14).
20 Rodríguez Freyle (1638).
21 Serna y Gómez (2011).
monte por donde baja mi corriente. Venía sola con la barriga inflada, estuvo apenas unos momentos metiendo los pies entre mis aguas, hasta que los dolores de parto le indicaron que era el momento de entrar a una parte más profunda.
Se ubicó entre piedras donde el agua hace pozo, se acurrucó y en esa posición pujó y pujó, hasta que alumbró a una niña.23 Al sacarla del agua escuché su llanto que se mezclaba con el golpe de mi flujo contra las piedras y con los sonidos de pájaros, el croar de las ranas y el ulular del viento. Suex contempló la niña por unos segundos, la besó y después del primer arrullo, cortó el ombligo y luego se bañaron juntas. Limpié a la madre y a la niña, igual que lo hice con la madre de Suex cuando nació, y con su abuela y su bisabuela, su familia y todos sus antepasados.
La niña se durmió después de mamar. Suex empapó un trozo de tela con leche como se hacía en los partos, lo enrolló, lo apretó, y lo arrojó al río. Sus hermanos estaban atentos al momento en que entrara al agua el rodillo, para arrojarse nadando hasta agarrarlo de nuevo. El rollo no se había deshecho, ni había sido revolcado por la corriente antes de ser agarrado por los hermanos: era la prueba premonitoria de la buena vida que tendría la niña. Esa nueva noticia daría inicio el festín de nacimiento, y varios invitados al festejo hicieron su ofrenda a la diosa Sué (agua), cortando cabellos del niño y arrojándomelos.24
Suex venía al río frecuentemente, era algo que le gustaba, con la múcura encima para llevar agua, y naturalmente también vino cuando dio a luz y en el ritual de pubertad, siempre venía. Mucho más cuando empezó el disciplinamiento. Se escabullía al ver llegar el séquito del arzobispo para el responsorial, ese interrogatorio para confesar sus nexos diabólicos con el agua.25
Uno de esos días de arrullos, besos y alegrías a la niña, mientras la mantenía en el pecho, fijó su mirada al piso justo donde el agua lame el borde y vio una rana verde con el lomo bordado de
23 Respecto a los partos de los muiscas en el río, Patiño (1990) habla sobre las costumbres higiénicas de los indígenas y cita al cronista Fray Pedro Simón: “No se han hallado parteras en esta tierra, porque no son menester. Antes cuando van a parir, huyen si pueden de la gente y se van a esconder cerca de un río, para en pariendo entrarse en él a lavarse con su parto” (Simón, 1981-1982, I, 157; III, 399).
24 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 40.
pepitas blancas cerca a los dedos de sus pies. La ranita la miraba fijamente con sus ojos gigantes. Se contemplaron por unos minutos con calma. Sin perder la concentración y escuchando con tranquilidad los sonidos del agua, el viento y el de otras ranas escondidas que croaban con fuerza. Hasta que la rana se fue poniendo en posición de salto como si le fuera a brincar encima a ella o a la niña. Entonces sintió temor. Envolvió a la niña en la tela y la protegió con sus brazos, se puso de pie y bajó hacía el caserío bordeando el río. Las otras ranas en mi orilla también se situaron en posición de salto y miraron a Suex a medida que se alejaba.
Cuando la rana se pone en posición de salto es un indicio premonitorio de lluvias o aguaceros y era lo que quería evitar Suex, por eso quería cubrir a la niña con el calor de su cuerpo. En aquel entonces nunca me imaginé que la rana se iba a extinguir de mis orillas y que su recuerdo solo quedaría en la marca del Acueducto de Bogotá siglos después. Lo que significaba la rana para el pueblo de Suex, se lo fue llevando un torrente turbio de disciplinamiento que arrastraba a su paso la forma en que el pueblo se había relacionado con el agua durante siglos. La rana anunciaba algo según su posición: si estaba recogida significaba que venía la sequía, si estaba extendida significaba "felicidad en los bienes de las cosechas y los bienes de la casa, el croar de las ranas les anunciaba la cercanía de las lluvias necesarias para los cultivos”.26
Cuando dio a luz no era la primera vez que la indígena había venido con solemnidad. Un año antes cuando le vino su período por primera vez, la vi llegar por el camino de la sal. Sabía que había estado tapada por seis días bajo una manta. Vino en medio de dos hileras de hombres jóvenes, como era costumbre en la entrada a la pubertad. Entró en el agua y rindiendo culto a la fecundidad se bañó. Entonces estuvo lista.27 Luego la bautizaron sin cambiarle el nombre como hicieron conmigo, sino agregándole un prefijo, el de “daipape", que equivale al de “doña”; al volver a casa realizaron la fiesta de la chicha.28
26 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 51. 27 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) pp. 40-41.
28 Los muiscas se emborrachaban con chicha “hecha de maíz molido y fermentado” buscando “ánimo y alegría”.
“Organizábamos fiestas cada vez que nacía un niño en el pueblo. Festejábamos con cantos y bailes las buenas cosechas y las victorias de nuestros guerreros. Nunca faltaban los músicos ni la chicha, hecha de maíz molido y fermentado que nos daba ánimo y alegría.” ver: Calvi y Giraldo (s.f.).
A Suex le predicaron en su idioma porque Fray Bernardo Lugo se tomó la tarea de traducir el catecismo a la lengua chibcha. Una parte del catecismo tenía las preguntas “¿Habéis adorado en las lagunas? ¿Habéis ofrecido al santuario mantas chibchas, pepitas de algodón, esmeraldas, oro, monque, y cuantas otras cosas?”.29 Los estudios de Fray Bernardo Lugo serían luego material de estudio de las lenguas chibchas y el Instituto de Lenguas de la Facultad de Filología de la Universidad Santo Tomás lleva hoy su nombre.
La catequesis tuvo su confesionario y se enseñó preguntando.30 Su objetivo era salvarlos a toda costa, y confesaban si habían pecado adorándonos a los ríos. Leyendas, ritos, ofrendas o actos relacionados con el agua tuvieron que desaparecer, eso era del diablo. Parte del disciplinamiento consistió en cortar con el agua.31 El Catecismo de Fray Luis no era muy diferente a otros catecismos, era la guía que debían aplicar los sacerdotes a su cargo, para que los perdidos pudieran encontrar salvación, y obrar en rectitud. Eso incluía alejarse del agua y por esa razón se fue perdiendo ese vínculo, no solo con el agua, sin con lo que significaba. Así comenzó mi transformación y la del pueblo de Suex.
A los pocos días de nacida la niña ya no encontré a su hermana. Llegaron varios hombres armados que venían de la zona de Vicachá, alcanzaron mi orilla tomando la ruta de la sal. Bajaron unos pocos kilómetros y me bordearon para llegar hasta Teusaquillo. Recogieron varios indígenas y los formaron a todos en un plano. Se los llevaron, entre ellos a su hermana menor, la única que le quedaba. Sus padres y hermanos mayores ya habían sido entregados a un encomendero32 años atrás. Para la corona que reinaba desde España en estas tierras, ese era el título que llevaban los que por su posición privilegiada podían apropiarse de un grupo de indígenas para la explotación de minas, construcciones, cultivos y todo lo que fuera voluntad del encomendero.
29 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 38.
30 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 38. 31 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 52.
Desde que agarraron a su hermana Suati, ocho días atrás, la angustia no la abandonó. Suex se fue hasta el patíbulo, donde sabía que el licenciado Alonzo Pérez de Salazar33 mandaba ejecutar y castigar a los indígenas que se portaran mal. Así le decían, licenciado, quizás por la licencia que tenía para matar. Ahorcó y castigó a cientos de indígenas. Pero también le decían oidor, eso si lo sé, era las orejas del rey de España en estas tierras.
El que infringía la ley, llegaba finalmente a la justicia del oidor, que ordenaba su ajusticiamiento en el patíbulo de la plaza central, hoy plaza de Bolívar, ahí mismo donde masacraban se inició la primera pila de agua, "el mono de la pila” con el agua de alguno de mis hermanos, de pronto el Vicachá.
Suex al salir de la plaza central caminó por diferentes calles. Preguntó a los indígenas que trabajaban cargando piedra para la construcción de puentes y casas, pero no obtuvo respuesta. Había preguntado también varias veces en otros caseríos si sabían algo.
Empezó a escuchar a lo lejos una algarabía. El ruido de una muchedumbre que se dirigía a la plaza central. Sintió alegría porque ahí debería estar su hermana. Se sintió esperanzada. Debían ser cientos de indígenas levantándose y marchando hacia la plaza. Empezó a caminar rumbo al bullicio, estaba a unas tres calles, apretó el paso con su niña en la espalda.
¿Estaría su hermana? Si era una desobediencia a la disciplina, el licenciado los mataría a todos. ¿Acaso estaba poniendo en riesgo a la niña?
Se quedó paralizada por unos segundos, pensando en la niña. Quería salir corriendo. Y parecía que el bullicio la persiguiera. Todavía le rondaban las historias de la carnicería desatada en los pueblos que se opusieron a la llegada de los españoles.
Cuando los vio doblar un frío le recorrió la piel. Los que venían en tumulto hacia ella eran los blancos y criollos que habitaban entre el Vicachá y el San Agustín.
Suex se apretó la niña a la espalda, cogió camino y se alejó rápido, pero siguió preguntando por Suati. En el cruce con otros indígenas no encontró rastros de ella, pero se enteró que el motivo del pleito y el bullicio de las personas a su paso era por el agua.
Ella estaba presenciando la primera movilización que se conociera en la historia de Bogotá para pedir agua. Los marchantes también se manifestaban porque el lugar de la pila, si se aprobaba, sería donde ahorcaban, degollaban y torturaban a los indisciplinados.34
Esos residentes criollos bogotanos encabezados por el capitán Juan de Almanza solicitaban la primera fuente de agua de la ciudad. Como quedaría registrado en un memorial firmado de primeras por el mismo Almanza el 12 de agosto de 1583. La respuesta y construcción de la pila empezaría hasta el 15 de julio de 1584. De ahí se abastecerían los propietarios de casas cercanas. De esa primera fuente saldría el refrán popular “a quejarse al mono de la pila”. Al parecer el mono es por el cabello y piel que representa la oficialidad que construyo la pila en la época, y ante quienes realizar cualquier queja resultaba en vano.35
Yo surtí la cuarta pila que hubo en la ciudad que fue colocada en la plaza de Las Nieves, actualmente en la carrera Séptima con calle 20. La petición la hizo en 1665 el mismo párroco Francisco Cuadrado de Solanilla, junto a algunos parroquianos. Tenían razón, ya no era seguro para las mujeres pegarse el viaje hasta acá, ni a otros sitios para abastecerse de agua, porque eran ellas las de esa misión. Ese fue uno de los argumentos para mover mi curso hacia esa dirección.36
Empecé a ver cómo me extraían el agua y la conducían por un canal a la pila de las Nieves ¡yo tenía mucha agua!, ¡suficiente agua!, y si había sido para el consumo no veía problema en que siguiera siendo así. Luego los curas franciscanos de la recoleta de San Diego, fundada en 1606, también canalizaban mi agua. Ese punto de la ciudad fue utilizado para redireccionar mi agua y así abastecer el acueducto de San Victorino en 1801. Lo que no me imaginaba es que ese era solo el comienzo de una gran transformación. Ya nadie iría por mi agua a los pozos que se arman en
34 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 69. 35 Ortiz Castro (2014) pp. 28-37.
mis meandros porque estos se acabaron. Como el agua potable. Y nuestro disciplinamiento no estaría marcado solo por romper el significado sagrado y sus prácticas para el pueblo muisca.
Qué me iba a imaginar en ese momento que tras unos siglos, nuestra agua sería casi exterminada, y que vendrían días en que no correría ni una gota de agua por mi lecho. Menos me iba a imaginar que sería disciplinado, puesto en línea recta entre dos muros de ladrillo y cemento, enterrado en algunos puntos. Pero para llegar hasta ese punto hubo un comienzo, un primer encauzamiento y es el que ahora intento entender, reconstruyendo este pedazo de historia.
Suex seguía saliendo de la aldea bordeándome hasta la calle Real y de ahí en adelante solo se detenía cuando la niña pedía comida. Su camino se había convertido en el mismo que terminaba en la plaza Central, sitio de la picota pública y donde ahora construían la primera pila de la ciudad.
Ese día la noticia le llegó fácil, de casa en casa y de servidumbre en servidumbre, corrió la voz de la captura de dos hombres blancos, por el robo de una indígena a otro hombre blanco. Los ladrones fueron apresados y el cuerpo del delito permaneció en custodia mientras lo reclamaba su propietario.
El licenciado Salazar que había instalado corregidores en los pueblos indígenas que se fueron conformando bajo la catequesis del arzobispo Zapata no solo desorejó y desnarigó unos veinte mil de ellos37, sino que también podría poner en el patíbulo a este par de prisioneros.
Se trataba de los dos soldados hidalgos Bolaños y Sayabedra38 que estando de paso por el pueblo de Simijaca fueron hospedados en una posada. Pagaron al hospedero su hospitalidad llevándose a una india de su servidumbre. El alguacil de la zona recibió la queja e intentó hacerle frente a los ladrones, para recuperarle la propiedad al hospedero pero fue herido en la cara por la espada de
Sayabedra. Ante la queja del alguacil, el licenciado mandó a dar captura de los ladrones y ahora tendrían que pagar, les esperaba la ignominia de la plaza pública.
Ese otro gran poder, que estaba siempre al tanto de ejecuciones, condenas y castigos, en cabeza del arzobispo Fray Luis Zapata, entró a mediar, pero no para que quedara libre la india, sino para que este par de blancos no terminaran degollados, tal vez por no ser indios. Eso era suficiente para ser su abogado e interceder ante el licenciado Salazar por la vida de este par.
Incluso alcanzó a dar a la corona dos esclavos y también cinco mil pesos en oro. Para comprarles el perdón. Pero el licenciado Salazar no transigió y se empecinó en degollarlos.
La noticia de los dos capturados con todos sus detalles recorrió calles y tiendas de chicha hasta llegar a los oídos de Suex. La ubicación y señas de la indígena que se cargara Sayabedra en su caballo también le llegó. Pero sin que nadie se lo dijera, Suex ya sabía en sus adentros que la que estaba en custodia del Arzobispo era Suati. Y aunque se plantó en las puertas del arzobispado, ubicado en la misma plaza mayor, fue imposible que el jerarca de la Iglesia la atendiera.
Se instaló en la entrada del palacio arzobispal por largos días, hasta que el prelado cruzó la puerta en dirección a la plaza. Arrodillada y con la cabeza gacha se atrevió a decir:
― ¡Señor Arzobispo! ¡Santo Padre! tenga la misericordia de escucharme.
El prelado la miró extrañado. Ni siquiera los indios de su servidumbre personal se atrevían a dirigirle palabra. Los criados que lo acompañaban procedieron a retirarla del camino, pero ella forcejeó con insistencia.
― ¡Su excelencia tenga misericordia de escucharme!
El prelado no abrió la boca, pero su mirada se clavó en ella con curiosidad, su gesto era suficiente para que los criados entendieran que iba a escuchar. No por misericordia claro, solo le causaba intriga el atrevimiento de la india.
El dignatario siguió inamovible observándola y ante su silencio, Suex se atrevió a parársele, levantó la cabeza y sus miradas se estrellaron. Vio en ese hombre todo el menosprecio por ella, por su hermana, por su pueblo y por todas sus creencias.
Sin chistar, el arzobispo siguió su camino, y Suex quedó con la sangre hirviendo, viendo cómo el personaje que mantenía a su hermana se alejaba sin respuesta. Podría haber sido cualquier arzobispo, pero fue Fray Luis Zapata de Cárdenas. El de Extramadura, el mismo del catecismo que se transcribía de sacerdote en sacerdote, el que practicaba con placer la caza del venado, el que sacó a Suex y a los suyos de caseríos para aglutinarlos en poblados y hacer más fácil el disciplinamiento. El que trajo la cabeza de Santa Isabel de Hungría. El que cumplía las ordenanzas de la Corona de poblar cerca al agua, en las mejores tierras, donde yo me encontraba. Ese mismo y ningún otro es por el que me llaman Arzobispo.
El domingo no había nadie en las casas. Todos querían la primera fila para el programa del día. Ver el degollamiento de los dos hidalgos. La plebe y los esclavos también fueron a la plaza. Los españoles y sus hijos en puestos preferenciales y platea. El resto donde se pudieran amontonar porque también tenían derecho al espectáculo. O quizás los sacaban para que les quedara claro que también podrían llegar a protagonizar un espectáculo así, si se portaban mal. Que no quedara duda quién tenía el poder. Y entre esos fue sacada Suati, la hermana de Suex, de la custodia arzobispal para mirar el espectáculo.
Llegó primero Sayalabedra, el de la iniciativa de llevarse la india y subirla a su caballo. Ya amarrado y dispuesto en la tarima lo esperaban el verdugo y el arzobispo. Se arrodilló para besar el anillo del santo jerarca. Escuchó el rezo y pronunció el respectivo responsorial. A partir de ese momento tenía el sello para poder pasar al cielo después de ser degollado. Fin del primer acto.
Luego de un breve intermedio Bolaños se alistó para el segundo tiempo.
Las dos hermanas aprovecharon el desorden del intermedio en la función para buscarse en la distancia y se encontraron. Hubieran querido abrazarse, pero tenían que represar la emoción. La hermana de Suex se encontraba acompañada por la servidumbre del arzobispo, no podía levantar sospechas.
Mientras las hermanas se comunicaban con los ojos, Bolaños entró a la escena, y dio inicio al segundo acto. La audiencia atenta no perdió de vista al reo que desfilaba por la calle Real camino a la plaza.
No hubo otro momento para huir, las dos hermanas se entendieron muy bien por señas aún en la distancia. Cada una por su lado se encaminó a la parte alta de la ciudad, hacia el oriente. Salieron con la mayor prudencia, mientras el público observaba la obra.
El encuentro tuvo lugar donde termina la ciudad y empieza la montaña. Las dos indígenas y la niña se abrazaron envueltas en llanto. Querían fundirse en el abrazo pero tenían que huir antes de que terminara la ejecución y notaran su ausencia.
Bordearon la falda de la montaña, y huyeron hasta encontrar mi cauce. Me bordearon, hasta la parte alta y más tupida de árboles, donde no solían subir ni los cazadores. Ahí a mi lado hicieron un refugio. En el agua nadaba un pez capitán. Y había tubérculos, frutos y hierbas de la montaña. Pero lo más importante era que se tenían la una a la otra.
A mi tocayo lo vi muchas veces venir tras el venado. Se juntaba con otros cazadores y como buen conocedor de ese deporte, sabía que un buen sitio para encontrar al animalito era cerca al agua.
Pero 6 años después de la muerte de los dos hidalgos que intentara defender, sería presa de su propio juego. Sí: ¡fue cazado!