• No se han encontrado resultados

III. CAPITULO DOS: MI NOMBRE

III.2. Suex

Por la época del arzobispo cada vez venían menos mujeres al río, tal vez por eso recuerdo cuando llegó Suex. Ella era indígena, del pueblo muisca. Fue de las últimas mujeres que alcanzaron a escapar del disciplinamiento. Un día Suex se me fue acercando. Como vivía cerca en la zona de Teusaquillo, salió por el camino de la sal que llevaba hasta Usaquén, Zipaquirá y Tunja. Apenas llegó al borde caminó por la rivera bajo los árboles hasta donde comenzaba la pendiente del

19 “Con base en el principio de que sin castigo no se puede remediar los vicios, el arzobispo ordenó la construcción en cada doctrina de una prisión con celdas” (la nota al pie 48 cita a Zapata de Cárdenas. Catecismo de fray […], cap. VIII. De las prisiones. Manuscrito BPRM, fol. 267r.” (Marín Tamayo, 2012, p. 14).

20 Rodríguez Freyle (1638).

21 Serna y Gómez (2011).

monte por donde baja mi corriente. Venía sola con la barriga inflada, estuvo apenas unos momentos metiendo los pies entre mis aguas, hasta que los dolores de parto le indicaron que era el momento de entrar a una parte más profunda.

Se ubicó entre piedras donde el agua hace pozo, se acurrucó y en esa posición pujó y pujó, hasta que alumbró a una niña.23 Al sacarla del agua escuché su llanto que se mezclaba con el golpe de mi flujo contra las piedras y con los sonidos de pájaros, el croar de las ranas y el ulular del viento. Suex contempló la niña por unos segundos, la besó y después del primer arrullo, cortó el ombligo y luego se bañaron juntas. Limpié a la madre y a la niña, igual que lo hice con la madre de Suex cuando nació, y con su abuela y su bisabuela, su familia y todos sus antepasados.

La niña se durmió después de mamar. Suex empapó un trozo de tela con leche como se hacía en los partos, lo enrolló, lo apretó, y lo arrojó al río. Sus hermanos estaban atentos al momento en que entrara al agua el rodillo, para arrojarse nadando hasta agarrarlo de nuevo. El rollo no se había deshecho, ni había sido revolcado por la corriente antes de ser agarrado por los hermanos: era la prueba premonitoria de la buena vida que tendría la niña. Esa nueva noticia daría inicio el festín de nacimiento, y varios invitados al festejo hicieron su ofrenda a la diosa Sué (agua), cortando cabellos del niño y arrojándomelos.24

Suex venía al río frecuentemente, era algo que le gustaba, con la múcura encima para llevar agua, y naturalmente también vino cuando dio a luz y en el ritual de pubertad, siempre venía. Mucho más cuando empezó el disciplinamiento. Se escabullía al ver llegar el séquito del arzobispo para el responsorial, ese interrogatorio para confesar sus nexos diabólicos con el agua.25

Uno de esos días de arrullos, besos y alegrías a la niña, mientras la mantenía en el pecho, fijó su mirada al piso justo donde el agua lame el borde y vio una rana verde con el lomo bordado de

23 Respecto a los partos de los muiscas en el río, Patiño (1990) habla sobre las costumbres higiénicas de los indígenas y cita al cronista Fray Pedro Simón: “No se han hallado parteras en esta tierra, porque no son menester. Antes cuando van a parir, huyen si pueden de la gente y se van a esconder cerca de un río, para en pariendo entrarse en él a lavarse con su parto” (Simón, 1981-1982, I, 157; III, 399).

24 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 40.

25 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 54. cita también a Pedro Simón respecto a los ritos con el agua y su connotación diabólica para los conquistadores. Mientras que no debemos olvidar que esta relación pecaminosa con el agua, según el Catecismo de Fray Luis Zapata, obligaba a la confesión.

pepitas blancas cerca a los dedos de sus pies. La ranita la miraba fijamente con sus ojos gigantes. Se contemplaron por unos minutos con calma. Sin perder la concentración y escuchando con tranquilidad los sonidos del agua, el viento y el de otras ranas escondidas que croaban con fuerza. Hasta que la rana se fue poniendo en posición de salto como si le fuera a brincar encima a ella o a la niña. Entonces sintió temor. Envolvió a la niña en la tela y la protegió con sus brazos, se puso de pie y bajó hacía el caserío bordeando el río. Las otras ranas en mi orilla también se situaron en posición de salto y miraron a Suex a medida que se alejaba.

Cuando la rana se pone en posición de salto es un indicio premonitorio de lluvias o aguaceros y era lo que quería evitar Suex, por eso quería cubrir a la niña con el calor de su cuerpo. En aquel entonces nunca me imaginé que la rana se iba a extinguir de mis orillas y que su recuerdo solo quedaría en la marca del Acueducto de Bogotá siglos después. Lo que significaba la rana para el pueblo de Suex, se lo fue llevando un torrente turbio de disciplinamiento que arrastraba a su paso la forma en que el pueblo se había relacionado con el agua durante siglos. La rana anunciaba algo según su posición: si estaba recogida significaba que venía la sequía, si estaba extendida significaba "felicidad en los bienes de las cosechas y los bienes de la casa, el croar de las ranas les anunciaba la cercanía de las lluvias necesarias para los cultivos”.26

Cuando dio a luz no era la primera vez que la indígena había venido con solemnidad. Un año antes cuando le vino su período por primera vez, la vi llegar por el camino de la sal. Sabía que había estado tapada por seis días bajo una manta. Vino en medio de dos hileras de hombres jóvenes, como era costumbre en la entrada a la pubertad. Entró en el agua y rindiendo culto a la fecundidad se bañó. Entonces estuvo lista.27 Luego la bautizaron sin cambiarle el nombre como hicieron conmigo, sino agregándole un prefijo, el de “daipape", que equivale al de “doña”; al volver a casa realizaron la fiesta de la chicha.28

26 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 51. 27 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) pp. 40-41.

28 Los muiscas se emborrachaban con chicha “hecha de maíz molido y fermentado” buscando “ánimo y alegría”.

“Organizábamos fiestas cada vez que nacía un niño en el pueblo. Festejábamos con cantos y bailes las buenas cosechas y las victorias de nuestros guerreros. Nunca faltaban los músicos ni la chicha, hecha de maíz molido y fermentado que nos daba ánimo y alegría.” ver: Calvi y Giraldo (s.f.).

A Suex le predicaron en su idioma porque Fray Bernardo Lugo se tomó la tarea de traducir el catecismo a la lengua chibcha. Una parte del catecismo tenía las preguntas “¿Habéis adorado en las lagunas? ¿Habéis ofrecido al santuario mantas chibchas, pepitas de algodón, esmeraldas, oro, monque, y cuantas otras cosas?”.29 Los estudios de Fray Bernardo Lugo serían luego material de estudio de las lenguas chibchas y el Instituto de Lenguas de la Facultad de Filología de la Universidad Santo Tomás lleva hoy su nombre.

La catequesis tuvo su confesionario y se enseñó preguntando.30 Su objetivo era salvarlos a toda costa, y confesaban si habían pecado adorándonos a los ríos. Leyendas, ritos, ofrendas o actos relacionados con el agua tuvieron que desaparecer, eso era del diablo. Parte del disciplinamiento consistió en cortar con el agua.31 El Catecismo de Fray Luis no era muy diferente a otros catecismos, era la guía que debían aplicar los sacerdotes a su cargo, para que los perdidos pudieran encontrar salvación, y obrar en rectitud. Eso incluía alejarse del agua y por esa razón se fue perdiendo ese vínculo, no solo con el agua, sin con lo que significaba. Así comenzó mi transformación y la del pueblo de Suex.

A los pocos días de nacida la niña ya no encontré a su hermana. Llegaron varios hombres armados que venían de la zona de Vicachá, alcanzaron mi orilla tomando la ruta de la sal. Bajaron unos pocos kilómetros y me bordearon para llegar hasta Teusaquillo. Recogieron varios indígenas y los formaron a todos en un plano. Se los llevaron, entre ellos a su hermana menor, la única que le quedaba. Sus padres y hermanos mayores ya habían sido entregados a un encomendero32 años atrás. Para la corona que reinaba desde España en estas tierras, ese era el título que llevaban los que por su posición privilegiada podían apropiarse de un grupo de indígenas para la explotación de minas, construcciones, cultivos y todo lo que fuera voluntad del encomendero.

29 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 38.

30 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 38. 31 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 52.

32 “La encomienda era una institución compleja que comportaba simultáneamente aspectos políticos, jurídicos y económicos. Como instrumento político, la encomienda sirvió para sustituir el poder de las jerarquías aborígenes por el de los conquistadores europeos.” Colmenares (1987).

Desde que agarraron a su hermana Suati, ocho días atrás, la angustia no la abandonó. Suex se fue hasta el patíbulo, donde sabía que el licenciado Alonzo Pérez de Salazar33 mandaba ejecutar y castigar a los indígenas que se portaran mal. Así le decían, licenciado, quizás por la licencia que tenía para matar. Ahorcó y castigó a cientos de indígenas. Pero también le decían oidor, eso si lo sé, era las orejas del rey de España en estas tierras.

El que infringía la ley, llegaba finalmente a la justicia del oidor, que ordenaba su ajusticiamiento en el patíbulo de la plaza central, hoy plaza de Bolívar, ahí mismo donde masacraban se inició la primera pila de agua, "el mono de la pila” con el agua de alguno de mis hermanos, de pronto el Vicachá.

Suex al salir de la plaza central caminó por diferentes calles. Preguntó a los indígenas que trabajaban cargando piedra para la construcción de puentes y casas, pero no obtuvo respuesta. Había preguntado también varias veces en otros caseríos si sabían algo.

Empezó a escuchar a lo lejos una algarabía. El ruido de una muchedumbre que se dirigía a la plaza central. Sintió alegría porque ahí debería estar su hermana. Se sintió esperanzada. Debían ser cientos de indígenas levantándose y marchando hacia la plaza. Empezó a caminar rumbo al bullicio, estaba a unas tres calles, apretó el paso con su niña en la espalda.

¿Estaría su hermana? Si era una desobediencia a la disciplina, el licenciado los mataría a todos. ¿Acaso estaba poniendo en riesgo a la niña?

Se quedó paralizada por unos segundos, pensando en la niña. Quería salir corriendo. Y parecía que el bullicio la persiguiera. Todavía le rondaban las historias de la carnicería desatada en los pueblos que se opusieron a la llegada de los españoles.

Cuando los vio doblar un frío le recorrió la piel. Los que venían en tumulto hacia ella eran los blancos y criollos que habitaban entre el Vicachá y el San Agustín.

Suex se apretó la niña a la espalda, cogió camino y se alejó rápido, pero siguió preguntando por Suati. En el cruce con otros indígenas no encontró rastros de ella, pero se enteró que el motivo del pleito y el bullicio de las personas a su paso era por el agua.

Ella estaba presenciando la primera movilización que se conociera en la historia de Bogotá para pedir agua. Los marchantes también se manifestaban porque el lugar de la pila, si se aprobaba, sería donde ahorcaban, degollaban y torturaban a los indisciplinados.34

Esos residentes criollos bogotanos encabezados por el capitán Juan de Almanza solicitaban la primera fuente de agua de la ciudad. Como quedaría registrado en un memorial firmado de primeras por el mismo Almanza el 12 de agosto de 1583. La respuesta y construcción de la pila empezaría hasta el 15 de julio de 1584. De ahí se abastecerían los propietarios de casas cercanas. De esa primera fuente saldría el refrán popular “a quejarse al mono de la pila”. Al parecer el mono es por el cabello y piel que representa la oficialidad que construyo la pila en la época, y ante quienes realizar cualquier queja resultaba en vano.35

Yo surtí la cuarta pila que hubo en la ciudad que fue colocada en la plaza de Las Nieves, actualmente en la carrera Séptima con calle 20. La petición la hizo en 1665 el mismo párroco Francisco Cuadrado de Solanilla, junto a algunos parroquianos. Tenían razón, ya no era seguro para las mujeres pegarse el viaje hasta acá, ni a otros sitios para abastecerse de agua, porque eran ellas las de esa misión. Ese fue uno de los argumentos para mover mi curso hacia esa dirección.36 Empecé a ver cómo me extraían el agua y la conducían por un canal a la pila de las Nieves ¡yo tenía mucha agua!, ¡suficiente agua!, y si había sido para el consumo no veía problema en que siguiera siendo así. Luego los curas franciscanos de la recoleta de San Diego, fundada en 1606, también canalizaban mi agua. Ese punto de la ciudad fue utilizado para redireccionar mi agua y así abastecer el acueducto de San Victorino en 1801. Lo que no me imaginaba es que ese era solo el comienzo de una gran transformación. Ya nadie iría por mi agua a los pozos que se arman en

34 Rodríguez G. (dir. investigación) (2003) p. 69. 35 Ortiz Castro (2014) pp. 28-37.

mis meandros porque estos se acabaron. Como el agua potable. Y nuestro disciplinamiento no estaría marcado solo por romper el significado sagrado y sus prácticas para el pueblo muisca. Qué me iba a imaginar en ese momento que tras unos siglos, nuestra agua sería casi exterminada, y que vendrían días en que no correría ni una gota de agua por mi lecho. Menos me iba a imaginar que sería disciplinado, puesto en línea recta entre dos muros de ladrillo y cemento, enterrado en algunos puntos. Pero para llegar hasta ese punto hubo un comienzo, un primer encauzamiento y es el que ahora intento entender, reconstruyendo este pedazo de historia.

Suex seguía saliendo de la aldea bordeándome hasta la calle Real y de ahí en adelante solo se detenía cuando la niña pedía comida. Su camino se había convertido en el mismo que terminaba en la plaza Central, sitio de la picota pública y donde ahora construían la primera pila de la ciudad.

Ese día la noticia le llegó fácil, de casa en casa y de servidumbre en servidumbre, corrió la voz de la captura de dos hombres blancos, por el robo de una indígena a otro hombre blanco. Los ladrones fueron apresados y el cuerpo del delito permaneció en custodia mientras lo reclamaba su propietario.

El licenciado Salazar que había instalado corregidores en los pueblos indígenas que se fueron conformando bajo la catequesis del arzobispo Zapata no solo desorejó y desnarigó unos veinte mil de ellos37, sino que también podría poner en el patíbulo a este par de prisioneros.

Se trataba de los dos soldados hidalgos Bolaños y Sayabedra38 que estando de paso por el pueblo de Simijaca fueron hospedados en una posada. Pagaron al hospedero su hospitalidad llevándose a una india de su servidumbre. El alguacil de la zona recibió la queja e intentó hacerle frente a los ladrones, para recuperarle la propiedad al hospedero pero fue herido en la cara por la espada de

37 “Precisamente el oidor Alonso Pérez de Salazar, que fue el principal impulsador de la pila, había hecho espantable gala de crueldad al desorejar y desnarigar a más de 2.000 infelices en el mencionado rollo”. (Vargas Lesmes, 2007). 38 Toda la historia de estos dos personajes, ocurrió tal cual y es narrada por Rodríguez Freyle (1638). Así como los personajes que con estos se cruzan. En efecto se robaron una india y a partir de esa historia creo el personaje de Suati, la hermana de Suex.

Sayabedra. Ante la queja del alguacil, el licenciado mandó a dar captura de los ladrones y ahora tendrían que pagar, les esperaba la ignominia de la plaza pública.

Ese otro gran poder, que estaba siempre al tanto de ejecuciones, condenas y castigos, en cabeza del arzobispo Fray Luis Zapata, entró a mediar, pero no para que quedara libre la india, sino para que este par de blancos no terminaran degollados, tal vez por no ser indios. Eso era suficiente para ser su abogado e interceder ante el licenciado Salazar por la vida de este par.

Incluso alcanzó a dar a la corona dos esclavos y también cinco mil pesos en oro. Para comprarles el perdón. Pero el licenciado Salazar no transigió y se empecinó en degollarlos.

La noticia de los dos capturados con todos sus detalles recorrió calles y tiendas de chicha hasta llegar a los oídos de Suex. La ubicación y señas de la indígena que se cargara Sayabedra en su caballo también le llegó. Pero sin que nadie se lo dijera, Suex ya sabía en sus adentros que la que estaba en custodia del Arzobispo era Suati. Y aunque se plantó en las puertas del arzobispado, ubicado en la misma plaza mayor, fue imposible que el jerarca de la Iglesia la atendiera.

Se instaló en la entrada del palacio arzobispal por largos días, hasta que el prelado cruzó la puerta en dirección a la plaza. Arrodillada y con la cabeza gacha se atrevió a decir:

― ¡Señor Arzobispo! ¡Santo Padre! tenga la misericordia de escucharme.

El prelado la miró extrañado. Ni siquiera los indios de su servidumbre personal se atrevían a dirigirle palabra. Los criados que lo acompañaban procedieron a retirarla del camino, pero ella forcejeó con insistencia.

― ¡Su excelencia tenga misericordia de escucharme!

El prelado no abrió la boca, pero su mirada se clavó en ella con curiosidad, su gesto era suficiente para que los criados entendieran que iba a escuchar. No por misericordia claro, solo le causaba intriga el atrevimiento de la india.

― Sé que tiene a mi hermana, era la que llevaban los dos capturados, le ruego su señoría poder verla. Llevo buscándola cada día desde que se la llevaron.

El dignatario siguió inamovible observándola y ante su silencio, Suex se atrevió a parársele, levantó la cabeza y sus miradas se estrellaron. Vio en ese hombre todo el menosprecio por ella, por su hermana, por su pueblo y por todas sus creencias.

Sin chistar, el arzobispo siguió su camino, y Suex quedó con la sangre hirviendo, viendo cómo el personaje que mantenía a su hermana se alejaba sin respuesta. Podría haber sido cualquier arzobispo, pero fue Fray Luis Zapata de Cárdenas. El de Extramadura, el mismo del catecismo que se transcribía de sacerdote en sacerdote, el que practicaba con placer la caza del venado, el que sacó a Suex y a los suyos de caseríos para aglutinarlos en poblados y hacer más fácil el disciplinamiento. El que trajo la cabeza de Santa Isabel de Hungría. El que cumplía las ordenanzas de la Corona de poblar cerca al agua, en las mejores tierras, donde yo me encontraba. Ese mismo y ningún otro es por el que me llaman Arzobispo.

El domingo no había nadie en las casas. Todos querían la primera fila para el programa del día. Ver el degollamiento de los dos hidalgos. La plebe y los esclavos también fueron a la plaza. Los