UN EPI SODI O I NMORTAL
JOAQUI N Ma. ARBELAEZ
1899
LAS COMUNIDADES RELIGIOSAS DE COLOMBIA
A SUS BENEFACTORES
Medellín, a 29 de Mayo de 1899, Aniversario 35º de
UN EPISODIO INMORTAL
I
El 10 de Noviembre de 1,862, á las tres de la tarde, se promulgó en esta capital el Decreto de Tuinción
dictado por el General Tomas C. de Mosquera, en su carácter de Presidente Provisorio de los Estados Unidos
de Colombia, y era de verse la zozobra que los golpes de tambor produjo en los habitantes, á quienes
sorprendía la Reforma.
Disponía aquella avanzada providencia que los Ministros del Culto de cualquiera denominación (tansolo
el Católico los tenía) que dentro de setenta y dos horas no se presentásen á la autoridad política de más
categoría del lugar en que se hallaren á jurar sometimiento al Gobierno y á todos sus actos, especialmente á
los de persecución religiosa, jurando y firmando la correspondiente diligencia, serían confinados ó
extrañados, sin permitírseles el ejercicio de su ministerio, como enemigos de la paz pública.
Fieles narradores del episodio inmortal que nos proponemos publicar en momentos de indisentible
oportunidad, nos concretamos á la exposición de sus efectos producidos por aquellos Decretos en el Carmelo
antioqueño, teatro glorioso de aquel episodio.
Gobernaba á la entonces única Diócesis de Antioquia, desde la histórica ciudad de aquel nombre, el
Ilustrísimo Señor Doctor Domingo Anto. Riaño, y era Capellán de las Carmelitas descalzas de Medellín el Pbro.
José D. Jiménez. Regía el Convento expresado la R. M. Genoveva de la Santísima Trinidad, ó sea la más ilustre
de las Prioras del amado Monasterio.
Prelado y Capellán acordaron resistir á la Reforma, y ambos hallaron en la Prelada de las Carmelitas á
la Mujer Fuerte.
Sin consumir las Especies Sacramentales en la Iglesia del Convento, oía el Capellán en su casa de
habitación el 12 del citado mes, cuando acababa la tarde, en confesión al Dr. Ramón Martínez Benítez,
lo necesita” . Absuelto el penitente, el Ministro emprendió la fuga y el refugio seguro halló en aquella noche
en la casa de las señoras María Josefa y María Antonia Alvarez. La escolta destinada para el experto Capellán
fué elevada hasta á 100 hombres y en vano rodeó manzana y rondó casas hasta las 9 de la mañana
siguiente.
De ahí le sacó en la noche del 13, vestido de seglar, el Sr. Higinio Mondragón, de acuerdo con los Drs.
José Ignacio Quevedo y Manuel Vicente de la Roche, y por la parte meridional , despoblada, de la ciudad le
llevó á la casa de Don Estanislao Posada. Desde allí enviaba instrucciones á la Priora y resolvía las consultas
que ésta le hacía.
Entre tanto el fiel criado de las Carmelitas, Indelfonso Londoño, enteraba á estas de los triunfos de la fé
y de las apostasía, y señoras tan distinguidas como las Alvarez, Barrientos, Fonnegras, Jimenez, Jaramillos,
Bernales, Restrepos, Lemas, Saldarriagas, Santamarías, Posadas, Tirados, Vélez, Uribes y Zuláibares acudían
al Locutorio á brindarles consuelos y recursos.
Así las cosas, y cuando en las iglesias de la Parroquia imperaba el silencio impuesto por la persecución,
óyese el entusiasta repicar de las campanas Carmelitas el 23 del mencionado mes de Noviembre. Era que el
Ilustrísimo Señor Doctor Riaño llegaba á la casa del Capellán, llamado por el Presidente Provisorio diz que
para celebrar arreglos sobre la cuestión eclesiástica. Consultando luégo acerca de si consumiría el Santísimo
Sacramento, contestó: “ No lo consumo; allí lo dejo para que sea el castigo y el Juez” . Palabras terribles para
los perseguidores y de consuelo para las víctimas!
Al día siguiente celebró en la vecina Iglesia del Monasterio la fiesta de San Juan de la Cruz, y como al
terminar el Evangelio se volviera al pueblo para decir: “ Hoy se celebra la fiesta de un Santo que ayudó mucho
á Santa Teresa de Jesús, la cual decía, ó padecer ó morir” , fué acusado incontinenti como promotor de la
guerra.
Verificadas las conferencias entre el Varón Apostólico y el Presidente Provisorio, y oído por éste el Non
possumus de aquel Ilustre Confesor de la Fé, fué reducido á prisión, y el 13 de Diciembre salió escoltado
para Iscuandé, acompañado únicamente por su Discípulo amado, Pbro. Joaquín Ignacio Naranjo.
El 20 de Julio de 1,866 falleció en Quito el Ilustre Confesor de la Fé.
Mientras el Ilustrísimo Señor Doctor Riaño marchaba á su destierro, un antiguo, Síndico del Monasterio,
tornado ya en Agente de Bienes de Manos Muertas, requería á la prudente y valerosa Priora para que le
entregara los títulos de dominio y demás documentos de la Orden, pero ella le confundió con acertadas
razones.
Días después, un viernes á eso de la once, avisó Indelfonso que el sucesor del Alcalde, que sin éxito
con voces se hizo oír de las Religiosas. Comunicado con la Priora la exigió algunos datos en relación con la
renta y bienes del Capellán, y ella los suministró bajo su firma negándose, eso sí, á jurar la relación.
Vive todavía el funcionario que dió entero crédito á la firma de la R. M. Genoveva.
Arreciaba la persecución cuando la experta Priora tuvo noticia de que el benemérito benefactor de la
Órdenes religiosas, Presbítero Juan de Dios Uribe, estaba expuesto á ser apresado en la ciudad, y en breve
proveyó lo conducente para llevar al lado del Capellán, y así lo hicieron los Sres. Estanislao y Manuel María
Posada, hermanos de la Priora.
Desde San Blas, Aguacatal ó El Poblado hacían sus excursiones nocturnas á esta ciudad los Pbros.
Jiménez y Uribe con el objeto de renovar el Santísimo Sacramento á las Religiosas y á los fieles, hasta que el
peligro que ambos corrieron el Domingo de Ramos de 1,863, en casa de Da. Mercedes Zuláibar, les obligó á
volver á despoblado, huyendo de sus tenaces perseguidores.
Ya había pasado el siguiente diálogo entre el Alcalde del 12 de Noviembre de 1,862, vuelto al ejercicio
de sus funciones en Enero de 1863, y la insigne Prelada de las Carmelitas:
Alcalde. – Vengo á exigir á U. juramento de sumisión al Decreto de Tuición y demás disposiciones
dictadas por el Presidente.
Priora. – Señor, ¿quién podría esperar de Ud., hijo de un padre tan cristiano como el suyo, que se
atreviera á hacerme una intimación semejante, tan contraria á mis deberes?
Alcalde. – Estoy pronto á cumplir á todo trance los deberes de mi cargo.
Priora. -¿Conque según su resolución pasará la Comunidad esta noche en las calles de la ciudad?
Alcalde. – Ahí está mi casa; allá las llevaré.
Priora. -¿Se atreve U. á echarnos de nuestro Convento?
Alcalde. – Sí; me será muy fácil: tomándolas del brazo las voy sacando.
Priora. – Fíjese bien el ello. Entienda usted que las Religiosas estamos consagradas á Dios, por un
juramento solemne que no quebrantaremos por nada en esta vida.
Alcalde. – Yo también he jurado obedecer, y así es que resuelva si presta el juramento ó salen, para yo
cumplir de una ó de otra manera con lo que tengo ordenado.
Priora. – Concédanos usted término, siquiera hasta mañana, para participarlo á la Comunidad y para
prepararnos, porque el juramento que nos exige no lo prestamos. Franqueemos el oficio en que se le ha
comunicado la orden, para leerlo á la Comunidad.
Como el Alcalde vacilara, el Secretario le dijo que podía franquear una copia, porque eso no se oponía á
lo ordenado, ni el Gobernador lo tendría á mal.
El Secretario puso en manos de la dignísima Prelada una copia del oficio en que se disponía la
prestación del juramento, materia del interesante diálogo, y se retiró con su Jefe de aquella fortaleza.
Como era natural, en breves momentos circuló en toda la Capital la noticia de que al día siguiente se
verificaría la expulsión de las Carmelitas, y ya podrá considerarse cuál sería la agitación de esta sociedad y la
amargura que devoraba los corazones de las Religiosas.
Llegada la hora fatal todos los valores del Monasterio estaban en manos seguras y ¡oh momento de
consuelo! en vez del Alcalde temido era el Gobernador Mendoza quien, acompañado de D. Marcelino
Restrepo, del Dr. José Ignacio Quevedo y de otras personas notables, tomó asiento en el Locutorio y después
de respetuoso saludo, dijo:
“ No teman, R. R. M. M. que no serán arrojadas de su Monasterio; estén tranquilas, que Mosquera no
llevará á cabo esta orden, ni Sus Reverencias tendrán ningún sufrimiento. Yo respondo por todo, bajo mi
palabra, que no serán molestadas; y de cualquier modo que las quieran perturbar las defenderé. Mientras yo
sea Gobernador nada les sucederá” .
Y presentando el bastón añadió: “ Con este las defenderé, y serán echadas fuera de su Convento
(estando yo de Magistrado) cuando pasen por encima de mi cadáver” .
Gratísima impresión dejaron las repetidas promesas del Dr. Mendoza en el ánimo de los concurrentes, y
es de suponerse cual sería la producida allende las rejas del Locutorio. Un relámpago de dicha brillaba en la
noche de Nínive que envolvía el Monte Carmelo y el Angel de la Esperanza batió sus alas sobre aquella
cumbre.
Pasados algunos días volvió el cristiano Gobernador al Convento y, olvidando que la renta viajera era el
pasaporte dado por el Supremo Gobierno á las conciencias que emigraban del seno de la Iglesia, creyó
agradar á la Priora diciéndola que había dispuesto que se le enviase puntualmente aquel auxilio para sus
gastos. Lista, como siempre, la R. M. agradeció al Dr. sus buenos sentimientos, pero observóle que tenía
instrucciones de su Prelado para rehusar aquel recurso. Terminó la visita el señor Gobernador diciendo que
el Presidente Mosquera permitía que, por el momento, quedase la Comunidad constituída como antes, pero
sin rigurosa clausura, y eso en fuerza de las súplicas constantes que de todas partes le hacían en pro de las
Carmelitas. La reforma carecía de objeto, porque nadie osaría penetrar al asilo de las vírgenes, y entre éstas
no había excepción favorable á los cuidados del siglo.
Vino el mes de Mayo y con él la Ley sobre extinción de las Comunidades Religiosas; el desprecio hacia
las dignísimas matronas que desde esta capital se permitieron abogar contra el cobarde atentado; la caída
de sus compatriotas. Imbuído – como el que más – en los ideales de la Revolución Francesa sirvió á su causa
con prematura gravedad y, cuando la vió perdida, sucumbió con ella. Tal era Pascual Bravo.
Atento al peligro que amenazaba á las Religiosas del Carmen, D. Pedro Bravo al partir para Bogotá dejó
á su hijo carta en que le recomendaba el cuidado de la Comunidad y del Capellán, y con tal motivo el joven
mandatario fue á las Carmelitas y, después de intimar sigilo á los concurrentes, las dijo que aunque no
entendía la carta de su padre estaba dispuesto á servirles como Pascual Bravo, en todo lo posible, pero que
en su carácter oficial cumpliría cuanto le ordenara la Ley; y, que hacían mal en recibir visitas que, pretextando
amistad, iban á prender fuego con chispas. La Priora replicó que por ningún motivo desatendería á las
personas piadosas que en tan penosa situación dispensaban á la Comunidad inapreciables servicios. Eran las
siete de la noche, y el Gobernador se despidió, repitiendo sus personales ofrecimientos.
El 28 del citado mes de Mayo, había regresado de Rionegro el Presidente Mosquera con su Batallón
favorito, y á la mañana siguiente cedía D. Mariano Uribe F. á una sociedad protectora de la víctimas de los
paladines de la libertad de conciencia la casa baja que antes había en el lugar que hoy ocupa el Palacio
Episcopal, con el objeto de asilar en ese mismo día á las santas mujeres y al mismo tiempo comparecía D,
Marcelino Restrepo al Locutorio á decir á la Priora que no había remedio humano contra la expulsión, porque
Mosquera manifestaba que tan solo faltaban en la República para exclaustrar las Comunidades de Medellín y
de Popayán, pero que el sol de Abril alumbraría á los desiertos Conventos. El señor Restrepo se despidió
asegurándose, eso sí, que podían jactar sus muebles y que se les permitía vivir juntas fuera del Monasterio.
II
Eran las once a. m. del 29 de Mayo de 1863. Ildefonso Londoño, el fiel siervo de las Carmelitas, estaba
en guardia en las afueras del Convento, cuando vió que el Alcalde se encaminaba á la Santa Casa de sus
señoras, y corriendo al Torno dio voces de alarma á la Comunidad. Vuelto Londoño á la calle, la puerta que
daba á ésta fue cerrada y su llave pasó por la reja del Coro al Monasterio. Llegó el Alcalde y golpeando
fuertemente la puerta dio á las Religiosas el último toque de marcha.
Atónitas quedarían las Carmelitas con el eco de aquella audaz notificación, pero no Ildefonso quien,
alentado por santa indignación, se negó á servir de intermediario entre el Alcalde y la Priora, á fin de que
ésta franquera la entrada al Monasterio. En tal evento, dicho funcionario se retiró diciendo:
“ ¡Bueno! A las cuatro de la tarde veremos si abren!”
A esa hora ocupaba un Batallón, la calle que limita el Convento por el Oriente, y el Alcalde terrible, su
Secretario y diez esbirros más llamaron á la puerta con imprecaciones y golpes que recordaban la toma de la
Bastilla. Tal era el coraje de aquellos bravos. El eco de una campana salvó los lindes de la ciudadela sitiada.
Era, sin duda, el último llamamiento que se daba á la Comunidad de vírgenes á quienes la más injusta de las
persecuciones elevaba al rango de Confesoras de la Fé. Cerrajeros desventurados rompieron los cerrojos de
la entrada principal y de la Puerta Reglar, y la compañía avanzada fué al Coro alto y rondó celdas del Coro
bajo, ocupado á la sazón por las Carmelitas. Seguramente se despedían en aquel último viernes de su via
crucis las amadas esposas del Esposo Sacramentado y querían, que el Inmaculado Cordero, á quien imitaban
en aquel trance, fuera el testigo y el Juez de la iniquidad que se consumaba.
Después de rudos golpes, el Secretario del Alcalde gritó:
“ Madre Priora! abra la puerta de orden de la Autoridad” .
“ No puedo abrirla” , contestó la Priora.
El Secretario repitió la intimación, y la R. M. la respuesta.
Los zapadores comenzaron su labor y, en breve, cayó la puerta para mostrar el más imponente de los
espectáculos: la magna Priora ocupaba el Comulgatorio y las Religiosas la guardaban formado ala á cada
lado. Todas estaban arrodilladas y vestían completo uniforme. Tenían en una mano el Breviario y en la otra el
crucifijo.
Y los doce entraron...
Y he aquí un diálogo inmortal.
Alcalde.-¿Cuál es la Madre Priora?
Religiosa. – Véala allí (mostrándola con el índice derecho, pero sin alzar el velo).
Alcalde. – Sabrá U. que en la Convención de Rionegro se ha expedido una Ley por la cual se dispone
que sean extinguidos los Monasterios y disueltas las Comunidades Religiosas. En vista de esto, y con la
autoridad que se me ha dado, aunque con grande sentimiento de tener que ejecutar esta orden del
Presidente, le intimo que ahora mismo entregue el Monasterio y salgan de él.
Priora. – No salimos de nuestro Convento, porque no podemos. Nosotras hicimos á Nuestro Señor
solemnes votos que cumpliremos hasta la muerte, y primero sufriremos ésta que quebrantarlos.
Alcalde. – No se les exige que los quebrantes, pues los pueden observar en cualquier parte. Lo que se
les ordena es que no se resistan á salir, porque no hay remedio. Tienen que hacerlo, y yo puedo sacarlas á la
fuerza, pero no quisiera usar de ella. Señores honrados y señoras y familias de las Religiosas, están
Priora. – Es cierto que en todas partes podremos guardar nuestros votos con la ayuda de Dios Nuestro
Señor, aun en medio de los peñascos, si allá nos arrojaren, pero sabemos que hay terribles excomuniones
para los que violen la clausura. Nosotras tenemos que obedecer á nuestro Prelado, y sin orden no podemos
hacer tal cosa. Además, el Monasterio es una propiedad de la Comunidad. ¿Por qué se nos arroja de nuestra
casa con tanta violencia? ¿Qué delitos hemos cometido contra Gobiernos, ni contra nadie? A nadie hacemos
mal, no nos mezclamos en cosas políticas.
Alcalde. – No hay más que obedecer. La Autoridad manda. ¿No sabe U. que se le debe obediencia?
Priora. – Sí; tenemos obligación de obedecer, pero á la Autoridad legítima. Las leyes del Gobierno para
nosotras no son obligatorias. Desconocemos esa Autoridad, y no reconocemos sino la de nuestro Prelado.
Sólo éste tiene autoridad para mandarnos, y sin orden de él no salimos.
Pensativo ademas y asaz confundido por aquella Mujer Fuerte, el alcalde tenaz acercóse á su hermana
en el siglo, á la R. M. María Josefa del Espíritu Santo, á quien acababa de reconocer, por la voz, y le dijo:
“ Hermana Chepa, hágame el favor de persuadir á la Madre Priora que no se resista; que no me
comprometa. Yo siempre las saco. ¿A qué fin esta resistencia?
¡Vana esperanza! La egregia Genoveva se puso de pie con tanta majestad que apenas la vió el Alcalde
se volvió á la puerta instando á las señoras para que entrasen á persuadir á la Priora, á fin de que saliera
voluntariamente con la Comunidad que permanecía arrodillada é inmóvil. Como era natural, las virtuosas
damas medellinenses se negaron á entrar al lugar hollado por vírgenes descalzas, y mientras el Alcalde las
instaba dos de sus secuaces se acercaron á la Madre María del Carmen y á la Hermana Nicolasa de Jesús,
María y José que eran parientas, y aconsejáronlas que se salieran con ellos.
La Madre María del Carmen les decía enérgicamente:
“ Retírense de nuestra visita, porque Uds. están excomulgados!” .
Otras dijeron:
“ No estamos por nuestras familias, pues gustosas las dejamos para entrar en la Religión” .
“ Si no lo manda la Prelada no saldremos” , decían otras.
Iban los doce á la Priora y la decían:
“ Deles la orden de salir, que eso no más aguardan” .
Y ella replicaba, con apostólica firmeza:
“ No lo haré, aunque nos arrojen á la fuerza” .
En esos momentos, la naturaleza hizo acto de presencia en la tragedia del Carmelo Antioqueño y lluvia
torrencial aplazó aquel inaudito atropello, como dando tiempo á la reflexión y acaso como enérgica protesta,
sus esbirros desde uno de los balcones de la casa que hoy ocupa la virtuosa y dignísima familia de D.
Luciano Santamaría, y dirigiéndose á la R. M. Genoveva reanudó el interesante diálogo así:
Alcalde. – No hay remedio. Tengo orden se sacarlas en el acto.
Priora. – Pero señor, ¿no ve, ni siente Ud. la lluvia; ó es que quieren hacernos más cruel este sacrificio,
y que no se haga tarde para que Medellín vea este extraordinario acontecimiento? Vean bien lo que hacen,
por que yo los cito para ante el Tribunal de Dios!
Alcalde. – Sí , allá iremos y verá que estaba obligada á obedecer las leyes.
Priora. – Repito, que desconozco esas leyes. A las Religiosas no las gobierna sino el Prelado
Eclesiástico.
Alcalde. – Eche el brazo. Veremos si sale ó no. Y pues no han querido atenderme viniendo acompañado
de hombres honrados, saldrán en brazos de los soldados.
Priora. – Retírese Ud., no me toque.
El Alcalde dijo á un gendarme que le acompañaba que hiciera entra á los soldados del Bomboná, y
convencida la Priora seguramente de los escándalos que los libertinos podían cometer, siquiera fuera
tocando á las esposas del Cordero, les dijo:
“ Es llegada l ahora que nuestro Señor tenía señalada para que se cumpliera este doloroso
acontecimiento. Ofrezcámosle este sacrificio y renovemos en su presencia nuestros votos. Digan, pues,
conmigo...” y en voz alta y llenos de ojos de lágrimas repitieron su profesión. En seguida protestaron que
salían del claustro á virtud de fuerza mayor y dijeron que Jesús Sacramentado, que era su testigo, sería
también su Juez.
Los ayes de las Religiosas, las lamentaciones de los fieles y la algazara de los estribos de la tiranía
compitieron con la tempestad que aún imperaba sobre la ciudad. Imponderable fue la amargura que inundó
el alma de la santa Comunidad y de la devota concurrencia que presenciaba el sacrílego despojo. Sollozos
rompían el aire como impetrando justicia al Cielo y un mar de lágrimas querían borrar aquella afrenta de la
entristecida faz de Colombia. ¡Cómo lloraron D. Marcelino Restrepo y D. Cruz Ma. Callejas; D, Lucio y D.
Manuel A. Upegui; el Dr. José Ignacio Quevedo y otros caballeros que presenciaron la escena!
¡Cuántas matronas y cuántas vírgenes se desmayaron en la Portería en fuerza del sentimiento, y
cuando el agotamiento de las lágrimas cegó los delicados órganos de la expansión!
En tal situación las Religiosas rodearon á su ínclita Prelada; se colgaron de su cuello y cogieron su
manto. Para colmo de amargura vióse caer á sus piés, víctima de un síncope, á la R. M. Isabel, y á la
Hermana Lucía de Nuestra Señora de los Angeles departir sobre cosas de poco momento con sus hermanos
¡Sálgan, sálgan! exclamó el Alcalde, y comenzó el doloroso desfile. La Priora casi arrastraba con otra
Religiosa a la amada compañera á quien en tan propicio momento le faltó el sentido, y los Upeguis conducían
en una silla á su hermana privada permanentemente de la razón.
Ninguna religiosa quiso hollar el mundo antes que su Priora, y todas se agruparon en la puerta
principal.
El Alcalde volvió atrás é hizo que la Priora de adelantara.
¡Caminen aprisa! dijo en alta voz el Alcalde, poniéndole la mano á una Carmelita.
No ultraje Ud. á las Religiosas, ni las toque, repuso en el mismo tono la Priora.
Es que se están demorando mucho y se hace tarde, dijo el Alcalde.
Y como este funcionario la pidiera la llave de una de las puertas, la dignísima Prelada le contestó:
“ No señor; por donde Uds. entraron salimos nosotras” .
Libre aquella heroína de la carga que llevaba, porque quitaron de sus brazos á la Madre Isabel para
sacarla, cómo á la Hermana Lucia en silla de manos, la ilustre Priora llegó con el Oficial escudero á la puerta
principal y arrodillándose con la Comunidad repitió con ella la solemne protesta que dos horas antes hiciera
en el Coro bajo, a presencia de Jesús Sacramentado, y la obra de la iniquidad se consumó!
Eran las seis de la tarde. La lluvia continuaba; la tempestad agitaba aún el espacio y los relámpagos
apartaban las tinieblas que se acercaban á velar aquel espectáculo digno de las célebres Clarisas de la
Tolemaida.
Momentos después atravesaba aquel Coro de Confesoras de la Fe la plazuela de San Roque y con pies
húmedos pisaba el reducido albergue que le brindara la habitual filantropía de D. Mariano Uribe F.
III
En aquella noche triste todo fue llanto y gemidos en el reducido albergue de las esposas de Cristo, y á
la mañana siguiente comenzó el arreglo del improvisado Monasterio; y en breve todo quedó dispuesto según
las circunstancias.
Distinguiéronse con sus buenos oficios en aquella dolorosa emergencia, el Dr. Quevedo, los hermanos
de la Priora, las Sras. Bernardina Alvarez de J., Andrea Bernal de L., Inés Posada de V., Rosalía Saldarriaga
de U., Joaquín Londoño, Candelaria y Antonia Pontón, y los inolvidables Ildefonso Londoño y D. José Estrada,
cuáles acarreando abandonados objetos del Monasterio, quiénes destinándoles un lugar en la nueva
Aventajados discípulos de Thénardier invadieron desde temprano el sagrado recinto é hicieron su
agosto en las plantas del Huerto y el jardín. El acarreo duró cuatro días, durante los cuales ejerció la
suprema inspección de los objetos sacados el Alcalde.
El 3 de Junio recibió las llaves el antiguo Síndico del Monasterio, tornado ya en Agente de bienes
desamortizados!
Varias Religiosas enfermaron en fuerza de las impresiones del 29 de Mayo, pero la Hermana Eufrosina
de San José fue acometida de aguda dolencia que exigió los cuidados del Dr. Quevedo. Gracias á una sangría
practicada por el eminente facultativo mejoró la salud de la interesante hermana de Da. Rosalía Saldarriaga.
El 14 de Junio ocupó la Comunidad la casa que el Presbitero José María Gómez Angel tenía en el Barrio
de Guanteros, y el valor de los arrendamientos fue pagado puntualmente por D. Marcelino Restrepo, D.
Rafael Posada, y señoras María Josefa y María Antonia Alvarez, M. J. Santamaría, Inés Posada, Mercedes y
María J. Zuláibar y Felicia Vélez. Para evitarse las consiguientes impertinencias de los curiosos, las Religiosas
salieron del lugar que hoy ocupa el Palacio Episcopal, á las 3 de la mañana.
Iban en el desfile tres Religiosas dementes quienes de vez en cuando interrumpían el imponente
silencio de la comunidad, y las cuales aumentaron en todas las casas de la peregrinación la pena de sus
hermanas, porque siempre hablaron como si se hallaran en su antiguo Monasterio.
Privadas las Carmelitas de sus rentas, una junta de notables comisionó á Dn. Mariano Uribe F. y á Dn.
Atanasio Restrepo para proveer por medio de suscripción popular á las necesidades de aquellas santas
mujeres. Como era de esperarse, la Comisión llenó satisfactoriamente su encargo.
Ya fuese por la humedad de la casa, ora por la aglomeración de Religiosas en piezas estrechas, ó
acaso por ambas causas, enfermaron, especialmente la Hermana de velo blanco, Juana de la Concepción.
Llamado el Capellán con motivo de las graves dolencias de dicha Hermana, también enfermó en la incómoda
mansión de sus Hijas, pero el 6 de Octubre de 1,863 volvió á los campos del Sur.
Llegada la época que el Gobierno creyó oportuna para asignar á las Carmelitas la renta viajera, un
nuevo Jefe Municipal se presentó á pedir cuenta á la Priora del nombre y apellido de cada Religiosa. Después
de algunas vacilaciones, la Prelada accedió á la demanda con la condición de que no de le enviase ningún
auxilio oficial. Habíase negado á ello con el Dr. Mendoza en el Monasterio; repitió su negativa al Dr. Nicolás F.
Villa en la primera estancia de la peregrinación urbana, y por ende era lógica su tercera negación.
Dispuesta la ocupación del Sagrado Claustro por los militares residentes en la Capital, la experta Priora
logró que Dn. Marcelino Restrepo obtuviera del Gral. José Anto. Plaza tiempo bastante para emparedar las
puertas del Coro, la Sacristía y el Panteón. Hizo más aquella digna Prelada: Vuelvo el Gobernador Bravo de
aplazara la ocupación militar del Convento. Resolvió, más tarde, el Gobernador que el Colegio oficial le
ocupase, pero el Rector Mendoza insinuó á sus discípulos respetuosa resistencia y la nueva tentativa de
profanación fracasó.
Por ese tiempo supieron las Religiosas que S. S. Pío IX al enterarse de las cartas que su Prelada había
dirigido por conducto de Dn. Marcelino Restrepo y de Dn. Julián Vásquez al Ilustrísimo Señor Arbeláez, á
quien la persecución religiosa llevó en buena hora á Roma, exclamó: “ Pobres Hijas mías! Este es el tiempo en
que el sexo débil sostiene la fé con fortaleza” .
En la noche del 13 de Noviembre citado desfilaron las Carmelitas hacia la amplia casa que Da.
Mercedes Zuláibar tenía en el Sur oeste de la ciudad, y el 1º de Diciembre falleció allí la Hermana Josefa
María. Hechas las preces por el Capellán, la Priora consiguió que el antiguo Síndico del Convento prestara la
llave de la puerta principal, y los hermanos de aquélla y otros devotos, sin miedo, llevaron públicamente el
cadáver y lo inhumaron en el Panteón del Carmelo. Cumplido el novenario de la finada, el Capellán volvió á los
campos de San Blas.
Con motivo del alzamiento del Gral. José María Gutiérrez E. contra el Gobierno en Abejorral el 7 de
Diciembre de 1863, fué sometida la nueva residencia de las Religiosas á una inspección militar que
comenzaba con el forzamiento de una entrada á virtud de este mandato: “ Rompan esa puerta y dénles
azotes á esas vagamundas” . Gracias á la intervención de Da. Josefa Zuláibar y de Da. Domitila Bernal, la
ronda se llevó á cabo sin la mínima violencia.
El curso de la revolución determinó al Gobernador Bravo á ocupar el Monasterio con parte de su
Ejército y á hacer especialmente del Coro, una prisión de Estado. Viven todavía algunos de los setenta
amigos de la Restauración que desde allí hicieron guardia de honor al testigo y al Juez que el Ilustrísimo
Señor Riaño dejara en el Tribunal del Carmelo.
Con cualquier pretexto, el Alcalde que antes del inolvidable 29 de Mayo exigiera á la Prelada relación de
renta y bienes del Capellán – el mismo que á los 36 años de cumplidos aquellos acontecimientos leerá con
asombro la historia de aquel episodio inmortal – pidió las llaves del templo, pero Dn. Tomás Uribe S.
encargado á la sazón de la Gobernación por que el impertérrito Pascual Bravo estaba en campaña, selló los
labios del suplente del héroe de la expulsión, y aunque el Carmelo fué convertido en Fortaleza defensiva, al
Santuario no penetraron sino las personas designadas por la egregia Genoveva.
Los triunfos de las armas restauradoras en Yarumal y en Cascajo pusieron término á la azarosa
situación de las Carmelitas, quienes alentaron la esperanza de volver á la Santa Casa.
En la noche del 15 de Enero y cuando la Madre tierra cubría los ensangrentados cadáveres de Plaza y
Isaza al Torno del improvisado Monasterio á dar los parabienes á las Religiosas y en demanda de
ornamentos para oficiar el 1º en el Oratorio del 2º á la mañana siguiente.
El 7 fué convertido el Locutorio en Capilla y ofició públicamente el Pbro. Jiménez. Al domingo siguiente
celebró la misa pro pópulo en el Atrio de la Iglesia parroquial porque el templo estaba profanado por los
sacerdotes que se sometieron á los Decretos del Presidente Provisorio.
Antes del 30 de Enero estaba refeccionado el antiguo Monasterio, ora porque los obreros devotos del
Carmelo prestaban gratuitamente sus oficios, ya por las limosnas que personas pudientes daban para pagar
en parte los salarios de dichos obreros. Señoras distinguidas limpiaban con sus criadas el sagrado
pavimento y reparaban con exquisito cuidado los daños que los soldados y Thénardier hicieron en el Huerto y
en el Jardin.
Pronto, muy pronto, estuvo el Carmelo en estado de recibir á sus antiguas moradoras, pero no era
prudente destinar el regreso á aquella mansión sagrada, porque ese paso dificultaba el reconocimiento de la
Restauración antioqueña por el Presidente de los Estados Unidos de Colombia. Así lo manifestó el Dr. Berrío
á las Carmelitas en la visita que las hizo y ellas convinieron en aplazar el vuelo al antiguo nido.
Durante la Pascua de Resurrección tuvieron la pena las Religiosas de ver morir fuera del ansiado
Monasterio á la Hermana de velo blanco Gertrudis de las Mercedes, cuyo cadáver enviaron con selecto y
numeroso cortejo al Panteón de las escogidas.
En aquel tiempo hizo su estreno en esta capital la afamada Compañía Dramática de Luque; y como
ofreciera una función á Beneficio de las Carmelitas, el Teatro apenas pudo contener la concurrencia. Llevado
el producto de aquel espectáculo á la prudente Prelada, ésta manifestó, en términos delicados, que
aguardaría instrucciones del Provisor de la Diócesis y de su Capellán para resolver el asunto. Ella opinaba por
la negativa, y sus Superiores confirmaron esa opinión. Y buena prueba hizo á la Compañía el producto de la
función que ella destinó para la paupérrima Comunidad, sin parar mientes en que no tan aína aceptan los
siervos de Dios el tributo de Belial.
El 28 de Octubre de 1864, á eso de la média noche, se puso en marcha la Comunidad para la antigua
casa de los Jesuítas á virtud de la donación que de sus derechos en ese inmueble le hicieron el Capellán, el
Pbro. Juan de Dios Uribe, los Sres. Posadas y otros caballeros. El Sr. Provisor, Pbro. Valerio Antonio Jiménez,
concedió á la nueva residencia de las Carmelitas los privilegios de Monasterio y clausura, y á la improvisada
Capilla, los que tuviera la iglesia del Carmen.
En Mayo de 1865 falleció en aquella casa, santificada por el destierro de los hijos de San Ignacio y por
cadáver fue conducido al Panteón del antiguo Monasterio, con la misma pompa que el de la Hermana
Gertrudis.
En Agosto de 1866 dejó la Prelacía la ínclita Genoveva de la Santísima Trinidad y la sucedió la R. M.
Magdalena de la misma advocación. Fue durante su administración cuando unos cuervos de la Federación
pretendieron desposarse aquí con piadosas Manos Muertas, pero el experto Berrío hizo radicar el remate en
Bogotá y consiguió, con admirable estrategia, que el Carmelo antioqueño fuera destinado, por el momento,
diz que para la Penitenciaria.
Vino el 17 de Abril de 1867. El Gran General Mosquera, alentado por el incondicionalismo de sus
adeptos, asumió el ejercicio de la Dictadura, y el Gran Berrío – fiel á los designios de la Providencia – entregó
la Penitenciaria á las víctimas del Presidente Provisorio y ocupó con las legiones legitimistas la antigua casa
de los Jesuítas. Más tarde legalizó aquel hombre superior la Restauración del Carmelo.
Llegada la noche del 11 de Mayo de aquel año venturoso, la Comunidad Carmelitana ocupó sus
antiguos lares...
Prodigios de la Fortaleza y de la Justicia!
Medellín, á 29 de Mayo de 1899, Aniversario 35º de un EPISODIO INMORTAL.