REVISTA CHILENA
FUNDADOR:
ENRIQUE
MATTA VIAL
TOMO
XVII
IMPRENTA SANTIAGO
ENSAYO
SOBRE LA NOVELA
INGLESA
CONTEMPORÁNEA
I
DedicadoaEmilio
Va'ísse,
el sesudo crítico del admirable Mercurio.I
Geoege
Elliot.
—La
retribución
comoley
moral de la
vida
George
Elliot'
esde
la
extirpe
de
Th.ackeray
y aún
maspro
fundo
que
él
en susadivinaciones de
psicología
humana.
A
ningún
autorrecuerda
tanto,
al
leerle,
como aGoethe,
el
escritor de las
máximas marmóreas.
Aparte
de
sutalento
posi
tivo
enpercibir
lo humano de
suspersonajes,
—ellos
sonbien
seresde
carney
hueso,
—posee
unpoder
extraordinario
de
raciocinio
que
cuaja
enpensamientos sorprendentes
por
suhondor
y
verdad.
Inicia
su carrera comotraductora y
ensayista,
colaborando
enla
Westmister
Review,
cuyo
sub-editor
fué
mastarde,
cuando
el
doctor
Chapman
sehiciera
cargo de
la
dirección. En esta
etapa
de
suvida,
dominó
cuantoofrecía
el
momentocientífico
y
sededicó
al
estudio de
las
principales
literaturas de
Europa.
Es
dable
decir,
sin
viso de
exageración
que
mujer
alguna
ha
poseido
susconocimientos.
Tan
extensosy
completos
fueron
ellos,
que
deslucieron
mucho
susúltimas
novelas, sobrecargadas
de informaciones
científicas. Hacía
desear
a suslectores,
el
ri-corso a
aquellos
cuadros
de la vida
clerical
(Edimburgo 1854,)
donde
haciendo
unparéntesis
al
presente,
rememora alos
cuarenta
años,
sujuventud
de
hija
de
unpastor
del
norte
de
Inglaterra.
Olvida
que
ha frecuentado
alos
espíritus
masavanzados
y
masfinos de
sugeneración,
aNewman,
al histo
riador
Froude,
aCarlyle,
aMartineau
y_a
Georges
Lewes,
el
biógrafo
de
Goethe,
conquien
acaba por
enlazarse
en unaunión
libre,
tal
comolo
aconsejara,
añosdespués
a suhija,
el
comunista Elíseo Reclus. En
estas escenasde los
presbiterios
de
sucondado,
descúbrese
unamoral esclarecida
y
noble;
maguer
sucredo
positivista, pinta
conelevada tolerancia los
acontecimien
tosde existencias
encuyos
principios
esenciales
ya
no cree.La
prosa
de
esasvidas
a vecesobscuras,
tanhumildes
y
borra
das,
nole oculta la claridad
poética
que
envuelve
amenudo los
actosde
uncorazón puro.
Estos cuadros de
costumbres,
fres-eos
y
descriptos
consimpatía,
atrajeron
la atención de la alta
crítica
hacia la
joven
sabia,
pero
los
que la
juzgaban,
no sedieron
cuenta
hasta donde
llegaría
sufacultad de novelista.
Ella misma
nolo advirtió hasta
pasar la
edad del
ensueñoy
entrar
enla madurez.
Al
añoentrante,
1859,
obtuvo
suprimer
éxito
definitivo. Era
consagrada
por
el
mismo
Thackeray
enel
Corrihill
Magaziné
como unaestrella de
primera magnitud,
trasponiendo
recién el horizonte. Fué
esta
novela
unestudio
alo Balzac del
mundo, palpitante
de
vida
y
pasiones
que
nos rodean.
Sobre los recuerdos
de
suaparentemente
deslucida
y
monótona vida
de
provinciana,
había de levantarse la celebri
dad
que
le
negara el
arduo cultivo de la ciencia. Admítese sólo
un caso
de
untemperamento
fraterno al
suyo,
insigne
endis
ciplinas
y
talentos
que parecen
excluirse.
Todos
a unopensa
remos enel
autor
de
,«Las Afinidades
Electivas,» poesía
y
prosa,
—para
deanbular de
una a otra ofundirlas
amenudo,
—fué el rótulo
ambiguo
de las memorias
de
Goethe
y
conél,
acaso,
en sugenialidad
zahori y
vidente
quiso
significar
unjuicio
sintético de
suobra.
«Adam Bede»
es unlibro
magistral,
suhéroe
no esprecisa
mente tal
cual de
susvigorosos
personajes,
sino
unacolectivi
dad
de
pobres
y
ricos,
de
privilegiados
y
desheredados,
que
enlucha
conlas trabas de la herencia
y
de la
riqueza,
buscan
unasituación donde
poder
hacer de sí mismos
seres masnobles.
La
vozdel dolor humano
seconcentra ante
todo
alrededor
de
la bella
y
vanidosa
Hetty
Sorrel.
Su falta
mitigada
por la
in
dulgencia
que
rodea
siempre
ala
belleza
física,
maguer
la hu
millación
que
en suprovecho
hace
sufrir
a susvíctimas,
—REVISTA CHILENA
7
Este
epitalamio
que
la cobardía del
joven squaire
tornaqueja
mortuoria,
essilenciado
por la
vozviril
y
jocunda
del
sano corazón
de
Adam.
Semejase
aunSiegfrid,
en sutaller
de
carpin
tero, canta,
juega, chancea,
entrega
encada
gesto
sualma,
ala
cual nada
sele
puede
negar,
porque tiene
virginidad
de
espí
ritu y
sucorazón
noha latido
conla traición
que
deshonra.
Canta
subalada el
mancebo fuerte y
bello.
A
suformación han
contribuido
por
partes,
igualmente
reales.
Natura
y
el
trabajo
venturosoy
bendito.
Ha dado
su amor, sufe
jurada
ala
coqueta
Hetty.
Ella
noatisba
bajo
suburda blusa
ocallosa
manoel claro
corazón
de
este
arquetipo
de
fuerza
moral
y
de salud
física.
La
tragedia
está
en estos trespersonajes,
delineados
conenergía,
claridad
y
unseguro
conocimiento del humano
corazón.
¡Qué patética
escenacuando
Hetty,
sola
en sualcoba,
húme
dos aún
suslabios de los
besos
del
pérfido
amante,
—semira
en
el
espejo, gozándose
enla
contemplación
de
suatizada
hermo
sura.La
casaduerme
enpaz;
todos
ignoran
sudicha!
Ah,
si
eseespejo
le hubiera
mostrado
el karma
inexorable;
el delito
frustrado,
el
fin
de
muertey
el
deshonor
arrojado
sobre
unnombre
que
le
legaron transparente
susabuelos.
Por
vías
distintas
ala
fe
cristiana,
llega
noobstante
alas
mismas
conclusiones,
esta
amiga
íntima de Heriberto
Spencer.
Amancebada
conel eminente filósofo Lewes desde los treinta
y
dos
años,
atestigua
enla
finalidad de
susnovelas,
unrespeto
rayano
enveneración por
la institución del
matrimonio,
que al
considerar
tan
sólo la felicidad
colectiva,
sacrifica
tantas
vecesla sensibilidad de la
mujer
y
la
ternura
de la madre.
George
Elliot
noprocede
eneste
asunto,
sino
como unacristiana
convicta.
No admite
seaparte
la
mujer
de
sufe
enla belleza
y
enel
todo'poder
de
sucuerpo
virginal,
unido
ala
castidad de
sucorazón.
Ella ha
ollado,
contodo
sugenio
y
cultura,
los
mis
mosprincipios
que
la niña inocente
eingenua,
pero
noimpor
ta,
—adoptando
unasanción
que
seapoya
ala
vez en sucien
cia
y
enla
fe
paterna
que
ha
abandonado,
conel
corazón
lleno
de pesares,
—condena
a
la
pobre Hetty
y
deja impunes
alos
miserables
que
seagitan
enderredor
ala criminal
por
amor.Paradojal
condenación.
La
puerta
entreabierta por las
her-•
manas
Bronté,
que
conduce
ala
experiencia
amorosade
Elliot,
escerrada
pesadamente
por
ella.
Su misión
es restaurarla
ley
moral de la retribución
enlos
actoshumanos.
La
simpatía
que
es
la
fuente de
sugenio,
favorece
por
entero aDinah
Morris,
la
predicadora
metodista. Para
ella,
eraésta la
principal
prota
gonista.
La
hace
actuar enel
trasuntode la
accióu
cual
unaprovidencia
que viniera
aerigir
el orden y la armonía
sociales,
convulsionadas
por
las disensiones
religiosas
y
políticas,
las
torpes
injusticias
de los
poderosos
y
la falta
sin
redención de
unapobre
niña
desgraciada.
Es ella
la
portavoz
del
autor conquien
tiene
un asazparecido.
Hace
existir
ante nosotros suspersonajes. ¡Qué vigorosa
mentetrazado
está,
por
ejemplo,
el
prelado
gran
señorde
la
aristocrática
Iglesia Establecida,
para
quien
la
religión
es comouna
herencia de
sangre y
unanoble
manerade
satisfacer
sused de humanismo.
Reproduce
al
eclesiástico señoril del Rena
cimiento,
edad
augusta
enque la
antigüedad
clásica
erael
refugio
de
los
espíritus
soñadores'.
Un
fuerte
espíritu^
de caBta
le
anima
y
esteconvencimiento,
fruto de
unrancio ambiente
social,
quita
a suegoísmo
toda la
abyección
que
pudiera
tener.No
menosanimadamente está
dibujado
el
padre
de
Adam
Bede,
el borracho
inveterado,
cuya
trágica
muerteestá
llena
del
sentimiento
de
lo
poético.
Ha
tiempo
el
alcohol le
hace habitar otro
mundo
y,
al
ahogar
se, va
hacia
él de lleno
comoquien
pasa de
un ensueño aotro.En
sudescripción
de la
multitud,
muestraque
cree en suredención,
sualma
notiene
secretopara
ella.
¡Qué
bien
cono ceel
tesorode los
humildes
del
cual
está
forjada
la fortuna de
las naciones!
La
composición
de la
fábula
esadmirable.
Equi
librada
entodas
suspartes,
produce
sulectura
esasensación
admirativa
que sólo
logra
lo que
esperfecto.
Este
arte no es menosrealista que
el de Carlota
Bronté,
y
lo
es
más
aún,
porque sale de la pura
instrospección
para
escudriñar las
pasiones
de todos los
seres.Combate
el
impulso
del
instinto
enla
emancipación
femenina,
la
quiere
fundada sobre
t
REVISTA CHILENA
9
por
unsolo
espíritu
humano,
durante el
cursode
suvida.
Así,
la
necesidad
lógica,
conduce
sin
saltos ni
brusquedades,
a esasleyes,
laa mismas'
entodas
partes,
que enuncian
de
que
atodo
errorsigue
uncastigo
adecuado
y que todo
actobueno
omalo
seprolonga
eninnumerables
consecuencias.
cEl Mili
onthe
Floss»,
(1860)
trae caracteresbien definidos
einolvidables
comoel de
Margarita
Tulliver,
interesantísima
desde el
punto
de
vista
autográfico;
el
jorobado,
interesante
muy de
otra maneraque el fantástico
Quasimodo
de Víctor
Hugo;—y
¡quién
noha conocido las
inquietudes
domésticas
de
la
infeliz
Mrs.
Tulliver,
movida por mil
minúsculos
temoresy
animada por
inverosímiles
"escaramuzas!
En
«Silas
Marner»,
(1861)
hallamos
otroejemplar
de
obra
maestra.
La
intriga
esmuy
simple,
un serni
bueno
ni
malo,
-encerrado
ensí
mismo;
unagran
injusticia,
unainiquidad
de
esas
que
permite
el
Eterno al diablo
imponer
a supredilecto
Job,
seciernen
sobre
el
pobre
zapatero
remendón. No
puede
defenderse
de
unaacusación
falsa por robo y
debe
sufrir
unod,e
esoscastigos
silenciosos,
que por
massangre que
manedel
corazón
o seagote
la
mentede
cavilaciones,
noalcanzamos
acomprender.
El
bueno
de
Silas,
cumplida
susentencia,
seinstala
nuevamente
de
zapatero,
lo
masapartado posible
de
la
aldea.
Vive
como unafiera
acorralada.
Es
unparia
social,
unsolitario,
unexcepto,
unrebelde
sin
heroísmo,
uncorazón
de hiena.
Es
en eseestado de
ánimo,
que el
amor enla
personita
de
unahuér
fana,
pura
einocente, golpea
a supuerta.
Sufre
conindiferen
cia,
pero
sin
humanidad
la
presencia
de
esefruto
de
unosamores
ilícitos,
comolos de
Hetty
Sorrel.
Si
bien el
amor materno
ha sido
en este caso masfuerte que el temor
de
las
consecuencias de la
culpa,
para que viva
estevastago,
esnecesario
que la madre
muera.Con
esesacrificio ella
compra
superdón
y
la misericordia de
la sociedad cuya
severamoral
aparente
ha
ultrajado.
Un
actode tan
evangélico
amor nopodía
sino ir in
directamente,
enla persona de la
niña,
acompensar
la congo
ja
de
otro ser, muertocivilmente
por
un errorjudicial.
Los
humildes
secompensan
entresí
sublimemente.
Sólo
La intrusa
con sucabecita
encantadora,
susrulos de
orovivo,
susbalbuceos,
susjuegos,
susmonerías
acaba,
trasluen
gas
horas de
paciencia
insistente
por
conquistar
el corazón
del
escéptico.
Pocos libros dan
unalección
massaludable del misterio
de-nuestroséxitos
ode
nuestrosinfortunios,
¿por
qué
noshiere
tanfríamente
unaciega
fatalidad
opor
qué
la
misma,
a veces^ nosexalta
sin
motivos
asitios
inmerecidos? Misterio abismal
del
que
sólo
unaf é y
unaesperanza
irrazonadas
pueden
medir
las
profundidades.
La
potencia
filosófica de
George
Elliot
ilumina este
asuntor
sermonea,
noda
conferencia
sobre
tanintrincado
arcano, nomoraliza,
expone
tansólo
un cuentodelicioso,
de
exquisito
sentir.
No
esGeorge
Elliot
tansólo
unhistoriador del
corazón
hu
manosino también
unpensador
eminente.
Son
estas
suscreaciones
masfrescas y
originales,
por
ellas
permanecerá
comohuésped
glorioso
enla «ciudad de los libros».
Ensayó
la novela histórica
en«Romola»
(1863)
cuadro
pin
toresco y exacto
de Florencia
en suépoca
de
grandes
luchas
morales. «Félix
Holt»
(1866)
expone
conel
vigor
y
la
fidelidad
de
undocumento histórico
unaelección
política.
Es
una novela animada
y
alegre
enque
el
lector abandona al
simpático
Félix,
hermano
menorde
Adam
Bede,
en unasituación
tan
dichosa
como subello nombre
romano.«Middlemarch»
(1872)
esobra de mucho
pensamiento,
teso
rode
aforismos. Señala
unavuelta
ala
descripción
de la vida
de
provincia
y
narrapesadamente
tres
historias de
amorentre
lazadas
a trescorrientes del
pensamiento,
físico
y
religioso.
Con «Daniel Deronda»
(1876),
—novela sobre
la
razaisraeli
ta,
cuadro
poderoso
eimportantísimo
comoaporte
psicológico,
—secierra el
REVISTA CHILENA
George Meredith:
El
cultor de la
madre
naturaleza
George
Meredith
es unliterato de
excepción,
seadelanta
enmedio
siglo
a suscontemporáneos. Adopta
antela
vida
y
todos
susproblemas
uncriterio
modernísimo
de
franca
y
libre
in
vestigación. Ninguna
convención,
y
menoslas
impuestas
por
la
rigidez
de la
corte,
le
detiene,
por
unaextrañísima
paradoja,
esteespíritu
educado
enAlemania,
bajo
la
excelente
dirección
de
los hermanos
Moravos,
cuya
influencia
sedante
también
sufrió
Goethe,
esel
menosgermanizante
de los
novelistas
ingle
ses.Su
humor
recio,
ala
vezhumanista
y
drolático,
esbien
inglés.
A
la
edad,
de
diez
y seis
añosregresó
aInglaterra
y
muy
jovencito
aún
seunió
enmatrimonio
ala
hija
del novelista
Thomás
Love
Peacock,
—cuyo
consejo
nofué
ajeno
a sudesa
rrollo
mental,
—y
seinstaló
enla
casade
campo de
susuegro.
¿Hay
campiña
tanbella
comola
inglesa?
Sus verdísimos
prados
cuidados
conprimor
y
donde
atrechos brillan los
gera
nios perennes
dan vista
alas
majestuosas
moradas estilo
Tudor,
cubiertas de hiedra
y,
surcados
por
senderillos
seextienden
bajo
los
olmos
frondosos y
los robles
vetustoshasta
unrío si
lente
que duerme
en suconfín.
¡Ah
que
inolvidable
estodo
ello!
Cerca de tal
hogar,
alguna
abadía
destruida,
meta
otrorade
devotos
cortejos
ocentro
donde
la
caridad
uhospitalidad
erangentilmente dispensadas,
alza
susvenerables
muros, sumando
unanotade
poesía
medioeval
al
ambiente
tranquilo»
próximo
aotro
eleva
gallardas
sus torres uncastillo desde cuya
terrazaalmenada el
panorama
se veconorgullo.
Al leer la
obra
de Meredith
apercíbese
al
punto
estaestada
cercade
la
naturaleza,
ella
constituye
suinspiradora
y
a susojos
espor
contrariarla
que
adolecemos
de todos los males.
Este aristocrático sentir
expresado
en unestilo
trabajado
enepigramas,
antítesis
y
giros
rebuscados,
al dificultar la
compren
sión de lo
escrito,
ha sido
unode los motivos de lo tardamente
que fué
reconocido
el
autorde «The
Egoist».
cuyo estilo sibilino
esla tortura
de
los eruditos y
de
susadora
dores.
A las
complicaciones
señaladas,
vienen
aagregarse la
doctrina
estética y la filosofía
del
autor.
No
essólo
exquisito
poeta
y
novelador,
sino que
hay
enél constantemente
unfiló
sofo,
deseoso
de
satisfacerse
y de expresarse. El
seha encarga
do de
exponer
susideas
endetalle
a veces enel
cursode
suspropios
libros
novelescos,
y
enninguna
parte
con tantafinura,
como en«Essayon Comedy»
(1897)
que
es unode
susúltimos
trabajos,
escrito treinta y ocho
añosdespués
de
la
publicación
de
suprimer
gran
libro. En
sucredo
sealian
positivismo
y fa
talismo
conráfagas panteístas.
Nacemos
eneste
astroque
ensu
mayor
parte
novive
como nosotrosde
pensamiento lógico,
sino
de
instintos
informes,
nuestroesfuerzo limitado
aél
nodebe
ir más
allá del
horizonte
donde
el foco
solar desciende
todos los días.
¿Qué hay
allende
los campos
de estrellas?
No
nosincumbe
el
averiguarlo. ¿A
qué
la
metafísica,
aqué
la
ciencia cuando
abandona el
suelo
donde
pisamos
confirmeza? Todo
ello
esvanidad de
vanidades.
¿Cuál
esel
objeto
de
nuestrovivir?
Su
filosofar
responde: trabajar
y
serútiles,
probarlo
todo y retener
lo bueno. La
dicha está
enel
esfuerzo,
en lasdificultades de la
prueba,
no enel resultado délas mismas. No debe
interesarnos
el
final del
viaje
sino él
mismo y
las
esperiencias
del
camino;
la finalidad
y el
sentido de
la
vida
nosescapan, si
notenemos
fé,
sesobre-entiende:
nohay
certidumbre
a surespecto
para
la
inteligencia
humana
ola razón
razonante.Meredith
seciñe
tan
sólo
al reino de lo
visible
y
no vamás
allá,
pero
comotodo
ser
cuyo fondo
espoesía
y
saber,
emoción y
sentir,
humor
y
sonrisa de
piadosa
ironía,
tiene que
ofrendar
aalguien
el
exceso
de
su amor.Tal
esel
origen
de
suculto
por
la
«Mother
Eakth»,
amenudo
tansensualmente
descrito
y
tan serenamen teseguido,
para
él
hace
estalas
vecesde
Dios
y
de todas las
manifestaciones
einstituciones
enque
semanifiesta
suexistir
y
suprovidencia.
¿Columbra
el
lector
aque
desaptre conduciría
estepragma
tismo terreno?
Semejase, prima
facie
al naturalismo de Zola
oal
ultra-realismo,
rayano
enlo brutal de
Guy
de
Maupassant,
REVISTA CHILENA
13
la
tormenta, atraviesa el
fuego
sin
quemarse
y
comoUlises
deja
sobre el
másalto
peñón,
ala ninfa
Calipso,
pesarosa
einconsolable de verle
partir
para
siempre.
La
magia
de los
sentidos
nole conducirán
al laberinto del
cual
tandifícilmente al
canzan asalir
nuestros
novelistas
latinizantes. Así
sucredo
moral
o sufilosofía
nodeprime
ni
enerva,da
eorage y
esverbo
deleitoso
para los
inteligentes.
Para
explicarnos
el
porqué
pone
sobre
la
portada
de
sulibro
doctrinal
«Essay
onConedy»,
debemos
remontarnos a esosconvites
de donde
.salieron
los
diálogos
platónicos.
Junto
el
fruto
de
la
mies,
la deliciosa sangre
de
las
viñas
y
las
frutas,
amaban
esosinsuperados
antiguos,
reclinarse
y
conversarde
cosastrascendentes
conla sonrisa' fácil
y la emoción
aflor
de
piel. ¿Quién
no seha
sentido
optimista,
enocasión de reunio
nessemejantes,
cuando
el
buen
humor
seescancia
conel
Me-doc
bermejo
oel
orodel
Sauternes,
mientras
los suculentos
vapores del asado confortan
alos
comensales? En
esesentido
originario palpitan
el
optimismo,
a vecesdionisíaco de
Mere
dith,
suespíritu
Zumbón,
sudicha
de
vivir.
Estos
placeres
no sonsino para los
menos,los iniciados
enla
plenitud
de
las formas
eternamenteseductoras
de
las
cosas:así
la novela
que ilustra
con sunombre
esteautor,
esesencial
menteobra
intelectual para letrados,
«Desórdenes
enel fondo vacíos
y
tristes,
de los
amoressin
lazo
y
cuya
impiedad
temen
ala fecundidad
como a uninfortunio.»
La fuente
espura,
sépuede
beber
enella.
En 1856 aparece
suprimera
obra de
fondo,
«The
shaving
of
ghagpat»,
donde
ensaya
con manofeliz
su«weltanshzung».
Describe allí la
carrerade
unjoven
reformador
que
llega
ala
meta
del ideal
propuesto
sin
inquietarse mayormente
de los
re vesesy
decepciones
de la ascensión. Es
un#peregrino
de
piedra.
Tres
añosmás
tarde
(1859),
escribe «The Ordeal
of
Richard
Feverel»,
la-
primera
entrelas
grandes
producciones
de
Mere
dith. Puede
juzgársele
la
más
bella
y
clásica;
esla
másordena
da
en sucomposición
eintensa
en sudesenvolvimiento. Tiene
unasignificación especialísima
dentro de la
obra
total del
escritor
y muéstrase
representativa
cual
ninguna,
porque
enella
sedan cita
susmejores
cualidades. Ofrece todo el
aspecto
de
unaexperiencia
personal generalizada.
Es el
romance,si que
réis,
absurdo de la
pedantería
cultural de la ciencia
ciega
y
vana,substituyéndose
ala naturaleza
enla dirección de
un serviril,
de
primer
orden,
tallado
noobstante para
seruncarácter.
Tan seductora promesa
semarchita
por
unode
esosdesencan
tos
del
primer
amor,
trágicamente
fuerte y
alos
que nadie
puede
sobrevivir
sin
peligro
de
enloquecer.
«The Ordeal
of
Richard Feverel»
es a su maneragrandilocuente
unanovela
filosófica. No
espor
ello tratado
filosofal,
sino
ejemplo,
docu
mentopalmario.
Mejor
que
otrocualquiera
de los
novelistas
del
siglo,
realiza
el
tipo
del hombre de
letras,
viviendo él mis
mo en suspropios personajes.
Derrama
en suslibros toda
sumaravillosa
sensibilidad:
suemoción
armónica,
suterneza,
surebeldía,
suindignación,
supiedad
y
suironía,
estasdos últi
masactitudes
las
másnecesarias de
la
vida.
pro-REVISTA CHILENA
15
pósitos
y
conjeturar
de
antemano,
sin
trabajo,
cómo
se van aportar
endeterminados
momentos.El estilo
preciosista,
gongórico, cuajado
de
antítesis,
metáfo
ras,
comparaciones,
envíos,
ritornellos,
esconsubstancial al
autor
comodijera
Montaigne.
Sin
aprendizaje
de
miseria,
cual
tuviera el
autorde «Nicholas
Nickeby»
olos
revesesde
fortuna
de
Thackeray,
esde
admirar
comoprofundiza
los
casosde
esainfelicidad traída
por
la intromisión
enla vida
ajena.
Es
aten
tísimo al mal que
causamos alos
otros,
sentenciándolos
al
tra
vés
de
nuestrocarácter
y
nodesde
supunto
de vista
que
nopuede
ser otroque
el llamado de
suinstinto
oel
empuje
de
sudestino.
Nada hace zozobrar
tanto
sualma
pagana y
renaciente,
suvisión
de lo
divino
entodo,
comocuando
estedominio
esejer
cido sobre los
impulsos
de la
juventud,
para
quien
quisiera
todos los elementos de la verdadera nobleza ética y toda la li
bertad
para
manifestarse.
«Richard Feverel»
esla historia minuciosa de
unjoven
aris
tócrata
inglés,
cuyo
padre,
imbuido de la
ciencia
eugénica,
quiere
hacer
con suhijo
unexperimento
de selección. Ha sido
elector de
Spencer
y
de
Darwin,
y
deslumhrado
por
la
riguro
sidad de la
ciencia,
la
interpreta
enrapto
de sincero
pero
errado
amorpaterno,
para
basar
en susdictados la felicidad futura
de
suúnico
hijo.
En la
primera
ocasión,
precisamente
enel
momento
crítico
del
despertar
de
los
sentidos, Ricardo,
sólo moldeado
amedias
por
la
disciplina
mecánica,
cede ante
unpar
de bellos
ojos.
Descrito
conpoética
maestría
comienza
en suidilio
enlos cla
rosdel
bosque
de
la
propiedad
paterna,
al
borde
de
unarroyo.
Un beso
femenino ha
bastado
para
borrar
unaeducación
enque
la virtud
y
el
saber
no seconsiguieron
conla
espontanei
dad del
corazón
ola natural curiosidad de la
mentevirgen.
El
drama
sigue
ala
auroradel
primer
amorpuro y
exquisito:
vie
neel
choque
conel
padre,
la
separación,
la
lucha,
el
tormentoque
impone
unacivilización
malsana
ennombre del
pensa
miento fosilizado de
unaélite social.
ca-tastrófico,
comoel
de Romeo
por
Julieta,
sesepara de la
esposa
cuyo
vivir
está enla
sangre de
sus venas.Con
rasgos de
unrealismo
cruel,
enque nada
sedeja
tansólo
ala
imaginación,
Meredith
persigue
con saña sudemos
tración de la
maldad
de
todo fanatismo.
Hay
cuadros y
escenasde
unabelleza
rara vezsuperada:
el
himno
enprosa
del
capítulo XIX;
desconsoladores,
de
unaamargura
angustiosa,
sonlos
adiosés
entre
el
débil
Ricardo
y
suadorable esposa,
nuevaMiranda,
nimbada
de
fatal
inocencia
y
divina
belleza. No
conozco enidioma
alguno
situación
más
dolorosamente
trágica
que la
de
aquellos
dos
sere3,que todo
lo
han inmolado
a suinvicto
amor,y
separados
por
unadébil pa
red
nopueden
verse,retenidos
por
el
impío
y
diabólico
temor
de
unaciencia
médica
de sincuranza
por las
realidades
supre
mas
de
la
vida. Arranca
lágrimas
el
presenciar
esecuadro
de
terminado
por
unamaldad
tanhonda
y
taninútil. La ausencia
del
amado
esel
origen
del
mal;
tansólo
supresencia
puede
curarle.
Mas
todo
seinterpone
para
que
ello
nosuceda. Triun
fan
las
sinrazones del
egoísmo
y la
impasibilidad
de la ciencia.
El corazón que ha
anhelado
tantoya
nosostiene
la
sangre
en susgastadas
paredes,
estalla
enel
inmoderado
deseo.
Cuan
do ya ha
muertola
ainada,
puede
entrar
Ricardo. Mas lodo ha
concluido:
quimera
generosa, ensueño,
que hacen
tanamables
y casi
seresdivinos
a sushéroes;
todo
ha
sido sacrificado
a unfalso
principio.
Tres
vidas han
sido
tronchadas.
■
¡Qué
abismo de
pesar
el
de
sir
Austin,
frente
alas cenizas de
unfuego
casi
extinto,
maldiciendo
susideas
directrices insa
nas.Cerca suyo
estáel
hijo
aquien
nadie
puede
arrancardel
estupor
enque
lo
ha
sumido
sudesgracia.
¡El
había nacido
para
serfeliz
contodas
las
perfecciones
físicas,
contodas las
ventajas
de la fortuna y los
privilegios
del
alto
rango
social!
La
venturaha sido tronchada para
siempre
para
estosdos
seres,
cuyo
sobrevivir
estodavía peor que la muerte. Ya
jamás
sonreirán.
La
crítica
contemporánea
censuró
comoinmoral
y
hasta
REVISTA CHILENA H
Gustavo Flaubert
por
eu«Madame
Bovary,»
«Evan
Harring-ton»(1881)
y
«Rhoda
Fleming»
(1865,)
manifiestan el
desarro
llo
de almas
contrariadas
por
circunstancias
adversas.
En
la
pri
merade
ellas,
abundan los hermosos
pensamientos,
traducidos
enexpresiones
tanoportunas
que,
a nohaber
escrito
otra
cosa,Meredith
sería
recordado por
la
concepción
de la
moral
y de
la
vida enunciadas
enella
con un arteselectísimo.
Tiene sed
de
la
expresión
artística acabada
y de la
verdad,
por
sobre
todo.
En
«Harry
Richmond»
(1871)
se muestrade
manerasusciuta
la
unidad de
este
artey de
la.
doctrina de
este
pensador.
La novela «Beauchamt's
carreer»(1876)
seocupa
de
la
vida
política
muy de
otramaneraque
lo
hacía
el
dandysmo elegante
de
Disraeli
ola prpsopopeya
de
Bulwer
Lytton.
Es
unade
las
grandes
novelas del
siglo
que
tratansobre
la
astucia
y la
hipo
cresía
aplicadas
a un arte tanmoralmente
inferior
comoel de
gobernar
alos
pueblos.
Posee
la forma
literaria
impecable,
el
argumento
impregnado
de
energía
y
el
elemento
patético
que mantiene vivas las
emociones
del lector.
«The
Egoiet»
aparecido
en187,9
esfuera de
duda
la obra
mastípica
de Meredith.
Estudia
el yo y
suauto-culto
tanrevelador
de las
pequeneces
y
miserias
humanas. La
sátira
sedirige
principalmente
al
hombre
en esasituación
enque
perturba
y hace
vibrar el
amor sus masdelicadas fibras.
La
audacia ridicula
como enel
episodio
famoso de
Edmond
Rostand
nuncadesalojó
al buen sentido
con tantafuerza.
La
trama sereduce
ala
búsqueda
de
unaesposa por
parte
de Mr.
Willoughly
Patterne adornado
de
todas
las virtudes de
la
época
victoriaua.
El análisis harto
minucioso
eu unsenti
miento que ha de ir
acompañado
de
expontaneidad,,no
lleva
sino
aperder
lo que
fácilmente
séobtiene
consolo
seguir
el
caucede
nuestros sueños.Así
ocurre asir
Willpughy
Patterne
habiendo
dejado
pasar
comosombras
sucesivamente la
belleza,
el
caráctery la
abnegación,
acaba por
desposarse
con unadama
que
essolo
reflejo
pálido
de
sutorturado
ideal.
Esta
crítica,
no excentade
aguda
sátira,
contrael rol
masculino
eulas relaciones de los
sexosha sido para
la
mujer,
quis
quillosa
de
sulibertad,
unaporte
valiosísimo
a su causacipadora.
El
movimiento feminista
debe
eugran
parte
suéxito
aesta
simpatía comprensiva.
Con «One
of
ourConqueros's»
(1891)
y
«The
Amazing
Mar-riage»
(1895)
persigue
con susdardos de Juvenal la
práctica
aoutrance
del
amor enel
matrimonio,
donde la
mujer
engaña
da
oequivocada
nodebe
mirar
hacia
atrás
sopena de
que el
Código
civil la
petrifique
como ala
mujer
de
Loth,
al salir dé
Sodoma,
la ciudad feria de la
lujuria.
Cuando
se esfeliz,—
dice
Remy
de
Gourmont,
—a uno no
le
esposible
permanecer
en casa,solo
sevive bien por el deseo.
Por
susalusiones
a unescándolo
del\gran
mundo,
«Diana
of
the
Crossways»
esla obra de Meredith
masal alcance del
pú
blico. Menos
análisis,
masclaridad
enel
desarrollo,
y
humani
dad
enel alma de los
personajes,
han dado
aesta novela
marcada
preferencia
sobre
las demás.
Meredith
no esni
será
jamás
unautor
popular.
Le falta la
ingenuidad
y
el
artecasi
infantil de
contar un cuentoencanta-doramente.
Su obra
seresiente de
suintelectualismo,
de
suhumor elevado
y
fino
pero
llevado
a veces a un exceso talque
setorna
cruel.
El
estilo,
engemeral
demasiado
amanerado, bri
llante
de
púrpura
y
oro,deja
ala idea envuelta
comoBruuilda
enengañosas
llamas, espejeante
artificio
que
ahuyenta
alos
tímidos
y
alos
simples,
pero
cuando
uno sefamiliariza
conél,
qué
fiesta
para
la
inteligencia
y
qué
música
para
el
oído!
REVISTA CHILENA
19
Thomas
Hardy.
—El
determinismo
como
factor
de
la
vida
No
es meramentepor
amor alas
clasificaciones
que
el
juicio
literario,
agrupa
juntos
ciertos
grandes
hombres.
Son ellos
amenudo el
complemento
el
unodel
otro.
Eq
la
aurorade la
época
victoriana
hemos<reunido
el nombre de
Dickens
y
el de
Thackeray; luego
el de Carlota Bronté
y
el de
George
Elliot
y
en
el extremo
de
esteperíodo,
unido Meredith
aThomas
Hardy.
Así
comolos dos
grandes
de la mitad del
mil
ochocientos habían
hecho de Londres
y
sushabitantes
el ambiente de
susinvesti
gaciones,
Meredith
y
Hardy,
recurren ala
vida rural. Un
contacto
masíntimo
conla
tierra
les
caracteriza;
ella
inspira
su artey aún
suconcepción
general
de
la
vida.
Partiendo de
unmis
mopunto
de
vista,
susreflexiones
respectivas
conducen al
unoa un
optimismo
alentador
y al
otroal nihilismo moral.
Meredith admite
la
lucha
contra
el
aparente
determinismo
de
la
existencia,
pero
Hardy
al
eliminar de
susconsideraciones,
el
esfuerzo
y
la
virtud,
hace del hombre
unjuguete
de las
fuer
zas
ciegas
del Universo.
La
vida
erapara
el
autorde
«La
prueba
de Ricardo
Feverel,»
undeporte,
unjuego
renovado
sin
cesar, y al cual
no segana
todas las
veces, más
donde el buen humor acaba
por vencer
la
mala
suerte.Debido
a unaprofunda
decepción,
acaso o aalgún
ensueñono
realizado
o ala misma amargura
que
surge
de
los intereses
encontrados
en nuestravida donde
acontece
tanpoco
lo
que
proyectamos
y
sucede harto
amenudo—donde lo
que tememos.
La misma naturaleza
con susbrutales
aleccionamientos,
nosconduce
apensar así.
Sea
de
ello lo
que
fuere,
Hardy
es unpesimista.
Sin
embargo,
donde
puede mejor
unescritor
mozo
meditar,
soñaro
componer
que
enmedio de la
incomparable
seducción
de los
paisajes ingleses
donde
cada
generación
agrega
algún
recuerdo de
su amorpor
el
hogar
donde nació? La
predilección
del escritor por
surincón
natal,
el condado de
Dorsetshire,
es
un