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LEER Y DESCARGAR: KAFKA de Ernst Fischer

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KAFKA

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Colección

SOCIALISMO y LIBERTAD

Libro 1 LA REVOLUCIÓN ALEMANA

Víctor Serge - Karl Liebknecht - Rosa Luxemburgo

Libro 2 DIALÉCTICA DE LO CONCRETO

Karel Kosik

Libro 3 LAS IZQUIERDAS EN EL PROCESO POLÍTICO ARGENTINO

Silvio Frondizi

Libro 4 INTRODUCCIÓN A LA FILOSOFÍA DE LA PRAXIS

Antonio Gramsci

Libro 5 MAO Tse-tung

José Aricó

Libro 6 VENCEREMOS

Ernesto Guevara

Libro 7DE LO ABSTRACTO A LO CONCRETO - DIALÉCTICA DE LO IDEAL

Edwald Ilienkov

Libro 8 LA DIALÉCTICA COMO ARMA, MÉTODO, CONCEPCIÓN y ARTE

Iñaki Gil de San Vicente

Libro 9 GUEVARISMO: UN MARXISMO BOLIVARIANO

Néstor Kohan

Libro 10AMÉRICA NUESTRA. AMÉRICA MADRE

Julio Antonio Mella

Libro 11FLN. Dos meses con los patriotas de Vietnam del sur

Madeleine Riffaud

Libro 12MARX y ENGELS. Nueve conferencias en la Academia Socialista

David Riazánov

Libro 13 ANARQUISMO y COMUNISMO

Evgueni Preobrazhenski

Libro 14 REFORMA o REVOLUCIÓN - LA CRISIS DE LA SOCIALDEMOCRACIA

Rosa Luxemburgo

Libro 15 ÉTICA y REVOLUCIÓN

Herbert Marcuse

Libro 16 EDUCACIÓN y LUCHA DE CLASES

Aníbal Ponce

Libro 17LA MONTAÑA ES ALGO MÁS QUE UNA INMENSA ESTEPA VERDE

Omar Cabezas

Libro 18 LA REVOLUCIÓN EN FRANCIA. Breve historia del movimiento obrero en Francia 1789-1848. Selección de textos de Alberto J. Plá

Libro 19MARX y ENGELS

Karl Marx y Fiedrich Engels. Selección de textos

Libro 20 CLASES y PUEBLOS. Sobre el sujeto revolucionario

Iñaki Gil de San Vicente

Libro 21 LA FILOSOFÍA BURGUESA POSTCLÁSICA

(5)

Libro 22 DIALÉCTICA Y CONSCIENCIA DE CLASE

György Lukács

Libro 23 EL MATERIALISMO HISTÓRICO ALEMÁN

Franz Mehring

Libro 24 DIALÉCTICA PARA LA INDEPENDENCIA

Ruy Mauro Marini

Libro 25 MUJERES EN REVOLUCIÓN

Clara Zetkin

Libro 26 EL SOCIALISMO COMO EJERCICIO DE LA LIBERTAD

Agustín Cueva - Daniel Bensaïd. Selección de textos

Libro 27 LA DIALÉCTICA COMO FORMA DE PENSAMIENTO - DE ÍDOLOS E IDEALES

Edwald Ilienkov. Selección de textos

Libro 28 FETICHISMO y ALIENACIÓN - ENSAYOS SOBRE LA TEORÍA MARXISTA EL VALOR

Isaak Illich Rubin

Libro 29 DEMOCRACIA Y REVOLUCIÓN. El hombre y la Democracia

György Lukács

Libro 30 PEDAGOGÍA DEL OPRIMIDO

Paulo Freire

Libro 31 HISTORIA, TRADICIÓN Y CONSCIENCIA DE CLASE

Edward P. Thompson. Selección de textos

Libro 32 LENIN, LA REVOLUCIÓN Y AMÉRICA LATINA

Rodney Arismendi

Libro 33 MEMORIAS DE UN BOLCHEVIQUE

Osip Piatninsky

Libro 34 VLADIMIR ILICH Y LA EDUCACIÓN

Nadeshda Krupskaya

Libro 35 LA SOLIDARIDAD DE LOS OPRIMIDOS

Julius Fucik - Bertolt Brecht - Walter Benjamin. Selección de textos

Libro 36 UN GRANO DE MAÍZ

Tomás Borge y Fidel Castro

Libro 37 FILOSOFÍA DE LA PRAXIS

Adolfo Sánchez Vázquez

Libro 38 ECONOMÍA DE LA SOCIEDAD COLONIAL

Sergio Bagú

Libro 39 CAPITALISMO Y SUBDESARROLLO EN AMÉRICA LATINA

André Gunder Frank

Libro 40 MÉXICO INSURGENTE

John Reed

Libro 41 DIEZ DÍAS QUE CONMOVIERON AL MUNDO

John Reed

Libro 42 EL MATERIALISMO HISTÓRICO

Georgi Plekhanov

Libro 43 MI GUERRA DE ESPAÑA

Mika Etchebéherè

Libro 44 NACIONES Y NACIONALISMOS

Eric Hobsbawm

Libro 45 MARX DESCONOCIDO

(6)

Libro 46 MARX Y LA MODERNIDAD

Enrique Dussel

Libro 47 LÓGICA DIALÉCTICA

Edwald Ilienkov

Libro 48 LOS INTELECTUALES Y LA ORGANIZACIÓN DE LA CULTURA

Antonio Gramsci

Libro 49 KARL MARX. LEÓN TROTSKY, Y EL GUEVARISMO ARGENTINO

Trotsky - Mariátegui - Masetti - Santucho y otros. Selección de Textos

Libro 50 LA REALIDAD ARGENTINA - El Sistema Capitalista

Silvio Frondizi

Libro 51 LA REALIDAD ARGENTINA - La Revolución Socialista

Silvio Frondizi

Libro 52 POPULISMO Y DEPENDENCIA - De Yrigoyen a Perón

Milcíades Peña

Libro 53 MARXISMO Y POLÍTICA

Carlos Nélson Coutinho

Libro 54 VISIÓN DE LOS VENCIDOS

Miguel León-Portilla

Libro 55 LOS ORÍGENES DE LA RELIGIÓN

Lucien Henry

Libro 56 MARX Y LA POLÍTICA

Jorge Veraza Urtuzuástegui

Libro 57 LA UNIÓN OBRERA

Flora Tristán

Libro 58 CAPITALISMO, MONOPOLIOS Y DEPENDENCIA

Ismael Viñas

Libro 59 LOS ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO

Julio Godio

Libro 60 HISTORIA SOCIAL DE NUESTRA AMÉRICA

Luis Vitale

Libro 61 LA INTERNACIONAL. Breve Historia de la Organización Obrera en Argentina.

Selección de Textos

Libro 62 IMPERIALISMO Y LUCHA ARMADA

Marighella, Marulanda y la Escuela de las Américas Libro 63 LA VIDA DE MIGUEL ENRÍQUEZ

Pedro Naranjo Sandoval

Libro 64 CLASISMO Y POPULISMO

Michael Löwy - Agustín Tosco y otros. Selección de textos

Libro 65 DIALÉCTICA DE LA LIBERTAD

Herbert Marcuse

Libro 66 EPISTEMOLOGÍA Y CIENCIAS SOCIALES

Theodor W. Adorno

Libro 67 EL AÑO 1 DE LA REVOLUCIÓN RUSA

Víctor Serge

Libro 68 SOCIALISMO PARA ARMAR

Löwy -Thompson - Anderson - Meiksins Wood y otros. Selección de Textos

Libro 69 ¿QUÉ ES LA CONCIENCIA DE CLASE?

(7)

Libro 70 HISTORIA DEL SIGLO XX - Primera Parte

Eric Hobsbawm

Libro 71 HISTORIA DEL SIGLO XX - Segunda Parte

Eric Hobsbawm

Libro 72 HISTORIA DEL SIGLO XX - Tercera Parte

Eric Hobsbawm

Libro 73 SOCIOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA

Ágnes Heller

Libro 74 LA SOCIEDAD FEUDAL - Tomo I

Marc Bloch

Libro 75 LA SOCIEDAD FEUDAL -Tomo 2

Marc Bloch

Libro 76 KARL MARX. ENSAYO DE BIOGRAFÍA INTELECTUAL

Maximilien Rubel

Libro 77 EL DERECHO A LA PEREZA

Paul Lafargue

Libro 78 ¿PARA QUÉ SIRVE EL CAPITAL?

Iñaki Gil de San Vicente

Libro 79 DIALÉCTICA DE LA RESISTENCIA

Pablo González Casanova

Libro 80 HO CHI MINH

Selección de textos

Libro 81 RAZÓN Y REVOLUCIÓN

Herbert Marcuse

Libro 82 CULTURA Y POLÍTICA - Ensayos para una cultura de la resistencia

Santana - Pérez Lara - Acanda - Hard Dávalos - Alvarez Somozay otros

Libro 83 LÓGICA Y DIALÉCTICA

Henry Lefebvre

Libro 84 LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA

Eduardo Galeano

Libro 85 HUGO CHÁVEZ

José Vicente Rangél

Libro 86 LAS GUERRAS CIVILES ARGENTINAS

Juan Álvarez

Libro 87 PEDAGOGÍA DIALÉCTICA

Betty Ciro - César Julio Hernández - León Vallejo Osorio

Libro 88 COLONIALISMO Y LIBERACIÓN

Truong Chinh - Patrice Lumumba

Libro 89 LOS CONDENADOS DE LA TIERRA

Frantz Fanon

Libro 90 HOMENAJE A CATALUÑA

George Orwell

Libro 91 DISCURSOS Y PROCLAMAS

Simón Bolívar

Libro 92 VIOLENCIA Y PODER - Selección de textos

(8)

Libro 93 CRÍTICA DE LA RAZÓN DIALÉCTICA

Jean Paul Sartre

Libro 94 LA IDEA ANARQUISTA

Bakunin - Kropotkin - Barret - Malatesta - Fabbri - Gilimón - Goldman

Libro 95 VERDAD Y LIBERTAD

Martínez Heredia-Sánchez Vázquez-Luporini-Hobsbawn-Rozitchner-Del Barco

LIBRO 96 INTRODUCCIÓN GENERAL A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA

Karl Marx y Friedrich Engels

LIBRO 97 EL AMIGO DEL PUEBLO

Los amigos de Durruti

LIBRO 98 MARXISMO Y FILOSOFÍA

Karl Korsch

LIBRO 99 LA RELIGIÓN

Leszek Kolakowski

LIBRO 100 AUTOGESTIÓN, ESTADO Y REVOLUCIÓN

Noir et Rouge

LIBRO 101 COOPERATIVISMO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN

Iñaki Gil de San Vicente

LIBRO 102 ROSA LUXEMBURGO Y EL ESPONTANEÍSMO REVOLUCIONARIO

Selección de textos

LIBRO 103 LA INSURRECCIÓN ARMADA

A. Neuberg

LIBRO 104 ANTES DE MAYO

Milcíades Peña

LIBRO 105 MARX LIBERTARIO

Maximilien Rubel

LIBRO 106 DE LA POESÍA A LA REVOLUCIÓN

Manuel Rojas

LIBRO 107 ESTRUCTURA SOCIAL DE LA COLONIA

Sergio Bagú

LIBRO 108 COMPENDIO DE HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA Albert Soboul

LIBRO 109 DANTON, MARAT Y ROBESPIERRE.Historia delaRevoluciónFrancesa Albert Soboul

LIBRO 110 LOS JACOBINOS NEGROS. Toussaint L’Ouverture y la revolución de Hait

Cyril Lionel Robert James

LIBRO 111 MARCUSE Y EL 68

Selección de textos

LIBRO 112 DIALÉCTICA DE LA CONCIENCIA – Realidad y Enajenación

José Revueltas

LIBRO 113 ¿QUÉ ES LA LIBERTAD? – Selección de textos

Gajo Petrović – Milán Kangrga

LIBRO 114 GUERRA DEL PUEBLO – EJÉRCITO DEL PUEBLO

Vo Nguyen Giap

LIBRO 115 TIEMPO, REALIDAD SOCIAL Y CONOCIMIENTO

(9)

LIBRO 116 MUJER, ECONOMÍA Y SOCIEDAD

Alexandra Kollontay

LIBRO 117 LOS JERARCAS SINDICALES

Jorge Correa

LIBRO 118 TOUSSAINT LOUVERTURE. La Revolución Francesa y el Problema Colonial

Aimé Césaire

LIBRO 119 LA SITUACIÓN DE LA CLASE OBRERA EN INGLATERRA Federico Engels

LIBRO 120 POR LA SEGUNDA Y DEFINITIVA INDEPENDENCIA

Estrella Roja – Ejército Revolucionario del Pueblo LIBRO 121 LA LUCHA DE CLASES EN LA ANTIGUA ROMA

Espartaquistas

LIBRO 122 LA GUERRA EN ESPAÑA Manuel Azaña

LIBRO 123 LA IMAGINACIÓN SOCIOLÓGICA Charles Wright Mills

LIBRO 124 LA GRAN TRANSFORMACIÓN. Critica del Liberalismo Económico

Karl Polanyi

LIBRO 125 KAFKA. El Método Poético

(10)

¿Pero qué esperáis?

¿Que los sordos se dejen convencer y que los insaciables

os devuelvan algo?

¿Que los lobos os alimenten, en vez de devoraros? ¿Que por amistad

los tigres os inviten

a que les arranquéis los dientes? ¿Es eso lo que esperáis?

¿PERO QUÉ ESPERÁIS? Bertolt Brecht

https://elsudamericano.wordpress.com

HIJOS

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KAFKA

El Método Poético

ERNST FISCHER

1

ÍNDICE

GENIO DE LA DEBILIDAD

EL ADVENEDIZO

EL PADRE

PRAGA

EL ESTADO DE LOS HABSBURGO

LA BUROCRACIA

LA ALIENACIÓN

LUCHA POR LA SALIDA

REVUELTA Y RESIGNACIÓN

PERSONALIDAD Y CLASE OBRERA

EL MÉTODO POÉTICO

LA SÁTIRA FANTÁSTICA

EL LIBRO DE IMÁGENES DEL MUNDO

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NOTA EDITORIAL

Ernst Físcher, nació el 3 de julio de 1899, y murió el 1 de agosto de 1972, se hizo en 1920 miembro del Partido Socialdemócrata: primeramente fue redactor del periódico socialdemócrata

“Arbeiter-willen”, y luego de 1927 a 1934, del “Arbeiter-Zeitung” en Viena. En

1934 Fischer se integró al comunismo, yendo ese mismo año a Praga, como emigrado.

En 1939 huyó, ante el avance de las tropas alemanas. A Moscú. En 1945 retorna a Austria, formando parte entre 1949 y 1959 del Consejo Nacional. Después de la guerra se hizo doctor de Filosofía por la Universidad de Viena, consiguiendo un nombre como escritor y traductor. Suscitaron gran interés en los países occidentales sus volúmenes ensayísticos Arte y Contribuciones de coexistencia en

relación con una Estética marxista (1966) y Sobre las huellas de la

realidad (1968). En la primavera de 1968 Fischer no tuvo miedo de

condenar la ocupación de Checoslovaquia. El 13 de octubre de 1969 fue excluido del PC austríaco.

Otras publicaciones son: Goethe, el gran humanista, aparecido en 1949; Sobre la necesidad del Arte, de 1959; Espíritu de la época y

Literatura. Compromiso y libertad del Arte, de 1964: Recuerdos y

Reflexiones, de 1969.

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INTRODUCCIÓN

Sobre la obra de Franz Kafka se levanta ya una pirámide de elogios. Yo no pretendo, en modo alguno, añadir a aquélla una nueva piedra. Mi trabajo consiste en la recopilación de anotaciones sobre determinados problemas.

Se trata de guardar a Kafka de toda canonización, pero no menos también de defenderle contra fanáticos dogmáticos. No era él un santo, sino algo mucho mayor: un gran poeta.

Su obra significa incomparablemente más que un grito, el postrero, de una época; es literatura universal. “Cuenta”, en palabras de Thomas Mann, “entre los que más merecen la pena de ser leídos en toda la literatura universal”.

Los alimentos, y el veneno, para esta obra, fueron tomados del Estado Habsburgo en situación de derrumbamiento. Y precisamente por esto ¡qué paradoja!– se creció por encima de toda frontera local, hacia lo apátrida. Cuando Max Brod leyera en público por primera vez prosa de su amigo, Franz Werfel dejó caer estas palabras: “Más allá de Bodenbach (ciudad checoslovaca) no habrá hombre que pueda entender a Kafka.” El mundo en que él se movió no supo qué hacer con él. La fama póstuma es enorme.

Kafka, festejado y condenado como místico nihilista, como conjurador de lo irreal e irracional, fue, esencialmente, un satírico. Los grandes profetas eran, las más de las veces, también satíricos, los grandes satíricos fueron alguna vez también profetas. La fantástica sátira de Kafka ha adelantado mucho del porvenir, con visión profética. Le cuadran a la perfección las palabras de Karl Kraus sobre Nestroy:

“Arremete, anticipando, al pequeño mundo que le rodea con una agudeza digna de un objeto futuro. Él mismo asume ya su propia herencia satírica.”

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Y el reloj que Kafka oía era –cosa que se ha evidenciado más tarde– una máquina diabólica, infernal. Que hizo saltar por los aires a toda la casa, que el rayo no había tocado. El pequeño detalle descubriría el grande y catastrófico contexto.

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GENIO DE LA DEBILIDAD

Franz Kafka había nacido el 3 de julio de 1883 en Praga, siendo su padre un hombre de negocios judío. Murió el 3 de junio de 1924, en el sanatorio Kierling, junto a Viena, de una tuberculosis de laringe.

Con un concentrado autoanálisis, Kafka descubría la fuente primera de su fuerza literaria en su debilidad. Y así, pudo escribir:

“Yo no he traído conmigo, por lo que sé, absolutamente ninguna de las exigencias de la vida, sólo la común debilidad humana. Con ésta –en este sentido representa una gigantesca fuerza– he asimilado yo vigorosamente lo negativo de mi época, muy cercana a mi persona, y que yo tengo derecho no a combatir, sino, en cierto modo, a representar. Y en lo poco de positivo, así como en lo extremadamente negativo en proceso ya de vuelco hacia lo positivo, yo no he tenido, por herencia, ninguna participación...”

Era una debilidad semejante a la de Kleist, o de Keats, sólo que todavía más total, un indefenso estar a merced, un sucumbir ante la más leve presión, una piel tan fina que la luz del día podía filtrarse a través de ella. “Este cántaro”, escribía Kafka a Milena, “ya estaba cascado, mucho antes de que fuese a la fuente”. Su delicado cuerpo, espigado, disparado hacia arriba como una planta a la altura del sótano, se encontraba siempre en una actitud de defensa ante lo que pudiese significar “demasiado”. El instinto de autoconservación le ordenaba economía, ahorro, renuncia a muchas cosas de las que él presentía “que estaban por encima, desmesuradamente, de mis fuerzas”. Sus ansias de sentirse amparado, de volver a casa, al seno materno, por así decirlo, estaba en correspondencia con la debilidad de su organismo. Sin embargo, la apetencia de producción literaria era más potente.

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Y este organismo tan delicado poseía la fuerza de las trágicas decisiones. Muchos escritores pueden automatizar de tal modo su proceso de trabajo que están en condiciones, evitando un desmesurado empleo de su energía, de realizar cada día la tarea que se han asignado; otros sólo pueden producir de forma excesiva, con una sobremedida de tensión interior, con “furore”. Kafka pertenecía a esta categoría de escritores. El 12 de septiembre de 1912 constataba en su Diario:

“Esta historia, “La condena”, la he escrito de un tirón, en la noche del día 22, de diez a seis de la madrugada... El esfuerzo, terrible, y la alegría de ver cómo la historia se iba desarrollando delante de mí, cómo yo iba avanzando en la corriente. Llevé más de una vez durante esa noche todo mí peso a las espaldas... Sólo así se puede escribir, con una apertura total, del cuerpo y del alma...” Y en otra nota nos informa:

“de los tiempos de la elevación, que yo temo más que ansío, por muchas ansias que tenga de ello...”

Sólo en esos momentos encuentra él algo bueno, pero luego se hace: “tan grandiosa la plenitud... que me veo obligado a renunciar; tomando, por tanto, a ciegas, al azar, algo de lo que pueda extraer del torrente, a zarpazos. En consecuencia, que esta adquisición, a la hora de pasarlo reflexivamente al papel, no es nada, en comparación con la plenitud en que vivía, incapaz de aportar dicha plenitud y, por ello, algo malo y perturbador, al atraer sin provecho alguno hacia sí...”

Kafka pagó su trabajo literario a base de dolores de cabeza casi insoportables, con insomnios, agotamiento, enfermedad, auto-aniquilación. “Soy incapaz”, escribía en 1913,

“de soportar yo sólo el envite de mi propia vida, las exigencias de mi propia persona, el asalto del tiempo y de la vejez, la vaga urgencia del gusto de escribir, el insomnio, la cercanía de la locura, sí, soy incapaz de soportar yo sólo todo esto...”

Y en 1921:

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incluso corporalmente, puede que se esconda una intención. Yo quería no ser distraído, seguir sin ser desviado por la alegría vital de un hombre provechoso y sano. ¡Como si la enfermedad y la desesperación no pudieran desviar por lo menos tan bien como aquélla... Es algo asombroso la sistemática destrucción de mí mismo al correr de los años;era como una grieta de dique que se va agrandando lentamente, era una acción completamente intencionada...”

La alternativa, tan traída y llevada por los románticos “¡Arte o vida!” fue para Kafka algo de una mortal seriedad. Su debilidad le prohibía unificar a ambas cosas. Aunque estudiara Derecho y eligiera una profesión que le dejaba, relativamente, mucho tiempo libre, su organismo se fue consumiendo con el doble trabajo. Ambas profesiones, escribía Kafka,

“no pueden soportarse nunca mutuamente, no permiten una felicidad común, conjunta. La felicidad más pequeña en uno de los dos trabajos se convierte en gran desgracia en el otro. Si una noche he conseguido yo escribir algo bueno, al día siguiente me quemo en la oficina y no puedo llevar a cabo nada. Este andar de aquí para allá se hace cada día más molesto. En la oficina yo cumplo con mis obligaciones exteriores, pero no con mis imperativos internos, y todo imperativo interno no cumplido se me convierte en algo desgraciado, que no se me despega ya...” Kafka era sumamente escrupuloso, no solamente en su papel de escritor, sino también en su calidad de funcionario del Centro de Seguros Laborales de Praga; era exactamente lo contrario de un bohemio. “Mis dudas se arremolinan en torno a cada palabra”, decía él hablando de su producción literaria. Y los funcionarios del Centro de Seguros le describían como una persona extraordinariamente conscientede sudeber. La figura conmovedora del estudiante en la novela América es trasunto del mismo Kafka: durante el día hace de vendedor en unos almacenes, por la noche se sienta solitario en un balcón, rodeado de libros, y estudia.

“¿Pero cuándo duerme usted?”, pregunta Karl, mirando, admirado, al estudiante.

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La violenta resistencia de Kafka ante el matrimonio, por el que sentía por lo demás, grandes ansias, era, en parte, resistencia de un organismo débil, sobrefatigado. Y cuando por fin estaban muy avanzados los preparativos de matrimonio, Kafka se vio asaltado por el primer vómito de sangre. En ello veía él, según nos informa Brod, el castigo, por así decirlo, de haber deseado tan frecuentemente una solución tan violenta. En conversación con su religioso amigo, Kafka citaba, contra Dios, las palabras de los Meistersinger: “¡Yo le hubiera creído más delicado!”

Kafka se decidió, con toda conciencia, por el Arte y la autodestrucción, en vez de hacerlo por la vida y su parcela de felicidad privada. Puede que, a la hora de tomar esta decisión extrema, haya contribuido el hecho de que Kafka necesitara de situaciones de extrema tensión para escribir conforme a su genio. En una situación “normal” era él un escritor importante, no cabe duda, pero no el escritor incomparable en que se convertía tomando sobre sí todos los dolores del mundo. Lo que él decía al respecto lo podía haber dicho muy bien, decenios más tarde, Adrián Leverkühn en la novela Dr. Faustus de Thomas Mann:

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EL ADVENEDIZO

La extraña expresión de que él había asimilado con fuerza lo negativo de su época, negativo que tan de cerca le tocaba, significaba dos cosas: una relativa a sí mismo y otra que se refiere a su época. Su organismo supersensible, que reaccionaba violentamente ante síntomas apenas imperceptibles, le capacitaba para sentir con intensidad la solapada enfermedad. Yo conocí a un médico que olía el cáncer, aunque la enfermedad se encontrara todavía en sus comienzos. Kafka olía la pudrición de una sociedad aparentemente todavía intacta, en el burócrata de entonces olía él al apaleador, al verdugo de mañana, en un germen insignificante la catástrofe que ya se avecinaba. Y era capaz de esto porque su situación individual cuadraba a la perfección con la social de su entorno, porque en el ambiente en que él se movía destacaba más nítidamente que en ningún otro sitio lo negativo de la época.

Su vivencia esencial fue la de carácter de advenedizo, el no-pertenecer-a-algo, el haber sido arrojado-a-sí-mismo. En el estudio estupendo que hace Günther Anders, bajo el título Kafka pro et contra,

leemos:

“Como judío que era no pertenecía él completamente al mundo cristiano. Como judío indiferente –pues esto es lo que él era originariamente–, no pertenecía totalmente a la comunidad de los judíos. Como germanoparlante no se contaba totalmente entre los checos.Comojudíogermanoparlantenoformabaparte, completa-mente, del círculo de los alemanes bohemios. Como bohemio no pertenecía del todo a Austria. Como funcionario de una Institución de Seguros de trabajadores no estaba totalmente dentro de la burguesía. Como hijo de padres burgueses, no totalmente dentro de lo clase trabajadora. Pero tampoco pertenecía él a la oficina, pues se sentía como escritor. Y escritor tampoco lo es él, plenamente, pues su fuerza la sacrifica a la familia. Pero en la familia, a su vez, “vivo yo más extraño que un extraño a ella” (en una carta a su “suegro”).”

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Él odia el lóbrego y sordo hogar, es esto algo que no puede superar. “Yo lo persigo, una y otra vez, con mi odio; el mirar la cama matrimonial de casa, las sábanas usadas, las camisas cuidadosamente dobladas y colocadas allí, todo esto es algo que puede hasta excitar el vómito, puede dar la vuelta por completo hacia lo exterior a mi interior; es como si yo no hubiera nacido de una vez para siempre, como si yo siguiera viniendo siempre al mundo, incesantemente, procedente de una sorda vida, en esta sorda habitación, como si tuviera que buscar yo allí, una y otra vez, una confirmación...”

La falta de comprensión de la familia, pequeñoburguesa, afanosa, contenta consigo misma, ante el caso extremo que apareciera en su seno, era algo sólidamente encajado en la misma, insuperable. Y el hijo, ansioso de cariño, tuvo que replegarse, encogiéndose, en su propio yo.

La mayoría de la veces mal vestido, siguió siempre encogido, cuadrando así con sus vestidos.

“Y ya que, en aquel entonces, iba yo más por presentimientos que en realidad de camino de menospreciarme a mí mismo, estaba yo totalmente convencido de que sólo en mi caso los vestidos tenían, primeramente, la apariencia de tablones, tiesos y rígidos, y luego la de pingajos colgantes...”

Antes de conciliar el sueño se ocupaba él, de niño, con la representación:

“de que yo sería una vez un hombre rico y entraría en coche de cuatro caballos en la ciudad de los judíos, liberando con una sola palabra imperiosa a una hermosa muchacha injustamente castigada, siguiendo adelante con mi coche...”

En la novela América, Karl, que combate denodadamente por los derechos de un fogonero, piensa de este modo:

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Kafka leía, una y otra vez, las cartas de Kleist, observando cómo la casta de los Junker consideraba al poeta “un miembro que no servía absolutamente para nada de la sociedad humana”; y Kafka añadía, con melancólica ironía, que con motivo del centenario de su muerte la familia puso en su tumba una corona con la inscripción:

“Al mejor de su generación.”

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EL PADRE

En cartas sobre educación de los hijos Kafka defiende la idea de Swift, de que los padres son, en la mayoría de los casos, los menos a propósito para educar a sus hijos. Él hablaba del “animal familiar”, el organismo de la familia, añadiendo:

“En la humanidad todo hombre tiene un sitio, o por lo menos la posibilidad de hundirse a su manera; en la familia, envuelta por los padres, sin embargo, sólo encuentra su lugar un tipo muy determinado de hombres, que casan con un tipo determinado de exigencias y, además, están en correspondencia con los plazos dictados por los padres. Y los que no cuadren, no son expulsados del seno de la misma lo cual sería algo muy hermoso, pero imposible, tratándose como se trata de un organismo–, sino que son objeto de maldición o de destrucción, o de ambas cosas a la vez. Esta destrucción no se hace corporalmente, como en el viejo modelo paterno de la mitología griega (Kronos, el buen padre, devora a sus hijos), pero puede ser que Kronos haya preferido este método a los otros usuales precisamente movido por la compasión hacia sus hijos...”

El padre, un hombre venido a más, un arribista, vital, activo, sin contemplaciones, un Kronos o un Jehová, que domina sobre el mundo “con fuerza, estruendo y súbitos ataques de ira”, le rompió la columna vertebral a su hijo. La relación con este padre ha codeterminado las relaciones de Kafka con el mundo. En su gran Carta al padre, que nunca le entregó, Kafka es, al mismo tiempo, acusador, defensor, acusado. Teniendo lugar un proceso que no es terminado por una sentencia, sino que es continuado, hasta el total aniquilamiento, por la desesperación.

“Tú te habías subido a ti mismo a fuerza de trabajo, sólo con tus propias fuerzas”, se dice en la carta, “y, como consecuencia, tenías una confianza ilimitada en tu propia opinión... Tú regías el mundo desde tu sillón... Tú recibiste, a mis ojos, lo enigmático que tienen todos los tiranos, cuyos derechos no están fundados en el mundo del pensamiento, sino en su persona...”

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“Nadie te hacía daño a ti, ni en aquel momento, ni después, frente a ti uno estaba completamente indefenso...”

Lo que más abatía al muchacho era el hecho

“de que tú, que eras para mí una persona de autoridad tan monstruosa, ni siquiera guardabas los preceptos que me habías impuesto a mí. Y con ello, el mundo quedó dividido, para mí, en tres partes: una en la que yo, el esclavo, vivía, bajo leyes que habían sido inventadas exclusivamente para mi persona, y a las que, además, yo no me pude nunca adecuar, sin saber por qué; luego venía un segundo mundo, a distancia infinita del mío, en el que tú vivías, ocupado con el gobierno, con la promulgación de leyes y el disgusto que te causaba su no cumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo, donde el resto de la gente vivía feliz y libre de la tarea de mandar y obedecer. La vergüenza me tenía atenazado, continuamente... Los medios retóricos empleados por ti en la educación, extraordinaria-mente eficaces y que, por lo menos por lo que a mí respecta, nunca fallaron, eran los siguientes: insultos, amenazas, ironías, risa dañina y –cosa de admirar– el quejarte de ti mismo... En cierto modo uno estaba ya castigado antes de saber que se había hecho algo malo...”

De todo ello resultaba para Kafka el sentimiento, que tanto le caracteriza, de ser presa, “continuamente, de la vergüenza”, un permanente remordimiento de conciencia. “En el mundo kafkiano las Furias preceden al hecho, vuelan delante del hecho, no siguiendo sus huellas”, según dice Günther Anders. En este conflicto aparentemente individual, padre-hijo, se revelaba una situación de tipo social. De esto era consciente Kafka, sacando por ello consecuencias de carácter social. No sólo aprendió a odiar a los poderosos, sino también a calar toda su hipocresía, la contradicción existente entre sus mandamientos y su comportamiento, entre palabra y hechos. Reprochaba a su padre el que la religión, de la que acostumbraba a hablar, no fuera para él más que:

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la sociedad judía; y ya que dichas opiniones eran un constitutivo de tu ser, propiamente era en ti mismo en quien creías...”

El padre era hombre de negocios, empresario, representante de una clase. El resultado de su educación fue:

“el que yo huyera de todo lo que pudiera recordarme en algo, por mínimo que fuese, tu persona. En primer lugar, el negocio... Cosas que al principio me parecían naturales, me atormentaban, me avergonzaban, sobre todo el trato que dabas al personal... Tú llamabas a los empleados “enemigos pagados”, y ciertamente que lo eran, pero antes de que se hubieran convertido en tales tú ya me parecías a mí su “enemigo pagador”... Por lo cual, yo tomaba necesariamente partido por la causa del personal...”

Kafka levanta hasta un plano colectivo su conflicto con el padre: “Y todo esto no es en modo alguno un caso puramente particular, aislado, sino que en gran parte de esta generación judía de transición pasan cosas parecidas...”

Este conflicto padre-hijo va a desembocar en la problemática de la “generación judía de transición”, era algo característico de una época de paso. La vieja generación de la pequeña burguesía había subido económicamente, sólo creía en aquello que tenía entre sus manos. La general inseguridad de la existencia pequeño-burguesa, oscilando entre el ascenso y el rebajamiento a una clase inferior, a caballo entre burguesía y proletariado, se vio agudizada por la especial situación del judaísmo. “La insegura posición de los judíos”, escribía Kafka:

“insegura en sí misma, insegura entre los hombres, es lo que, sobre todo, haría comprender lo siguiente: que sólo les está permitido creer que poseen aquello que tienen en sus propias manos o entre sus dientes, y que, además, sólo el hecho de poseer de forma palpable les da un derecho a la vida, y que lo que ellos hayan perdido una vez no lo recuperarán jamás...”

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espíritu rebelde, simpatizaron, por lo menos temporalmente, con el socialismo. El parricidio se convirtió, antes y después de la Primera Guerra Mundial, en un tema importante de la literatura. Kafka contaba, en una carta a Milena, que él había soñado que un pariente suyo se habla expresado irónicamente sobre su mujer amada.

“Seguidamente, yo le asesiné, en cierto modo, regresando luego sumamente excitado a casa. La madre no cesaba de seguirme, de un sitio para otro, e iba cuajando una conversación parecida a la anterior; finalmente, yo me puse a gritar, fuera de mí de ira: “Si alguien nombra maliciosamente a Milena, por ejemplo el padre (mi padre), o le mato o me mato a mí mismo.”

De hecho, fue en sí mismo en el que Kafka realizó el parricidio. La total ruptura con su padre era un presupuesto esencial para la tan deseada existencia antiburguesa. Pero a él le faltaba el vigor requerido para dicha ruptura. Así es cómo anticipa él la respuesta de su padre, en la

Carta al padre-.

“Admito que los dos luchamos, el uno contra el otro, pero hay dos clases de luchas. La lucha caballeresca, en la que se miden las fuerzas de adversarios independientes entre sí, en la que cada uno sigue viviendo, pierde, vence para sí mismo. Y la lucha de la sabandija, la cual no sólo se limita a picar, sino que se pone en seguida a chupar la sangre, cosa necesaria para su subsistencia. Esto es, propiamente, el soldado de oficio, y esto eres tú. Tú eres incapaz de vivir; pero para poder arrellanarle en la vida, cómodamente, descuidadamente, y sin tener que hacerte a tí mismo reproches, te pones tú a demostrar que soy yo el que te ha privado de la aptitud de vivir y que me la he guardado yo en los bolsillos...”

Esta respuesta, que Kafka anticipa, del padre, es algo terrible: la capitulación del impotente, cuyo odio carece de todo vigor. En el relato

La condena, el padre sentencia a muerte al hijo, y éste se encarga de

ejecutarla. Kafka analiza su propia narración:

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PRAGA

La familia en la que Kafka creció, como un extraño a ella, vivía en Praga, la contradictoria ciudad de la monarquía de los Habsburgo. La ciudad rebosaba de recuerdos: de potencia imperial alemana y lucha checa por la libertad, alquimia y astronomía, Comenius y Kepler, el rabí Löw y Golem,2 todo espeso, apretado, penetrante, petrificada magia de

ensueños. Grillparzer padecía por el carácter enervante, vampiresco de Viena; en Praga todo se encontraba de forma exacerbada, incluso las mencionadas características vienesas. Kafka escribía en el otoño de 1902, después de su regreso a Munich: “Praga no le suelta a uno... Esta madrecilla tiene garras.” Y años más tarde, en una carta, se lee: “Yo no tengo nada que arriesgar, y sí todo que ganar, si me marcho de Praga...” Sólo lejos de Praga se puede lograr

“la sensación de estar verdaderamente vivo, y contento duradero”. Y, finalmente, en 1921, en su Diario, aparece la queja de que “a mí no me haya arrastrado nunca la corriente de la vida, de que no me haya desprendido jamás de Praga...”

El estrato señorial de esta ciudad (fabricantes, gente de finanzas, burócratas, profesores) hablaba alemán y constituía una pequeña minoría. El pueblo, la inmensa mayoría, hablaba checo. Existía una universidad alemana, un teatro alemán, autoridades alemanas, y en torno a esto, proletariado y pequeña burguesía checos. Hubo hasta luchas callejeras por los nombres de las calles. La despreciada mayoría manifestaba sus aspiraciones de que Praga se convirtiese en su ciudad. La minoría tenía todavía el poder, pero no el futuro. “La lengua alemana era en Praga”, como escribe Klaus Wagenbach en su biografía sobre Kafka, “una especie de lengua de días festivos subvencionada estatalmente”. Era la lengua de señores extranjeros en un pueblo extraño a ellos, que se alimentabanodealimentosvivientes, sinode monumentos conmemorativos, polvo de actas, privilegios. Sólo las piedras del pasado, equívocas relaciones de poder, fantasmas burocráticos, servían de confirmación de un estado de cosas en crasa contradicción con la actualidad de entonces.

“Vamos a través de un sueño, en vela”, dice Kafka a Janouch, “siendo nosotros mismos un fantasma de tiempos ya pasados”.

2 Golem: en la fe popular judía, homúnculo, figura de barro vivificado en virtud de

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Él hablaba de la vieja ciudad judía, que para él era “más real” que la “nueva higiénica ciudad”; y ésa era la situación de la minoría de habla alemana. Se hizo dominante la sensación de que en esta ciudad las cosas son más poderosas que los hombres, la sensación, por tanto, de estar alienados. Wagenbach cita de un libro de Paul Leppin:

“Esto es, no era él, en absoluto, el que hiciera todo; eran las mismas cosas las que llevaban su vida pasando por medio de la suya, atravesando por su persona como por una puerta abierta...” Y una minoría dentro de una minoría eran los judíos de habla alemana. Vistos por los alemanes como judíos, por los checos como alemanes, constituían un elemento imprescindible en la vida cultural de Praga. La mayor parte de los escritores importantes en lengua alemana procedentes de Praga eran judíos. Pero el ambiente que les rodeaba les era sumamente extraño. En sus conversaciones con Janouch, Kafka decía del teatro alemán en Praga que era

“una pirámide sin base... Aquí no existe un alemanismo verdadero y, por ello, tampoco ningún público habitual. Los judíos alemano-parlantes de los palcos y del patio de butacas no son alemanes, y los estudiantes llegados a Praga, que ocupan los balcones y galerías, no son más que avanzadillas de una potencia que se va internando, son enemigos, no espectadores”. El judío de habla alemana que era Kafka no estaba en ninguna parte en su sitio; admirando como admiraba la cultura alemana, sentía asco, sin embargo, de la “potencia que se va infiltrando” de los chauvinistas sudetes y de los antisemitas. Bohemia era el país natal del nacionalsocialismo.

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En mayo de 1912 Jaroslav Hasek proclamaba, acompañándolo de la actitud burlona del satírico, el “partido político del progreso mesurado en el marco de las leyes”. Y el satírico pronunció un discurso contra la política y la policía, elogiando a las prostitutas como “verdaderas hermanas samaritanas llenas de bondad, en comparación con la prostitución política”. Este grotesco humor contra las autoridades de Kakania, de la “nación de señores”, era también algo característico de Praga. Por mucha diferencia que haya entre Kafka y Hasek, en esta actitud se puede echar de ver algo común a ambos.

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EL ESTADO DE LOS HABSBURGO

Praga era la problemática hecha ciudad, concentrada en estrecho recinto, de la monarquía.

Lo mismo que en Praga, la “nación de señores” era una minoría que cada vez se hacía más exigua. Pueblos en pugna entre sí fueron mantenidos unidos, desde la época del “absolutismo ilustrado”, por una burocracia con el alemán como lengua administrativa. Los legajos y las bayonetas garantizaban el dominio sobre la gigantesca mayoría eslava. ¿Por cuánto tiempo todavía? Los pueblos oprimidos se fueron distanciando más y más de este Estado; y no sólo ellos. Incluso en el seno del “pueblo de señores” se hizo dominante el malestar, la sensación de que este Estado era algo provisional, de que sin tener cubiertas las espaldas desde fuera no había manera de seguir conservando la existencia privilegiada de que gozaban. En el fondo casi nadie creía en la subsistencia del Imperio. El viejo Emperador salía a la calle todos los días en su coche. ¿Pero era él realmente, o más bien un fantasma de barba blanca?

En la parábola Una embajada imperial, Kafka ha dado un color místico a esta situación: El Kaiser moribundo manda un mensajero, pero éste se afana en vano por salir, a través de las estancias de lo más recóndito del palacio;

“nunca, nunca las podrá vencer; y aun si lo consiguiera, nada se habría ganado con ello; tendría que medir de cabo a rabo los patios; y después de los patios, el segundo palacio que rodea al primero; y de nuevo otro palacio; y así por espacio de milenios; y si por fin logra precipitarse fuera del último de los portones –pero nunca, nunca podrá pasar esto–, entonces yacerá ante él la capital, el centro del mundo, encumbrada, a rebosar, en sus propias heces”.

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germanos. Las constelaciones de hoy día mañana podrían no existir ya más. Raramente se daban planes que fueran más allá del momento en cuestión. Y cuando aquéllos se daban, se veían continuamente entorpecidos, perdiéndose en un abigarrado revoltijo de intereses que se contraponían recíprocamente. El ir tirando, al borde de la catástrofe, se convirtió en una situación corriente. De vez en cuando el poder se hacía, por así decirlo, ausente, legendario, como el conde West-West en el Castillo, de Kafka, disuelto en una bruma de intrigas, rumores, compromisos; lo que siempre estaba presente era la burocracia, velando, ejecutando. Por mucho que pueda parecer que el poder invisible se había convertido en el “corruptor, tranquilo, de sí mismo”, con todo, se seguía citando a la gente ante el aparato oficinesco, se siguió escribiendo memoriales y archivándolos, movilizando a la justicia y policía, se continuó manteniendo en marcha todo un gigantesco aparato. Pasara lo que pasara en las intimidades de las alcobas, la cosa es que siguieron existiendo superiores jerárquicos, el funcionario tenía todavía que ser prudente y no manifestar una clara simpatía por nadie, considerando adecuado el mantenerse correcto y sin un carácter definido. Para el súbdito era esta burocracia la quintaesencia del poder. Detrás de ella es verdad que se levantaba el viejo palacio del poder, cercano e inalcanzable, acaso sólo un fantasma de una realidad que hacía ya mucho tiempo que se había desvanecido, pero lo cierto es que el súbdito seguía estando a merced de los representantes de esta vaciedad, de los burócratas.

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LA BUROCRACIA

Jean Jacques Rousseau ha sido el primero que expusiera cómo el pueblo se distancia de su propio carácter de colectividad, cómo cesa de ser pueblo, cuando se hace “representar”. El ente comunitario puede transmitir el gobierno, pero no la voluntad general, si es que no quiere alienarse a sí mismo en el Estado.

“El poder estatal no puede ser ejercido en representación. Aquél consiste ni más ni menos que en la voluntad general, comunitaria, y la voluntad es algo que no puede ser representada; o es ella misma o bien una voluntad extraña, no hay un término medio.” La división del poder estatal en legislativo y ejecutivo hace:

“del portador del poder del Estado un ente fantástico, a base de remiendos, como si uno quisiera componer un hombre con distintos cuerpos, de los cuales uno no tuviera más que ojos, otro nada más que brazos, otro sólo pies”.

Verdad es que las relaciones sociales se han hecho tan complicadas, los Estados tan grandes, que uno no puede renunciar a una división del poder estatal, al espejismo de la “representación del pueblo”; pero, sin embargo, de todo ello surge la alienación del ciudadano con respecto al Estado, la concentración del poder, la pérdida de la libertad. En el atrasado Estado de los Habsburgo el ejecutivo era súper poderoso, incluso después de la consecución del derecho democrático a votar, sobre todo mediante la lucha de la clase obrera; mientras que el control ejercido por un embrollado parlamento era mínimo. El ejercicio del poder por obra y gracia de una burocracia casi incontrolada conduce a una alienación extrema. Kafka ha descubierto este hecho, y, basándose en su experiencia austríaca, ha descrito lo que es el sistema burocrático, la vivencia del súbdito en su rechazo de la burocracia, en su derrota o en su actitud resignada.

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que se trate. En los corredores de los edificios administrativos huele a humillación. El fumar es algo taxativamente prohibido, y lo mismo el respirar, permitiéndose, sin embargo, el fuerte palpitar del corazón, es más, siendo incluso bienvenido. Se esfuma toda esperanza. Al mandado de una a otra ventanilla, al que hace cola en las salas de espera, se le sugiere una conciencia de culpabilidad. El que entre allí se sentirá culpable, aunque sólo necesite un volante para el médico, una ampliación de la validez de su pasaporte. En el mejor de los casos es él un solicitante, pero, en el fondo, nada más y nada menos que un delincuente. Ingeborg Bachmann habla en los relatos titulados El año

treinta de la burocracia vienesa, diciendo a este respecto:

“Carácter áulico y gastado de las cancillerías. Nunca una palabra fuerte en las antecámaras, pero siempre ofensiva. (Dilatar, no rechazar.)”

Esto no pasa sólo en Viena; lo cierto es que Kafka aprendió a conocer lo que es la burocracia bajo esta forma austríaca.

El esperar ante la ley, ante la puerta que sea de la cancillería, se había convertido en algo habitual para el súbdito austríaco. La descripción de esta situación en El proceso tiene sólo la apariencia de algo onírico, fantástico, pues de hecho es toda una concentración de algo enteramente real:

“K. creía estar entrando en una asamblea. Una masa apretujada de la gente más dispar –nadie se ocupó lo más mínimo del recién llegado– llenaba un cuarto de tamaño medio, con dos ventanas; dicha habitación estaba circundada, casi pegando con el techo, por una galería, la cual estaba asimismo totalmente abarrotada, y donde la gente sólo inclinada podía permanecer de pie, chocando contra el techo con cabezas y espaldas. K., para el que el aire allí dentro era demasiado asfixiante, se echó de nuevo a la calle...” Pero cuando por fin comparece delante del juez, éste saca su reloj de bolsillo, se lo espeta delante y dice: “¡Usted debiera haber comparecido hace ya una hora y cinco minutos!”

La humillación de los que esperan:

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descuidada-mente... Y ya que por allí no había percha alguna, todos habían colocado su sombrero bajo el banco, probablemente siguiendo cada uno el ejemplo del otro. Cuando los que estaban sentados junto a la puerta se apercibieron de la llegada de K. y del alguacil del tribunal se levantaron para saludar, cosa que, vista por los ocupantes de los asientos siguientes, les indujo a creerse también en la obligación de saludar; de manera que todos se fueron alzando, al paso de los dos hombres. No se alzaban nunca del todo, la espalda quedaba encorvada, la rodilla pingando, como mendigos de las cantonadas. K. esperó al alguacil que le seguía un poco detrás, y dijo: “Qué humillados deben andar éstos...” En cierto modo, uno se convierte en un “caso”. En la novela El castillo,

el presidente del pueblo dice a K.:

“Usted es recibido en calidad de topógrafo, como usted dice ser; pero, desgraciadamente, nosotros no necesitamos topógrafo alguno. No habría para él aquí el más mínimo trabajo...”

Tras esta humillación del recibido en un mundo de apariencias, de profesiones hueras de contenido, el presidente aclara que todo hay que remontarlo a un viejo documento, en el que se hablaba de un topógrafo. Y la resolución había llegado tan inesperada como tardíamente. El hombre no es más que un documento, resuelto o no resuelto.

“En un tan gran negociado como este condal puede muy bien pasar que un departamento disponga esto, el otro aquello; ninguno sabe del otro y si bien es verdad que el control que todo lo coordina es extremadamente exacto y preciso, por su naturaleza llega demasiado tarde, siempre puede surgir algún pequeño embrollo...”

K. opina que su pequeño caso particular se ha convertido en uno grande.

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Momus (como se llamaba en la vieja Roma el dios de la burla), un secretario privado del poderoso burócrata Klamm, levanta acta. “¿Pero, señor secretario”, preguntó K., “es que Klamm va a leer este acta?” “No”, dijo Momus, “¿por qué va a hacerlo? Klamm no puede ponerse a leer todas las actas, no lee absolutamente ninguna...”.

En la novela El proceso el abogado ilustra a K. sobre el hecho de que las primeras peticiones no son leídas por el tribunal, sino asentadas en acta. Y más tarde se las examinará, es decir:

“esto no es, por desgracia, exacto, la mayoría de las veces; la petición primera queda, normalmente, traspapelada, o se pierde por completo, e incluso en el caso de que siga existiendo hasta el final, apenas será leída, cosa de que, por otra parte, el abogado se ha enterado mediante ciertos rumores...”.

El proceso del asunto es, generalmente:

“algo secreto no sólo para el público, sino también para el acusado...”.

E incluso es:

“cosa secreta para los funcionarios de rango inferior, por lo que éstos no pueden seguir nunca de forma completa la marcha posterior de los asuntos en que ellos trabajan... De modo que sólo les está permitido ocuparse de aquella parte del proceso que ha sido acotado, por ley, para ellos...”.

Lo más importante son:

“las relaciones personales de los abogados, en ellas reside el valor fundamental de la defensa”.

El convertido en “caso” tiene que vérselas solamente con instancias inferiores: las de arriba son algo que se le escapa, enigmático. Un alto funcionario, como Klamm, es casi imposible de conocer. Barnabas ha sido asignado a Klamm, pero no sabe si es verdaderamente Klamm con el que él habla.

“Con Klamm habla él, pero ¿es Klamm? ¿No es más bien alguien que se parece un poco a Klamm?”

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“por miedo de poder perder su empleo, a causa de alguna no deliberada infracción de desconocidas ordenanzas...”

Los pequeños burócratas, del estilo de los dos “auxiliares” enviados por el castillo para tenerle sobre ojo, están presentes meramente en su función, si no, no tienen esencia alguna K., compara sus rostros: “¿Y cómo me voy a arreglar yo para distinguirnos? Os diferenciáis simplemente por el nombre, por lo demás os parecéis el uno al otro” – trabándose, para seguir en seguida, no deliberadamente– “os parecéis el uno al otro como serpientes”. No son más que función, sombras de una misión, sirvientes de una autoridad oculta, que actúa en el trasfondo. La resolución del “caso” es tomada en una oscuridad impenetrable, inaccesible. Y cuando uno se ha convertido en un “caso”, apenas hay modo de librarse. Una “auténtica absolución”, se le ilustra a K., es extremadamente rara.

“Puede que haya habido, está claro, tales absoluciones. Sólo que es muy difícil verificarlo. Las resoluciones finales del tribunal no son publicadas, no son accesibles ni siquiera a los jueces, motivo por el cual sólo se han conservado leyendas con respecto a antiguos casos judiciales.”

Corrientes son las “absoluciones aparentes”, que dejan abiertas las puertas, en todo momento, a una reanudación del proceso. Lo mejor es seguir arrastrando la causa, mantenerla en el aire.

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El desarrollo de los hechos ha confirmado, sin embargo, las proféticas palabras de Friedrich Hebbel:

Esta Austria es un mundo pequeño en el que el grande sus pruebas hace...

Ésta es ta paradoja austríaca, el que precisamente mediante su atraso la monarquía pudiese anticipar fenómenos de decadencia general, el que precisamente en Austria, en que todo había llegado tardíamente, llegase prematuramente el proceso de descomposición del mundo capitalista, la problemática de su último estadio.

Lo que Kafka había descubierto como tema literario era la burocracia

austríaca. Pero en el espejo deformador de la sátira de entonces se

echa de ver con toda nitidez los rasgos que caracterizarán a aparatos burocráticos de poder que vendrán más tarde. La pesadilla ha vencido a lo cotidiano. El tribunal del Proceso, los funcionarios condales del

Castillo, la combinación de poder solapado y arbitrariedad que se

manifiesta con toda claridad, ruindades, bajezas, los grandes inaccesiblesy los pequeños funcionarios, mal pagados, malhumorados, corrompidos,todoestosehaconvertido,de sátira fantástica, en realidad fantasmal.

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LA ALIENACIÓN

La alienación del ciudadano en relación con el Estado, la cosificación, la deshumanización de las relaciones sociales por obra de la burocracia es solamente uno de los componentes, si bien esencial, de un proceso que lo abarca todo.

Tras el fracaso de su Robert Guiskard, después del loco vagar de un sitio para otro en Francia, Kleist acabó trabajando con un carpintero de Maguncia, haciendo frente a la “perspectiva de un monumento funerario infinitamente suntuoso”. Kafka presentía, igualmente, en la labor de artesano la posibilidad de lograr la unidad con el mundo y consigo mismo. El producto que sale de las manos del artesano es un todo, no un objeto alienado con respecto al productor, sino como algo que se va haciendo, dentro de una red clara de relaciones, desde su estadio de proyecto hasta su realización completa, rodeado de un aura de calor y amistad. Algo totalmente diverso ocurre en el unilateral, especializado proceso de trabajo. Kafka, que veía continuamente en la profesión, en el trabajo, un problema central, el origen de contra-dicciones y conflictos esenciales, hablaba en su novela América,

escuetamente y como de pasada, sobre la sensación de la alienación, que se apodera del mozo del ascensor:

“Decepcionado se sentía Karl, sobre todo por el hecho de que un mozo de ascensor no tuviera más que ver con la maquinaría del mismo que el ponerlo en movimiento mediante una simple pulsación enelbotón correspondiente; mientras que en cuestión de reparaciones se empleaban de forma tan exclusiva los técnicos en maquinaría del hotel que, por ejemplo, Giacomo, que trabajaba ya por espacio de medio año en el ascensor, no había visto con sus propios ojos el motor del sótano ni el mecanismo del interior del aparato, aunque esto, según él mismo decía expresamente, le hubiera alegrado una enormidad...”

La alienación del hombre comienza con su desprenderse de la naturaleza mediante el trabajo, la producción. “Por él aparece la naturaleza como su obra y su realidad”, decía Marx en sus

Manuscritos económico-filosóficos. En el producto de su trabajo se

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“al duplicarse a sí mismo, no sólo de forma intelectual, como en la conciencia, sino de forma operante, real, viéndose por lo tanto a sí mismo en un mundo creado por él...”

Esta “alienación”, necesaria para el desarrollo del ser genérico humano, precisa de su progresiva superación, mediante la cual el hombre se hace consciente de su propia persona dentro del proceso del trabajo, reencontrándose en su creación, en el producto de su trabajo. Y de esto es capaz el artesano, no el trabajador asalariado inmerso en la enorme división del trabajo que caracteriza al modo de producción capitalista. Este trabajador no puede enfrentar al “acto de alienación” el acto de unificación con su propia obra, consigo mismo. Marx caracteriza este “acto de alienación” como:

“1. La relación del trabajador con el producto de su trabajo como objeto que le es ajeno y que le domina. Esta relación es simultánea-mente la relación del trabajador con el mundo sensible externo, con los objetos naturales como un mundo que le es ajeno y enemigo. 2. La relación del trabajo con el acto de la producción en el marco

del trabajo. Esta relación es la relación del trabajador con su propia

actividad como algo que le es extraño, que no le pertenece a él; actividad como sufrimiento, fuerza como impotencia, engendrar como castración, la propia energía, física y espiritual, del trabajador, su vida personal –¿pues qué es, si no, la vida como actividad?– como actividad que se vuelve contra su propia persona, independiente de él, una actividad que no le pertenece. La

autoalienación, como antes era la alienación de la cosa...”

La sensación de Kafka ante esta alienación, el estremecimiento que sentía ante algo tan antinatural, eran intensos, y su obra constituía una variación sin fin de la temática siguiente: “la actividad como sufrimiento, la fuerza como impotencia, el engendrar como castración...” En las reflexiones de En la construcción de la Muralla china se destaca lo necesario que es el hacer posible al que ha colaborado en la construcción de una parte de esta obra gigantesca una visión general de la totalidad de la obra. No se podía

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incluso de años, piedra sobre piedra, en la construcción del muro; la falta de toda esperanza de un tal trabajo, aplicado, pero que no llegaría a su término incluso en toda una larga vida humana, les hubiera llenado de desesperación, les hubiera hecho, sobre todo, carentes de todo valor para el trabajo...”.

En una conversación con Janouch sobre el “taylorismo”, la cuidadosa desintegración del proceso laboral y total transformación del trabajador en una parte de la máquina, Kafka decía:

“Con ello se mancha y humilla no sólo a la creación, sino, sobre todo, al hombre, que es parte integrante de la misma. Una vida así, “taylorizada”, es una terrible maldición, de la que sólo puede surgir hambre y miseria, en vez de la riqueza y ganancias deseadas. Esto es un progreso...” “Hacia el ocaso del mundo”, continuó diciendo Janouch. Kafka sacudió la cabeza: “¡Si por lo menos uno pudiera decir esto con seguridad! Pero no es seguro... La “cadena” sin fin de la vida le lleva a uno hacia algún sitio, pero uno no sabe hacia dónde. Uno es más cosa, objeto, que no ser vivo.”

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El crecimiento de las cosas por encima del hombre, la congelación del mundo humano hasta convertirse en un mundo de cosas, la tendencia que tienen los medios de hacerse fines en sí mismos, ha suscitado, desde los tiempos en que venciera el capitalismo, es decir, desde la época del romanticismo, un violento deseo de “inmediatez”. Y así se hizo una apetencia romántica el deseo de romper la rígida costra del “mundo exterior”, de unirse con la realidad de forma “directa e inmediata”. “Nosotros buscamos por todas partes lo absoluto”, escribía Novalis. “y no encontramos más que cosas”.

Y Shelley decía, de modo semejante:

“Nunca es más deseable cultivar la poesía que en tiempos en los que el principio egoísta y calculador domina por doquier. Pues se amontonan las cosas de la vida exterior, y este amontonamiento sobrepasa a la capacidad de encuadrarlas en leyes de la naturaleza humana.”

Los románticos esperaban retornar de la alienación a la unidad consigo mismo y con el mundo por medio de una “Unión Mystica”, de la “Intuición”, del “Furore”. La esperanza puesta en esta “otra dimensión”, y la decepción del resultado, se convierten en una grandiosa visión, de profecía y cosificación, en el sueño de Kafka sobre el ángel. En dicho sueño, el techo de la habitación empieza a cuartearse:

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era un ángel!” pensé yo, “todo el día anda ya volando, de cara a mí, y yo, en mi incredulidad, no lo quería creer. Y ahora me dirigirá la palabra.” Yo bajé la vista. Pero cuando la levanté de nuevo, si bien es verdad que el ángel seguía todavía allí, colgado hasta bastante abajo del techo, que entretanto se había cerrado de nuevo, ya no era más un ángel vivo; sólo una figura de madera, pintada, de espolón de barco, como las que cuelgan de los techos de tabernas marineras. Nada más. El pomo de la espada se había hecho a propósito para sostener velas y recibir el sebo que se fuera derritiendo. La lámpara la había tirado yo abajo, y a oscuras no quería yo seguir, allí se encontraba todavía una vela, de modo que me subí a una silla, puse la vela en el pomo de la espada, la encendí y me quedé sentado hasta bien entrada la noche, bajo la tenue luz del ángel”.

Esto no es solamente la vinculación, característica para Kafka, de intensiva visión a particularidadesrelatadas cuidadosamente, nosólo prosa concentrada en la que uno percibe el susurro de la poesía; no sólo vivencia, repetida incesantemente, de la “otra dimensión”, la plenitud de la inspiración, de la que sólo queda un ángel muerto, portador de una pobre vela; es también una imagen gráfica de la cosificación, de la transformación de una inmediatez presentida en un instrumento sin vida, un cuadro plástico de su cuajarse en un simple objeto. Los románticos habían sentido este estremecimiento, le habían dado forma, en toda clase de autómatas, marionetas, muertas figuras que fingen vida; sin embargo, fue Kafka el primero a percibir en lo

cotidiano este espanto, la deshumanización del hombre, su

cosificación. Su método artístico se asemeja a este ángel con la espada en la mano, que, de repente, en mitad del vuelo, se queda rígido, flotando inerte en el espacio.

Los ángeles se convierten en cosas, y las cosas, sin embargo, en seres vivos. Kafka habla de “Odradek”, que procede de la basura, rebelde, marginado, una cosa fantasma.

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derecho del mismo otro aún. Con ayuda de este último bastoncillo, por una parte, y de una de las ramificaciones de la estrella, por otra, el todo de la cosa se puede mantener de pie, como sobre dos piernas...”

Esta fábula, cómica y terrible, de un modo original, este Odradek parece ser inmortal; “pero la representación de que él estaría llamado incluso a sobrevivirme a mí mismo me es casi dolorosa”.

La cosa, que se ha escapado del dominio del hombre, y que pasea su monstruosidad a su aire, si bien resulta en esta figura algo intranquilizador, parece, con todo, carente de peligrosidad. En el relato que hace Therese sobre la muerte de su madre –en la novela

América–, las cosas se hacen asesinas, en el marco de un asesino

sistema social. La mujer, apenas ya dueña de sf misma, por la miseria y el cansancio total de su conciencia, se precipita desde el andamio:

“Muchas tejas rodaban en pos de ella, y, finalmente, después de un buen rato, un pesado madero se desprendía de algún sitio cayendo crujiendo sobre ella. El último recuerdo que Therese guardaba de su madre era el cómo quedó allí echada, con las piernas abiertas, con su falda a cuadros, procedente todavía de Pomerania, el cómo aquella tabla ruda que tenía encima casi la cubría por completo. Ella había hecho un relato detallado, cosa que en otras ocasiones no era su costumbre; y precisamente al llegar a pasajes indiferentes, como, por ejemplo, al describir los palos del andamio, cada uno de los cuales, por sí solo, se levantaba hasta el cielo, se veía obligada a detenerse, con lágrimas en los ojos...”

La tabla sobre el pecho de la muerta, los palos del andamio, que tocan el cielo, son presentados con todo su poder acarreador de muerte, en el seno de una sociedad inhumana.

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“...El hombre gordo domina sobre el pobre en el marco de un sistema determinado. Pero él no es el sistema en sí. Ni siquiera es él un dominador. Al contrarío: el hombre gordo lleva también cadenas... El capitalismo es un sistema de dependencias, que van de dentro para fuera, de fuera para dentro, de arriba para abajo y de abajo para arriba. Todo es en él dependiente, todo está encadenado. El capitalismo es un estadio del mundo y del alma...” Este estadio era algo a lo que no había manera de dar un vuelco mediante los medios de la democracia burguesa, de esto estaba cierto Kafka (como antes lo estuviera ya Rousseau).

La descripción de la nocturna manifestación electoral, observada por Karl Rossmann desde un balcón, nos hace echar de ver, sin una sola palabra de comentario, todo lo formalísticodela manifestación.

Todo es visto, con un total distanciamiento, desde fuera, como una movilización de pancartas, focos, automóviles, bandas de música, propaganda y rugidos airados de los adversarios:

“Y si a los dirigentes de allá abajo les resultaba molesto, en un momento dado, el ruido, entonces los tamborileros y trompetistas recibían el encargo de atacar, y su sonido retumbante, sacado con toda el alma, y que nunca quería acabar, tapaba todas las voces humanas, hasta las de arriba, de los tejados de las casas...” El fantasmagórico realismo de esta descripción estriba precisamente en esto: en que en la lucha de los grandiosos aparatos de partido existentes en América, el contenido se hunde, los tambores y trompetas tapan toda voz de hombre. El contenido del mundo capitalista se delinea, de forma aparentemente indeliberada y, sin embargo, tanto más impresionante, en dos balcones, por encima de todo el tumulto electoral: Karl Rossmann es prisionero de dos vagabundos, que amenazan con llamar a la policía, y, en el balcón vecino, el estudiante tiene que trabajar de día como vendedor, para poder estudiar de noche; y su situación no varía un ápice, se elija al que se elija allá abajo.

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“Para él es la vida algo completamente distinto que para todos los otros hombres; sobre todo el dinero, la bolsa, la central de divisas, o una máquina de escribir son para él cosas totalmente místicas (y de hecho sí que lo son, sólo que no lo son para nosotros, los otros)...”

¿Así que cosas místicas? ¿Se atrapa al místico in fragraníi? Ya hace mucho que otro hombre hablara de “cosas sensibles-súper-sensibles”, de su carácter “místico”, “enigmático”; un hombre al que el más espabilado no se atrevería a falsear, teniéndole por un místico: Karl Marx, en el análisis que hace del “carácter fetichista de la mercancía”. En la sociedad productora de mercancías el producto del trabajo se transforma:

“en un jeroglífico social. Posteriormente, los hombres se ponen a descifrar dicho jeroglífico, a penetrar en el secreto de su propio producto social...”.

Kafka presentía cuál era el significado del jeroglífico, sin embargo, para él, que era escritor, lo importante era su poder vivir la realidad fantasmagórica de las cosas “sensibles-supersensibles”.

Kafka ha vivido lo que es el poder de las cosas sobre el hombre, con temor y temblor, el distanciarse abismal de la existencia, en un “mundo exterior”, cosificado, alienado y en un yo arrojado hacia sí mismo. La hora de fuera y la de dentro, escribía en enero de 1922, ya no concuerdan.

Referencias

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