Economía globalizada o sociedades fragmentada

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ALAIN TOURAINE

Economía globalizada o sociedades fragmentada

Conferencia Magistral

7 de octubre de 1998

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el tercer mundo; mientras que en el primer mundo vemos cada vez más zonas de pobreza y precariedad, barrios ricos se desarrollan en las grandes metrópolis del antiguo tercer mundo. Riqueza y pobreza ya se codeaban por todas partes. Jamás el mundo ha estado exento de conflictos internacionales, pero los que se producían no amenazaban la paz mundial. El mundo tuvo incluso el sentimiento de dar un gran paso cuando Sudáfrica puso fin al sistema del apartheid. No debemos dar una imagen demasiado idílica de esos años, pero es difícil negar que en muchos países, incluido México, durante algunos años se levantó un viento de esperanza, suscitado por la aparente unificación del mundo; incluso se volvió capaz de tratar sus problemas más globales: como el de la contaminación y la degradación de la atmósfera, problemas de los cuales el Congreso de Río despertó la toma de conciencia universal.

Antes de hacer un verdadero análisis, expondremos, a parte de este

panorama de principios de los años noventa, la imagen del mundo en 1998, que anuncia ya en gran parte la imagen que tendremos al final de nuestro siglo. La palabra “globalización” evoca ante todo el juego de dominó desatado por los capitales volátiles que invierten a corto plazo, como los hedge funds1, que huyendo repentinamente de los países con economías débiles, destruyeron en su huida centenares de miles de millones de dólares, dejaron a millones de gente en la miseria; mientras descubrimos que el modo hegemónico de desarrollo acrecentaba las desigualdades, la exclusión y la violencia ligados a la miseria. Ante estas amenazas, vimos como países buscaron y encontraron soluciones nacionales, desde Malasia a Chile, y sobretodo observamos la intervención masiva de los organismos financieros internacionales para compensar los efectos destructores de los mercados: en México en 1994-95, poco después en Tailandia, en Indonesia, posteriormente en Corea y Japón, y ahora en Brasil. Las instituciones financieras internacionales intervienen en

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Brasil porque su caída financiera provocaría una crisis general y en primer lugar en toda Latinoamérica, lo que afectaría gravemente la economía norteamericana y ocasionaría una deflación de la cual Europa no podría protegerse. Las economías emergentes han sido y son particularmente vulneradas, mientras que los capitales se repliegan en sus fortalezas más seguras: Estados Unidos y Europa occidental. Al mismo tiempo descubrimos la fragilidad e incluso la descomposición del sistema financiero de países tan poderosos como Japón o Corea. Esto demuestra que la globalización no puso fin a los problemas interiores de cada nación; esto es todavía más evidente en el caso de Rusia, país que ha sido incapaz de conformar un Estado, un sistema político y reglas jurídicas lo cual explica su crisis, que amenaza sectores enteros de la economía de otros países.

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Esta segunda imagen parece mucho más justa que la primera, no por ser más pesimista, ya que una crisis por más grave que sea puede ser superada, como lo indica el repunte de las grandes bolsas americanas y europeas al final del 98; después de un ajuste brutal pero tal vez necesario, como lo había pronosticado desde hace tiempo Allan Greenspan. Es mas justa esta imagen, ya que nos describe un mundo fracturado cuyos diversos sectores son cada día más autónomos unos respecto de otros. Esto contradice el eslogan de los años anteriores one world, el cual traduce la consciencia entonces dominante de la unificación a la vez de todos los continentes y de todos los aspectos de la vida económica, social, y hasta política y cultural.

La descomposición de los proyectos integrales de la posguerra

Formulemos de manera más elaborada esta conclusión, después de mediados de la década de los setenta el mundo sufrió una profunda transformación. Al final de la guerra se crearon en todas partes proyectos integrales de desarrollo a la vez: económicos, sociales y nacionales y dirigidos por el Estado. Estos proyectos eran administrados a veces democráticamente –sobre todo en Europa occidental a veces de manera totalitaria, en particular en los regímenes comunistas, y otras veces de manera semi-autoritaria como en la mayoría de los países de América latina, o más autoritariamente en los países recientemente descolonizados.

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conservó la visión de un desarrollo global, de una interdependencia creciente entre economía, sociedad, cultura y política.

Por esto anunciamos la formación de una sociedad de mercado extensiva al mundo entero, diversificada es cierto, pero integrada como las empresas agrupadas en redes, cuyos componentes locales son mucho más independientes de lo que fueron en el marco de las empresas transnacionales de hace veinte años. Los que mejor defienden esta postura son los que anuncian la formación de nuevos controles de la economía, e incluso de una nueva vida política y una nueva opinión pública a nivel mundial: intervenciones más activas de las grandes instituciones financieras, formación de asociaciones humanitarias y ecologistas que actúan en el mundo entero. En Europa, pero también en los países del Mercosur se da nueva importancia a los instrumentos políticos y culturales de la integración regional; podemos agregar que los medios de comunicación han desarrollado sensiblemente la consciencia de nuestra interdependencia.

Sin embargo, voy a defender aquí una interpretación contraria, al menos en lo que toca al mediano plazo los próximos diez o veinte años. El triunfo del Estado nacional nos ha acostumbrado a un alto grado de integración de todos los elementos de la vida colectiva, se podía hablar de una economía y una política económica mexicanas, de un Estado y una cultura nacional y hasta una lengua nacional (ya que los grupos monolíngües no hispanohablantes, tanto en este país como en Perú o en Bolivia, disminuían rápidamente) por eso imaginábamos fácilmente, casi naturalmente, la creación de super Estados nacionales; fue así seguramente como los franceses concibieron Europa cuando tomaron la iniciativa de crearla con Alemania, Italia y los países del Benelux2, se

trataba ante todo de poner fin a las guerras franco-alemanas. Treinta años mas

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tarde, la voluntad de superar las tensiones entre Argentina y Brasil han tenido gran parte en la creación de Mercosur. Hay que reconocer que estos esfuerzos quizá serán exitosos en un porvenir relativamente lejano; está bien en todo caso que unas visiones tan optimistas sean propuestas, pero la situación actual está orientada en sentido opuesto, es decir, hacia la disyunción de elementos que habían permanecido unidos en el Estado nacional. Unos se han alzado a un nivel supranacional, mientras que otros se situaban a un nivel infranacional y otros van a quedarse probablemente a nivel nacional. La imagen dominante ha sido durante un decenio la del paso de múltiples estados nacionales, (situación cargada de peligros internacionales) a una globalización que norme la vida económica, política y hasta cultural a nivel planetario. En cambio la tendencia dominante durante los últimos veinte años, ha sido el debilitamiento del marco nacional reemplazado no por Estados supranacionales ni por un poder mundial, sino por la disgregación creciente de componentes de la vida política; este fenómeno general es el que hemos de describir para empezar.

La primera crítica que se ha de hacer a la idea de sociedad global de

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histórica” no se ha de confundir jamás con algún modo de modernización, es decir, el paso de un modo de producción a otro definido ante todo por la índole de la elite social y política que rige este cambio. Llamamos capitalismo al modo de cambio dirigido por los propietarios privados de los medios de producción y financiación; llamamos socialismo al modo de cambio dirigido por un estado que invoca el interés del pueblo, y llamamos nacionalismo al que da la prioridad a la creación de un estado independiente de las presiones o influencias hegemónicas procedentes del extranjero; es cierto que en el pasado reinó la mayor confusión en nuestro vocabulario y se han tomado con frecuencia como sinónimos sociedad industrial y sociedad capitalista, lo cual era un absurdo en un tiempo en que había sociedades industriales no capitalistas –en particular en el bloque socialista- y sociedades capitalistas no industriales como fueron en el pasado ciudades mercantes de Venecia a Florencia, y hoy día Singapur. La mayoría de los observadores insisten en los lazos entre sociedad informática y globalización. Es tan legítimo demostrar que la globalización ha transformado el funcionamiento de las empresas, como lo han hecho Robert Reich y Manuel Castells, como ilegítimo identificar un sistema tecnológico con una forma de organización económica. La sociedad informática pudo haberse desarrollado dentro de una sociedad socialista o en un mundo dominado por Estados nacionales fuertes; sus efectos más visibles y más negativos han afectado al capitalismo financiero, pero no es resultado de la naturaleza de la industria informática –aún si ha agilizado la creciente autonomía del capital financiero respecto del capital industrial, tampoco se podía culpar al desarrollo de la industria eléctrica o de las telecomunicaciones que habían producido el primer auge del capitalismo financiero, al final del siglo XIX y principios del siglo XX esta confusión no es mas que ideológica.

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mas directamente en cuestión en el día de hoy. No es la sociedad informática la que está en cuestión, sino el modo de modernización, de transformación de la vida económica actual. Ahora bien, lo que lo caracteriza es precisamente la perdida de control del Estado sobre la economía, lo cual define también al capitalismo, ya que éste es la economía de mercado, la cual rechaza todo control exterior a su funcionamiento e incluso busca utilizar todos los recursos de una sociedad –no solamente el trabajo humano- conforme a sus intereses. Tal es la definición de capitalismo: una economía no dominada por el poder político o una fuerza social, y al mismo tiempo que extiende su hegemonía sobre toda la sociedad.

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¿Es necesario agregar que la hegemonía de la economía americana no es más que la tecnología, un aspecto entre otros de la globalización? Esto no se explica solamente por la importancia mundial de las empresas y los bancos americanos. Otros dos factores han sido y son al menos de igual importancia. En primer lugar está lo que se mencionó desde el principio, el triunfo que puso fin a la guerra fría, a la cual hay que agregar la cuasi-hegemonía de los Estados Unidos en las comunicaciones masivas, el reino de Hollywood en el cine y vídeo. El otro factor, de otra índole, es la superioridad americana en las nuevas tecnologías, seguido inventadas, desarrolladas y administradas desde California, o más precisamente del Silicon Vallery. Podemos agregar que los Estados Unidos representaron constantemente casi la mitad de la investigación científica mundial, y que de las unidades de investigación consideradas como las mejores del mundo, muchas son americanas; esta superioridad tecnológica y científica no está necesariamente ligada a la importancia de una empresa americana en el comercio internacional, ni tampoco a la hegemonía estratégica de los Estados Unidos.

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Instrumentalidad e Identidad

Una vez que admitimos la conclusión bastante sencilla de que no hay una sociedad mundial, excepto en el sentido negativo, cuando el capital financiero puede por su comportamiento irracional poner en peligro a todas las economías, o también en el caso de que el poseedor de una fuerza nuclear puede provocar el peligro de una guerra planetaria, hay que proseguir con un estudio más sociológico e incluso más innovador, aunque se prolongue una línea de reflexión ya añeja.

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científico como en las leyes sociales y la formación de la personalidad, vamos descubriendo o redescubriendo, desde Nietzsche, Freud, Bergson y Max Weber, y de forma más masiva en nuestros días, que el mundo de la ciencia y de la conciencia, de la ley y del deseo, hablando como Freud y antes de él como Nietzsche (aunque de forma algo distinta), que estas leyes en vez de ser análogas son opuestas. Se va creando una civilización técnica cada vez más independiente de todo sistema de creencias culturales o de organizaciones sociales. No sólo la agricultura había sido generalmente ligada a una forma de organización familiar y a creencias religiosas, sino que la misma producción industrial ha sido estrechamente ligada al dominio de una clase social por otra. La civilización tecnicista actual, cual la ha analizado Georges Friedmann, es al contrario independiente de toda forma de sociedad o de cultura, lo cual es harto evidente en las técnicas de comunicación, dado que ni el teléfono ni internet determinan el contenido de las comunicaciones que hacen posibles.

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en lugar de corresponderse, lo que es perceptible tanto a nivel de los individuos como al de los pequeños grupos y de sociedades enteras.

Esta ruptura no es social, es cultural, en la mayoría de las sociedades, unas clases sociales o grupos de intereses se habían enfrentado con frecuencia para decidir quien ejercería el poder y en provecho de quiénes se repartirían los principales recursos económicos. Ahora, desaparece la referencia a un bien común, no son ya grupos sociales sino comunidades las que se enfrentan y no tienen nada en común; a veces el enfrentamiento es violento, como fue el caso reciente y aún actual, de lo que fue Yugoslavia y ciertas partes de lo que fue la Unión Soviética, también en el antiguo Zaire, en Ruanda y en Burundi, etc. todo pasa como si ya ningún nexo económico, administrativo y cultural existiera entre unas comunidades opuestas por la etnia, la nacionalidad o la religión. Con mucha frecuencia la unidad social y nacional está reemplazada por la separación de los que son distintos: segregación, guerra civil o sencillamente lo que los Norteamericanos han llamado identity politics, algo que sigue siendo hoy, no obstante, un relativo retroceso lo fundamental de lo politically correct

que se define por una visión totalmente diferencialista.

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Es imposible considerar como crisis coyuntural esta separación de la

economía y las culturas, es una crisis profunda y anterior con mucho a nuestros días. Está directamente inscrita en el centro de la modernidad, pero hasta ahora la respuesta de los modernos a la crisis que ellos mismos habían desatado, había dado una importancia capital a lo político y su capacidad de organizar la sociedad. El principio político supremo que fue inventado fue la idea de soberanía popular, este triunfo de lo político tuvo su apogeo con la revolución francesa, de la que Francois Furet ha mostrado muy bien que se ha de comprender ante todo, en sus buenos y malos aspectos, en términos políticos.

Pero este triunfo de lo político fue de corta duración dado que la industrialización, realizada primero en un marco capitalista, trajo al primer plano la condición de trabajadores que no se lograban ser ciudadanos reales por el mero hecho de que se les reconocía este derecho. En las sociedades industriales hemos conocido un desgarramiento profundo, dejando de lado a los viejos “republicanos” que se negaban a reconocer la importancia central de los problemas laborales, dos grandes respuestas políticas han sido propuestas al problema de la inclusión de estos problemas sociales; unos, empezando por los ingleses, han logrado crear una democracia industrial, esto es dar a los asalariados organizados3 un derecho de participación en la misma definición de su situación de trabajo, sus deberes y también sus derechos. La idea de justicia social ocupa en las naciones que han practicado esta política un lugar central, en plan de igualdad con la ciudadanía. Los derechos sociales fueron considerados tan importantes como los derechos cívicos.

Pero en otras naciones, el tema de la democracia fue subordinado al proyecto de llevar a la clase obrera a ejercer el poder, lo cual llegó al extremo de la dictadura del proletariado; esta idea tuvo por resultado la destrucción de la democracia como la historia lo ha demostrado. Por consiguiente, en gran parte del mundo, la importancia creciente de las actividades económicas y la

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supeditación de todos los aspectos de la sociedad a un proyecto de industrialización ha debilitado el papel de lo político. Por eso hemos visto separarse un mundo capitalista –privado o de Estado, acusado de ser social y nacionalmente sin raíces, de unas identidades sociales y nacionales.

Este compendio de la historia de las sociedades industriales era

indispensable, ya que estamos viviendo una experiencia muy análoga pero con diferencias esenciales. El problema ya no es combinar el universalismo de la ciudadanía con derechos sociales siempre particulares, sino combinar este universalismo con derechos culturales aun más particulares, esto por dos razones principales: de un lado los medios masivos de comunicación que nos informan sobre el mundo entero crecen rápidamente, y de otro, las migraciones convierten a las grandes metrópolis en otras tantas torres de Babel. Así se produce una disociación extremada de la economía y las culturas, de la racionalidad instrumental y del universo simbólico, la cual caracteriza nuestro tiempo.

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¿Se puede fijar un límite a la descomposición de las sociedades?

Antes de seguir adelante, hagamos una parada para medir el camino

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la tecnología, y un concepto diferencialista de las culturas con todo una separación completa de los dos universos, es imposible de aceptar. Una economía totalmente desocializada se reduce a un mundo financiero del que sufrimos hoy día los efectos devastadores, y por otra parte las identidades confinadas en sí mismas, sin relación con una actividad económica y política, se vuelven construcciones cada vez más ideológicas y no pueden sino desembocar en un enfrentamiento directo, y una segregación basada en la autosuficiencia de cada grupo y en la ausencia de comunicación entre las comunidades, lo cual paradójicamente no puede llevar sino a una sociedad muy jerarquizada, en la que cada diferencia cultural se identifica con más o menos poder económico o político.

Parece tan difícil, casi imposible hacer coexistir las redes mundiales de

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identidades culturales, de manera que se pueda sentir creador de su propia experiencia, su propia historia de vida. No se trata de ninguna manera de conformarse con la afirmación nietzscheana del sí y la voluntad de poder del yo, todo lo contrario al nivel de análisis al que hemos llegado, no se trata sino de un doble rechazo, una doble liberación por el individuo, liberación de la lógica de las técnicas, de los mercados, y de los comunitarismos que le imponen una identidad. El sujeto está por consiguiente inicialmente vacío, no se confunde con él yo la personalidad, puesto que ambos han explotado, como lo han mostrado en particular las novelas y la pintura desde Proust, Joyce y Picasso.

El sujeto no adquiere un contenido más que por la comunicación con el otro, sea la comunicación directa, de sujeto a sujeto como es el caso de la comunicación amorosa, sea la comunicación generalizada, es decir el reconocimiento del derecho de cada uno de construirse como sujeto, esto es superar su propio desgarramiento entre instrumentalidad e identidad, por lo cual la democracia puede ser redefinida como la política del Sujeto. Se trata por consiguiente de una concepción indudablemente individualista, pero no reduce en ninguna manera al individuo a conductas sociales determinadas por su posición en la sociedad o su historia personal, las cuales no pueden servir de principio a la construcción de un tipo de sociedad, salvo en los peores casos, como las sociedades totalitarias dirigidas por paranoicos o sencillamente personalidades autoritarias.

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modernos, pero estamos bastante conscientes de que nuestra sociedad ha sido dominada por regímenes autoritarios o totalitarios como para darle de nuevo una importancia capital a lo que I. Berlín y la tradición británica han llamado “la libertad negativa”. Esperamos de las instituciones las leyes y los programas escolares que protejan nuestra libertad, nuestro derecho de construirnos como sujetos, en lugar de ser manipulados por las leyes del mercado o encerrados en la identidad sofocante de una comunidad. Desconfiamos de todas las movilizaciones, tanto las nacionalistas como las religiosas o las revolucionarias, aceptables y hasta necesarias como movimientos de liberación, pero que por sí mismas sólo engendran regímenes autoritarios. Lo que necesitamos no es la consciencia de pertenecer a un mismo conjunto sino al contrario, consciencia de la singularidad de cada uno de nosotros, así como de la dificultad que tenemos para resistir presiones exteriores que amenazan nuestra individuación, nuestra libertad como Sujetos.

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democracia siempre ha hecho énfasis en el respeto por el Estado y por la Ley de las libertades personales y colectivas. Se puede encontrar el mismo proceso de limitación de poder social dentro de las mismas sociedades religiosas, si su finalidad principal es sacralizar el orden social, como había pensado Durkheim para quién lo sacro es lo social, siempre ha existido una tendencia opuesta, que apela al poder divino contra lo social, sea en el orden moral, sea mediante un proceso místico que encontramos en todas las grandes religiones.

Mucho más cerca de nosotros, la idea socialista no designó solamente un proyecto de recomposición y de reintegración de la sociedad; ella también anunció la liberación de los trabajadores. El mismo Marx le daba a la liberación de los trabajadores un sentido libertario, lo que respalda esta visión es que a medida que avanza la modernidad, es decir que se refuerza la red de relaciones sociales, en mayor medida se impone el poder en formas de control social que penetran profundamente el yo, como dijo con tanta persistencia Michel Foucault. Lo que nos ha obligado a apelar de forma cada vez más directa a unos principios morales que han venido a ocupar un lugar central en la vida política, que abarcan tanto los problemas de energía nuclear como los de la bioética.

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pocos son los que piensan que la tecnología y la economía van a resolver los problemas de la sociedad y crear la felicidad individual, o de manera paralela y opuesta, que la afirmación de la identidad cultural es suficiente garantía contra los peligros de la cultura de masas; por lo cual hemos vuelto a nuestra orientación general de análisis: la afirmación del derecho para todos de tener una experiencia singular, no al margen de la vida real, sino capaz de combinar la apertura de una sociedad técnica con la fuerza de una identidad personal.

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La combinación directa de un cambio incontrolado y de identidades meramente defensivas estorba la formación de un espacio público y debilita la capacidad de cada individuo de edificar su vida personal.

El retorno de lo político

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que en la actualidad la situación más corriente es la de la ruptura que he descrito al empezar. Todas las sociedades se vuelven cada vez más duales la desigualdad social, la marginación y la exclusión progresan a medida que se acaban de descomponer los regímenes más o menos nacionalistas, los cuales habían logrado (cuando menos en América Latina) incorporar a una determinada parte de la población; esta parte ha empezado a reducirse después de los años, 80 que fue un decenio de crisis, las más veces provocada por el peso de la deuda exterior. Al mismo tiempo, la ideología liberal no ha atraído tanto a las masas populares o las clases medias, a las que ha expuesto más directamente a las exigencias de los mercados internacionales. México, país que ha atravesado dos crisis mayores en 1982 y en 1994-95, estuvo marcado por esta evolución.

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un factor importante de la secesión que se dio dentro del PRI y que originó al PRD. Recientemente, el movimiento zapatista de Chiapas, como los movimientos análogos de Guatemala, Ecuador y Bolivia demostraron la capacidad de grupos indígenas, directamente amenazados en su existencia, no ya de replegarse en un comunitarismo ni de respaldar guerrillas, sino al contrario, de combinar la defensa de su identidad con una voluntad de democratizar la nación entera. Estos movimientos dan testimonio directo de la formación de nuevas fuerzas políticas, que combinan la defensa del pasado con la apertura hacia el porvenir, este entronque no está tan logrado en Brasil, donde el levantamiento de los Sem Terra (sin tierras) ha tomado más bien la forma de un movimiento impulsado por sacerdotes herederos de la Teología de la Liberación, este vínculo está completamente ausente en Perú donde el desarrollo económico, se limita a los grupos privilegiados y donde los movimientos populares han sido manipulados o aplastados por el Sendero Luminoso.

En todos los países, la acción de las mujeres y los ecologistas –con frecuencia dirigidos por mujeres- son parte de la misma tendencia hacia la reconstrucción de un nuevo espacio público, así como de una lucha contra la separación de una defensa comunitaria replegada en sí misma y de la participación dependiente de los mercados, cuyos centros de poder se sitúan en otras naciones. A medida que aumenta el costo social de la transición liberal, podemos prever en muchos países, como ahora en Europa Occidental, la aparición de nuevos medios de control político y social de los trastornos económicos actuales.

Desde hace veinte años, cuando se disgregaron o cayeron las políticas

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de los cambios de la economía y sobretodo de los mercados. Para algunos el cielo se ha despejado, han caído las viejas barreras sociales, los imperios y los regímenes autoritarios retroceden por doquier. Centenares de millones de seres humanos han salido de la miseria al entrar en la economía mundial, incluso si es mediante la pobreza y el desarraigo, para otros, el tifón de los mercados ha arrasado todo en su trayectoria, se asiste al triunfo del horror económico y el progreso de la exclusión social en todas partes. Estas reacciones opuestas pero complementarias corresponden a lo que yo llamo la transición liberal, que no es la entrada a una sociedad de mercado la cual quedará para siempre imaginaria e imposible, sino la transición de un modelo a otro de control social y político de la economía.

Hoy estamos superando esta transición liberal, no en todos los países pero sí en muchos de ellos, un ejemplo patente es Europa Occidental en que la gran mayoría de las naciones –con señaladas excepciones como: España, Bélgica y Luxemburgo- tienen hoy día gobiernos de centro izquierda. En Inglaterra Tony Blair se ha convertido en el abogado de una tercera vía, que trata de no ser ni liberal ni socialista y propone nuevas soluciones para evitar la sobrecarga de las economías nacionales por un Welfare State (Estado de Bienestar) cuyo papel de redistribución se ha reducido. El gobierno francés se sitúa más a la izquierda, y parece ser que va a gobernar en Alemania el canciller más cercano a Blair, antes que el partido social-demócrata más afín al partido socialista francés.

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